El terremoto de Oxapampa (24 de diciembre de 1937)

Hace exactamente 77 años del terremoto de Oxapampa, ocasión en que este hermoso paraje de nuestro departamento sufrió el más cruel movimiento telúrico que se recuerde. Hoy día, estremecidos, lo volvemos a recordar.

el terremoto de oxapampaEn la casa hacienda del fundo “El Oriental”, Iluminada por potentes lamparines, la señora Emilia Tábori y sus hijas, Yolanda de dieciocho años y Olga de ocho, comentaban animadamente con la abuela, doña Rebeca de Tábori, lo ocurrido el año que terminaba. Las niñas acababan de llegar Lima para pasar sus vacaciones en la casa paterna. Ansiosas aguardaban la llegada del jefe de la familia, don Guillermo Koch, alto empleado de las minas de Jumasha que había prometido estar con ellas la Noche Buena para recibir la Navidad.

—Ha sido un año tan largo en el que vuestro padre los ha extrañado mucho- dice doña Rebeca.—  ¡Y nosotros a él y a usted abuelita!- las niñas emocionadas respondieron.

— Sin embargo, todo será que las vea y, estoy segura que se va a emocionar. Durante todo el año no ha hablado de otra cosa. Además, tú, Yolanda, te has convertido en una bellísima y completa mujer; otro tanto digo de ti, Olguita; en Lima has pegado un estirón que casi alcanzas a tu madre.

— ¡Así es abuelita…!

— El que estén ustedes aquí será un hermoso regalo de Navidad para tu papá; estoy segura. Ya lo verán hijas mías.

Las risas y bromas menudearon en aquellos momentos de gran espera. Al llegar la medianoche, decidieron descansar. Al ir a asegurar doña Elisa quedó parada a la puerta con la lámpara en la mano y una interrogación en los ojos.

— ¡¿Qué es lo que ocurre con estos animales?!… Todos están inquietos. !Las gallinas no dejan de revolotear cuando debieran estar durmiendo y los caballos se encabritan como si quisieran escapar de una prisión… ¿Qué ocurrirá…?!

Nadie sospechaba la trágica respuesta que la naturaleza les daría aquella noche.

En el hermoso fundo “Punchau”, doña Ubaldina de Ames, había recibido aquella tarde la visita de Juan Ivancovich, hijo de un próspero comerciante del Cerro de Pasco y de Juan Loechle, comerciante lugareño que había recibido a Ivancovich para recibir la Navidad en su fundo de Oxapampa.

— Es muy grato para mí recibir la visita de los hijos mayores de mis mejores amigos. Sean bienvenidos en esta su casa –doña Ubaldina había sacado unas copas de ajenjo con las que brindaba por sus amigos ausentes.

— Gracias, doña Ubaldina. Mi padre me ha informado de la entrañable amistad que los une y me ha pedido que le haga presente sus recuerdos y sus saludos.

— Bien, joven amigo, ahora que han decidido a aposentarse en Oxapampa, nuestra amistad seguirá siendo indestructible. Han hecho bien en decidirse a dejar el Cerro de Pasco que, por su altitud, sufre un frío es muy intenso…

— Así es, señora.

— Ya felizmente están muy animados, señora Ubaldina. La primera semana de enero estarán definitivamente con nosotros. Juan está yendo a conocer las propiedades que les venderá mi padre- intervino Loechle.

— ¡Salud por esa gran noticia…!!!

Durante el resto de la noche conversaron animadamente sobre los negocios de sus familias y ya rendidos de cansancio se retiraron a descansar a sus habitaciones. Al día siguiente seguirían camino a Oxapampa.

Cuando todo se hallaba en aparente tranquilidad con tan sólo el lúgubre aullido de los perros y un sofocante calor que cada vez se acentuaba, un horroroso y estremecedor estrépito, como si la tierra comenzara a hundirse, despertó a los vecinos de los valles de Huancabamba y Oxapampa. Horrorizados abrieron los ojos y se incorporaron sobre sus cobijas. Inmediatamente otro remezón dantesco y trepidante hizo caer los muebles y cuadros de las casas. Al ensordecedor rugido de la tierra siguió su tétrico ronquido y el temblor inmisericorde en medio de gritos espeluznantes de hombres, mujeres y niños que se mezclaban con el sordo estrépito de las paredes cayendo y las maderas quebrándose. Era la una de la madrugada del 24 de diciembre de 1937.

En el fundo “La Oriental”, sacudidas por imparable bamboleo, las paredes de la casa hacienda se amontonaron como un castillo de naipes apagando los estremecedores gritos de sus ocupantes. Un polvo picante con una oscuridad estremecedora, hacían más terrible el sordo rugido de la tierra. En escasos segundos, entre un fragor espantoso, toda la familia Koch-Tábori quedaba completamente sepultada.

En el edénico fundo “Punchau”, en cuanto las vibraciones del terremoto se habían iniciado, los jóvenes Ivancovich y Loechle, salieron despavoridos a ganar la calle y cuando ya lo habían logrado, escucharon los estremecedores gritos de la señora Ubaldina, que aprisionada entre los maderos de la escalera les llamaba pidiendo auxilio sin poder moverse. Los jóvenes volvieron inmediatamente. A tientas, en una oscuridad cerrada y asfixiante comenzaron a remover pisos y terrales; fatalmente el movimiento sísmico era tan aterrador y continuo que, una pared que había quedado suelta sepultó a los jóvenes amigos en contados segundos. Doña Ubaldina trató de incorporarse, pero no pudo. Un enorme tijeral le había aprisionado la pierna derecha, cortando venas y rasgando una gran extensión de tejido cutáneo, originándole una hemorragia dolorosa.

La tierra seguía temblando con leves intermitencias echando por los suelos las construcciones de adobes y tapias de Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más.

El pánico era aterrador. Los gritos de las víctimas se confundían con el pasmoso ruido subterráneo. En algunos lugares la tierra se había cuarteado visiblemente y de las rajaduras, abiertas y profundas, un acérrimo gas sulfuroso subía en irritantes emanaciones que inundaban el ambiente. En la hacienda Ancahuachanán, en medio de una tétrica oscuridad, don Aníbal Cárdenas, había realizado el salvamento de familiares y vecinos no obstante tener una pierna seriamente lastimada. Cuando, agobiado, terminaba de sacar al último herido en medio de espectacular polvareda, se hundió toda una fila de casas de la hacienda. El pavoroso desastre de aquella madrugada comenzaba en la avenida Progreso, a diez kilómetros de Oxapampa y, a treinta kilómetros más allá, en Huancabamba, las casas estaban completamente destrozadas.

En Oxapampa, a poca distancia el convento de Quillazú, regentado por la Misioneras Franciscanas de la Divina Pastora, tenían su residencia los socios Fermín Rodés y Antonio Guardiz, españoles que después de cimentar su fortuna en el Cerro de Pasco, se habían instalado en Oxapampa para dedicarse a la agricultura. La casona era amplia y sólida. Al iniciarse los remezones –que en esa parte de la ciudad fueron escalofriantes- se abrió un enorme cráter en el centro de la sala, como si se tratara de una mina profunda. Succionados por el vacío producido, fueron a caer al centro del hueco envueltos en un polvo fino y punzante donde encontraron horrible muerte tras larga y dolorosa agonía.

Cerca de allí, la señora Marcelina Miche de Miranda fue arrojada al piso con sus hijos, Saturno de doce, José de diez e Irene de seis años. Una pared había caído sobre las escaleras aprisionándoles medio cuerpo. Imposibilitados de moverse, sufrieron la trituración de los miembros inferiores por el continuo bamboleo de toneladas de tierra sobre ellos. Sus gritos escalofriantes se confundieron con el sordo estrépito de la tierra gimiente.

La noche del 29 de diciembre, en el tren de pasajeros llegaba al Cerro de Pasco, el postillón de correos del valle de Huancabamba. Visiblemente conmovido, con lágrimas rebasándole los ojos, Pablo Ayala, natural de Mallapampa, fue entrevistado por las autoridades y redactores del diario EL MINERO. Esto fue lo que declaró: “Señores, fue terriblemente espantoso lo que vimos el 24, a la una de la mañana. Aquella noche el calor se había sentido más fuerte que nunca. Como si el aire caliente viniera del infierno, y aunque ustedes no me crean, desde el mediodía los animales se encabritaban intranquilos como si supieran lo que iba a acontecer. Al producirse el terremoto todos despertamos alarmados. La tierra temblaba como si se tratara de una inmensa zaranda y de todas partes el polvo de las casas se elevaba por los aires (bebe agua y se limpia las lágrimas). Yo, pudiendo o no pudiendo, salvé a mi mujer y a mis hijos. Aquella noche, por todas partes se escuchaban los gritos de las mujeres y de los niños, y en ese momento también, un humo como de ají se sentía en todas partes (bebe agua). Todos amanecimos aterrorizados y sin saber lo que estaba ocurriendo alrededor de nosotros… El sábado 25, día de Pascua, decidí salir de Huancabamba a pedir auxilio y cuando estaba parado en el corredor de la hacienda, esperando las valijas para transportarlas a la ciudad, vi una gran cantidad de humo producido por un volcán en erupción, cerca del convento de Quillazú. Los movimientos de la tierra siguieron hasta el lunes en que estuve en Huachón (limpia sus lágrimas y bebe agua). Yo soy el único hombre que ha podido salir de la montaña. Todos tienen miedo de que en el camino sean muertos por el terremoto. (Bebe una copa de pisco que le han alcanzado). He traído varias cartas de las haciendas “Chaucha” y “Chorobamba”, para los señores Maúrtua, Cárdenas, Rubio y Capdevila que piden auxilio para sus familiares. (Bebe). El número de muertos es incalculable. La pestilencia de los cuerpos descompuestos ya es horrible. El aire es irrespirable. Nadie sabe de lo ocurrido en Oxapampa porque se hallan completamente aislados. El volcán está botando humo y cenizas como la nieve de aquí… El puente de Yanachaga está por caerse. El río Huancabamba está socavando los muros. ¡Este puente es el único que comunica Huancabamba con Oxapampa…! ¡Yo les pido por amor de Dios que vayan ayudar a los que han sufrido esta desgracia…!.. ¡ Por favor, señores!… ¡ Misericordia!.

El 30 de diciembre de 1937, con la premura que el caso requería, el Presidente de Rotary Club del Cerro de Pasco, doctor José G. Cobián convoca a una sesión de emergencia. Los socios reunen gran cantidad de medicinas y disponen que el médico Alberto Guess y el enfermero Pedro Santiváñez vayan en auxilio de las víctimas por la ruta de Tambo del Sol y Huachón. A las cinco de la madrugada del primero de enero salía de nuestra ciudad esta cruzada de auxilio. En Huachón les esperaban cinco hombres y 25 acémilas para el transporte del auxilio.

Entretanto en los valles de Huancabamba y Oxapampa, la tierra seguía temblando, estremeciendo a las aisladas víctimas del terremoto.

Cuando el médico y el enfermero llegaron al escenario del terremoto, tuvieron una horrorosa impresión del escenario dantesco. Tuvieron que realizar un trabajo agotador. Contando con algunos sobrevivientes que milagrosamente se encontraban indemnes y la ayuda de algunos sacerdotes franciscanos emprendieron la dura tarea de rescate y curaciones.

Hicieron todo lo posible para salvarle la vida a doña Ubaldina Ames que acababa de ser rescatada de los escombros de su casa. Tenía la pierna derecha prácticamente seccionada, con una hinchazón espectacular debido a la gangrena que ya se habían aposentado en sus carnes. La hemorragia tan profusa la había debilitado de tal manera que apenas pudo resistir la curación, y luego de narrar lo acontecido en su casa e implorando perdón a Dios por sus pecados ganó la absolución de los sacerdotes y cerró los ojos para siempre.

Aquella mañana con el rostro desencajado, los ojos abiertos en inmensa interrogante, las ropas destrozadas, como un espectro, llegaba al escenario de la tragedia don Guillermo Koch. Había caminado cinco días y cinco noches por abismos y cerros, por cañadas y llanos; había cruzado caudalosos y amenazantes ríos empujado por una angustia mortal y una encendida esperanza en un rincón del corazón. Todo fue en vano. Cuando vio el montículo de escombros donde antes se levantaba su casa, pálido en extremos de agonía, se arrodilló a llorar su impotencia y su desgracia. Con los ojos incrédulos vio lo que todos habían visto antes: era imposible que alguien hubiera escapado con vida  de aquel infierno. Entre paredes destrozadas, maderos quebrados y hierros retorcidos yacía sepultada toda su familia: Su esposa, sus hijas, su suegra. Todo lo que tenía en la vida. Fue verdaderamente dramático el rescate de las víctimas.

El mismo día, el comandante Jesús Villanueva de la Base Aérea de San Ramón, salió pilotando una máquina de reconocimiento para observar el estado en el que habían quedado los caseríos del valle de Huancabamba. Desgraciadamente la falta de campos de aterrizaje impidió la bajada del avión. Sólo cumplió con informar que nada quedaba en pie.

Cuando removieron las toneladas de tierra que cubría la casa, un espectáculo desgarrador se ofreció a los ojos de los rescatadores. Una madre de 35 años tenía cogidos de las manos a sus dos hijos de 6 y 10 años y prendido de sus faldas, su hijo mayor de doce años, y a pesar de que tenían los cuerpos destrozados, la muerte no los había separado; sólo una niña recién nacida, milagrosa e increíblemente, era la sobreviviente del cataclismo.

Alfredo Grey, vecino de Huancabamba, aseguraba que la hecatombe tenía origen volcánico, pues horas antes del terremoto se habían oído fuertes ruidos a manera de estampidos que los había alarmado. Inmediatamente después, comenzó a llover  lodo hirviente y trozos de piedra como si fuerzas desconocidas las arrojaran sobre la ciudad que acababa de ser arrasada. En la quebrada de Chontabamba aseguraban haber encontrado un cráter. Muy cerca del Convento de Quillazú, los hombres tuvieron que cavar mucho para rescatar los desgarrados despojos de Fermín Radés y Antonio Guardiz. Sus cuerpos habían sido succionados a una increíble profundidad en el centro de la casa que habitaban.

Juan Machiavelo, recaudador de Huancabamba, el más diligente de los auxiliares de los sanitarios aseguraba que después del terremoto, habían seguido 45 réplicas haciendo temblar la tierra. Las gentes tuvieron que dormir en carpas improvisadas temerosas de que el terremoto volviera a repetirse.

Durante cinco días, y casi sin dormir ni alimentarse debidamente, con el solo deseo de atenuar los dolores, el médico y el enfermero, trabajaron suturando heridas; entablillando y enyesando fracturas; haciendo transfusiones rápidas; vacunando contra tétanos y otras enfermedades que pudieran presentarse; inclusive, algunas operaciones quirúrgicas de emergencia, generalmente amputaciones. En esta ocasión dispusieron la inmediata sepultura de los cadáveres rescatados porque se encontraban en avanzado estado de descomposición. Al final, la lista de baja y heridos graves, fue la siguiente:

MUERTOS

  1. Emilia Tábori de Koch, de 40 años.
  2. Yolanda Koch Tábori, de 18 años
  3. Olga Koch Tábori, de 8 años
  4. Evarista Herrera, de 60 años.
  5. Domitila Casimiro, de 7 años.
  6. Marcelina Miche, de 35 años.
  7. Saturno Miranda, de 12 años.
  8. José Miranda de, 10 años
  9. Irene Miranda de, 6 años.
  10. Fermín Rodés , de 45 años
  11. Antonio Guardix, de 47 años
  12. Domitila Nano, de 16 años
  13. Julia Chávez , de 5 años
  14. Ubaldina Ames, de 45 años
  15. Juan Loechle, de 25 años
  16. Juan Ivancovich, de 24 años
  17. Luis Macury, de 9 años
  18. Victoria Villegas, de 36 años y en días de dar a luz

HERIDOS DE GRAVEDAD

  1. Nícida Rowe
  2. Lastenia Beltrán
  3. César Macury
  4. Hilda Macury
  5. Cristina Vda. de

CASA COMPLETAMENTE DESTROZADAS

En el Valle de Chontabamba, 34 casas

En el Progreso, 23 casas

En Huancabamba, 28 casas

En San Daniel, 10 casas

En Oxapampa, 10 casas

El implacable derrumbe de los cerros había cubierto numerosos tramos de la Vía Sotil; igualmente el camino que conduce al valle de Pusagno. En la ruta a Huancabamba, se notaban numerosas grietas y deslizamientos. El puente que unía a Oxapamapa con Chontabamba, había desaparecido. Dos puentes que ligaban a dos sectores importantes entre Oxapampa y el Valle de Progreso, también. Los puentes que unían a Chanchamayo y Carhuamayo, o sea Llamaquizú y Yanachaga, habían sufrido daños considerables en sus bases. En el fundo San Martín, se había volteado –como si alguien lo hubiera hecho con las manos- un depósito de aguardiente. En este mismo lugar, en el epicentro del terremoto, las papas que estaban florecidas dentro de la tierra, salieron despedidas hacia arriba como impulsadas por misteriosas y subterráneas catapultas. En el fundo victoria, en terreno llano, se abrió un enorme boquete del que manó un volumen considerable de agua que arrastró corpulentos árboles, aumentando terroríficamente el caudal del río Chorobamba. Los cerros boscosos de los ríos Chontabamba y Chorobamba, sufrieron enormes deslizamientos y derrumbes, que llegaron a abarcar una considerable extensión de más de diez leguas.

Desde el amanecer del 24 hasta el 5 de enero, se habían registrado en la zona, 600 réplicas de regular intensidad.

Cuando llegaron médicos, enfermeras, policías, periodistas, familiares de Tarma, La Merced, Chanchamayo, La Oroya, Lima y otros lugares, el doctor Alberto Gues y el Enfermero Pedro Santiváñez, decidieron regresar a Cerro de Pasco. Hambrientos y casi sin dormir, habían cumplido una hermosa y heroica misión. Cuando salieron de Huancabamba, traían en sus retinas y en el alma, dantescos cuadros de conmovedoras escenas que les había tocado vivir. Allá quedaba en la memoria y en el corazón, una herida que no han olvidado.

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