EL ASESINATO DE GARGA

Julia Zevallos era una mujer muy hermosa, de abundantes cabellos endrinos, tupidas cejas y hermosas pestañas, dientes blancos y fuertes, pecho grande y rotundo de una diosa de la fertilidad con ancas invitantes que había hecho perder la ecuanimidad a sus victimarios
Julia Zevallos era una mujer muy hermosa, de abundantes cabellos endrinos, tupidas cejas y hermosas pestañas, dientes blancos y fuertes, pecho grande y rotundo de una diosa de la fertilidad con ancas invitantes que había hecho perder la ecuanimidad a sus victimarios (Imagen referencial)

La noche del sábado 9 de agosto de 1912, en el paraje situado entre Quiulacocha y Champamarca, llamado Garga, encontraron horriblemente mutilado el cadáver de Julia Zevallos, una mujer de treinta años de edad. El niño Indalecio Ventura que había sido testigo del abuso, tortura y muerte que le infligieron sus victimarios, relató todo lo que completamente aterrorizado vio aquella noche desde un estratégico escondrijo. Posteriores indagaciones exhaustivas, testimonios personales y pruebas materiales, permitieron reconstruir, paso a paso, lo que había acontecido en aquel aquelarre de pasiones desbocadas.

Los sujetos Máximo Yauri y Cipriano Guadalupe, con intenciones nada santas,  habían planificado la realización de una fiesta para agasajar a Julia Zevallos que cumplía años. Para ello se valieron de la amistad que las mujeres Liboria Guadalupe, Bárbara Cóndor, Hermelinda Ccori y Zenobia Llihua tenían con ella. Invitaron también a Pablo Espinoza y los hermanos Luis y Manuel De la Cruz para que estuvieran emparejados. Los gastos los efectuarían los organizadores. Así las cosas, se reunieron en una casa del barrio Champamarca donde después de comer se dedicaron a bailar y a beber abundante licor. Intencionalmente hicieron que el niño Indalecio Ventura que acompañaba a Julia Zavallos, también bebiera hasta quedarse dormido. Pasadas las horas, al ver que la mayoría estaba completamente embriagada, llevaron a Julia Zevallos a un descampado de Garga. El resto de mujeres, al adivinar lo que les esperaba, huyeron a campo traviesa acompañados de sus parejas dejando a la homenajeada a merced de sus asesinos. Éstos al verse solos en compañía de la víctima que estaba muy embriagada, procedieron a violarla salvajemente.

Julia Zevallos era una mujer muy hermosa, aparentaba menos edad de la que tenía, de tupidas cejas y pestañas, dientes blancos y fuertes, pecho grande y rotundo de una diosa de la fertilidad con ancas invitantes que había hecho perder la ecuanimidad a sus agresores. Sus curvas agresivas, deseadas y nunca logradas, terminaron finalmente a hacerles perder la razón que, más de una vez, habían jurado hacerla suya y castigar su atrevimiento lascivo. De éstos, Cipriano Guadalupe la había convertido en una obsesión desde el día que, despectiva y cruel, en gesto de abierta abominación le espetara sin piedad: “¡Quién te va a querer a ti, miserable tuerto y “borrao” para más cacha!”. Aquella sentencia se le prendió en el alma. Efectivamente era una víctima de la viruela que había asolado la zona quince años atrás dejándole la indeleble huella de su crueldad. Su cara toda se hallaba cribada de pequeños agujeros que había transformado su rostro y, para agravar su mala suerte, en la fiesta de Corpus, un cohete de tres tiempos le reventó en el rostro dejándolo tuerto. Desde entonces y a pesar de su desgracia no dejó de pensar en ella. Sus ruegos, súplicas y regalos, no lograron doblegar nunca la voluntad de la engreída mujer. Loco de despecho y odio ideó un plan para poseerla.  Sus economías se lo permitieron. Era carretero en la compañía norteamericana y en mucho tiempo había hecho muy buenos ahorros. Ahora la tenía a su merced.

Al ver que era poseída por Guadalupe, la mujer, sin  reparo de ninguna clase, viéndolo completamente rendido, en gesto de burla sarcástica procedió a herirle con su pullas humillantes para su estima de varón….

  • ¿Para eso me has perseguido? …¿Para eso? Veo que ya no puedes. Eres un impotente, un “shegue leche”, bueno para nada. Pensaba que así tuerto y borrao eras más hombre; pero eres un completo desengaño. Yo he estado con hombres que durante toda una noche me han hecho feliz y no como tú, un muerto de hambre….!. ¡Ven aquí estoy! ¡¿Qué esperas, tuerto feo?!!

No pudo seguir soportando más las burlas humillantes de la mujer. Ciego de ira fue y de un puñete la desmayó. Con la ira desplegada cogió una botella de licor que estaban bebiendo y de un solo golpe le introdujo en la vagina, la mujer chilló de dolor, pero entonces el canalla, ayudado por Yauri, fueron introduciendo toda la botella ayudados por palos y otros objetos que caían en sus manos. La sangre corría a raudales por el pasto verde y los gritos eran sobrehumanos, pero lógicamente, nadie en aquellas soledades escuchaba nada. Sólo el niño que ya repuesto había salido en busca de la Zevallos quedó mudo y tirado en el pasto, incapaz de participar, mirando aterrorizado lo que estaba ocurriendo. Haciendo esfuerzos sobrehumanos sobreponiéndose a su dolor la mujer siguió luchando, pero sus asesinos acuciados por la ira siguieron introduciendo, esta vez por el ano, otra botella. Para evitar que siguiera gritando le cubrieron la boca con un pañuelo y procedieron a desfigurarla, cortándole la cara, vaciándole los ojos, estrujando salvajemente los senos hasta que la pobre mujer quedó inmóvil. Había muerto. Al ver a la mujer convertida en cadáver, como autómatas cansados, se retiraron abrazados. En ningún momento repararon en la presencia del aterrorizado testigo.

El niño que había visto todo corrió a la comisaría de la esperanza y dio conocimiento de la policía que esa misma mañana detuvo a los salvajes asesinos.

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LA PESTE

la pesteLo que aconteció entonces fue de tal magnitud que no obstante el tiempo transcurrido, el pueblo no ha olvidado. Se mantiene vigente en la memoria popular a través de las generaciones. Los abuelos, al calor de la estufa familiar, relatan a sus nietos lo ocurrido entonces. Se estaba viviendo -bien entrado el siglo XVIII- el pasaje más dantesco que trajo consigo el apogeo de la minería. Los nobles lucraban con las riquezas que los hombres del pueblo extraían de las oquedades siniestras.

Por aquellos tiempos, torvos aventureros venidos de pueblos distantes atraídos por la abundancia de sus filones, se afincaron en sus predios. Sea por la urgencia de tomar posesión de terrenos plagados de gordas vetas argentíferas o por la dramática urgencia que significaba la dura competencia por habitar tan inhóspitos parajes, el ámbito minero de pobló de numerosos viajeros, principalmente hombres. Nueve de cada diez, lo eran.

Los recién llegados, fieros aventureros de armas tomar: truhanes, tahúres, golfos, criminales, malvivientes en general, hombres de horca y cuchillo, se mezclaron con alucinados gambusinos deseosos de enriquecerse con los ocultos tesoros de la tierra. A todos estos jóvenes arriesgados los emparejaba una común y urgente necesidad: las mujeres. Las pocas  del pueblo, esposas, ancianas y hasta niñas, eran deseadas con voraz apetito lascivo por los hombres, naciendo como repercusión, sangrantes atropellos cuyo común denominador era la violación. Para atenuar esta plaga imparable, las autoridades abrieron la ciudad de par en par. En poco tiempo ésta se pobló de busconas, meretrices y chuchumecas que establecieron sus lupanares en estratégicos puntos de la ciudad.

Amarillentos papeles de la época, cargados de referencias eclesiales, nos relatan casos puntuales del tipo de abusos que los españoles cometían con los aborígenes. El más común consistía en el robo de las esposas e hijas de éstos que los extranjeros  efectuaban para convertirlas en sus barraganas. Muchos de los que reclamaron fueron muertos instantánea, alevosa e impunemente.  Los dramas luctuosos de abuso y lascivia se propagaron de tal manera que no había día sin que hubiera muertos y heridos, generalmente autóctonos. Así las cosas, ocurrió un caso que mucho llamó la atención de los pobladores.

Un anciano cacique yauricocha, padre de dos atractivas doncellas codiciadas por su belleza y honestidad, recibió la visita de dos hermanos españoles que, jactanciosos y abusivos le solicitaron que las chicas fueran a servir en su casa. El cacique –fiel creyente de los preceptos religiosos que le habían inculcado- en la seguridad de que las convertirían en sus concubinas, con el mayor de los comedimientos les contestó que no podía aceptar ese pedido y que más bien les procuraría un par de señoras mayores para que los atendieran. Todo fue escuchar la respuesta y enceguecidos de ira atacaron salvajemente al anciano. Estaban a punto de matarlo cuando el grito desgarrado de las chicas invocando la ayuda de Dios, produjo  un milagro. Los abusivos, como movidos por fuerza extraña, rodaron por los suelos víctimas de convulsiones espectaculares, arrojando espuma sanguinolenta por la boca abierta en sardónica mueca. Parientes y amigos que llegaron al lugar vieron que el ataque se complicaba con una mayúscula hinchazón que empezando en los pies subía por piernas y muslos hasta llegar al estómago que terminaba inflándose como un globo. Convertidos en odres monstruosos de ojos abiertos terroríficamente vieron explotar el vientre en medio de hedionda fetidez. Los aterrorizados presentes nada pudieron hacer por evitar el desagradable espectáculo. Las piltrafas desgarrados que quedaban, estuvieron todavía un buen rato revolcándose sobre su miseria excrementicia, para  quedar fríos e inmóviles reducidos a  carroña repugnante.

Como es fácil suponer, irradiado por los aterrorizados testigos, el caso fue conocido en la ciudad. Cayeron en la cuenta que los casos de los dos abusivos no eran los únicos; muchos otros se descubrieron después. A la mañana siguiente el hacendado, Pedro Ludeña y Ramírez, mientras vigilaba el trabajo de sus hombres en el ingenio de su propiedad sintió que sus piernas comenzaban a asfixiarse en el estrecho encierro de sus botas de cuero; quitadas éstas, la tumescencia siguió subiendo en medio de  arrebatada fiebre. En pocas horas ésta llegó al vientre y tras exhalar lastimeros gemidos quedó rígido con una mueca macabra en la boca y los ojos abiertos de terror. Antes que la noticia se terminara de conocer, otros chapetones habían sido fulminados por la peste que volaba con alas invisibles por todos los confines mineros. En pocas horas se fueron también campanudos propietarios como el azoguero, Pedro Bernedo y Patiño; el propietario de la mina, ” Vizcaya”, Nicolás Pedro Ponce Mondragón; dueño de la mina “Encantada”, Bartolomé de Dueñas y Mesía; el jefe de arrieros, Juan José Bernaola y Elcolobarrutia; el comerciantes Domingo Millán de Acha y así, muchos empingorotados más. Lo dramático del caso es que se descubrió que el extraño mal sólo atacaba a los españoles. Los indios laboreros y familiares así como los numerosos negros permanecieron invictos, indemnes. Pronto la extraña dolencia se convirtió en peste incontrolable. Las víctimas, todas españolas, comenzaban a hincharse por los pies y, en tanto la tumescencia subía por muslos y piernas,  agudos dolores y  fiebre torturante los iba convirtiendo en guiñapos; cuando llegaba al vientre  terminaba explotando como un globo hediondo. La epidemia era tan rápida que lo más que duraban las víctimas era de dos a siete horas. Los médicos no daban con el mal que atacaba sólo a españoles. Fueron inútiles las sangrías, ventosas, lavativas y aplicación del tártaro hermético, con todo lo cual se aceleraba el fin del paciente.

A todas horas se escuchaba el claveteo de negros ataúdes. El hedor a muerte había invadido el ambiente minero. A la vuelta de cada esquina aparecía un entierro; en las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha no se cantaba sino misas de difuntos. Las extremaunciones llegaban tarde en auxilio de los agónicos. El único cura de la ciudad minera tuvo que abreviar los latines para poder cumplir con todos los enlutados feligreses.

Las víctimas de la peste fueron más de cien españoles –esto lo aseguran los relatos de entonces- que determinó que partieran delegaciones a diversas partes de nuestro territorio en busca de un misionero que mediante invocaciones eclesiales pudiera hallar cura al mal que los médicos no lo habían conseguido. Sin duda era un caso de cólera divina. Cuando trajeron a un peregrino de la orden seráfica franciscana que deambulaba por la zona, todos se reunieron en derredor de él con el fin de alcanzar el conjuro de la peste. Cuentan que, el fraile, después de sopesar el caso les habló a los presentes de esta suerte: “Esta es sin duda, obra de San Miguel Arcángel, que ha bajado a la tierra para hacer cumplir con los designios de Dios Todopoderoso, Padre y Señor nuestro; que como lo hacen San Gabriel y San Rafael, arcángeles como él -el arcángel es más que un simple ángel- ha venido a hacer justicia y volvernos al recto camino del amor a Dios y al prójimo. Por lo que sé, la lujuria pecaminosa se ha apoderado de esta ciudad y sus practicantes convertidos en esclavos serviciales del demonio, han hecho tanto mal, especialmente entre la gente nativa recién convertida, que ha originado la cólera de Dios, Creador del mundo. Él ha enviado a su más notable servidor que siempre está al servicio de los desvalidos y esta vez, así como venció al dragón del mal y, guerrero de alas brillantes, con labrada armadura y su lanza prodigiosa, ha vuelto a vencer al diablo del maleficio y la perversidad. Por tanto, el mal que les aquejaba ha quedado proscrito con la advertencia de que no deben reincidir. Caso contrario, el castigo será mucho más cruel”.  Tras la misa solemne y la comunión general de los españoles arrepentidos, el mal terminó misteriosamente como había llegado. Reconfortados los fieles, en respetuoso consenso, advocaron a nuestra ciudad bajo el cuidado del Arcángel San Miguel y, por unánime acuerdo, levantaron su templo en la plaza mayor de la ciudad minera y, cada 29 de octubre se le rendía pleitesía y acatamiento. Estábamos a la mitad del siglo XVIII.

Doña Ramona López, valiente guerrillera cerreña

Doña Ramona LópezLas mujeres peruanas que dedicaron sus trabajos y hasta la vida por difundir el mensaje de la libertad en América, fueron muchas. En Lima, por ejemplo, doña Brígida Ochoa de Campos que en los primeros tramos de las lucha fue perseguida y maltratada. Más tarde, al tomar conocimiento de su valor, el propio general José de San Martín, la condecoró. Otras mujeres notables fueron: Juana Noin, en el Cuzco; Magdalena Centeno, en Arequipa; Juana Toribia Ara, en Tacna. Ya en tiempos de la independencia María Parado de Bellido, fusilada en Ayacucho por no denunciar a los patriotas que conocía. Por las mismas razones encontraron la muerte, Emeteria Ríos de Palomo, en Canta; Paula Huamán, en Tarma y Eufrasia Ramos, en Jauja. En Concepción (Huancayo) la humilde Bonifacia Pando, condenada a sufrir 200 azotes junto al ajusticiado cadáver de su esposo, el patriota Paulino Monje.

En el Cerro de Pasco brilló por su valor indomable, María Valdizán, la mujer que con su propio  peculio solventó las acciones guerrilleras de nuestros héroes populares; con ella muchas otras mujeres más.

Después de doña María Valdizán, fue Ramona López, notable cerreña de armas tomar, la que ocupa preferente lugar en nuestra historia. Hermosísima mujer, hija de padre español y mujer nativa. En la troje de su casa -centro de reunión de los revolucionarios- camuflada con un alijo de alimentos, hallaron gran cantidad de mosquetes, dinamita, puñales y numerosos  pasquines, proclamas, bandos y décimas subversivas que in citaban a rebelarse contra la corona de España.

Ramona López, era una hermosa mujer de veinticinco años, morocha, con claros ojos acerados; piel aterciopelada y fina; dientes parejos y hermosos que lo hacían muy bella; manos callosas y enrojecidas por la dura tarea que cumplía; incansablemente diligente, el taconeo de sus altas botas de cordobán, se escuchaba a toda hora en el ir y venir del diligente trabajo hogareño; caderas anchas y generosas, bajo el delantal de percal de amplias faltriqueras; pechos abundantes y erectos que mantenían tensos los cordones del corpiño de su polca. Se cubría con un pañolón de lana, sujeto con “tickpe” de plata de nueve décimos. Estuvo casada con el minero José Vigil, dueño de una mina en Yanacancha, que murió víctima de una pulmonía fulminante. Éste le dejó sus ahorros, minas y demás propiedades que eran suficientes para que viviera libre de sobresaltos económicos. Sin embargo, Ramona, poseía aquella chingana donde expendía artículos de primera necesidad y, en estratégica trastienda, una variedad de licores para los parroquianos que no eran pocos. Como es fácil deducir, el negocio no lo ejercía por necesidad económica, sino porque le facilitaba reunirse con sus compañeros libertarios. El matrimonio contaba con el auxilio de un mayordomo diligente y fiel, llamado Manuel Queipo, minero y hombre de muchas habilidades; brazo derecho y amigo incondicional del viejo minero. Muerto Vigil por efecto una pulmonía sorda después de empaparse de lluvia, Ramona quedó viuda, sólo con la compañía de este fiel servidor que se encargó de llevar adelante el negocio de la mina. Andando los años, entre ambos se fortaleció el nexo laboral alimentado por el mutuo amor a la libertad que terminó por unirlos. Se convirtieron en fervientes  y activos propagandistas de la insurgencia naciente. La comunión de ideales los enredó más tarde en un amor irrefrenable y mutuo  que todo el mundo censuró, especialmente la iglesia. Ambos eran jóvenes y, desaparecida la muralla del matrimonio que podía separarlos, se entregaron al amor desenfrenado que ya no tuvo barreras. El párroco los llamó a reflexión: nada consiguió. Queipo, abandonó a su legítima mujer, Micaela Cárdenas y, a partir de ese momento, se dedicó en cuerpo y alma a luchar por la libertad. Él, mediante pasquines y proclamas, llegó a preparar una sublevación con motivo de la elección de Diputado de Minería, pero por obra y gracia de los soplones, no llegó a culminar. Ella por su parte, atractiva y popular, no sólo nucleaba en su negocio a gente joven y decidida, sino también diseminaba en todos los confines de la población, los mensajes secretos que le encargaban; pegaba, con sus ayudantes, las décimas y proclamas que le entregaba personalmente el padre Aspiazu y era, fundamentalmente, el nexo poderoso de todos los revolucionarios de la zona. Por eso es que, por orden expresa de José Ulloa, Caballero de Justicia de la Real Orden de San Juan, Capitán de los Reales Ejércitos y Subdelegado del Partido de Pasco, la apresaron, incomunicándola. La torturaron salvajemente hasta ponerla al borde de la muerte, pero no solo la atormentaron sino que se apropiaron, de armas, pasquines y proclamas, y de sus valiosos ahorros de oro y plata que tenía guardados como fruto del trabajo de su marido -el minero. “Se apoderaron de las escrituras de propiedad de las minas de plata, tres sacos de plata labrada y un cofrecito con tres mil trescientos cincuenta pesos en oro legítimo”. De nada le valió protestar a través de un escrito presentado por Manuel Suárez. Como respuesta se la sometió a nuevas torturas y a un estricto régimen a pan y agua. Su injusto encierro había aumentado la admiración que por ella sentía el pueblo. Más tarde, engrillada, más muerta que viva,  apoyada por un  grupo de mujeres cerreñas, logró huir de prisión. Los aciagos días posteriores, la volvemos a encontrar formando legión con los revolucionarios huanuqueños. Como puede verse, las cerreñas siempre estuvieron presentes en las luchas reivindicativas locales y nacionales. También, una vez más se pone al descubierto que todos estos empingorotados gobernantes no eran sino –con escasísimas excepciones- unos malditos ladrones.

 A partir de entonces, Ramona López, cambió notablemente su aspecto. Comenzó a vestir -de la cintura, arriba- arreos militares. Su nuevo status la obligaba. Ya era una montonera. Llevaba un par de pistolas fijada en el correaje de su cintura y abultada alforja con sus pertenencias; en la cabeza un gracioso sombrero de paño ladeado graciosamente  a un lado –coqueta como toda mujer- sus amarres de cuero se juntaban en la barbilla con no poco donaire. El resto de su persona lo cubría a lo mujer, es decir femeninamente, con una falda negra de cordellate asegurada con una kilométrica faja de colores, debajo de la cual dejaba ver las botas de cuero crudo con espuelas para sus urgencias de jinete”. Nunca perdió su donosura y personalidad. Sólo que ahora se confundía claramente con los luchadores de la libertad.

No se ha sabido cuál fue el final de esta admirable mujer.

Otra del “Congreso”: Los campeones de básquetbol

Extraordinario equipo campeón del centro del Perú, representado por el cuadro del Cerro de Pasco con el refuerzo de tres jugadores (7) Ayacucho, (4) Tarma y 12 Huancayo (Chuto Ibañez). Los locales son: (12) Nectalio Acosta Ricse (6) Efraín  “Tubo” Flores, (5) Julio Córdova Campos – La reina del Cerro de Pasco (13) Pablo Dávila Ramos, (8) Pancho Quispe, (9) Teófilo Quispe antes de uno de los partidos realizados en el coliseo deportivo de Ica.
Extraordinario equipo campeón del centro del Perú, representado por el cuadro del Cerro de Pasco con el refuerzo de tres jugadores (7) Ayacucho, (4) Tarma y 12 Huancayo (Chuto Ibañez). Los locales son: (12) Nectalio Acosta Ricse (6) Efraín “Tubo” Flores, (5) Julio Córdova Campos – La reina del Cerro de Pasco (13) Pablo Dávila Ramos, (8) Pancho Quispe, (9) Teófilo Quispe antes de uno de los partidos realizados en el coliseo deportivo de Ica.

En la fotografía están los integrantes del equipo que representó al centro del Perú teniendo como base al Campeón, Cerro de Pasco, uno de cuyos integrantes fue Pablito Dávila, miembro activo del “huarique” de “El Congreso de Comas”. Él es el más representativo de una pléyade de jóvenes basquetbolistas que emergieron para reemplazar a los subcampeones del 50. Fueron campeones centro peruanos en 1965. Lo acompañan Julio Córdova, Víctor Dávalos, Julio Atahuamán, Nectalio Acosta, Efraín Flores, Pancho Quispe y su hermano Teófilo. Esta fue una de las más grandes consecuciones de la directiva de aquel año, liderado por Enrique Suárez Rojas e integrado por Félix Llanos Alvarado, Carlos Reyes Ramos, entre otros.

A propósito de básquetbol. Un sábado de reunión alguien hizo un comentario acertado. Aquí estamos quienes hemos jugado básquetbol. ¿Por qué no lo seguimos haciendo? ¡Claro! La idea originó una serie de comentarios con unánime aceptación. Teníamos que seguir jugando. Tras nutridos comentarios formamos diversas comisiones: contrato de cancha, provisión de pelota,  uniformes y  refrescos (Trago) para después del partido y movilidad.

El sábado siguiente, estábamos puntuales en la cancha del Huayna Capac. El hijo de Cucho nos dijo que la cancha la tendríamos de once a doce, entretanto había que esperar turno. En ese momento estaban jugando unos jóvenes ágiles y enormemente altos. Después, por informe de ellos mismos, nos enteramos que eran de la selección de la UNI.

Cumplida la hora comenzamos a reclamar porque seguían jugando como si nada les importara. Cuando alzamos la voz, pararon el partido y nos “tazaron”. Como vieron que la mayoría éramos mayores y medio enanos, en forma cachacienta e irreverente, dijeron: “¡Se les juega a las “Viejas glorias”!!  y prorrumpieron en carcajadas procaces de “niñitos avispados” al comprobar nuestras fachas. Como su malcriadez continuaba, heridos en lo más íntimo del amor propio decidimos jugarles el partido. Dijeron en medio de risitas mariconadas. ¿Y qué jugaremos “Viejas glorias”?  ¡El pago de la cancha y dos cajas de cerveza!, dijo enérgicamente Miguelito Rosales. Los grandazos aceptaron en la seguridad de su triunfo. Pusimos nuestra cuota. El equipo de “Viejas glorias” se conformó con Miguelito Rosales, Cucho Caballero, Pablito Dávila, Abilio Cadema, “Chino” Baldoceda, y, de raro en rato, nos turnábamos el resto de jugadores. Nunca había visto tanto pundonor como aquel día. Jugamos como si fuera el último partido de nuestra vida. Cucho, Chino y Pablito estuvieron acertadísimos en las canastas. Cucho al comprobar que no podía entrar a la zona de ataque, “recordó” sus acertadas “bacinicas” con las que logró muchos puntos. Aquel día jugamos magistralmente. Los cambios que fueron oportunos abonando nuestra eficiencia “canastera”.  A medida que transcurría el encuentro, los grandazos se rindieron a la calidad de los viejitos retacos. Les dimos tal “catana” que, al finalizar el partido, no sólo pagaron con gusto su deuda sino que trajeron  otra caja pata tomar con nosotros. Aquel día posamos en muchas fotografías con los “longos”. Cuando se despidieron de nosotros lo hicieron de una manera respetuosa. Ya nos miraron con especial comedimiento. Fue una lección admirable que les dimos a la “Nuevas glorias”. Bueno, pero es necesario decirlo. Durante toda aquella semana quedamos con un terrible dolor en piernas y brazos, pero satisfechos de la hazaña. Ahora que lo recuerdo, de aquel equipo sólo quedamos Abicho, Pablito y yo, los otros ya se fueron. Que en paz descansen.

PLANA DOCENTE Y ADMINISTRATIVA DEL COLEGIO NACIONAL DANIEL ALCIDES CARRION (1967)

profesores del Carrión 1967Grupo de maestros carrioninos reunidos en el patio de honor del plantel, el cinco de octubre de 1967, muchos de ellos ya no están con nosotros pero, donde estén, les llegue la gratitud filial de sus alumnos, padres de familia y amigos.

SENTADOS DE IZQUIERDA A DERECHA: Celso Azcanoa Colqui, Luis Huatuco, Eliseo Acosta Ricse, Samuel Arroyo Pecho, Florisa Altamirano de Velasco, Andrés Fuentes Dávila, Martín Nilo Manyari De la Cruz (Director), Daniel Florencio Casquero,  Eduardo Mayuntupa Punto,  Félix Luquillas Huallpa,  Raúl L. Colca Malpartida, Luis Salazar, Priscilo Laurencio Vara (Regente).

SEGUNDA FILA, DE PIE: Baldomero Meza Limas, Pablo La Madrid Zárate, Fortunato Torres Valer, Félix Rivera Serrano, Armando Anchiraico Avelino, Juan Rucabado Sosa, Augusto Parra Solís, Darío Alegre, Julio Baldeón Gabino, Luis Lavado y Nectalio Acosta Ricse.

TERCERA FILA, DE PIE: Samuel Saldaña, Hugo Flores, Andrés Rosas Clemente, Lauro Santiago Valle, Job Arzapalo Callupe, Raúl Canta Rojas, Abad Ricaldi Huacachín, Hugo Galarza, Agustín Huanhuayo, Oswaldo Palacios, José Alfaro, Antonio Ricaldi y Magno Morales.

PATIO DE HONOR DEL PLANTEL, 5 DE OCTUBRE DE 1967. CERRO DE PASCO – PERÚ

Tercer caso CIENTO CINCUENTA Y CINCO AÑOS DE UNA GRANDIOSA ODISEA

Imagen que retrata el momento de la despedida de tiroleses y renanos para enrumbar a la tierra prometida de Pasco
Imagen que retrata el momento de la despedida de tiroleses y renanos para enrumbar a la tierra prometida de Pasco

Al promediarse el siglo XIX, se había llegado al convencimiento de que sólo con la inmigración se podía hacer producir los inmensos campos todavía vírgenes de nuestra patria. Ya existían antecedentes. Mediante  Decreto Supremo de 17 de octubre de 1821 y su ampliatoria de 19 de abril de 1822, el gobierno concedía  entrada  libre a los extranjeros, ofreciéndoles amplia libertad para el ejercicio de la industria y la misma protección que a los ciudadanos nacionales.  Pero es a partir de 1835, cuando se da el primer paso para establecer la inmigración definitivamente.

La posterior ley de inmigración de 17 de noviembre de 1849, favorecía «con 30 pesos por persona a todo introductor de colonos, de diez a cuarenta años, cuando éstos pasaran de un número de cincuenta». Nuestro gobierno informaba entonces que desde el 26 de febrero de 1850, hasta el 5 de julio de 1853, se habían introducido en el Perú, 3,932 colonos, de los cuales 2,516 eran chinos, 320 irlandeses, y 1,096 alemanes, cuyas primas a 30 pesos por persona, ascendía a 11, 796 pesos.

Contribuyó al éxito de la inmigración europea el hecho de que, a partir de 1850, Europa  afrontaba una serie de dificultades como los crudos inviernos prolongados, los pésimos veranos que arruinaban las cosechas y, sobre todo, los rezagsos de las guerras napoleónicas. La furia recaía sobre las poblaciones rurales, especialmente sobre las numerosas familias de las montañas que no encontraba suficiente tierra para cultivar.

Así las cosas, el noble alemán, Kuno Damián Barón Freiherr Schütz Holzhausen y Ramón Castilla, Presidente del Perú, firmaron un acuerdo de colonización alemana. Schutz, consideraba que la colonización debía empezar por la parte más civilizada y no por el litoral de Amazonas. En el Decreto Supremo de 6 de diciembre de 1855 que lo oficializaba, se disponía que en el término de seis años, diez mil colonos deberían establecerse en el Pozuzo. El gobierno pagaría los gastos de alimentación y transporte desde Amberes en Europa, hasta el Callao. Construiría un camino que partiendo del Cerro de Pasco llegara al Pozuzo; que estuviera listo a la llegada de los colonos; suministraría víveres, semillas y útiles durante el primer semestre; cada individuo mayor de quince años recibiría una gratificación de treinta pesos sin cargo a devolución; se asignarían tierras cultivables equivalentes a 25.5 hectáreas por cada hombre casado y 15.5 hectáreas por cada hombre soltero, mayor de quince años como propiedad libre después de dos años de explotación. Los colonos deberían ser católicos, trabajadores y de conducta intachable. Al barón se le nombraba responsable de la colonización y tenía que organizar el viaje de un primer grupo de 500 colonos para llegar a fines de 1857 al Perú. Si no cumplía con lo estipulado en el lapso de dos años, perdería su anualidad, derechos y demás beneficios. Finalmente se otorgaba 140 leguas cuadradas de tierras mostrencas en los sitios de la colonia para sí y los colonos.

La mañana del 16 de marzo de 1857, centenares de personas emocionadas repletaban la plaza tirolesa de Silz, aldea de la Baja Austria en los Alpes. Los que partían –inmigrantes de Silz y Haiming- y los que los despedían se hallaban contritos en la iglesia del lugar donde se celebró misa. El cura en su homilía recitó estos versos nacidos al calor del momento:

Ya no se puede vivir en nuestra patria Tirol

y por eso nos llaman los peruanos.

Allá cada uno recibe sesenta yugadas y dinero,

por eso tomad vuestro bastón de viaje e idos al Perú.

Si uno tiene quince hijos y está más pobre que una rata,

tiene que hacer las maletas diciendo adiós a la miseria.

que se vaya a América donde hay pan en abundancia,

por eso tomad vuestro bastón de viaje e idos al Perú.

(Canción anónima)

Después de los abrazos, besos, lágrimas y promesas, abordaron el ferrocarril que los llevó al puerto de Amberes. En su periplo pasaron por  Ausburg,  Stuttgart, Mannheim, Koblenz, y por vía fluvial hasta Colonia, donde se unieron a los renanos que estaban guiados por el padre Joseph Überlinger, párroco de Brixen. A éstos se sumaron 32 renanos que habían superado dificultades en Colonia.  Total, eran 200 tiroleses y 104 prusianos comandados por los sacerdotes católicos Joseph Egg y Joseph Überlinger. Viajaron también, un médico, un maestro de escuela y un sacerdote más. Eran 304 aventureros que partían con destino al Perú. El capitán, autoridad máxima de la nave y, sacerdote, guía espiritual en ejercicio de mando tradicional celebraron el sacramento del matrimonio de 23 parejas jóvenes que partían.

El 26 de marzo salieron de Amberes en el viejo barco inglés NORTHON -transportador de guano- que no estaba preparado para el transporte de personas. Ya en alta mar, los inmigrantes sufrieron los embates de la travesía. Expresivas cartas de algunos pasajeros relatan aquellos siniestros pormenores. Los niños fueron los que más sufrieron.

Al llegaron al Callao el 26 de julio de 1857. Días más tarde, Joseph Egg, escribiría: “Fueron 113 días de viaje, desde el 30 de marzo hasta el 21 de julio, en los que, fatalmente murieron dos adultos y cinco niños; pero en ese mismo lapso nacieron tres niños. Debido a una cuarentena forzosa fuimos enviados a la isla San Lorenzo y, el 26 de julio, navegamos hasta Huacho sin tocar nuevamente el Callao”. En la carta también refiere que solamente él, de todos los colonos, en compañía del barón Scultz, visitó la ciudad de Lima en donde fue nombrado Párroco y Padre Espiritual de la nueva colonia.

En Huacho, el padre Joseph Uberlinger, realizó tres matrimonios con permiso arzobispal de Lima. Con el entusiasmo al tope los colonos se prepararon para el largo cruce de los Andes. Lo necesario fue  adecuado en 400 mulas. Las mujeres y niños irían sobre acémilas, los hombres, a pie, haciendo recorridos diarios de 3 a 4 leguas.

El viaje no fue placentero. La tensión anímica estaba enervada por las privaciones sin fin, la rigurosidad del clima, las limitaciones alimenticias y otros múltiples factores. Muchos achacaron el naciente fracaso de la expedición a la pésima organización de Damián Schultz; otros, afirmaron que no. Se produjo entonces una ostensible división que hizo peligrar la marcha. Los descontentos estaban comandados por el joven clérigo, Joseph Uberlinger, mientras que los incondicionales por el maduro, Joseph Egg. En el trayecto los enfrentamientos entre ambos grupos fueron muy agresivos y peligrosos. Para nada logró calmarlos la muerte de un inmigrante de 65 años que cansado y maltrecho había sido fulminado por el mal de altura, ni la de un bebé recién nacido por pulmonía fulminante. Las desgracias aumentaron el distanciamiento entre los colonos.

Partiendo de Huacho, avanzaron 55 kilómetros hasta Sayán, a 650 metros sobre el nivel del mar. De Sayán salieron a través de del valle de río Huaura hasta Chiuchín, a ochenta kilómetros. Después de un ligero descanso avanzaron hasta la hacienda Quisque donde se les brindó alojamiento y ayuda. Desde la hacienda Quisque, largaron el último tramo de la ruta de 85 kilómetros hasta arribar al Cerro de Pasco. Aquí la altura, el frío y otras inclemencias, no obstante el auxilio del pueblo, atacó a los inmigrantes que sufrieron mucho. Inclusive el dinero destinado a la construcción del camino al Pozuzo, se había esfumado. No había camino, ni semillas, ni animales, ni alimentos, ni nada. Esta fue la más dura noticia que conmocionó al reverendo Joseph Egg y a los heroicos braceros alemanes. La amarga nueva se difundió entre los colonos originando el desánimo inmediato.

Finalmente, calmados los ánimos, partieron a ser dueños de las tierras que se les había prometido. Cargaron cuanto pudieron conseguir de los austriacos residentes y sus paisanos que quedaban en el Cerro. Después de un viaje de siete días llegaron a Chontabamba, donde el camino deja de ser transitable para acémilas. Todos los víveres debían transportarse hasta una distancia de 20 leguas, produciéndose como consecuencia muchas irregularidades y retrasos por lo que permanecieron hasta tres semanas sin carne para sus alimentos.

Lo que siguió fue una sucesión de tragedias con el aniquilamiento de muchas vidas. “En el tiempo transcurrido desde la salida de Amberes (marzo de 1857) hasta el arribo a Pozuzo (julio de 1859) fallecieron 35 de los 304 emigrante, unos 120 abandonaron el grupo y nacieron unos quince bebés. De los 304 tiroleses y prusianos que habían partido, sólo 150 llegaron a destino después de dos años y cuatro meses de martirio. Muchos de los niños que enternecían la escena, eran ya peruanos, con invencible sangre teutona en las venas.

¡¡Abrazos y alegría!!… ¡Recuerdos y emociones!! Aquel mediodía, como no había ocurrido antes, vieron los ojos azules de Joseph Egg anegados de cristalina emoción. ¡Lloraba! ¡Lloraba como un niño, y con palabras entrecortadas de rodillas sobre la tierra que supo conquistar rezaba dando gracias a Dios que les hubiera hecho llegar con bien.

¡¡Habían llegado a su destino…!!

Era el mediodía del 28 de julio de 1859.

Grupo de orgullosos descendientes de aquellos aventureros extraordinarios que ahora pisan firmemente la tierra que supieron conquistar sus valientes antepasados. La efigie siempre eterna del padre Joseph Egg, preside la conmovedora escena.
Grupo de orgullosos descendientes de aquellos aventureros extraordinarios que ahora pisan firmemente la tierra que supieron conquistar sus valientes antepasados. La efigie siempre eterna del padre Joseph Egg, preside la conmovedora escena.

Los alemanes en el Cerro de Pasco (Primera parte)

barcos de vela alemanesHay tres episodios dramáticos marcados por la llegada de los alemanes al Cerro de Pasco. El primero es el referido a “Los alemanes de Rodulfo” cuyas trágicas consecuencias estuvieron a punto de hacer desaparecer toda posibilidad de la llegada de otros  germanos a nuestra tierra.

El segundo, referido a don Carlos Pflucker, que en 1845 trajo a diecisiete operarios alemanes procedentes del Hartz, -Breslau- (región metalúrgica de Alemania central) para trabajar en el Cerro de Pasco.

El tercero y definitivo es el referente a los alemanes del Pozuzo de los cuales hemos hablado repetidamente.

Para conocimiento de nuestros amigos, narramos brevemente estos casos.

LOS ALEMANES DE RODULFO

Promulgada la Ley de Inmigración de 1849, se recibieron varias propuestas para traer inmigrantes, entre ellas la de José Antolín Rodulfo, un hombre de negocios panameño que tenía activa participación en la vida política y social de Lima, hijo de un comerciante genovés. El 20 de setiembre de 1850 se acepta su propuesta. Traería inmigrantes europeos con una prima de 30 pesos por cada uno de ellos. Con ese fin viaja a Europa y el 15 de agosto de 1851 en una conferencia en Paris informa de las ventajas de la inmigración que proponía.

La propuesta no era nada convincente, sin embargo, con un contingente de 1100 alemanes procedentes del ducado de Wurtemberg, unidos a 320 irlandeses, viajan al Perú a bordo de los veleros Ohio, Pauline, Julie, Europa y Misisipi (“los cinco veleros”) llegando al Callao, entre diciembre de 1851 y marzo de 1852. La mayoría de irlandeses fueron contratados por las haciendas de Juan Gallagher, en La Legua (Callao); los otros  fallecieron o regresaron a Europa; no pocos abandonaron el país rumbo a Australia. En cuanto a los alemanes -más tarde llamados “los alemanes de Rodulfo”- poseían contratos transferibles por un plazo de 6 años con una remuneración de 8 pesos mensuales, más alojamiento y alimentación. Pocos pudieron resistir el rigor de los trabajos agravado por la mísera remuneración y la incomprensión del idioma que dificultó la relación con sus empleadores. Lo más grave fue la serie de maltratos que les propinaron. Al año siguiente ya habían muerto más de 600. Lo increíble de todo es que, cincuenta inmigrantes que no pudieron ser colocados en ningún trabajo por Rodulfo, fueron ofrecidos como animales en subasta pública en un aviso publicado en El Comercio. La vida de estos seres humanos fue muy dramática. Uno de ellos se refiere a Ursula Lang, ciudadana suiza que con su familia se había unido a los inmigrantes de Wurtemberg. En octubre de 1852 fue encadenada por Tomás Villalba, hacendado de Huampaní, debido a sus repetidos intentos de fuga. A la pobre mujer le resultaba imposible seguir soportando tantos abusos juntos. Fue liberada por una partida de ciudadanos alemanes armados. Otro caso tristísimo es el de Tobías Hochwind, alemán, de profesión horticultor. De acuerdo a los archivos del estado de Baden-Wurtemberg, falleció de “hambre y abandono”. Todo esto es increíble, pero sucedió en nuestro país.  La presión ejercida por las víctimas de estos incalificables abusos, originaron notas de protesta de diplomáticos alemanes en el Perú. En el registro oficial de 1853, se lee la siguiente denuncia.

“Ministerio de Gobierno, Lima a 4 de enero de 1853.

Señor Intendente de Policía:

El Señor Cónsul de Hamburgo se ha dirigido a éste Ministerio para exponer que el alemán N. Sahll, de los inmigrados que fueron traídos con autorización del gobierno por Antolín Rodulfo, contratado al servicio del dueño de una fábrica de velas junto con su mujer, fue maltratado de obra por el patrón, y que habiéndose conducido este incidente al conocimiento de la Intendencia, el mencionado alemán fue puesto en un cuartel en donde ha sufrido nuevos maltratos. Me dirijo a Ud. por petición del Sr. Cónsul expresado, para que me informe de lo que haya en este asunto.

Debo con esta ocasión hacer presente a Ud. Que independientemente de interés nacional, que es el de ofrecer a la inmigración útil las seguridades de un trato justo el cual es conforme además con los sentimientos humanos del país y su índole hospitalaria para con los extranjeros, no puede prescindirse de las garantías comunes a todo hombre en el Perú, de que no pueda ser castigado sino por disposición de la ley y por los funcionarios y personas a quienes ésta autoriza.

Se recomienda pues a Ud. de un modo muy especial el que de acuerdo con las buenas ideas del gobierno, cele en que no se practiquen abusos en esta materia, mucho menos tolerables, cuanto que existe para favorecer la acción de los particulares en apoyo de sus derechos la autoridad de la policía y de otros funcionarios, a los que deben ocurrir en casos de faltar a los contratos; y que el empleo de los maltratos individuales en estos casos además de ser un desorden, traería consigo el descrédito de la autoridad de la que no puede prescindirse para obtener los remedios legales a fin de mantener la armonía civil. Dios guarde a Ud. José Manuel Tirado.”

Por otra parte, el periódico Deutsche Auswanderer-Zeitung informaba: “No es ningún acto benéfico haber traído inmigrantes alemanes a este país porque desgraciadamente nadie puede brindarles ayuda significativa, acá. Sesenta de los alemanes llegados se enrolaron en el ejército llevados por pura miseria, ciento veinte más fueron prácticamente comprados por Flores para integrar su expedición, ochenta de ellos se los llevó un hacendado para sus tierras y cuarenta trabajan en las islas guaneras,  llevando la vida más miserable y espantosa que uno se pueda imaginar. Tienen mejor suerte aquellos que están encerrados en cárceles en Alemania que los que trabajan en las islas, cien ya murieron de fiebres y fueron enterrados como animales debido a que son protestantes y no hay dinero para sepultarlos en Bellavista. Éstos fueron tirados al hueco detrás del cementerio católico. Muchos de los sobrevivientes han sido encarcelados sin razón alguna porque los amos no se entendieron con sus sirvientes ya que no dominan el idioma español”.

Tantos fueron los alegatos de Hermann Woldt (traductor alemán afincado en el Callao) y del cónsul de Bremen, Juan Gildemeister, que por fin determinaron que se rescindieran sus contratos y se “liberaran” a los alemanes. La conmovida agencia marítima de Bremen accedió a llevar a Valparaíso o de regreso a Alemania a los inmigrantes que así lo quisieren. Otros se dirigieron hacia Panamá y California, otros a buscar trabajo en las islas guaneras y las salitreras de Iquique; algunos formaron parte de las expediciones al Amazonas de 1853 y la expedición del General Flores.

Todos estos incidentes originaron una pésima reputación del Perú como país de destino de emigrantes alemanes. En palabras de Duval la inmigración a cargo de Rodulfo se podría resumir así: “y los inmigrantes que se fueron de Alemania han llenado ambos mundos con el ruido de sus quejas y de sus querellas”.

Para 1860 y luego de haber participado en la frustrada colonización del Amazonas de 1853 como “supervisor”, José Antolín Rodulfo elabora un proyecto solicitando privilegio para establecer un banco de emisión y descuento, siendo sus bases “deleznables”. Fallece en Lima en 1869.

El segundo caso: Los alemanes de Pflucker

En 1845 el empresario de Breslau (actual República Checa) Carlos Pflucker, trajo a diecisiete operarios alemanes procedentes del Hartz (región metalúrgica de Alemania central) para trabajar en el Cerro de Pasco. Sin embargo, desavenencias con las autoridades locales y el sistema de trabajo hicieron fracasar su asentamiento, con juicio de por medio. La idea era traerlos a manera de prueba para luego traer más inmigrantes alemanes. Tiempo más tarde, otro grupo de alemanes se asentó en nuestra ciudad. Fue una cantidad muy importante que, según el censo de 1876, arroja la cantidad de 22 personas: 12 hombres y 10 mujeres. A este número hay que añadir a los que, en 1857, pasando rumbo a la colonización del Pozuzo quedaron en número de cincuenta entre los que estaban el cura Uberlinger, un médico, un relojero, un maestro de escuela y algunos braceros. De todos ellos, se habló mucho del alemán Herold que, aprovechando las excelencias de las aguas de Piedras Gordas, instala una cervecería utilizando la notable cebada del valle del Mantaro, levadura y lúpulo traídos directamente de Bavie­ra (Alemania); Racquebrandt que heredó la cervecería; Nicolás Poehllmann fabricante de embutidos; Rubén Bauer, panadero; Félix Lewandovsky, notable mecánico que tuvo brillante actuación en el Concejo Municipal y como Comandante de la Compañia de Bomberos. Wilhelm Schuermann, natural de Franckfurth quien, “en 1866, a la edad de 24 años, desembarca en el Perú y marcha hacia el Cerro de Pasco donde se casa con la hija de una “opulenta familia” ([1]). Se han establecido en el Cerro de Pasco toda clase de artesanos, contándose entre ellos, muchos alemanes. Aquí se ha instalado así mismo un médico, así como un relojero alemán y un joyero, y por lo que he podido saber, la vida de sociedad transcurre alegre y activamente. Como en todas partes, allí están también los alemanes divididos en diversos partidos, los que no se pueden ver unos a otros. Es posible que hayan obrado así para nocalumniar su carácter nacional, quizá también hayan obedecido otras razones. En todo caso he comprobado lo que en muchas tierras extranjeras, en las que encontré a los alemanes divididos y separados. Tomados individualmente todos son buena gente muy honesta, pero cualquier malentendido, da lugar a provocaciones. Rencilleros y oletones se ven en todas partes, los cuales, de una palabra dicha a la ligera y entendida por ellos a su manera, hacen un escándalo porque la difunden distorsionada, haciendo la ruptura inevitable, después de que ambas partes se han insultado y  maltratado. Cada cual cree tener la razón, nadie quiere dar un paso hacia la reconciliación que cada cual lo considera imposible, de suerte que la enemistad se vuelve irremediable.

Por lo demás, los alemanes, a través de su consulado, siempre estuvieron ligados a diversas actividades. Así, los primeros días de febrero de 1904, arribó al Cerro de Pasco, una misión científica integrada por notabilísimos geólogos del Imperio Alemán a la que se unió otra, de geólogos e ingenieros peruanos, presididos por el ingeniero José J. Bravo, Enrique Laroza, Ernesto Diez Canseco, Ricardo A. Deustua, Juan M. Yañez, Herminio Cabieses, Palo A. Boggio, Guillermo Lostaneau, Elías Ganoza, Nicolás Arauco y Félix Remy. El objeto de esta comisión científica fue el de realizar estudios mineralógicos, geológicos y paleontológicos del subsuelo y visitar las principales minas y oficinas metalúrgicas de esta región minera.

En el mes de abril de 1908, con el fin de efectuar un estudio de la estructura geológica de nuestra ciudad, arriba el profesor alemán, Gustav Steinmann en compañía de su ayudante, Otto Schalangitweitt. Durante dos años consumaron un detallado estudio que fue publicado en Alemania.

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