JUAN SANTOS ATAHUALPA APU INCA “El caudillo invencible” (1742)

PLAZA-JUAN-SANTOS-ATAHUALPA
Monumento erigido en honor de Juan Santos Atahualpa Apu Inca, en una zona del la selva del Perú

Un día no precisado de mayo de 1742, cuando la estación de lluvias estaba terminando y los pajonales mostraban su verde más intenso, tras navegar por el Ene y la quebrada de Simá, apareció  un hombre fuerte de treinta años, estatura mediana, color pálido amestizado, cubierto con chusma encarnada, barba con algún bozo y pelo cortado como los indios de Quito. Lucía el regio continente de un monarca. Era conducido por el cacique simirinchi Bisabeki.

Los nativos que lo veían por primera vez se enteraron que era cusqueño, descendiente directo del último inca por eso su nombre era, Juan Santos Atahualpa Apu Inca. Enviado por Dios, había entrado en el Gran Pajonal para recuperar su Imperio. Llegaba para arrojar a los blancos enemigos de Pachakamaite y recuperar la corona que Pizarro había arrebatado a su padre con malas artes. El viejo shiripiari aseguraba que el Apu nuevo sabía leer en castellano y latín, que hablaba varios idiomas y tenía tanta sabiduría como Salomón; que era hijo de Dios y le creyesen y obedeciesen; que compondría de tal suerte su reino que acabarían los obrajes, ganaderías y esclavitud de sus hijos. De no hacerlo, haría caer los montes con diluvios interminables.

El viento que corría por la fronda, avisó a las aves y al trueno y a los ríos y a las cochas y a la lluvia, y así lo supieron los piros, asháninkas, amages, setebos, machiguengas, simirinchis, mochobo, shipibos, comarosquis, yánesha, conibos, nomachiguengas, andes y todos los indios de nuestra selva que acudieron presurosos a ofrecerle obediencia y lealtad, dejando abandonados sus pueblos. Los indios del Gran Pajonal se unieron a los de las márgenes del Perené, Metraro, Eneno, San Tadeo, Pichana, Najandaris, y a los naturales del Cerro de la Sal. Vinieron desde el Ucayali, desde la Pampa del Sacramento, desde el río Pachitea, y más al sur, desde el Urubamba. Nunca antes en la selva se había visto nada igual. Rivales encarnizados, guerreros adversarios, caciques sanguinarios, hablantes de diferentes idiomas y adoradores de dioses diversos acudían al llamado del Apu Inca. Juan Santos Atahualpa los unió buscando la restitución de los tiempos incaicos luchando contra las reducciones españolas, trabajos forzados y costumbres accidentales; distintas a las suyas. Aquel mes de mayo de 1742 con el trascendental encuentro entre el caudillo revolucionario y Mateo Santabangori, curaca de Quisopango, se consolidaba una coalición política que todos los indios de la selva central la acataban tras el ideal mesiánico de liberación.

Quisopango es un lugar situado a orillas del río Simaki, afluente del Perené por su margen izquierda; muy cerca de su confluencia con el Ene. El acontecimiento fue extraordinario. Los asháninkas, se resistían a ser asimilados, aculturados y transformados; no percibían las ventajas de la civilización porque tras ella venía la explotación inicua, el sometimiento egoísta y cruel, pero sobre todo, la pérdida de la libertad más o menos nómada en la que hasta la llegada de los misioneros, habían vivido. Los chunchos vieron que los despojos aumentaron tras la formación de diez pueblos. Los bosques que habían sido de todos, pasaron a unas cuantas manos virreinales. Los abusivos llegaban siguiendo la trocha abierta por los misioneros. La caza, la pesca y una elemental agricultura  habían sido reemplazadas por una regimentación laboral severa, en plantaciones ajenas.

A partir de entonces trazaron un estructurado  plan de rescate para iniciar la guerra de recuperación. Los abundantes datos que poseían sirvió para eso. Fechas, hombres y armas se programaron como es debido. Fabricaron gran cantidad de flechas -su arma principal-; las únicas que usan en la guerra, en la caza y en la pesca; armas que manejan con mucha destreza y maestría, desde niños, adecuándolas a su tamaño, pericia adquirida y edad. La fibrosa y resistente chonta –una especie de palmera-, para los arcos o ballestas labrados con mucha dedicación; las puntas o saetas en sí, trabajadas en la misma madera, fijadas en el tallo mediante hilos y cera, untadas de curare para obtener efectos desastrosos en el enemigo; la herida que producen es terrible y generalmente mortal; no se pueden extraer sino en dirección contraria a la parte por donde han entrado; los dientes trabajados en el filo se oponen a su extracción y rasgan músculos, nervios, venas y arterias, causando insoportables dolores. En otros casos, le ponen regular cantidad de algodón en la punta para que produzcan hogueras. Son las flechas incendiarias que originan grandes siniestros. La parte posterior es muy liviana, de espiga o flor de caña brava, en cuyo extremo le amarran dos plumas partidas de ave, para darle dirección e impulso. Abren el arco con tal fuerza que arrojan sus dardos a más de cien  metros, clavándolos con fijeza sobre la madera. ¿Qué será en el cuerpo humano? Labraron también otra más grande, en forma de lanza, cuya saeta afilada de caña muy dura, emplean para dar muerte a animales más grandes; la herida que originan, de una o dos pulgadas de ancho, desangran en pocos minutos al hombre como al animal. De las lanzas de madera de palma ni se diga. Las usan con tal maestría que fácilmente pueden dar cuenta de animales enormes, veloces y resistentes. También están las envenenadas cerbatanas y las contundentes macanas de madera en forma de remo o bate de base ball con las que fácilmente masacran hombres y animales.

Los misioneros de Ocopa, enterados del acontecimiento, comenzaron a indagar meticulosamente. Se valieron de todos los medios. Dos negros esclavos: el Congo y Francisco, informaron a fray Manuel del Santo, fray José Cabanes y fray Domingo García, las pretensiones que traía Juan Santos y se lo hicieron saber al padre comisario, fray José Gil Muñoz que, a su vez, lo elevó a la corona de España. Esta versión que ahora se halla en el Archivo de Indias, dice: “Viene este indio, que dice ser Inca del Cuzco (llamado Atahuallpa) traído por el río, por un Curaca simirinchi, que se llama Bisabequi; y dice que deja en el Cuzco tres hermanos, uno mayor que él y otros dos menores; que él tendrá poco más de treinta años; que su casa se llama Piedra. Su ánimo es –dice- cobrar la corona que le quitó Pizarro y los demás españoles, matando a su padre (que así le llama al Inca), enviando su cabeza a España. Dice que estuvo y viene de Angola y de los Congos; que habló con los ingleses, con quienes dejó pactado que le ayudasen a cobrar su corona por mar, y que él vendría por tierra, recogiendo su gente para recobrar su corona: y que a este fin le enviaron sus hermanos, principalmente el mayor, a la montaña; que él es bueno, que no intenta introducir ley nueva, más que la que predican los padres, que esa es la verdadera; que luego que acabe de juntar esta gente, sube con ella a Quimiri, en donde llamará a los serranos, sus vasallos, para que lo acompañen a la empresa; pero que antes vaya el padre fray Manuel del Santo, solo; que quiera que escriba al señor Virrey, para que se le restituya su corona, y sino, que él la pasará a tomar por la fuerza. Llama a todos los indios Amajes, Andes, Cunibos, Shipibos y Simirinchis, y ya los más, los tiene juntos y obedientes a su voz; todos clamando que no quieren padres, que no quieren ser cristianos, e incitándole a que les deje matar a los negros, para que ya tuvieron tres amarrados, cortando a unos la cara con un cuchillo; que aún sin saberlo el Inca, que él a todo eso se opone; y en hablándole de eso les riñe; hacen los indios, tanto cristianos como infieles muchos bailes y están muy contentos con su nuevo rey; y dicen mil cosas contra españoles y negros, y ni de los padres hacen caso alguno, dándose mil parabienes de que ya hubiese llegado el remedio a sus trabajos. Habla este Inca (que dice ser) lengua serrana, ande y español. Llama a todos los indios como decimos, pero que no vayan negros ni españoles a su presencia, que todos son unos ladrones que le han robado su corona; que en este mundo no hay más que tres reinos: España, Angola y su reino; y que él no ha ido a robar a otro su reino, y les españoles han venido a robarle el suyo. Este inca héroe, andino amazónico, se ha impuesto la tarea histórica de liberar a su gente de lo que llama la opresión española. Como líder ha tenido la agudeza de elegir la selva central, región fronteriza y refugio de indígenas huidos de las minas y obrajes, parcialmente habitados por pueblos selváticos con vínculos clánicos que estan reducidos en las misiones franciscanas. Pero que ya a los españoles se les acabó su tiempo; y a él le llegó el suyo. Que sus vasallos se han acabado para los españoles; pero que ya se acabaron obrajes, panaderías y esclavitudes, pues no ha de permitir en su reino, esclavos, ni las demás tiranías de los españoles. Que ahora han de venir padres a la montaña a enseñar a sus indios, pero que no los han de acompañar negros ni viracochas (españoles) y si los padres no quisieren así, que él traerá al obispo del Cuzco para que ordene a estos indios para padres, pues también entre los negros, ha visto él, padres negros, con barbas largas, diciendo misa; y que aunque no sean blancos como los españoles bien pueden ser padres y sacerdotes. Del gobernador dice que viene a su montaña como puerco (son términos suyos) espantando a sus indios y llevándolos amarrados fuera; y que ya ahora no hay más gobernador ni más rey que él. Vuelvo a decir que llama a todos los indios de arriba, y que si los padres les impiden la bajada se enojará mucho;  que al enviar a llamar a los de Sonomoro, le dijeron que de allí no vendrían porque habían muchos negros que lo impedirían, a lo que respondió que él tenía pies para irlos a buscar; masca mucha coca y envía recados a los pueblos para que le lleven, y él de ella reparte a los que no tienen. Dice que es hierba de Dios y no de brujos como dicen los viracochas. Que no se admiren de verle pobre, pues todo se lo han robado, pero que tiene mucho oro y plata escondida, la que luego que se coronase manifestaría, pero que no la poseerían  más los españoles…  todas estas cosas y otras muchas más que omitimos por abreviar y no ser tan sustanciales, habló con los negros el Inca, y sacando un Crucifijo de plata que trae al pecho, les dijo que por aquel Cristo les pedía hablasen verdad, y no añadiesen ni quitasen de lo que él decía y, los despidió”.

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