JUAN SANTOS ATAHUALPA APU INCA (Segunda parte)

Grabación nativa del momento en que Juan Santos se reúne con los emisario de Ocopa
Grabación nativa del momento en que Juan Santos se reúne con los emisario de Ocopa

Los frailes estaban conscientes que la intranquilidad de los nativos contaba con viejos antecedentes en el territorio. Todos tenían como denominador común el rechazo nativo al maltrato de los blancos y sus sirvientes negros. Recordaron que, en los primeros años de la entrada y conquista de la selva, los jíbaros del norte habían causado serios problemas al destruir las instalaciones españolas fundadas por Juan de Salinas. Que desde aquel año de 1599, hasta muy avanzado el siglo XVIII, la zona norte del Marañón había ofrecido una fuerte resistencia armada y su colonización había sido imposible. Más trágico  fue el caso de cuatro mil indios záparos de los ríos Pastaza y Morona que tras haber resistido hasta 1619, tuvieron que rendirse ante Pedro Baca de Vega que los llevó hasta la misión de Borja donde fueron víctimas de acciones inhumanas. En 1640 originaron un tumulto sangriento y espectacular. Pocos años después, uno de cada diez indios maina esclavizados sobrevivirían al cruel cautiverio en 21 encomiendas. Los shipivos habían hecho lo propio ante el gobierno sanguinario de los españoles. En 1660, los cocama, hostilizaron los centros del bajo Huallaga y, trascurridos diez años, atacaban a las misiones de los panatagua y, en 1698, se libraban finalmente de toda dominación blanca. Como se ve, ante los tratos inhumanos de los hacendados, habían protestado largamente. Los asháninkas, que eran los protagonistas principales de la revolución en ciernes, también habían mostrado su beligerancia; en 1687, por ejemplo, cien de ellos de San Joseph de Sivina retirados selva adentro, rechazaban cualquier contacto con los blancos. No hacia mucho tiempo, en 1737, el curaca de Catilipango, Ignacio Torote, secundado por una veintena de indios, tras matar a un fraile, se dirigió a Sonomoro donde dio cruel acabamiento a los misioneros que encontró en su camino. Un aterrorizado testigo que había presenciado la masacre, justificaba el hecho diciendo que Torote había defendido la libertad arrebatada con malas artes. Al final, todos sus cómplices fueron detenidos y condenados a muerte, sólo él se salvó al internarse en la selva, perdiéndose en  su inmensidad. Más tarde se convirtió en aliado incondicional de Juan Santos. La resistencia siempre estuvo vigente en aquellos territorios. En marzo de 1724, por citar otro ejemplo, varios religiosos franciscanos –14 españoles y 20 indios cristianos- son asesinados por indios piro y mochobo, cerca de Jesús María, en el antiguo puerto de San Luis, confluencia de los ríos Ene y Perené.

Los misioneros caían en la cuenta que si se había logrado vencer de alguna manera estos primeros brotes de insurgencia, ahora  la situación se tornaba problemática porque tenían que vérselas con un conductor nato que había logrado nuclear un enorme ejército de nativos que lucharían utilizando todas las armas a su alcance por lo que creían justo. Para estar mejor informados, buscaron datos de la personalidad del líder indígena. Así se enteraron por una carta oficial remitida a la corona aquel año por los Oficiales de las Cajas Reales de Pasco, José Patricio Albeiza y Elizondo y Manuel de Barrenechea, que, entre 1729 y 1730, Juan Santos había recorrido la sierra desde el Cusco hasta Cajamarca, pasando por los andes centrales, tocando especialmente Pasco, con el fin de observar in situ, las penurias que pasaban los naturales y pedir a los caciques y gobernadores de la zona, toda la ayuda que fueran capaces de alcanzarle, para el momento en que en que se internara en la montaña y proclamara el derecho a su descendencia inca. Que mediante documentos válidos oficialmente guardados en el Archivo General de Indias, Sevilla, España, se probaba que era descendiente directo del último inca. Que el año 1730, en que inicia su periplo publicitario por nuestra sierra, habría tenido entre 18 y 20 años de edad cursando estudios en el Colegio del Cusco y era claro que su decisión revolucionaria estaba tomando cuerpo desde entonces, antes de realizar su viaje a Europa y Angola (África). Que su cultura era tan sólida, que hablaba varios idiomas, especialmente el latín, y que había estructurado una férrea y arrolladora personalidad. El padre franciscano Amich, diría que era un polígloto, un estratega, un psicólogo y un gran sugestionador, como todos los conductores de hombres, y que la contemplación de las ruinas del poderío de sus abuelos y los sufrimientos de su raza vencida, por un poder abusivo y bárbaro, habían rumbeado su alma hacia horizontes de inconformidad y rebeldía.

Otro sacerdote que lo conoció por aquellos años, asegura que era profundamente religioso cristiano que rezaba todos los días, que leía las Sagradas Escrituras, que predicaba a los indios con la fe con que lo hacían los sacerdotes; que sobre el pecho descubierto, amplio y musculoso, llevaba un sólido crucifijo de oro, asegurando que Él guiaba sus pasos. Otro sacerdote historiador de las misiones, admirado por el continente del líder selvático asevera: “Entre todos los salvajes alzados, formaron una masa imponente en torno al indio llamado Juan Santos Atahualpa. Éste llevaba sobre el pecho, una patena de oro que los deslumbraba, reflejando los rayos del astro del día. Habla con tal autoridad y encendido fervor, que los indios creen a pie juntillas sus mensajes revolucionarios”.

Con todos estos datos en su poder, la superioridad eclesial delega al conversor de San Tadeo de los Antis (Perené), padre Santiago Vásquez de Caicedo, para que se entreviste con Juan Santos Atahualpa y logre  un entendimiento a fin de que continúen las misiones en territorio salvaje. Para llegar a su destino, el conversor superó el estrecho de las Cascadas en el Gran Pajonal y siguió directamente a Quisopango donde residía el rebelde. Como los documentos lo registran, la entrevista cordial se realizó la tarde del 2 de junio de 1742. A eso de las cinco de la tarde llegó el visitante conversor, y para causar buen ánimo, saludó al grupo de indios que formaban una media luna.

— ¡Ave María Purísima!.

— ¡Sin pecado concebida, Santísima! – respondieron los indios que formaban el comando revolucionario. De inmediato rodearon al sacerdote y su corta comitiva para recibir el báculo con un crucifijo que tenía en su poder. Cuando apareció Juan Santos, que  había estado  leyendo en una choza adyacente, el fraile quedó impresionado del continente del inca; para cerciorarse de que dominaba el latín le saludó en este idioma a lo que el rebelde contestó brillantemente en la misma lengua. Es más, rezó el Credo y el Padre Nuestro en latín. Tras regalar con algunos alimentos y refrescos a sus visitantes, inició la conversación en la que dio a conocer en síntesis todo lo que había venido ocurriendo en la selva central. Su objetivo era demostrar a los visitantes que conocía al dedillo todo lo acontecido en aquel escenario. Recordó que allí donde había existido un embarcadero levantado por la expedición del padre Biedma, en 1686, en el Puerto de San Luis, se había fundado Jesús María; unas millas más al sur, en la orilla izquierda del Ene,  Catilipango; en la margen derecha del Perené, San Tadeo de los Antis; y entre Quimirí y el Cerro de la Sal, Nijandaris. Después del Cerro de la Sal, se fundan Metraro y Eneno. Tras este recuerdo y escuchar  atentamente los requerimientos de la delegación misionera, el anfitrión respondió con respeto, pero con firmeza, a fin de que no cupiera duda, que había venido a reorganizar su imperio con la ayuda de sus hermanos los indios y algunos mestizos con terminante exclusión de todos los negros, porque éstos eran sirvientes incondicionales de los explotadores. “Estuve y vengo de Angola y de los Congos y me he reunido con los ingleses para pactar con ellos, que viniendo por el mar, me ayudarán a recobrar mi corona” – dijo- . Que ponía en aviso al Virrey, por intermedio de los misioneros, para que no trate de impedir su movimiento, porque a él y su ejército, les torcería el cuello como a los pollos. Ponía especial énfasis en decir que tuviera cuidado por dónde escapaba, ya que por mar venía su pariente inglés a reforzarlo. Con lujo de detalles les hizo conocer de su visita a Inglaterra en donde había conseguido la promesa de un contundente apoyo a su causa libertaria. Al escuchar esta afirmación, el sacerdote visitante insistió en la “pacificación” pero fue cortado por Juan Santos que terminó asegurando: “Tenemos todo el derecho a este reino. Es nuestro. Estamos en las tierras que nos legaron nuestros ancestros. Somos cristianos, rezamos todos los días, leemos y predicamos la doctrina cristiana a todos los hermanos. Nada tenemos en contra de los sacerdotes que predican la ley de Cristo. Lo que queremos de inmediato es que negros y viracochas abandonen nuestras tierras. Ya nos han explotado demasiado. No  los queremos más aquí”. Diciendo esto se puso de pie y dio por terminada la entrevista.

Como era de esperarse, el conversor descorazonado se retiró a San Tadeo,  donde informó al Padre Comisario de Misiones, fray José Gil Muñoz, el resultado de aquella conversación. Entre otras cosas le decía: “Viene este indio que dice ser inca, del Cuzco con  ánimo es cobrar la corona que Pizarro le quitara a su padre. Ha concurrido al Colegio de Caciques en el Cusco. Sin duda fue un alumno bastante aprovechado en los estudios, pues de otra manera no se explica cómo ha podido viajar por Europa y África entre 1725 y 1735, madurando en el viejo mundo la idea libertaria que naciera en él mientras estudiaba en Cusco. Dice que habló con los ingleses que se hicieron sus aliados. Domina ampliamente ese idioma. Esto lo creemos posible porque hace muy poco tiempo, cuando el inca se encontraba en campaña, subió a las naves del marino inglés George Ansón. Luego que acabe de juntar a la gente de la selva, subirá a Quimiri a llamar a los serranos, especialmente a los mineros que están cruelmente sojuzgados. Convoca a todos los indios y los tiene obedientes a su voz. No pongan la menor duda en las noticias aquí expresadas se participen para que se den las providencias necesarias y que en ningún tiempo, ni se diga ni menos suceda por omisión, que los conversores pierdan las conversiones y acaso el reino. No tengan esta resolución por ligera, porque está la gente en estado de que a la menor insinuación, obedece las órdenes de su nuevo Rey”.  No obstante esta advertencia  empeoró la situación. Los franciscanos enviaron noticias a  Lima relatando el empuje de la amenazadora rebelión de los salvajes, así como la peligrosidad de su carismático caudillo. En los primeros momentos, tanto el Virrey como las autoridades superiores, creyeron exagerados aquellos rumores, calificando públicamente de inverosímil que alguien intentase coronarse como Rey  de estas tierras, sujetas por derecho divino y humano a la persona del invicto monarca de España, inclinándose más bien a creer que sería una episódica reacción local derivada del mal trato  que los  hacendados daban a los nativos

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