JUAN SANTOS ATAHUALPA APU INCA (Tercera parte)

Santos Atahualpa 3Adelantado a su tiempo, Juan Santos, había proyectado la independencia del Perú como meta final. Comenzaría la lucha contra hacendados, servidumbre, obrajes, panaderías y comercio, que beneficiaban exclusivamente a los españoles, sean peninsulares o criollos, con esclavitud y aniquilamiento de nativos preferentemente y, de negros. Por eso propugnó la unidad política de todos los nativos, comenzando por la selva central, donde había logrado lo que nadie: la fusión de todas sus naciones. Quiso que esta monolítica alianza se hiciese extensiva a los serranos que sufrían lo indecible, especialmente en las minas. Por aquellos días, en medio de una zona completamente convulsa, acaece una matanza de campesinos levantados contra el hacendado de Chinche y, un sonado altercado entre el cura de Ninacaca contra el Corregidor. Esto determina que el mismo rey de España, muy preocupado por la repercusión que estos acontecimientos tendrían en la mesiánica rebelión del inca, mediante Cédula Real, manda entre otras cosas: “…evitar toda confrontación contra el pueblo, especialmente en aquella parte aledaña a las huestes del indio apóstata, poniendo mayor atención a los actos de gobierno y cuidado especial con los pueblos de la inmediación”. Por su parte, los poderosos mineros, ni los dueños de los incontables ingenios, pudieron contener la estampida de los trabajadores nativos. Al cabo de décadas y de ver morir a sus hermanos en estos antros de suplicio, habían tomado conciencia de que, inevitablemente, ellos correrían la misma suerte. Decidieron fugar de estos abominables campos de concentración. La casi totalidad se adentró en la selva a engrosar el ejército liberador de Juan Santos Atahualpa. El inacabable escenario donde éste debería ejercer su acción libertaria alcanzaba, por el oeste, las estribaciones de los Andes orientales donde sobresalen las cordilleras de Culebramarca y Chincay; por el centro, extendiéndose de sur a norte, la imponente cordillera de Yanachaga con elevaciones de tres mil metros; en su parte oriental la cordillera de San Carlos que divide el Perené del Pichis y la extensa altura del Gran Pajonal, límite de la provincia con cordilleras de menos importancia como la de San Matías que divide los ríos Palcazu y Pichis y la del Cerro de la Sal, en la zona de Villa Rica. Los primeros años del siglo XVIII, se habían consolidado los intentos de exploración y cristianización iniciados en 1595 por el jesuita Font y continuado por los franciscanos a lo largo de 1600. Es en la primera parte del siglo XVIII que se realiza el gran descubrimiento del Gran Pajonal, vasta zona de la que se había tenido vagas noticias por boca de los indios. Su descubridor fue el joven francés, Juan de la Marca, venido al Perú como compañero de un ingeniero. En 1726 se convierte en sacerdote franciscano y, en 1733, explora el Gran Pajonal. Para 1737, ya hay diez aldeas establecidas. El núcleo de esta inmensa planicie fue Quisopango en donde, por los años de 1736, fueron instaladas las familias sacadas cruelmente de otro lugar del Gran Pajonal. Fue en este preciso lugar donde Juan Santos hizo la convocatoria a todos los indios de la selva central. Aquí estaban reunidas muchas familias forzadas por los misioneros a una nueva situación, contraria a su voluntad; además se encuentra bastante alejado de los centros misionales del Perené y  Chanchamayo. Para llegar aquí, son necesarios varios días de camino por pequeñas trochas abruptas. Quisopango, en el Gran Pajonal, es prácticamente inexpugnable. El único río cercano, el Shimá, es torrentoso e imposible navegarlo aun en su desembocadura en el Tambo

En cumplimiento de su prédica, al mando de un ejército de miles de hombres bien armados, Juan Santos nombra comandante general a Mateo de Asia, curaca de Metraro y Eneno, que había ayudado a los franciscanos en el descubrimiento y poblamiento del Gran Pajonal; otro de sus valiosos aliados, jefe principal de sus huestes fue Mateo Santabangori y su lugar teniente, Siabar, cacique que encabezaba a los conibos, con lo que consiguió la completa adhesión del Gran Pajonal. Junto a ellos, un notable cuadro de dirigentes tomado del equipo de los mejores alumnos que habían desertado de las misiones.

El plan de guerra en consideración del armamento, preparación y número del enemigo consistiría en ataques relámpagos y contundentes, por sorpresa; lo que actualmente se denomina guerra de guerrillas; los lineamientos de las fuerzas rebeldes giraba en torno a los siguientes puntos:

a).- Procurar por todos los medios a su alcance que sus triunfos fueran conocidos en todo el país. Buscaba publicidad que desorientara a los españoles y alentara a los nativos.

b).- Evitar ser destruido prematuramente, para lo cual, actuaba con mucho tino y reserva.

c).- Con la desventaja de un armamento primitivo que les sería peligroso entrar en combate franco, atacarían como el relámpago huyendo inmediatamente tratando de agotar y desesperar al enemigo. En todo caso, los despojarían de sus armas de fuego, municiones, alimentos, medicinas, etc.

d).- Utilizar un magnífico servicio de espionaje para enterarse de las actividades españolas y sus planes para prevenir ataques y estar atentos a sus desplazamientos.

Con esta preparación y con tamaño ejército de nativos, arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Bajo sus armas y empuje van cayendo: el Pueblo Crucificado del Cerro de la Sal, regentado por el padre Mateo Bravo; el Pueblo de la Purísima Concepción de Eneñas, regido por el padre Antonio de Oz y el lego Joaquín Dutari; luego San Francisco de Pichana, a 13 leguas de Eneñas, a cargo del padre Definidor Clemente de la Cruz, y dos donados; luego San Judas Tadeo, bajo el cuidado del padre Simón de la Cruz Cavisani; todos estos lugares que abarcan muchas leguas, recuperados por las fuerzas revolucionarias, quedan a cargo de las autoridades nativas. Tras difícil marcha hallan el río Tuetani y, bajando por la quebrada, llegan al Pozuzo, donde encuentran varias rancherías de amages, diseminadas por aquellos lugares:  Piño, Cuchero, Panchis, Unuti y Tilingo; en el territorio de los amueshas continúan su marcha por Huancabamba, Sogormo, Entás, Palcazu, Eneñas y Quillazú. Recorriendo enormes distancias destruyen, una tras otra, veintisiete misiones franciscanas, numerosas haciendas y obrajes, apoderándose de las pertenencias de los españoles, apresando y castigando a los negros, llegando a matar a los más rebeldes y aquellos cuyos antecedentes los condenaban. La rebelión de Juan Santos era esencialmente indígena en sus comienzos, los negros quedaban excluidos de ella. Esta animadversión por los negros le viene de los informes recibidos de sus víctimas. Sabía que eran muy crueles; los únicos que poseían armas de fuego a parte de los españoles, instalados en los centros de cierta importancia como ayudantes y “Guardaespaldas” de los blancos. Pero si bien Juan Santos se limita en un primer momento a amenazarlos y obligarlos a abandonar la selva, los indios sublevados de sus huestes quieren acabar con ellos. El jefe rebelde no les tiene odio. Tan así es que, cuando se entera que los indios han atado a varios de ellos y los quieren matar, abandona apresuradamente su cuartel general y acude en su defensa; los libera y luego reprende a sus hombres. Cuando en el Gran Pajonal apresan a varios, él los deja marchar después de quitarles las armas de fuego, cuchillos y otras armas. El recuerdo de su estadía en el Congo, lo tenía presente. Andando el tiempo, va a utilizar a algunos como  auxiliares mercenarios. Uno de los más eficaces de la sublevación es, Antonio Gatica, antiguo esclavo de la misión de San Tadeo de los Antis, conjuntamente con su hijo, su hermana, y siete negros más. El jefe rebelde mismo lo afirma: “el movimiento puede contar con el apoyo de algunos negros comprados con dinero. Pueden ser fieles y esforzados. Los conocí en el África donde estuve con ellos”. El acercamiento y condescendencia a los negros se acentúa cuando conoce a una hermosa morena joven, hermana del cruel Gatica, a la que convierte en su compañera. No era para menos. La tradición asegura que era una mujer bella e imponente que a su vez, había quedado prendada del Gran Rebelde.

Cuenta la tradición que cuando la vio quedó mudo de asombro. A pesar de encontrarse maniatada en un rincón, aprisionada por fuertes lianas, la majestad de su cuerpo, impresionante y armónico no obstante la chusma raída, lo dejó sin resuello. Al entrar en el umbral de la choza donde estaba cautiva, ella alzó la cara morena deliciosamente delineada, ojos profundamente negros, pelo ensortijado y abiertos labios carnosos en una sonrisa dulce. Ambos se quedaron  mudos por un momento. “!Desátenla!”, ordenó Juan Santos. Obedecieron. Aquella noche, cuando terminadas sus oraciones, el inca se aprestaba a dormir, ella entró en la habitación, sin decir una palabra. ¿Para qué? La bella morena –maravillosa intuición de mujer que sabe lo que no se dice- sabía que el rebelde  había estado pensando en ella. Nada más que en ella. Se sentó sobre su lecho, cogió suavemente la mano poderosa, la besó tiernamente y con mucho comedimiento la colocó sobre sus senos; él sintió erguirse su poderosa abstinencia de guerrero y, esa noche la pasó fogosamente enamorado, amándola, una y otra vez. Con los primeros rayos del alba, ella se retiró en silencio, como había llegado. A partir de entonces, guardando un perfil bajo, fue la silenciosa y amante compañera del inca.

 

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