JUAN SANTOS ATAHUALPA APU INCA (Cuarta parte)

Santos Atahualpa 4Respecto de la anexión de negros en el ejército del caudillo inca, el Virrey Marqués de Villagarcía, en sus Memorias, lo explica así: “…levantaron (los indios) la obediencia con ocasión del castigo que hizo el doctrinero, con indiscreta inmoderación, en uno de los caciques principales, quien lo sintió con notable injuria y unido con un negro, nombrado Antonio Gatica, que antes había servido para la reducción de los infieles y adquirido entre ellos grande autoridad, y los hijos de éste pusieron aquellos ánimos en disposición de que admitiesen las impostura con las que el rebelde les había atraído su devoción. Siete negros devinieron en rebeldes e hicieron a los cristianos bastante daño en estas turbulencias”.

Otro numeroso grupo que se anexó a las fuerzas revolucionarias de Juan Santos, fue el de los serranos. Los primeros en unírsele son los de Chanchamayo y, después, una respetable cantidad de hombres escapados de las galerías mineras del Cerro de Pasco.

Filtrado el plan revolucionario por medio de un espionaje bien organizado, el Virrey se alarma sobremanera. Decide tender un cerco desde Huánuco hasta Huanta con el fin de contener el movimiento rebelde, dándole categoría de frontera. Ordena el envío de armas, dinero y municiones a los destacamentos de Jauja, Tarma y Huánuco, reuniendo muchísimos hombres. Dispone también que los gobernadores, Benito Troncoso de Jauja y Pedro Milla de Tarma, entren en la selva a reprimir la rebelión. De Lima han llegado a Tarma, dos compañías de tropa que portan ocho piezas de artillería (cuatro  cañones y cuatro pedreros) con abundante pólvora. Tras un consejo de guerra convinieron que Milla entraría por Quimiri y Troncoso por Sonomoro, bajando por las montañas de Andamarca, con el fin de atrapar entre dos fuegos a Juan Santos que estaba en Quisopango, donde los indios habían acumulado gran cantidad de armamento. En la custodia de este arsenal quedan sesenta hombres antis y simirinches. Mediaba el mes de agosto de 1742.

Como es fácil suponer, desde un comienzo, los franciscanos apoyaron abiertamente a las fuerzas realistas en contra de los revolucionarios. Los frailes Domingo García y José Cabanes alistaron el auxilio nativo en Quimiri, a donde se había replegado con algunos neófitos fieles, decididos a arreglar caminos y puentes, para el libre tránsito de las tropas virreinales. Enterado el inca mediante su amplia red de espías, decide entrar en acción.

Se le llama Río de la Sal, al primer tramo recorrido por el Perené desde la confluencia del Paucartambo con el Chanchamayo hasta el puente situado en las cercanías de Eneno, por donde se había proyectado el paso de las tropas que, desde Jauja, conduciría Troncoso. El 17 de septiembre de 1742, limpia ya la primera parte del camino de Quimiri a Quisopango, frailes e indios que los servían, se ubicaron para resguardarlo y los rebeldes no lo pudieran utilizar. Éstos, al ver el poder de los armamentos españoles, tratan de evitar el enfrentamiento bélico, utilizando una estratagema. Dejaron que los militares realistas tomaran prisioneros a tres indios  que, apocados, fingiendo terror y arrepentimiento, dijeron a sus captores, que si el padre García los acompañaba, ellos harían que Juan Santos cayese prisionero en sus manos. Con ello –aseguraban- se acababa todo. El padre García dijo que iría gustoso con los tres indios al Cerro de la Sal, donde ya había ejercido el ministerio y le conocían. Que iría sin soldados ni aparato de fuerza para ganar mejor la voluntad de los nativos y que procuraría allanar la entrada del Corregidor de Tarma que también se hallaba en Quimiri. El padre Arévalo, viejo conocedor del espíritu fingido de los indios, no pudo disuadir al padre García de las torcidas intenciones que había notado. Se comprometió un valiente trío para seguir a los indios; el padre García, el padre Cavanes y el hermano Tenorio. Una mañana partieron de Quimiri con los tres indios. De éstos se adelantaron dos diciendo que iban a alistar las balsas, pero la intención era de poner a estos mansos corderos en manos de sus contrarios. Llegados los misioneros a las riberas del río de la Sal, en el punto más cercano a la cumbre, aparecieron en la banda opuesta junto con los dos  que se adelantaron otros indios más, dolosamente alegres y risueños, fingiendo amistad.

Los indios pasaron con presteza la carga de los frailes a la embarcación y a nado las mulas, luego embarcaron en una balsa a los tres misioneros; cuando se hallaban en el punto más peligroso del río la voltearon yéndose al agua los tres misioneros y la carga que transportaban. Mientras luchaban con la corriente desesperados por ganar la otra orilla, salieron del bosque pobladas de indios y sin  ningún rasgo de piedad, dispararon una lluvia de flechas sobre los frailes. A pesar de esto, fueron acercándose a la ribera, pero ya estaban, mortalmente heridos. Con la poca energía que les quedaba en el cuerpo tasajeado levantaron en alto el crucifijo y con alentadas voces afearon la felonía de los indios. El padre Cavanes, por el contrario, reparando que se desangraba y que le quedaban pocos momentos de vida, perdonó a todos, luego se desplomó al río y fue arrastrado por la corriente. El padre García, igualmente maltrecho y sangrante llegó a la otra orilla donde lo mataron con macanas embrazadas a recios golpes en la cabeza, luego un negro del partido rebelde le cortó la cabeza y, el cuerpo fue arrojado al río.

En la ruta de Jauja, Comas y valles aledaños, el gobernador Benito Troncoso, recluta más de un centenar de soldados españoles y numerosos cargueros nativos, a la cabeza de los cuales entró en la selva a comienzos de septiembre y, el 17 –día del combate del Río de la Sal- llega a Sonomoro, donde es recibido por el fraile Francisco Gazo que, con prolijidad había reunido armas, alimentos y hombres para auxiliar a las tropas virreinales. Ignoraba la suerte de Milla y espiaba los movimientos de Juan Santos. En Sonomoro, se les une el renegado cacique Bartolomé Quintimari que odiaba a los insurrectos porque  habían dado muerte a su mujer  durante la sublevación de Ignacio Torote. Puso en auxilio de los españoles una experta línea de flecheros. Ese día, por informe de sus espías, se entera que Quisopango está inerme porque Juan Santos ha penetrado al interior; que sólo está guardado por un reducido número de Antis y Simirinchis. Garrafal error que el inca va a pagar muy caro. Troncoso decide el ataque del lugar.

El curaca de Quisopango, Santabangori, enterado del avance de las fuerzas españolas, envía a su menor hija para que avise a Juan Santos de su situación y habla con sus sesenta guerreros que se disponen a defender la plaza, enfrentándose a tremendo ejército pertrechado con armas de fuego. Pudo haber fugado, pero valiente como era, decide defender el arsenal rebelde. Al amanecer del 9 de octubre de 1742, se inicia el desigual combate y, tras unas horas de refriega, Santabangori cae acribillado, rodeado de los hombres que lo acompañan. Troncoso toma por breves momentos el cuartel pero, temeroso del retorno de Juan Santos, abandona Quisopango.

El Gobernador de las Fronteras de Tarma, Pedro Milla, había tenido serios problemas para reclutar gente de aquel lugar, por eso entró en la selva todavía en octubre de 1742, al frente de cincuenta soldados bien equipados y numeroso contingente de aliados y auxiliares nativos. A retaguardia, cuidándole las espaldas iba el capitán Francisco Abia. Cuando llega al río de la Sal, sus hombres se aterrorizan al enterarse del resultado del combate habido allí. Al saber que Juan Santos se preparaba para atacar a sus fuerzas decide su escapatoria abandonando el Cerro de la Sal, camino a Nijandaris.

El primero de noviembre, Juan Santos se desplazaba por la floresta y, consciente de su inferioridad en armamentos, opta por atacarlo en guerrillas, ocasionándole numerosas bajas, apoderándose de armas  y alimentos. Ablandado así el enemigo, cerca de Nijandaris, ataca con dos líneas. En la primera tiene muchas bajas por el poderoso armamento realista y, cuando Milla creía haber vencido, al entrar en el pueblo, los naturales con los hombres de la segunda, línea se van contra el español que, con la pérdida de armamentos y todo lo que tenían, se ven en la necesidad de abandonar el pueblo, completamente derrotados. Eran los primeros días de noviembre de 1742.

Desde Sonomoro, Troncoso, había despachado correos hacia el otro lado del Perené, para informarse de la marcha de Milla y, a tres espías, para saber qué hacían las tropas rebeldes. Éstas eran escaramuzas preparatorias para el definitivo ataque a Quimiri. Por su parte el inca rebelde había fijado su cuartel general en Eneñas, lugar muy seguro; caso de ser atacado, contaba con muchas sendas para poder escapar; por la margen izquierda del Perené en dirección al Gran Pajonal, o internándose en el Cacazo, en donde era prácticamente imposible que lo apresaran.

A mediados de 1743, las huestes rebeldes proyectan atacar Quimiri. Este pueblo había sido fundado los primeros años del siglo XVII, por el padre Jerónimo Jiménez que, saliendo del Cerro de la Sal, atravesó la margen izquierda del Paucartambo y los afluentes del río de la Sal, Entás y Puñizás, continuó por las orillas del Chanchamayo, atravesando Colorado y Nijandaris, hasta el estrecho de Quimiri, cerca del río y valle de este nombre. Aquí fundó la Misión de San Buenaventura de Quimiri, frente a la Merced, zona de los yánesha, tribu aguerrida y varonil. En este poblado –cuando llegó Juan Santos- había una iglesia de tres naves de adobes y tapial, con buen coro y sacristía, blanqueada por dentro y por fuera; varios altares con hermosas imágenes, preciosos ornamentos y ricas alhajas y campanas. En su biblioteca más de 90 libros de piedad y literatura. En el corral adyacente, herrería con yunque, vigornia, tornillo macho, martillos, tenazas, limas, cinceles, hierro, acero y perdigonera; carpintería con muchas herramientas, torno con pie de cabra, gubias y otras. Barbería, zapatería, horno, palas, tablas, pesas romanas. Vaquería con casa, corral de piedra, chiquero, doce vacas, catorce terneras, 16 cerdos, 9 mulas con sillas y aparejos, tres escopetas, dos pistolas y dos cañones trabucos.

Allanados todos los caminos, Juan Santos a la cabeza de dos mil hombres de “diferentes naciones” ocupó Qumiri. Era el 1º de agosto de 1743

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