ANARDA (Primera parte)

AnardaRecién casados, Juan Díaz de Lapidana, con doña Rosario Valdenegro y Villarrubia, fueron a aposentarse en una amplia casona colindante con la Fundición de Barras de Plata de la floreciente Ciudad Real de Minas.

El Oficial Mayor y Ensayador Real traía la misión confidencial de investigar la corrupción campante en las Cajas Reales de Pasco y poner a buen recaudo a quienes mediante el contrabando y el robo lucraban con la Real Hacienda. Debía controlar las barras que se fundían en la Callana  tras separar los Quintos del Rey y Cobos. Supervigilar el sellado de las barras de plata y oro que se remitían a la Casa de la Moneda. Combatir –sobre todo- el contrabando cada vez más escandaloso de barras argentíferas que hordas de negros cimarrones transportaba por escabrosos caminos hasta la costa donde lo embarcaban en bajeles piratas.

Doña Rosario y sus amigas, realizaba acciones de beneficencia para la iglesia mediante tertulias, sesiones de juego y presentaciones artísticas con el fin de recaudar fondos para los pobres de la ciudad. En todo caso -artista notable- realizaba proezas extraordinarias de bordado ante la admiración de propios y extraños. Así sobrellevaba sus frígidos días en la noble ciudad andina.

Transcurridos dos años de espera, la noticia los llenó de alegría. Serían padres. La buena nueva se expandió por los confines mineros. No sólo médicos sino también experimentadas matronas cerreñas se ofrecieron para cuidarla y aconsejarla durante los días de dulce espera. Cumplidos los nueve meses, nació una niña robusta y bella como no se había visto en la ciudad de la plata.

Se la bautizó en la iglesia de Chaupimarca con el nombre de Anarda Díaz de Lapidana Valdenegro y Villarrubia. El acontecimiento quedó grabado en hermosas medallas de plata como  capillos recordatorios. Bella como un sol, creció en clausura durante sus primeros años de niñez bajo el amoroso cuidado de sus padres y un organizado grupo de solícitos  sirvientes.

Al cumplir diez años, su padre hizo venir a una distinguida maestra de la capital para que fuera su institutriz. Ésta, además de lecciones de conocimientos generales, la adiestraría en el uso correcto del idioma, en las prácticas francesas de urbanidad y en los encantos de la danza. Para su instrucción ecuestre –muy estimada en la época- contrató con un famoso chalán cerreño, negociante de hermosos ejemplares de Chile y Argentina que, como extraordinario caballista, la prepararía en el arte de la equitación. Un clavicordio traído de Lima a lomo de mula serviría para sus clases de música a cargo de un viejo maestro italiano. Las enseñanzas de moral y religión, fundamento de su preparación personal para la vida, estarían a cargo de la Superiora de las Madres Franciscanas, Sor María de los Ángeles de la Inmaculada Concepción.

Los años fueron transcurriendo entre clases de disciplinas cada vez más complicadas y respeto a normas establecidas del bien decir y buen comportarse. La niña de inteligencia notable fue asimilando las lecciones de sus maestros mientras su cuerpo  alcanzaba extraordinarias dimensiones de mujer. La fascinación de su belleza convertida en leyenda, rompió linderos locales para alcanzar dimensiones nacionales; su pueblo que la adoraba, condensó su inacabable nombre  nobiliario a sólo: Anarda.

Los domingos, acompañada de Leandra, su criada negra, asistía a misa de once concitando la asombrada atención de los fieles cerreños. Su presencia originaba encendidos comentarios de admiración. Tras frugal desayuno, escoltada por una selecta cohorte de admiradores y vigilantes, efectuaba su paseo semanal sobre un hermoso moro cuatralbo de impresionante alzada. Superando el abra de Pucayacu bajaba a los valles abrigados de Huariaca, Ambo, San Rafael. Recorría a galope tendido los páramos de Raco, Occoroyoc, Quiulacocha, Yurajhuanca y Rancas, el otro lado de la ciudad. Cabalgaba completamente sola por la crestas de los cerros que circundan la ciudad. Su silueta se recortaba en el horizonte entre los blancos nevados y un cielo gloriosamente azul. El ceñido barbijo de su blanco sombrero de Jipijapa, se prendía en su fino mentón para no volar por los aires.

Los gélidos vientos y los soles esteparios fueron atezando su cutis moreno, aterciopelado, capulí, donde resaltaba el brillo de sus intensos ojos verdes. Sus continuas incursiones por las extensiones mineras, endurecieron sus carnes, definiendo flancos, elevando turgencias,  delineando formas. Cuando cumplió dieciocho años ya estaba convertida en un sueño de mujer. En ese momento sus padres decidieron presentarla en sociedad. Realizarían la fiesta más fastuosa que nunca olvidarían en la opulenta tierra minera. No escatimarían ningún gasto para ello.

Los comisionados, llevando cartas personales de invitación y tarjetas de lujo, partieron en tres direcciones, Lima, Huanuco y Tarma. Otros contratarían a los mejores músicos europeos, traerían las bebidas más finas, pactarían con modistos y peinadores franceses, concertarían con cocheros, guías y guardias para escoltar a los huéspedes. Como las hosterías entonces vigentes no eran aptas para recibir a los opulentos invitados, los comerciantes, mineros y hacendados ofrecieron la hospitalidad de sus espléndidas casonas.

Andando el tiempo, todo quedó listo. La llegada de los pomposos convocados con numeroso séquito avivaron los asombrados comentarios del pueblo. El paso de elegantes jinetes y regios carruajes originó espontáneos aplausos de asombro y contento. Comparaban este sensacional acontecimiento que, con la fiesta que realizara el Marqués de la Real Confianza con motivo de los esponsales de su hijo José Maíz y Malpartida con la hermosa tarmeña, doña Ángela de la Canal. Aquél duró todo un mes.

La noche de la fiesta, el Consulado Español, decorado regiamente, lucía como ascua en abierta noche de plenilunio. El salón principal enmarcado con lámparas de cristal representaba una diadema de brillantes en homenaje a la joven mujer que reinaría en la fiesta; las ventanas iluminadas con luz esplendorosa deslumbraban incluso las habitaciones bajas pródigamente resplandecientes. Los muros que guardaban la calle que conducía al  local español, atiborrada de admirados laboreros del pueblo, estaban  cubiertos, de trecho en trecho, por botes de alquitrán que emanaban llamas rojizas, dándole un encanto especial al tramo. De la amplia sala  superior  se esparcía la música alegre que inundaba la Plaza Mayor tocada por maestros europeos. En los corredores y escaleras signadas para los convidados no se oían más que pasos y voces en sordina. En las antecámaras y salones crujían los vestidos y los corazones latían de inquietud. Los convidados, generalmente hombres de agobiantes y rudos trabajos, no se cansaban de llamar a sus esposas e hijas para que los arreglen el nudo de las corbatas, les aten la parte inferior de los pantalones o le ajustasen los encajes de las mangas. Se habían olvidado de hacerlo, ocupados como habían estado en las minas, los ingenios y las haciendas. A la puerta principal de entrada afluía la envidiada legión de partícipes. Las sedas crujían, los polvos perfumaban el ambiente, las medallas y joyas tintineaban en aquella noche majestuosa.

Llegada la hora, clarines, timbales y trompas llamaron la atención de los asistentes con triunfal y sonora fanfarria. La voz del Ujier Mayor, clara y ceremoniosa, en estricto cumplimiento del protocolo comenzó a resonar en el salón. Al oír sus nombres, los presentados entraban en la sala para saludar a los anfitriones de la fiesta, padres de la homenajeada, luego ocupaban sus emplazamientos en lujosos butacones de cuero repujado. Tras tres sonoros bastonazos, pasó a presentar, uno tras otro, a los invitados especiales.

—¡El Intendente de Tarma, don Juan María Gálvez!- Enjuto, de mirada fría y penetrante, portaba numerosas condecoraciones y la banda aurirroja cruzándole el pecho sobre albo traje de gala, símbolo de su elevado rango. Nacido en Ecija, Andalucía, había venido al Perú como Secretario del Virrey Jáuregui y ahora desempeñaba el cargo de Intendente de Tarma. Su gobierno estaba siendo exitoso debido al respaldo del extremadamente rico Partido de Pasco.

—¡Marquesa de Villa Rica de Salcedo! – Del brazo de un apuesto y regio chambelán entró la madura y recia mujer. Dueña de cuatro plantas de beneficio en la ciudad y principal contribuyente del Rey. El traje negro sobre el que resaltaba un hermoso collar de perlas le daban admirable apariencia de majestuoso recato y finura haciendo resaltar los hilos de plata que asomaban a sus sienes. Había venido de Laycacota a fijar su residencia en la tierra minera y con gran suerte un grupo de minas boyantes resarció sus gastos y le permitió comprar el marquesado.

— ¡Don José Martín de Muñoz y la Serna, Primer Marqués de Santa María de Pacoyán, y su señora esposa!. Dueño de las minas más espléndidas de Pasco, lucía un traje encarnado con regios bordados de oro y, en el pecho, el escudo de su título nobiliario en oro, plata y piedras preciosas.

— ¡Don José Maíz y Malpartida, Marqués de la Real Confianza y su señora esposa, doña Ángela de la Canal y Macassi!. -Con traje francés verde bordado en oro, igual al de su esposa, el noble cerreño había heredado el título de su padre, el minero español, don José Maíz y Arcas.

— ¡Don Pablo Vásquez y Quirós, Conde de las Lagunas! Sobrino nieto y heredero –junto con su hermano Pedro- del primer dueño de estas inmensidades, don Joan Tello de Sotomayor, primer co-alcalde de Lima junto con Nicolás de Rivera, el viejo; muy estimado por el marqués Francisco Pizarro. Toda la zona de Paucartambo hasta la entrada a la selva era de su propiedad.

La voz del Ujier Mayor siguió resonando seguido de los correspondientes aplausos a quienes presentaba. Así fueron desfilando ricos y famosos de aquel entonces. Don Manuel Gallegos Dávalos, Conde de la Casa Dávalos, en compañía de su señora esposa, la dama cerreña,  doña María del Castillo y Castañeda. Este notable Comerciante Mayor del Perú, con extraordinaria tienda abierta en la ciudad, amplios nexos en el norte y sur de la patria recibía en cuidadoso embalaje toda suerte de sedas, tejidos y tafetanes procedentes de Granada, Priego y Jaén; medias de finísima urdiembre para abrigar carnosas y prohibidas piernas de madamas españolas y criollas; espadas de temple prodigioso para lucimiento de mineros emperifollados de caballeros que sólo en duelos madrugadores, entre cálidas vaharadas de aliento agitado, se lucían desnudas en busca de sangre; ambas provenientes de Toledo. Paños y rajas vistosas de pulcro acabado, de Segovia. Rasos, sedas, mantos y otros tejidos de colores brillantes, de Córdova, Va2lencia y Murcia. Vistosos y representativos abanicos, útiles sólo para cubrir parte del rostro y dejar al descubierto un par de ojos intensos, misteriosos y bellos; o para complicados mensajes amatorios que sólo los iniciados descifraban; estuches artísticos y mil curiosidades más de Madrid. Mantos, pañoletas, luengos mantones con bordados de ensueño y resaltantes colores para dar calidez a las grises corridas de toros pueblerinas, traídos de Sevilla. Hilos y tejidos diversos de Portugal. También vendía maravillas llegadas de otros países. De Francia, todos los tejidos, estameñas, puntas blancas de seda, oro y plata; sombreros de castor y todo género de lencería. De Flandes, tapicería artísticamente caprichosa, espejos, laminados, ricos escritorios, cambrayes, puntas, encajes e indecibles géneros de mercería. De Holanda, lienzos y paños. De Génova, papel. De Nápoles, medias y tejidos. De Inglaterra, bayetas, sombreros y toda clase de tejidos de lana. De Venecia, cristalería y vidrios. De Alemania toda suerte de aceros, espadas y mantelería.

El desfile continuó con Don Francisco Bartolomé Astete y Ulloa, Factor de la Hacienda Real, admirador incondicional de la abundancia minera de la ciudad. La altivez y donosura de doña Isabel de la Presa y Carrillo, Marquesa de Lara; de ella se decía que con sus encantos había roto la felicidad boyante de dos honorables hogares. Doña Rosa Gutiérrez y Cossío, Condesa de San Isidro, con grandes intereses mineros entre socavones e ingenios. Don Bernardo Valdizán, Conde de San Javier, el más grande proveedor de mulas a los mineros cerreños con representantes en toda la ruta mulera desde Argentina al Cerro de Pasco. Otro grupo de hombres ricos e importantes de entonces, escoltaban la inquietante belleza de doña María Jordana de Castro, preciosidad que veía tambalear el imperio de su hermosura con la llegada de la joven debutante. El garbo y la madurez enormemente deseada por los gentiles hombres de aquella hora, doña Octavia Montenegro de Villamayor; mujer que sin proferir una sola palabra, todo lo decía con la negrura de sus ojos moros, misteriosos e insinuantes. Doña María Gutiérrez de Cossío Ventura Tagle, viuda de un pródigo “aviador” que había logrado apoderarse de inmensos pastizales pasqueños. De Huánuco habían venido en compañía de sus esposas, Juan Facundo de Zalayeta, Corregidor; don Eugenio González Peralta, Buenaventura Nalvarte y cinco miembros del poderoso clan huanuqueño de los Llanos. Los notables azogueros, José Bernardo Quirós y don Marcelo Garrido. Don Bernardino Gil de la Torre, dueño de la estancia Chinche y pastizales de Yanacocha. Marcos Sáenz del Risco, dueño de la Hacienda Pomayarus y Santa Bárbara de Chinche. Todos ellos con deslumbrantes trajes traídos de Francia para la ocasión.

Una hora larga transcurrió en la presentación protocolar. Tras la fanfarria de los clarines y una música de ensueño, apareció ella, como una reina encantada de algún cuento de hadas. Su ingreso triunfal del brazo de su padre, fue extraordinario. La música sublime sufragada por violines, arpas sinfónicas, contrabajos, violas, violoncelos y oboes, contribuyeron a hacer el momento verdaderamente impresionante. No se había visto hasta entonces a una belleza de esa magnificencia y porte. Parecía una diosa. Su plateada peluca en artístico peinado francés, orlado de perlas, resaltaba el agraciadísimo rostro capulí; recogido en la nuca dejaba que las orejas quedasen al descubierto para lucir imponentes arracadas de oro con incrustaciones de esmeraldas que hacían juego con sus ojos; detrás de ellos, unos rizos crespos cayendo en cascada. Por primera vez se había pintado las pestañas; por primera vez un delicado carmín cubría sus mórbidos aunque tiernos labios; por primera vez los polvos daban profundidad a sus ojos glaucos en medio de su tez oscura y radiante. El lujoso vestido confeccionado por un modisto francés, realzaba su incomparable belleza.

Entre murmullos de admiración e incontenibles aplausos llegaron al centro del salón y tras las venias de estilo, iniciaron un minué que luego de los primeros compases tuvo la participación de las parejas invitadas.

A partir de entonces, todo fue júbilo y contento. Jóvenes y viejos se disputaban el honor de danzar con la homenajeada, festivas pavanas, elegantes minués, alegres sardanas y, cuadrillas francesas, inglesa, española e imperial; abundaban los finos licores llevados por solícitos mozos de librea en vasos y copas de cristal y, en decorada habitación interior, especiales potajes servidos por cocineros y mozos exclusivos. Nada faltaba. Todo estaba a pedir de boca.

En el amplio patio de la caballeriza, debidamente adecuada y limpia, toda la gente del pueblo compartiendo la alegría de la gran fiesta. Enormes fuentes de emparedados circulaban en todo el ámbito popular; grandes barricas de aguardiente calentando la sangre de mozos y mozas que bailaban al son de una gran orquesta popular. Al llegar la medianoche, los pirotécnicos artistas de Huánuco, encendieron un castillo de fuegos artificiales de diez cuerpos que fue admirado desde los ventanales del consulado por los invitados exclusivos.

Después de aquella suntuosa noche, la vida cambió para Anarda. Nobles y ricos se desvivieron  por atenderla. Las invitaciones para visitar espléndidas haciendas, boyantes centros mineros, ingenios laboreros y pueblos aledaños, fueron numerosas y continuas. En todos aquellos lugares recibió la pleitesía de admiración a su belleza. Los tributos fueron inolvidables. La lista de regalos que comenzara la noche de su presentación, fue creciendo en cada visita.  Abrumada de tanta actividad, aceptó la disposición de su padre para viajar a Lima y descansar un tiempo. No pudo. En la Ciudad de los Reyes, donde la había precedido la  fama de su belleza, fue disputada para visitar palacetes e instituciones importantes. Clérigos y purpurados de la iglesia la recibieron para impartirle sus bendiciones. En todos y cada uno de estos lugares se desempeñó con naturalidad y soltura en clara muestra de su correcta preparación humanística y protocolar de etiqueta.

Banquetes, espectáculos teatrales, suntuosos bailes, tardes de toros en Acho, mojigangas y festejos, la divirtieron mucho pero terminaron por agotarla. Su temperamento introvertido y hasta cierto punto tímido, nos estaba para la prodigalidad de estos menesteres. Con el respeto que siempre dispensó a su señor padre, le confió su deseo de retornar a su lar querido. Lo consiguió.

Si todos aquellos acontecimientos vividos habían halagado todas las fibras de su ser, no habían podido sin embargo, satisfacerla plenamente. El amor no había tocado a las puertas de su corazón todavía virgen. Ella necesitaba imperativamente amar y ser amada. Lo necesitaba.

Tras breve descanso, reconfortada con los aires secos aunque fríos, volvió a holgar por campos mineros sobre su moro cuatralbo. Ágil, cimbreante y dócil, el animal acataba las juguetonas órdenes de su amazona con obediencia extraordinaria. Cuando caracoleaba, gambeteaba o retrechaba, podía aquilatarse la excelente lámina del bello animal que, piafando o escarbando imponente, hacía tintinear las guarniciones de plata de sus ricos arneses.

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