ANARDA (Segunda parte)

Anarda 2Dos años antes que Anarda llegara al mundo, había nacido en el Cerro de Pasco un robusto niño, hijo único del matrimonio Irigoyen. El padre, un famoso caballista, mulero de profesión, cuya vida pasaba entre las sierras cordobesas de Argentina y la ciudad más alta del mundo; su negocio tenía que ver con la parición, cría, hierra, transporte y venta de mulas argentinas en el mercado cerreño. La madre, una guapa cordobesa, hija de un próspero criador de mulas, trabajadora incansable, solícita y muy enamorada de su marido. Ambos -cerreño y cordobesa- enamorados en el quehacer incansable del arrieraje, habían decidido unir sus vidas mediante casorio.

El día de la boda, el rancho relucía con arreglos florales, quitasueños y banderines; al fondo, sobre peana florida, la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Luján. La alegría alimentada por la ginebra, hacía danzar a los circunstantes alegres pericones, mediacañas, vidalitas, gatos y chacareras. Una vieja hablantina en medio de un corro gesticulante y bullanguero, retrató en pocas palabras, la importancia del acontecimiento.

—¡El cerreño se lleva la flor más hermosa de estos pagos!-  Todos aplaudieron.

Cierto. La novia era una encantadora muchacha de veinte años, inmensos ojos pardos y renegridos cabellos que no obstante estar encrespados, llegaban más abajo de la cintura. Ataviada con primoroso vestido de seda blanca bordado con flores rotundas, lucía un hermoso collar de cuentas de plata fina, aretes y anillo del mismo metal, regalo de su esposo. Al siguiente día de la boda, sobre la grupa de su caballo la condujo a su tierra minera. Transcurrido un año, nacía Rosendo, en medio de la desbordante alegría de los jóvenes esposos.

Desde niño, inseparable compañero de su padre, sobrellevó todos los avatares del arrieraje: soportar la avasallante soledad de los caminos; explorar el lenguaje de cielos y estrellas para descubrir los cambios atmosféricos por venir; soportar la inclemencia de los vientos silbantes de los páramos y las polvaredas inacabables del trayecto; dormir bajo el estrellado techo de los cielos con tan sólo la cobertura de mantas y caronas como almohada; apreciar en toda su dimensión a su cabalgadura, compañera inseparable de la ruta; usar el cuchillo con la habilidad suficiente por ser la única defensa en pagos desconocidos; pulsar la guitarra y cantar como única distracción en las inacabables horas de camino, pero sobre todo, frugalidad en alimentos y bebidas. Haciendo de su vida un apostolado de sacrificio, el hijo llegó a reemplazar a su padre y, no obstante su juventud, ocupó el cargo de Capataz de muleros. Ahora tenía la responsabilidad de conducir miríadas de mulas desde el norte argentino hasta las  boyantes minas de Pasco.

El contacto laboral con los yacimientos le permitió observar el drama que soportaban los hombres del pueblo. Sus cadavéricos aspectos de seres de otro mundo, pálidos, ojerosos, exangües, como muertos en vida; con los carrillos hinchados de coca, maltratados por capataces que los arreaban como a ganado. Decenas de ellos como penados en dantescas galerías de oprobio a donde entraban apenas salía el sol, subiendo y bajando la carga de capachos metaleros sobre las espaldas. Nadie podía escapar de esta cárcel de ignominia. Para impedirlo, armado de una escopeta a la puerta de la mina, el esbirro que vigilaba a los condenados, listo para apretar el gatillo por si alguien quisiera librarse del suplicio.

Su sensibilidad le dijo que aquello tenía que acabar. Se unió al grupo que comenzó a trabajar en organizado silencio para liberarlos. En el norte argentino entabló amistad con los gauchos alzados como el montonero López de Santa Fe, el gaucho Ibarra en Santiago del Estero, el inmortal Juan Facundo Quiroga, en los llanos y con el caudillo de la independencia uruguaya, José Gervasio Artigas. En el Perú, largas fueron sus horas de plática con los hombres que complotaban para expulsar a los realistas. El enjuto fraile Aspiazu, el revolucionario Quijo, etc.

-03-

Un día gloriosamente encendido, cuando Anarda dejaba atrás los pastizales de Yurajhuanca, columbró una monstruosa sombra parda desplazándose hacia ella entre nubes de polvo que ensombrecía los cielos y retumbaba como sordo compendio de infernales atabales sobre la pampa infinita. Era la agresiva estampida de la bagualada mular en el último tramo de su recorrido. Sorprendida, no supo qué hacer. Primeramente sofrenó a su cuatralbo que se encabritaba nervioso para salir de la amenazante aparición. En ese trance, uno de los jinetes que conducía la tropa inacabable llegó a su vera como una exhalación y le gritó: ¡Sígame!, y la condujo tras una pequeña elevación resguardada por una roca y, dejándola allí, descendió al llano haciendo estallar una y otra vez el zumbador que giraba sobre su cabeza, emitiendo broncos guapidos que desviaron hacia el otro lado a las mulas cerreras, jóvenes y agresivas. Ella, entretanto, sujetando las riendas, acariciaba el tenso cuello de su cuatralbo para que permaneciera tranquilo.

Terminado el paso del desbocado bestiaje entre nubes de polvo, retornó el joven jinete que la había puesto a salvo y la llevándola a un lugar donde la polvareda no les molestara.

— ¿Se encuentra bien? – preguntó bajándose el pañuelo que le cubría la boca y las narices.

— Sí –contestó ella- Gracias.

— Felizmente es usted excelente jinete. Cuando la vi de lejos pensé que se trataba de un hombre por la manera de montar- se disculpó el muchacho.

Efectivamente. Nunca se había acostumbrado a montar con los remilgos de las amazonas. Ella montaba  como los hombres. No olvidaba la más importante lección de su maestro. “Las piernas y las riendas son los medios de que dispone el jinete para conducir el caballo. Ambas determinan el dominio sobre el animal”. Ella las usaba con maestría.

— No me explico qué hacía solitaria por estos lugares –las palabras del mulero la sorprendieron- Corría usted un gran peligro si la tropa desbocada del muleraje la alcanzaba. Aquí hay más de cinco mil mulas que hemos traído para la venta entre los mineros cerreños. Casi siempre tienen esa reacción al sentir el enrarecimiento del aire serrano. ¿Qué hacía por estas soledades?

— Hacía mis prácticas de equitación que es lo que más me gusta. Yo soy…

— ¡Anarda! -cortó él, rápida pero respetuosamente- Es hija del Oficial Mayor de las Cajas Reales de Pasco. Aquí y en muchas leguas a la redonda es conocida. Todo el mundo la nombra constantemente, sólo que quienes lo hacen, no saben describirla acertadamente. Es usted más bella de lo que dicen.

Quedó sorprendida. La plática del joven mulero no sólo era espontánea y amena sino –dentro del marco de respeto- avasalladora y galante. Cuando se quitó el chambergo desenganchando el barbijo que lo sujetaba al barbado mentón, emergió el rostro de atractivos trazos aunque implacablemente quemado, oscuro y escamoso; cabellos negros, crespos y alborotados, sujetos con vincha encarnada; ojos claros y juguetones del color del tiempo; labios que enmarcaban la sonrisa abierta de blanquísimos y parejos dientes. Pelliza de cuero oscuro asegurada con recios botones de cuerno de toro, pantalones de lana con entreperneras de cuero, sujetos con correa cubierta de brillantes monedas de plata de nueve décimos. Entre la correa y el pantalón, el enorme corvo para cortar el asado y otros mil usos camperos. Ésta era la única arma que portaba prendida a su cintura. Puñal de hoja de plata con una flor de  lis de oro en la empuñadura, regalo de su padre, que le confería más confianza que todo un arsenal de armas. “Es bueno –decía- cuando se tiene el brazo firme y el corazón bien puesto”. Pero su valor mil veces puesto a prueba no obstante sus veinticinco años, juveniles y recios, era de tal magnitud que hasta los más “toros” de estos lares lo respetaban. Era el “Taita” en todo, como decían sus amigos. Era, además, insigne domador de potros y caballista de renombre de Pasco a la Argentina.

Rosendo Irigoyen era, no obstante su juventud, famoso guitarrero que punteaba los tristes y las mulizas de manera arrulladora y, si se trataba de rasgar huaynos y cachuas, lo ejecutaba con una gracia tan picaresca que hacía brotar la alegría en los lugares más tristes. Su instrumento que constituía su orgullo, era una soberbia guitarra española, regalo de su padre. Registraba unas voces tan sonoras que cuando las cuerdas gemían bajo la mágica presión de sus dedos, sus acordes retumbaban a tres o cuatro cuadras; y su voz, afinadísima y hermosa, llegaba al oído como una caricia cuando estaba de serenata.

— Soy mulero de la tropa que sirve a don Bernardo Valdizán y mi nombre es Rosendo Irigoyen, cerreño, de padre español y madre argentina.

— Por su habilidad con el caballo y su jerarquía entre los jinetes que comanda, debe usted haber comenzado desde muy niño en esta arriesgada tarea…?.

— Así es, hermosura, desde pequeño; prácticamente nací sobre un caballo. Mi padre fue domador y jinete, amigo íntimo de don Bernardo. Ahora se dedica a la administración del negocio de la venta de mulas y al transporte de carga en la zona.

De muchas cosas hablaron en un corto lapso. Lo suficiente para que una conociera al otro. Cuando arribó un carromato que conducía los elementos de auxilio, él cogió un cazo pequeño y llenándola de agua cristalina le dio a beber. Más tarde se despidieron, pero entre ambos jóvenes había nacido un acercamiento muy hermoso.

-04-

Fue la mañana del día siguiente cuando volvieron a encontrarse.

— ¡No pensé que el milagro de volver a verla se repetiría tan pronto!… ¿Cómo está, Anarda?.

— ¡Bien, muy bien, Rosendo. Yo también creo lo mismo, aunque en usted el milagro es doble…

— ¿Doble…?.

— Lo digo por su magnífica transformación….

— ¿Para bien o para mal…?

— ¡Para bien! Estaba sorprendida. El joven que tenía enfrente, sonriente y amable, había cambiado mucho. Ya no era el jinete montaraz del día anterior. Agua y jabón habían limpiado totalmente el cutis escamoso y quemado mostrando su faz en toda su limpidez; sus cabellos revueltos y rebeldes, siempre crespos y ensortijados, lucían ahora una notable ondulación asentada por el peine; el bigote y barbilla nazarenas, habían recibido el acicalamiento de una tijerilla; sus labios abiertos en una amplia sonrisa…

— ¿Alguna gestión en las Cajas Reales…?.- preguntó ella.

— Mi padre ha traído un informe de la venta de las mulas y la comunicación de los guardianes de las postas. Yo lo estoy esperando mientras habla con vuestro padre.

— Ahhh, muy bien.- Ella estaba esplendorosa con sus amplias polleras y chal abrigador sobre los hombros. Como siempre, sonriente. Aprovechando la larga plática de sus padres, ellos aprovecharon el tiempo para conversar sobre sus inquietudes ecuestres. Él le narró sus andanzas por  territorios del norte argentino, los pintorescos paisajes geográficos y humanos, sus experiencias ante un clima verdaderamente cambiante pero romántico y las magníficas destrezas que estaba adquiriendo. Hablaron de muchas cosas y quedaron en verse al día siguiente en las amplitudes de Yurajhuanca y Quiulacocha.

Así comenzó todo.

-05-

En el lapso de la semana transcurrido, Anarda pensó mucho en el joven mulero que con apostura y parla chispeante había hecho germinar en ella una extraña pero agradable inquietud hasta entonces desconocida. Sin quererlo lo comparó con los jóvenes nobles y ricos que aspiraban a su mano.  Éstos no la habían impresionado en lo mínimo. Estirados, vanidosos y amanerados –“hijitos de papá”- ninguno había logrado despertar en ella lo que el joven mulero sí lo había conseguido con creces.

Por su parte él ya no fue el mismo. Una extraña mezcla de alegría y temor invadió su alma. Alegría de conocerla y temor de perderla. Sus inquietudes entonces las tradujo en canciones de amor y, acompañado de su guitarra, las interpretaba en cuanta oportunidad se le presentara.

A partir de entonces, ella lo acompañaba en la realización de sus tareas muleras en las soledades cerreñas; después holgaban por los campos y, cansados, se sentaban a platicar. Así descubrieron que estaban enamorados. Que el uno era para la otra. Ya nadie podría separarlos.

Por su parte, el Ensayador Real estaba muy incómodo. Las noticias que llegaban a su despacho lo tenían alarmado. Muy alterado. Estaba informado que la Corona elevaría los impuestos y alcabalas para todos los habitantes que recibieron la medida con ira manifiesta. Menudearon los pasquines y proclamas subversivos condenando la medida. No había mañana en que no amaneciera la ciudad plagada de revolucionarios mensajes que iban sembrando la intranquilidad general. El Oficial Mayor se encontraba entre dos fuegos.  Su preocupación era tanta que no le quedaba tiempo para dedicarlo a su familia, hasta que un hecho terminó por incomodarlo.

Un día que llegó a su casa cuando repicaban las campanas del Ángelus, no encontró a su hija. Cuando ésta llegó encendida de emoción y cansancio, lucía un brillo especial en los ojos y una sonrisa traviesa en los labios que lo colmó de intranquilidad. Para salir de sospechas contrató a unos espías para que la siguieran; que le dijeran a dónde y con quién compartía los momentos que estaba fuera de la casa. Lo que le informaron no le gustó. Después de mucho meditar y sin despertar ni la más mínima sospecha en su hija, decidió que tenía que apartarla del mulero, que para colmo de males, era un subversivo asolapado. Debía casarla con un joven noble, acorde con su posición social. Para evitar que ella sospechara, ni siquiera le hizo alguna referencia. Sabía de lo que era capaz cuando se encaprichaba. Decidió que el joven mulero debía desaparecer definitivamente de la vida de su hija. El procedimiento para conseguirlo no importaba. Ésa era la decisión final. Tras consultar con la almohada, trazó un plan bien concebido. Fingiría un asalto al envío de la Casa de la Moneda. Los asaltantes acabarían con la vida del mulero que recibiría el encargo de transportar aquellos dineros. No le fue difícil. Habló con el viejo Valdizán para que su mejor jinete fuera el encargado de comandar la escolta. No hubo problemas. Fue nombrado Rosendo Irigoyen. Después, como quien no quiere la cosa, dejó rodar la noticia del envío entre las gentes de los suburbios del Cerro. En poco tiempo, todos los sabían; especialmente los del mal vivir que esperaban una oportunidad como ésta.

La salida “para mantener el secreto” se hizo intempestivamente. No dejó ni un solo momento para que los amantes pudieran comunicarse. Cuando columbraban el Bosque de Rocas, fueron atacados por una partida de facinerosos. Tras los primeros escarceos de ataque advirtió que el pelotoncillo de guardias de la escolta ponía pies en polvorosa abandonándolo a su suerte. En ese momento se dio cuenta de la trampa en la que había caído y tras recibir dos pistoletazos y varias puñaladas en la confusa refriega, abandonó el botín –nada cuantioso, sólo cebo- en manos de los asaltantes y enfiló por aquellos roquedales misteriosos. Su noble caballo, no obstante sus heridas, partió como centella a las profundidades del bosque pétreo. Pasado buen tiempo, con la sangre cubriéndole el cuerpo y rebasándole los botines, muerto de sed y cansancio, se abandonó a su suerte y cayó sin sentido. 

-06-

Cuando volvió en sí, le dijeron que durante tres días había volado de fiebre. Que lo habían recogido malherido entre los roquedales de Canchacucho completamente exangüe por tanta sangre perdida por las heridas que eran muy feas. Que todos creían que moriría. Gracias a hierbas que ellos conocen y al emplasto de huaguro sobre las magulladuras, había recobrado el sentido. Le dijeron también que su caballo –nobilísimo animal- lo había traído de tan lejos y que ahora se recuperaba de sus heridas. Que al otro día y los siguientes, habían pasado numerosos cabalgados pero que no habían asomado por la estancia, tal vez porque lo habían ocultado bien a él y al caballo. Que ahora todo estaba tranquilo.

Aquellas nobles gentes eran pastores de la estancia de Canchacucho, onírico tinglado como fabricado por manos de escenógrafo maravilloso que encima de las pequeñas chozas cónicas techadas de ichu, había colocado el sobrecogedor bosque de rocas, pétreo y fantasmal mundo donde caprichoso engendros de piedra ostentan sus aterradoras siluetas.

Alimentado de pródigos sancochados y locros de carne ovina y una variada potajería lugareña de maca, chuño, cancha, papas, ocas, mashuas y ranas, recuperó fuerzas y, un día, disfrazado de pastor llegó a la ciudad minera. Allí se enteró de todo.

El Virrey acababa de ordenar el inmediato retorno a Lima del Oficial Mayor y Ensayador Real para que informe personalmente sobre la intranquilidad originada en la zona. Cohonestando con la orden, seguro de que su hija se hallaba libre del asedio del mulero, dispuso que se casara con el hijo de Manuel Fuentes Ijurra, rico minero cerreño. Según él, la medida lograría atenuar la inmensa tristeza que su hija sentía por la “muerte” del mulero. Como él, todos en el pueblo creían que los bandoleros habían acabado con la vida del joven Irigoyen.

Ese mismo día advirtiendo que el tiempo se le venía encima, se entrevistó con la negra Leandra y le hizo conocer sus planes para esa misma noche. Tras salir de su asombro, la sirvienta hizo conocer el plan a su ama que lloró de alegría.

En cumplimiento del plan, Anarda salió en compañía de su criada para cumplir con la oración del Rosario en la Iglesia pero Rosendo apareció en su noble animal llevando de las riendas al moro cuatralbo y aprovechando la luminiscencia lunar, partieron.

En vano los buscaron. La tierra se los había tragado. Por rutas de emergencia que sólo Rosendo conocía partieron a lejanas tierras argentinas. Allí lucharon sin asomarse por la tierra minera Ella renunció al boato de su vida noble y cómoda por amor a Rosendo.

Pasados los años, cuando todo había cambiado y los nobles habían partido hacia su tierra, libre ya la patria peruana, Rosendo y Anarda retornaron para estar presentes en la juramentación de la independencia del Cerro de Pasco, el 7 de diciembre de 1820. Sus rostros patricios estaban enmarcados de canas y los acompañaban sus cuatro hijos que habían nacido

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