Espantosa tormenta de nieve

Espantosa tormenta de nieveEl viernes 6 de enero de 1905, una inmisericorde tormenta de rayos, truenos y lluvia se abatió sobre la ciudad. La gente acostumbrada a estos fenómenos atmosféricos se intranquilizó por su especial particularidad. Las cerrazones que ensombrecían los cerros de Arenillapata, Shuco, Uliachín, Garacalzon y Gayachacuna, se agolparon amenazantes sobre la ciudad cubriéndola totalmente con un silencio tan sobrecogedor que, el grito de un arriero en Yanacancha, habría podido escucharse claramente en la plaza Chaupimarca. La gente se alarmó. Muchas viejecitas se santiguaron con especial devoción. Algunos sorprendidos “acaccllos” profiriendo alarmados gritos alzaron vuelo desde el campanario de Chaupimarca; sus cuerpos oscuros apenas si se notaban sobre el cielo gris pizarra que cada momento se ensombrecía más. Era un fatídico presagio para las gentes que transitaban por las calles. Las campanas  tañeron a las tres, graves, como todos los días, y su sonido parecía más sombrío que de costumbre por la amenazante quietud de la atmósfera que se espesaba. Una ráfaga de viento arrancó unos cuantos sombreros abalanzándose perpendicularmente sobre la plaza como a través de una chimenea. En plazas y plazuelas de Chaupimarca, del Comercio, Ijurra, Yanacancha, Tambo Colorado, del León y del Estanco se produjeron enormes remolinos de polvo, elevándolos hasta casi cubrir los techos más altos. La gente, intrigada se detenía en las calles y contemplaba el cielo que había descendido como hecho para  tramoya, tirando con furia las ventanas que se cerraban estrepitosamente. Las nubes, cerniéndose sobre la ciudad, eran ahora de un  negro purpúreo, amenazante, como nunca había ocurrido. De pronto, sin que nadie lo esperara, empezó a llover a cántaros entre relámpagos y truenos espantosos que parecían sacar chispas de los techos de calaminas. Alarmadas, las gentes, buscaron dónde guarecerse. De un solo golpe el resplandor purpúreo fue borrado del rostro de la ciudad y la noche descendió sobre ella desatando esa espantosa tormenta. Todos se santiguaron. La mayoría se daba prisa para llegar a sus casas. Ya en ellas cerraban sus puertas y arrastraban a sus niños a sus  vanos seguros. Todos estaban aterrorizados. Las tinieblas descendieron con un ruido tremendo como si el mundo se hubiera precipitado para explotar. Las paredes se estremecían con un escándalo que parecía de mil cañones juntos. Las descargas de los truenos se fundían con el bramido del inmisericorde aguacero y el salvaje tiroteo del granizo. Todo era terriblemente espantoso. Las vigas que sostenían los techos, crujían; las casas parecían elevarse y desprenderse de sus cimientos; todo pareció tétricamente extraño. Caían lámparas y muebles y cuadros y adornos y todo lo que se hallaba en la estancia entre el griterío de sus gentes. Ventanas que se destrozaban, hierros cayendo sobre los guijarros con un abominable ruido que parecía los porrazos de los martillos al golpear los yunques del infierno. Afuera la lluvia formaba un sólido muro de cristal. En poco tiempo se habían establecido impetuosas riadas que ferozmente arrasaban con todo lo que encontraban a su paso. Nunca se había visto algo así en la tierra minera. Las aguas comenzaron a correr incontenibles por las estrechas calles de “Digo – Digo”, “La Velería”, “Sal si puedes”, “Mata Horno”, “Matadería”, “Gayachacuna”, “Arenilla Pata”. A medida que avanzaban penetraban en casas y corrales llevándose lo que encontraran, gallinas, cuyes, útiles de trabajo minero, monturas, todo. De Chaupimarca bajaba por la “Calle del marqués” donde chinos y japoneses trataban de salvar sus pertenencias.  Por un momento la embravecida tempestad pareció tomar aliento y sin que nadie lo esperara, las paredes comenzaron a estremecerse y temblar con el estruendo que parecía el de mil cañones simultáneos. Los estampidos del trueno se fundían con el bramido del aguacero y el salvaje tiroteo del granizo ahogado por la aullante ira de la tempestad. El pueblo estaba ante una pavorosa mezcla de tormenta y movimientos sísmicos que terminaron por hundir algunas minas, traer por los suelos casas y producir el desplome de algunas zonas en Arenillapata y Gayachacuna ante el pavoroso grito de mujeres que clamaban piedad para sus hijos.

A medida que transcurría el tiempo, la lluvia llegó a transformarse en alarmante nevazón que oscureció totalmente el ambiente haciendo imposible el caminar por las calles y, pasadas algunas horas, en muchísimos tramos hicieron caer postes de alumbrado y teléfono originando un apagón general que tuvo su origen en la casa del señor Loayza donde, al cruzarse los alambres de alumbrado con los de teléfono, causaron un amago de incendio que fue pronto cortado por los flamantes bomberos. Durante 24 horas estuvo nevando, cubriendo los caminos y tapando los techos. Cuando la nieve cesó, se llegó a registrar una altura de veinte pulgadas que tardó mucho en derretir. Los más viejos recordaban el relato de sus abuelos que contaban que hace mucho tiempo la nevada que cayó por once días con todas sus noches estuvo a punto de hacer desparecer a la ciudad minera. Éste era uno de los riesgos más peligrosos que tenía que soportar la ciudad cimera del Cerro de Pasco. Mucho tiempo después, los comentarios generales eran de un supérstite temor a lo que podría ocurrir.

Espantosa tormente de nieve 2

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