“EL MANCO DÁVILA” (25 de noviembre 1912)

el manco dávilaNunca llegó a saberse cómo ni cuándo había aparecido en la fundición de Smelter. Indudablemente conformaba la larga lista de aventureros que fueron llegando a partir de 1907 en que empezó la fundición de minerales de la compañía norteamericana. Sólo se conocía su nombre inscrito en la ficha de incorporación. Llevaba el dulce nombre de José María Dávila, pero nadie le conocía por tal, sino por su apodo: “El manco Dávila”. Se aseguraba que durante una balacera habida entre policías y malandrines en uno de los escabrosos barrios de Lima, había recibido dos  heridas muy  graves. Una en la pierna que le impedía caminar con normalidad y, otra, en la mano izquierda que quedó convertida en grotesco muñón. No obstante esta dificultad, era muy temido por su andar simiesco apoyado en una pesada muleta que hacía sonar como tratando de sembrar terror con su  retumbo. Su rostro, como configurado para la faena que realizaba, era espantoso. Cruzado por una grotesca cicatriz que dividía en dos su carrillo izquierdo, tenía otras señales sangrientas en su cabezota con  pelos parados como espinas. Su aguardentosa voz nasal completaba su temible aspecto. Mezcla de torturador y esbirro.

Es posible que su talante terrorífico y su carácter amenazador, influyera para que los gringos lo recomendaran a las autoridades para que le dieran un cargo no obstante sus impedimentos físicos. Bastó una carta del superintendente de entonces para que lo nombraran: Comisario. Total, los gringos eran dueños y amos del emporio minero.

Corría el año de 1912.

Lo que aconteció aquel año fue de lo más bochornoso y condenable. Con el fin de ganarse el reconocimiento de las autoridades norteamericanas, procedió a proceder de una manera abusiva contra hombres, mujeres y niños del lugar. Su malhadada actuación fue de tal magnitud que llegó a colmar la paciencia de los pacíficos laboreros. Sin límites de ninguna clase, castigaba cruelmente a los mineros que cometían alguna infracción. Las crónicas periodísticas de aquellos días no sólo de los diarios cerreños sino también capitalinos daban cuenta de sus actitudes lindantes con la crueldad. Sus dificultades físicas jamás fueron impedimento para el cumplimiento de sus más crueles sanciones. Para ello se había conseguido como auxiliares, a un grupo de desalmados, hombres de armas tomar, venidos no se sabe de qué lugares; todos mal encarados y crueles como su jefe. A lo largo de todo el año se fue acumulando la lista de “castigos” que llegó a enervar a los obreros smeltinos.

Se le acusaba por ejemplo de que a una pobre mujer que trabajaba al servicio de unos gringos, la  había sindicado como ladrona. Se la culpaba de robo de unos cubiertos. En conocimiento del hecho, el “Manco Dávila” la desnudó completamente y la hizo flagelar hasta que la pobre mujer cayera sin sentido. Sólo el descubrirse la falsedad de la acusación –la dueña declaró que se había equivocado- salvó la vida de la pobre mujer.

Así mismo, a un obrero que había sido sorprendido sustrayendo un pedazo de madera inservible para la compañía, lo amarró a un palo que semejaba una cruz y después de castigarlo severamente, lo expuso semidesnudo a la intemperie de la plaza y allí lo tuvo por más de veinticuatro horas en el frío glacial de estas alturas. Hasta ahora nadie se explica por qué el pobre hombre no murió. A otros peones que cometieran algunas faltas los tiraba sobre el piso frío amarrándolos con un fusil sobre los riñones en un castigo que más parecía un suplicio chino. Muchas mujeres fueron flageladas completamente desnudas a la simple sospecha de una falta. Nadie que cayera a la comisaría se retiraba sin recibir por lo menos un fortísimo puntapié en las sentaderas de parte del calamitoso comisario. Los detalles indignados de la página laboral de EL OBRERO que circulaba en Smelter en aquellos días, son nuestra fuente informativa.

La indignación llegó a límites inauditos cuando el mediodía del 24 de noviembre de 1912, en el comedor del “Hotel Castagman” en el que se encontraba almorzando el periodista  Juan Manuel Maraví, director de EL OBRERO, en compañía de unos amigos, fue agredido verbalmente por el “Manco Dávila” amenazándolo con matarlo si volvía a publicar sus fechorías como lo venía haciendo desde tiempo atrás. Maraví, soportó estoicamente la agresión del colérico baldado que no se cansaba de blandir por los aires su pesada muleta. Siguiendo el consejo de sus amigos, redactó un memorial con el fin de que las autoridades cambien a tan abusiva autoridad. Enterado el comisario de esta acción, buscó a su acusador y al encontrarlo cenando en el comedor del “Hotel Trípoli”, renovó sus ofensas con el fin de que el agredido repeliera el ataque, lo que habría servido para matarlo, pretextando ataque a la autoridad. Menos mal que la serenidad del agraviado prevaleció sin que se llegara a límites de agresión física.

Al día siguiente el pueblo indignado realizó un mitin en la plaza principal pidiendo unánimemente el inmediato cambio del abusivo comisario. Luego de la manifestación, cuando Maraví se hallaba en el “Hotel Piedra”, apareció armado el “Manco Dávila” con una mirada de odio sangriento y la intención de dar muerte al adalid de esta movilización. Al comprender que su vida peligraba, Maraví tuvo que escapar y pedir asilo en la casa de su amigo, el contador de la Compañía, el chileno Johnson. Entretanto, la gente enterada del hecho se reunió de inmediato y buscó al agresor que huyendo por las recovecos de Smelter se asiló en la casa del Superintendente Spilbury. La cansada gente indignada ya no dio tregua a su cólera. Atacó la comisaría donde encontró cepos metálicos y otras herramientas de tortura que el manco utilizaba para hacer daño a sus víctimas. Las fotografías de estos instrumentos fueron publicadas en los diarios de la capital. La comisaría quedó deshecha y el tristemente célebre “Manco Dávila” escapó de milagro porque la multitud tenía la intención de matarlo. La compañía tuvo que fletar un coche especial para poner a buen recaudo a su esbirro, salvándolo de la ira popular. Finalizaba el año de 1912. (El Industrial”).

Fotografía de la fundición de Smelter en el momento de su exitoso funcionamiento. Tuvo asombrosa vigencia desde 1906 hasta 1922 en que todos sus aparatos son trasladados a La Oroya. Entretanto tuvo una vida muy activa en lo laboral, social, gremial y deportivo. Hoy día sigue con vida el Club de Tiro que inicialmente se denominó “Club Internacional de Tiro”, fundado en 1917. Este fue el escenario de las tropelías del “Manco Dávila” en 1912.
Fotografía de la fundición de Smelter en el momento de su exitoso funcionamiento. Tuvo asombrosa vigencia desde 1906 hasta 1922 en que todos sus aparatos son trasladados a La Oroya. Entretanto tuvo una vida muy activa en lo laboral, social, gremial y deportivo. Hoy día sigue con vida el Club de Tiro que inicialmente se denominó “Club Internacional de Tiro”, fundado en 1917. Este fue el escenario de las tropelías del “Manco Dávila” en 1912.

“Los Andes” diario que cubrió -entre otros- la información de los condenables hechos, publicó una entrevista a Juan Maraví, uno de los protagonistas del caso, quien hizo una pormenorizada relación de aquel acontecimiento. La crónica dice lo siguiente:

  • Emplazado por “Los Andes” que usted dirige, para dar informes respecto de un hecho que las circunstancias me hicieron protagonista, diré que los nefandos e inauditos hechos del ex-comisario Dávila, exasperaron de tal modo los ánimos que aún los más retraídos creyeron su deber insinuarme que formulara el pedido de destitución y castigo del citado. Por este motivo –creo yo- el comisario Dávila, a las doce del citado día (11 de noviembre de 1912) me ultrajó a gritos en medio de la calle con palabras soeces, lo que puse en conocimiento de los obreros que se congregaron a un mitin de protesta. Después de escucharme, se dirigieron primero a la Superintendencia y luego a la imprenta EL OBRERO en demanda de justicia y apoyo. Terminada la reunión a las seis me dirigí a cenar al Restaurant TRIPOLI a donde se presentó el tal Dávila retándome con palabras altisonantes. Cuando estuve en la calle, porque no quise atender a sus insultos, uno de sus cómplices me dio la voz de alto y de inmediato me disparó un tiro sin lograr herirme. Ante esta situación me dirigí a la casa del señor A.W. Jhonson, mi compañero de oficina al que Dávila le puso el revólver en el pecho y no llegó a victimarlo porque en ese momento apareció el pueblo alarmado por el tiro que había escuchado. Viendo que nuestras vidas peligraban, nos refugiamos en la casa del Superintendente. Congregado el pueblo frente a la Comisaría y al no vernos a mí ni a mi amigo Jhonson, creyeron que nos habían victimado por lo que inmediatamente atacaron rompiendo puertas, ventanas y cuanto encontraron allí. Al ver esto salimos de nuestro escondite para calmar al pueblo pero ya éste había causado un daño incalculable”
  • Por lo que nos dice, deducimos que el tal comisario era un abusivo. ¿Tan terrible era? ¿Qué faltas había cometido?
  • “Fíjese señor, las investigaciones realizadas por el Prefecto y demás autoridades venidas de Lima, demuestran que son ciertas las atrocidades cometidas por Dávila. Hubo mujeres azotadas, hombres mancornados y puestos en cruz a la intemperie; uno fue herido con un golpe en la cabeza y la noche en la que el pueblo atacó a la comisaría encontró a un preso en el cepo con un rifle sobre los riñones. Era tal la perversidad de Dávila que nadie salía de la Comisaría sin recibir por lo menos un patadón en las sentaderas… ¡No me va a decir que estos era justo!…¡ Por eso nos hemos sublevado, porque nadie nos hacía caso….!!!

Realizadas las investigaciones, se comprobó la veracidad de éste y muchos otros abusos que determinaron la cancelación del sanguinario “Manco Dávila”, con el consiguiente beneplácito del pueblo smeltino.

(FUENTE: Diarios de Smelter y el Cerro de Pasco- Viñeta de Al Williamson.)

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