Doña Ramona López, valiente guerrillera cerreña

Doña Ramona LópezLas mujeres peruanas que dedicaron sus trabajos y hasta la vida por difundir el mensaje de la libertad en América, fueron muchas. En Lima, por ejemplo, doña Brígida Ochoa de Campos que en los primeros tramos de las lucha fue perseguida y maltratada. Más tarde, al tomar conocimiento de su valor, el propio general José de San Martín, la condecoró. Otras mujeres notables fueron: Juana Noin, en el Cuzco; Magdalena Centeno, en Arequipa; Juana Toribia Ara, en Tacna. Ya en tiempos de la independencia María Parado de Bellido, fusilada en Ayacucho por no denunciar a los patriotas que conocía. Por las mismas razones encontraron la muerte, Emeteria Ríos de Palomo, en Canta; Paula Huamán, en Tarma y Eufrasia Ramos, en Jauja. En Concepción (Huancayo) la humilde Bonifacia Pando, condenada a sufrir 200 azotes junto al ajusticiado cadáver de su esposo, el patriota Paulino Monje.

En el Cerro de Pasco brilló por su valor indomable, María Valdizán, la mujer que con su propio  peculio solventó las acciones guerrilleras de nuestros héroes populares; con ella muchas otras mujeres más.

Después de doña María Valdizán, fue Ramona López, notable cerreña de armas tomar, la que ocupa preferente lugar en nuestra historia. Hermosísima mujer, hija de padre español y mujer nativa. En la troje de su casa -centro de reunión de los revolucionarios- camuflada con un alijo de alimentos, hallaron gran cantidad de mosquetes, dinamita, puñales y numerosos  pasquines, proclamas, bandos y décimas subversivas que in citaban a rebelarse contra la corona de España.

Ramona López, era una hermosa mujer de veinticinco años, morocha, con claros ojos acerados; piel aterciopelada y fina; dientes parejos y hermosos que lo hacían muy bella; manos callosas y enrojecidas por la dura tarea que cumplía; incansablemente diligente, el taconeo de sus altas botas de cordobán, se escuchaba a toda hora en el ir y venir del diligente trabajo hogareño; caderas anchas y generosas, bajo el delantal de percal de amplias faltriqueras; pechos abundantes y erectos que mantenían tensos los cordones del corpiño de su polca. Se cubría con un pañolón de lana, sujeto con “tickpe” de plata de nueve décimos. Estuvo casada con el minero José Vigil, dueño de una mina en Yanacancha, que murió víctima de una pulmonía fulminante. Éste le dejó sus ahorros, minas y demás propiedades que eran suficientes para que viviera libre de sobresaltos económicos. Sin embargo, Ramona, poseía aquella chingana donde expendía artículos de primera necesidad y, en estratégica trastienda, una variedad de licores para los parroquianos que no eran pocos. Como es fácil deducir, el negocio no lo ejercía por necesidad económica, sino porque le facilitaba reunirse con sus compañeros libertarios. El matrimonio contaba con el auxilio de un mayordomo diligente y fiel, llamado Manuel Queipo, minero y hombre de muchas habilidades; brazo derecho y amigo incondicional del viejo minero. Muerto Vigil por efecto una pulmonía sorda después de empaparse de lluvia, Ramona quedó viuda, sólo con la compañía de este fiel servidor que se encargó de llevar adelante el negocio de la mina. Andando los años, entre ambos se fortaleció el nexo laboral alimentado por el mutuo amor a la libertad que terminó por unirlos. Se convirtieron en fervientes  y activos propagandistas de la insurgencia naciente. La comunión de ideales los enredó más tarde en un amor irrefrenable y mutuo  que todo el mundo censuró, especialmente la iglesia. Ambos eran jóvenes y, desaparecida la muralla del matrimonio que podía separarlos, se entregaron al amor desenfrenado que ya no tuvo barreras. El párroco los llamó a reflexión: nada consiguió. Queipo, abandonó a su legítima mujer, Micaela Cárdenas y, a partir de ese momento, se dedicó en cuerpo y alma a luchar por la libertad. Él, mediante pasquines y proclamas, llegó a preparar una sublevación con motivo de la elección de Diputado de Minería, pero por obra y gracia de los soplones, no llegó a culminar. Ella por su parte, atractiva y popular, no sólo nucleaba en su negocio a gente joven y decidida, sino también diseminaba en todos los confines de la población, los mensajes secretos que le encargaban; pegaba, con sus ayudantes, las décimas y proclamas que le entregaba personalmente el padre Aspiazu y era, fundamentalmente, el nexo poderoso de todos los revolucionarios de la zona. Por eso es que, por orden expresa de José Ulloa, Caballero de Justicia de la Real Orden de San Juan, Capitán de los Reales Ejércitos y Subdelegado del Partido de Pasco, la apresaron, incomunicándola. La torturaron salvajemente hasta ponerla al borde de la muerte, pero no solo la atormentaron sino que se apropiaron, de armas, pasquines y proclamas, y de sus valiosos ahorros de oro y plata que tenía guardados como fruto del trabajo de su marido -el minero. “Se apoderaron de las escrituras de propiedad de las minas de plata, tres sacos de plata labrada y un cofrecito con tres mil trescientos cincuenta pesos en oro legítimo”. De nada le valió protestar a través de un escrito presentado por Manuel Suárez. Como respuesta se la sometió a nuevas torturas y a un estricto régimen a pan y agua. Su injusto encierro había aumentado la admiración que por ella sentía el pueblo. Más tarde, engrillada, más muerta que viva,  apoyada por un  grupo de mujeres cerreñas, logró huir de prisión. Los aciagos días posteriores, la volvemos a encontrar formando legión con los revolucionarios huanuqueños. Como puede verse, las cerreñas siempre estuvieron presentes en las luchas reivindicativas locales y nacionales. También, una vez más se pone al descubierto que todos estos empingorotados gobernantes no eran sino –con escasísimas excepciones- unos malditos ladrones.

 A partir de entonces, Ramona López, cambió notablemente su aspecto. Comenzó a vestir -de la cintura, arriba- arreos militares. Su nuevo status la obligaba. Ya era una montonera. Llevaba un par de pistolas fijada en el correaje de su cintura y abultada alforja con sus pertenencias; en la cabeza un gracioso sombrero de paño ladeado graciosamente  a un lado –coqueta como toda mujer- sus amarres de cuero se juntaban en la barbilla con no poco donaire. El resto de su persona lo cubría a lo mujer, es decir femeninamente, con una falda negra de cordellate asegurada con una kilométrica faja de colores, debajo de la cual dejaba ver las botas de cuero crudo con espuelas para sus urgencias de jinete”. Nunca perdió su donosura y personalidad. Sólo que ahora se confundía claramente con los luchadores de la libertad.

No se ha sabido cuál fue el final de esta admirable mujer.

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One thought on “Doña Ramona López, valiente guerrillera cerreña

  1. vaya mi admiración y homenaje a la señora RAMONA LOPEZ, valiente mujer cerreña con alma ,corazón ,mente y cuerpo de acero que luchó por ver la justicia,libertad económica y de expresión del pueblo cerreño y toda la nación del PERÚ. simultáneamente un homenaje a todas las mujeres valientes revolucionarias del PERÚ. Clemente Senobio un peruano de corazón y cerreño de nacimiento.

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