EL ASESINATO DE GARGA

Julia Zevallos era una mujer muy hermosa, de abundantes cabellos endrinos, tupidas cejas y hermosas pestañas, dientes blancos y fuertes, pecho grande y rotundo de una diosa de la fertilidad con ancas invitantes que había hecho perder la ecuanimidad a sus victimarios
Julia Zevallos era una mujer muy hermosa, de abundantes cabellos endrinos, tupidas cejas y hermosas pestañas, dientes blancos y fuertes, pecho grande y rotundo de una diosa de la fertilidad con ancas invitantes que había hecho perder la ecuanimidad a sus victimarios (Imagen referencial)

La noche del sábado 9 de agosto de 1912, en el paraje situado entre Quiulacocha y Champamarca, llamado Garga, encontraron horriblemente mutilado el cadáver de Julia Zevallos, una mujer de treinta años de edad. El niño Indalecio Ventura que había sido testigo del abuso, tortura y muerte que le infligieron sus victimarios, relató todo lo que completamente aterrorizado vio aquella noche desde un estratégico escondrijo. Posteriores indagaciones exhaustivas, testimonios personales y pruebas materiales, permitieron reconstruir, paso a paso, lo que había acontecido en aquel aquelarre de pasiones desbocadas.

Los sujetos Máximo Yauri y Cipriano Guadalupe, con intenciones nada santas,  habían planificado la realización de una fiesta para agasajar a Julia Zevallos que cumplía años. Para ello se valieron de la amistad que las mujeres Liboria Guadalupe, Bárbara Cóndor, Hermelinda Ccori y Zenobia Llihua tenían con ella. Invitaron también a Pablo Espinoza y los hermanos Luis y Manuel De la Cruz para que estuvieran emparejados. Los gastos los efectuarían los organizadores. Así las cosas, se reunieron en una casa del barrio Champamarca donde después de comer se dedicaron a bailar y a beber abundante licor. Intencionalmente hicieron que el niño Indalecio Ventura que acompañaba a Julia Zavallos, también bebiera hasta quedarse dormido. Pasadas las horas, al ver que la mayoría estaba completamente embriagada, llevaron a Julia Zevallos a un descampado de Garga. El resto de mujeres, al adivinar lo que les esperaba, huyeron a campo traviesa acompañados de sus parejas dejando a la homenajeada a merced de sus asesinos. Éstos al verse solos en compañía de la víctima que estaba muy embriagada, procedieron a violarla salvajemente.

Julia Zevallos era una mujer muy hermosa, aparentaba menos edad de la que tenía, de tupidas cejas y pestañas, dientes blancos y fuertes, pecho grande y rotundo de una diosa de la fertilidad con ancas invitantes que había hecho perder la ecuanimidad a sus agresores. Sus curvas agresivas, deseadas y nunca logradas, terminaron finalmente a hacerles perder la razón que, más de una vez, habían jurado hacerla suya y castigar su atrevimiento lascivo. De éstos, Cipriano Guadalupe la había convertido en una obsesión desde el día que, despectiva y cruel, en gesto de abierta abominación le espetara sin piedad: “¡Quién te va a querer a ti, miserable tuerto y “borrao” para más cacha!”. Aquella sentencia se le prendió en el alma. Efectivamente era una víctima de la viruela que había asolado la zona quince años atrás dejándole la indeleble huella de su crueldad. Su cara toda se hallaba cribada de pequeños agujeros que había transformado su rostro y, para agravar su mala suerte, en la fiesta de Corpus, un cohete de tres tiempos le reventó en el rostro dejándolo tuerto. Desde entonces y a pesar de su desgracia no dejó de pensar en ella. Sus ruegos, súplicas y regalos, no lograron doblegar nunca la voluntad de la engreída mujer. Loco de despecho y odio ideó un plan para poseerla.  Sus economías se lo permitieron. Era carretero en la compañía norteamericana y en mucho tiempo había hecho muy buenos ahorros. Ahora la tenía a su merced.

Al ver que era poseída por Guadalupe, la mujer, sin  reparo de ninguna clase, viéndolo completamente rendido, en gesto de burla sarcástica procedió a herirle con su pullas humillantes para su estima de varón….

  • ¿Para eso me has perseguido? …¿Para eso? Veo que ya no puedes. Eres un impotente, un “shegue leche”, bueno para nada. Pensaba que así tuerto y borrao eras más hombre; pero eres un completo desengaño. Yo he estado con hombres que durante toda una noche me han hecho feliz y no como tú, un muerto de hambre….!. ¡Ven aquí estoy! ¡¿Qué esperas, tuerto feo?!!

No pudo seguir soportando más las burlas humillantes de la mujer. Ciego de ira fue y de un puñete la desmayó. Con la ira desplegada cogió una botella de licor que estaban bebiendo y de un solo golpe le introdujo en la vagina, la mujer chilló de dolor, pero entonces el canalla, ayudado por Yauri, fueron introduciendo toda la botella ayudados por palos y otros objetos que caían en sus manos. La sangre corría a raudales por el pasto verde y los gritos eran sobrehumanos, pero lógicamente, nadie en aquellas soledades escuchaba nada. Sólo el niño que ya repuesto había salido en busca de la Zevallos quedó mudo y tirado en el pasto, incapaz de participar, mirando aterrorizado lo que estaba ocurriendo. Haciendo esfuerzos sobrehumanos sobreponiéndose a su dolor la mujer siguió luchando, pero sus asesinos acuciados por la ira siguieron introduciendo, esta vez por el ano, otra botella. Para evitar que siguiera gritando le cubrieron la boca con un pañuelo y procedieron a desfigurarla, cortándole la cara, vaciándole los ojos, estrujando salvajemente los senos hasta que la pobre mujer quedó inmóvil. Había muerto. Al ver a la mujer convertida en cadáver, como autómatas cansados, se retiraron abrazados. En ningún momento repararon en la presencia del aterrorizado testigo.

El niño que había visto todo corrió a la comisaría de la esperanza y dio conocimiento de la policía que esa misma mañana detuvo a los salvajes asesinos.

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