PROFESORES DEL INSTITUTO INDUSTRIAL Nº 3 (1965)

Reunidos en el patio del Instituto Industrial Nº 3, -junio de 1965- estamos los profesores, Oswaldo Cajavilca Soto, Juan Ignacio Ruiz Guerra (Director), Víctor Guerrero Timoteo y César Pérez Arauco.
Reunidos en el patio del Instituto Industrial Nº 3, -junio de 1965- estamos los profesores, Oswaldo Cajavilca Soto, Juan Ignacio Ruiz Guerra (Director), Víctor Guerrero Timoteo y César Pérez Arauco.

Oswaldo Cajavilca Soto fue un hombre extraordinario. Amigable y querendón como pocos. El cordial apelativo por el que más se le conocía era: “Chowar”. Había nacido en Canta y profesaba en el Instituto desde que ingresara en la sección primaria para pasar a secundaria. Era un profesor con el que nos identificamos los “Capachos”. Desempeñó su carrera magisterial como una cruzada contra la ignorancia. Era pertinazmente exigente con sus alumnos. Cada mañana al inicio de clases, con una seriedad que no permitía réplicas, procedía a revisar los trabajos. Los que no cumplían eran severamente castigados. Pedía un cinturón  de seguridad de la mina que casi todos los alumnos –hijos de mineros- tenían y encargaba al más fuerte, alto y resistente, para que cargue sobre sus espaldas al incumplido y, tras bajarle los pantalones, ordenaba tres rebencazos que se escuchaban en toda la estancia.

-“¿Duele, no “garbanzo”, ocioso, bueno para nada? Así le duele a tu padre cuando se entera de que su hijo es un ocioso y se da cuenta que mientras él se rompe los “lomos” en los socavones, el hijito se la pasa de cantor!  ¡Irresponsable! No quiero molestar a tu padre que bastante tiene con lo de la mina. ¡Tú me vas a responder como hombre!…¿De acuerdo?.”  ¡Esto es entre tú y yo, nadie más!

Santo remedio. Innumerables descarriados volvieron al redil. En verdad quería mucho a sus alumnos y ellos le correspondían convenientemente. Por otra parte era un orador vibrante, lleno de vida, seguía la escuela aprista donde les enseñan de que deben ser terminantes y valientes en la oratoria. No obstante discrepar ideológicamente con él, fuimos  grandes amigos. A lo largo de los años, alternando los triunfos y penurias, tuvimos muchísimas anécdotas. Una de ellas, por ejemplo, la ubicamos en  la “Semana de la Educación Técnica” –setiembre de cada año-. Reunidos profesores del Nº 3 y del femenino Nº 31, procedimos a estructurar el programa de festejos. Cuando hablamos de los entremeses que debíamos preparar para nuestros invitados, Oswaldo en forma muy recia dijo: “Queridas colegas: Cada año ustedes preparan unos minúsculos bocaditos que da vergüenza.  Una salchichita por aquí, un pedacito de queso por allá,  unos simples granos de maíz, por acullá. ¡No pues. Eso no quita el hambre de los invitados!!!” . La señora Inami –presidente de la comisión- le aclaró. “Bueno, profesor, eso es lo que se estila y debemos seguir con la tradición de respeto a nuestros visitantes”. Cuando Oswaldo quiso seguir alegando la señora cortó por lo sano. “Colegas de la comisión. Ustedes seguirán haciendo los bocaditos para nuestros invitados y, para que no haya ningún resentimiento, al profesor Cajavilca, le hacen su sancochado. Punto”. Un coro de carcajadas selló la sesión.

Cuando un cáncer se lo llevó, sufrimos enormemente. Con él se iba gran parte de la historia de nuestro Instituto.

Respecto de nuestro director recordamos que en tanto estuvo en el cargo, se desvivió haciendo gestiones para el progreso del Instituto. Es más. Conocedor de la falta de centros educativos para mujeres, luchó hasta conseguir la creación del Instituto Femenino Nº 31, Instituto de Comercio y otras instituciones, alojándolas inicialmente en las aulas de nuestro plantel. Su aporte más significativo está en el trabajo que hizo para que se hiciera realidad la filial cerreña de la Universidad Comunal. Soy testigo de excepción de su entrega. Al lograrlo, alojó a los alumnos de las facultades de Educación e Ingeniería de Minas para que recibieran sus lecciones en nuestro querido instituto. Jamás podremos olvidar todo el apoyo que brindó al progreso del Cerro de Pasco desde la Cámara Junior del que era su presidente. Fue un hombre que inyectó una mística especial para sentirse “Capacho” de corazón.

Siempre sonó que nuestro Instituto se convirtiera en Politécnico General del Centro y con esas miras comenzó a edificar un nuevo pabellón para aulas especiales, pero el trabajo no avanzaba por una serie de problemas involuntarios del director. Un día que estábamos en el patio, me llamó a parte el portero Goyo Ordaya y, me increpó. “Oiga paisano-con todo respeto- no sé por qué ustedes no le alegan nada al director. Por más de seis meses las obras del nuevo pabellón no avanzan. Nadie le dice nada. Yo me dirijo a usted porque es el único cerreño que puede cuadrarlo y no quedarse como un mudo”. Era muy cierto. Cuando toqué el tema, el director me dijo: “Justo, César, quería hablar contigo. En este pabellón se van a construir cuatro salones amplios pero, el segundo piso lo vamos a destinar a nuestro salón de actos. Es decir un teatro. Como tú conoces mucho de esto te encargo el tema. Tú verás cómo se va a construir. Es tu responsabilidad”.

A partir de aquel instante no dejé de trabajar en ese empeño. Para el mes de setiembre estaba listo para ser inaugurado. Le puse el nombre de Leonardo Arrieta en homenaje al ilustre actor peruano que mucho había hecho por el teatro en nuestra ciudad. La semana de su inauguración presentamos LA DAMA DEL ALBA, de Alejandro Casona, con un éxito clamoroso. Posteriormente LA BARCA SIN PESCADOR y COLLACOCHA. En todo ese lapso nos brindó el más amplio apoyo. Donde esté, a  Juan Ignacio, le llegue nuestra eterna gratitud.

Respecto de Víctor Guerrero Timoteo, fue colega en el Instituto pero también integrante de la primera promoción de alumnos de la facultad de ingeniería conjuntamente con Adrián Picón Ventocilla. Cuando tras arduas tareas conseguimos una partida, dispusimos que ambos alumnos de la promoción viajaran a México y Estados Unidos por tres meses para visitar instituciones dedicadas a la enseñanza y las minas más famosas de aquellos lugares. Recuerdo que me trajo, en señal de gratitud, una selección de tequilas que, en sendas celebraciones la consumimos con los muchachos del Banfield Club. En su largo peregrinaje profesional ocupó puestos muy interesantes. A él también, el se lo llevó cáncer. De la añosa fotografía que preside este tema, sólo yo quedo con vida. Ojalá sea por un buen rato.

Marcos Bache Un inolvidable maestro músico (Segunda parte)

marcos bache 3Estos hombres sensibles e inteligentes, captan las enseñanzas de su maestro y las vuelcan en el pentagrama especialmente popular. Eso es lo que Marcos Bach quería. Sus alumnos más brillantes: Alfredo Arredondo, Fidel Fernández, “Ucush” Benavides, Pancho Cabrera, Silverio Laurent, los hermanos Sarmiento, en guitarra; Graciano Ricci, Julio Patiño, Adrián Galarza Gallo, Ángel Portillo, en clarinete; Pedro Cordero y Velarde, Manuel Huamán y Alejandro Rojas, en trompetas; Leonidas Patiño y Enrique “El Mongo” Aguilar, en bugles; Alejandro Portillo, Enrique Carty, Aurelio Portillo y Saturnino Tapia, en clavicores; Toribio Galarza Gallo y Félix Calderón, en Trombones; Nicéforo Bravo, Emilio Herrera y Abel Tapia, en fagotes; Carlos Carty y Jesús Zamudio, en Bajos; Artemio Garay y Luis Herrera, en Bombardones; Jesús Torres, en Contrabajo. Hay que sumar a estos artistas del pueblo, gran número de señoritas y caballeros de nuestra sociedad y miembros de los consulados que fueron sus alumnos.

Esta orquesta austriaca, integrada por numerosos maestros, fue la primera del Perú (Hasta entonces no había una entidad musical de parecidas dimensiones). Allí, uno que otro joven cerreño alternaba con acierto. Con ella, la Sociedad Austro -Húngara de Beneficencia, desarrolló muchísimas actividades, animando aniversarios, bailes, ceremonias, festividades. En su Capilla de la Plazuela Ijurra, con música sacra asistía a la Eucaristía, matrimonios, bautizos, funerales y otras ceremonias religiosas acompañada por órgano y coros. Fue muy solicitada para amenizar reuniones sociales en el Cerro de Pasco, Huariaca, San Rafael, Ambo, Huánuco. Llegaron a actuar en Lima con éxito impresionante, primero con la Banda de Música en las contiendas deportivas de nuestros equipos de fútbol, después en aplaudidas demostraciones sinfónicas que fueron muy comentadas por la prensa limeña. Para completar el maravilloso cuadro artístico, se suman tres excelentes artistas croatas que, en aquellos momentos, sorprendieron  gratamente a propios y extraños. Una, la bellísima dálmata, Sofía Amic, de sorprendente registro de soprano tiple de voz agilísima que tenía como especialidad un virtuosismo en todas las escalas interpretando con singular maestría, trinos, picados y gorgoritos que hacía inolvidables las más famosas arias y cavatinas. Otra, su hermana Emilia Kamerer Amic, notable contralto de voz singularísima de una extensión de dos octavas que hacía dúo con su hermana en canciones clásicas, especialmente las de origen nórdico. El tercero, el barítono Abel Druillón, que con voz potente y varonil, completaba el maravilloso equipo que la orquesta de Markos Bace completaba. Estos artistas fueron presentados con enorme suceso en Lima por la “Sociedad Cultores del Arte”.

Es importante destacar que, a partir de aquella época, se instituyeron muchas instituciones que tenían magníficos locales, equipados modernamente, con orquestas propias. Grupos de la Cerro de Pasco Cooper Corp. (ingleses y americanos); Huarón (grupo francés); Chicrín (familia Fernandini); Atacocha (peruanos y españoles) y muchas más, con las que tuvo que competir Marcos Bache.

Uno de sus más brillantes alumnos, don Julio Patiño León, nos ha dejado valiosos

Escudo Austro-hungaro
Escudo Austro-hungaro

testimonios referidos a la personalidad de este extraordinario maestro. Del tiempo que pasamos conversando con él, ha quedado impregnado en las cintas magnetofónicas, de donde extraemos este fragmento, con valiosísimas referencias a nuestra historia.

“Don Marcos, mi maestro -refería don Julio-  era un hombre más bien pequeño para ser europeo; su tez era muy rosada y tenía chapas, como si hubiera nacido aquí, en el Cerro. Su incipiente calvicie le obligaba a llevar una gorra de lana negra que le cubría toda la cabeza. Sus ojos eran claros, medio plomos, como la de los gatos, y sus labios, rojos, como pintados, siempre abiertos en una dulce sonrisa que inspiraba confianza y cariño en todos nosotros sus alumnos, y en todos los que lo trataban. Sólo dejaba de sonreír cuando estaba enseñando. Entonces se ponía serio, muy serio (…) Para él no había secretos. Conocía todos los instrumentos y todos los dominaba. Nos mostraba la manera de ejecutarlos; con limpieza, con amor. Puso especial énfasis en el clarinete, instrumento de madera inventado por Denner, perfeccionando la chirimía o caramillo que los pastores utilizaban desde tiempos inmemoriales. A Graciano (Ricci) que era su alumno preferido, le enseñó a utilizar perfectamente la boquilla. Sostenía que allí estaba el secreto de ese instrumento, del fagot y los oboes. Había que tener mucho cuidado con la lengüeta que era básico para una perfecta embocadura. La maestría en la digitación de las teclas se obtenía con la práctica constante. A los clarinetistas nos dejaba agotadores ejercicios que con mucha alegría cumplíamos. Graciano, Ramos, Galarza Gallo, Portillo y yo, nos desvivíamos por cumplir fielmente con sus enseñanzas. Con los otros instrumentos hacía lo propio. Era muy exigente con el violín del que afirmaba con razón: “Hay que tener mucho cuidado con su ejecución porque es el más agudo de los instrumentos de viento o cordófonos”. Sacó extraordinarios violinistas. Entre los trompetistas sobresalía nítidamente el veleta Pedro Ángel Cordero y Velarde, un loco juguetón que le sacó canas verdes; no sólo por revoltoso sino también muy audaz y metiche. El 28 de julio de 1904, cuando se inauguró el ferrocarril, el “loco” Cordero y Velarde, ya estaba dirigiendo a la “Cosmopolita” y, el año siguiente, al visitarnos el presidente Pardo, se lució de lo lindo con una casi totalidad de músicos cerreños. Bueno, volviendo al maestro Bache, estoy convencido que su dedicación y cariño para enseñarnos la composición fue de tal magnitud que todos tuvimos siempre cuidado y amor para componer; por eso es que la música de entonces, especialmente de Ricci, Enciso, Ramos, Galarza Gallo y otros compositores, es magnífica. Es dulce, hermosa y muy romántica. Todos ellos sentaron la base de nuestra personalidad musical.

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Lo que más nos llamaba la atención era que,  no obstante tener las manos  de dedos diminutos y regordetes, hacía prodigios con las teclas del piano, de la guitarra, del acordeón y el arpa sinfónica. Era un encanto para todos nosotros el verlo practicar. Era un maestro. Un elegido de Dios. Cuando estábamos con él, el tiempo no transcurría. Sentíamos que se había detenido. Su habilidad era tal que cuando los sábados en la tarde nos sacaba a tocar, reforzando a la banda de los austriacos encontrábamos colmada la Plazuela del León por gente ansiosa de escucharnos. Ése era nuestro examen, nuestra prueba de fuego. Bueno, es que estábamos tocando a lado de destacados maestros alemanes, vieneses, húngaros y croatas: los hermanos Raicovich, Plejo, Milosevich, Nadramia, Remuzgo, Sambrailo, Kisich, Kesovia y otros brillantes ejecutantes. En esa época, los chapetones no querían quedarse atrás. Formaron también su banda de música. Los de la “Cosmopolita” también, monos como los chapetones, sacaron su banda. Allí estaban mezclados franceses, italianos, ingleses y otros. La austriaca  generalmente se lucía con música de Franz Lehar y Brahams, pero sobre todo con Strauss. ¡Cómo se emocionaba  la gente cuando escuchaba “El Bello Danubio Azul”, “Cuentos de los Bosques de Viena”, “Sangre Vienesa”, “Música Mujeres y Canto”, “El vals del Emperador” y muchas otras más. ¡Se llevaban la gloria! Los españoles para no quedarse atrás, se rompían con marchas, pasodobles y sobre todo, con zarzuelas. “La Verbena de la Paloma”, “Agua, azucarillos y aguardiente”, “El Puñao de Rosas” y otras más. Era para ver aquello. Los españoles con lágrimas en los ojos y a voz en cuello cantaban aquellas canciones que les recordaba su patria amada. “La Cosmopolita” tocaba de todo, especialmente las piezas de moda. ¡Lo hacían muy bien!. Los cachaquitos de la policía local, también entraban al cuento. Festivos y alharaquientos, ponían de vuelta y media al público cerreño con mulizas, chimaychas y huaynos. Los sábados aquellos, eran de fiesta. Bien cerrada la noche. Los músicos de uno y otro grupo se marchaban a sus locales con sus fanfarrias triunfales, el público agradecido, comentaba el éxito de la retreta.

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– El viejo Marcos era muy feliz. Engreído de la sociedad cerreña que lo trataba con cariño y respeto. Sus paisanos estaban orgullosos de él, lo mimaban, hasta que un día todo se dio vuelta.

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– Sensible como todo artista se enamoró de una mujer, pero no de una que sus paisanos aprobaran, sino de una mujer muy humilde; mujer del pueblo. Vendía frutas en el Mercado y, aunque no sólo era bonita y fachosa: una real hembra, a sus paisanos no les causó ninguna gracia. Los enamorados se entendían a las mil maravillas y sin hacer caso de desplantes, embustes y desprecios de la gente, siguieron amándose. Cuando un día la vieron con la panza crecida, todos le dieron las espaldas. No aprobaban ese amor. Los ricos cancelaron las clases y sus paisanos cerraron el local de sus ensayos. Le obligaron a trabajar en lo único que le quedaba. ¡El maestro de ayer convertido en minero! A él no le quedó otra cosa. ¡Bajó a la mina! Yo no puedo comprender los límites a los que puede llegar la estupidez. Nunca le perdonaron que fuera un ser humano, que pudiera amar como él lo hacía. Tanto le dolió  aquel castigo que se vio transformado en un ambulante paria despreciado por propios y extraños que tuvo que luchar para salir adelante. Lo único que le quedó entonces era aferrarse al amor de aquella sencilla mujer que lo amaba entrañablemente. Nadie podía imaginarse que aquel viejecito calvo y humilde, era un extraordinario músico.

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– Por aquellos años, ya con las faltriqueras llenas, los austriacos y croatas decidieron ir a vivir a otros lugares en donde construirían casas, palacetes y haciendas con la plata que aquí habían acumulado. Balarín se fue a Oxapampa donde formó un imperio; mando construir un cine para él, su familia y sus amigos. Los Beusan se retiraron a Lima donde tenían un gran negocio en el mercado, La Aurora. Birimisa se fue a Huarmey donde compró el fundo Barbacay. Isidoro Borcich, a Lima. Mateo Birimisa, a Ancón donde construyó un Gran Hotel. Los Bútrica que construyeron la carretera de Huánuco a Tingo María, a Huánuco. Los Kesovia, dueños de las Pesquera Paracas, en Pisco. Colich, compró el Hotel Ferrocarril de Matucana. Los Cuculiza se fueron a Huánuco donde amasaron enorme fortuna con la venta del caucho. Miloslavich a Huánuco, después a Tarma como gran distribuidor de carros. Loncarich, en Huancayo se hizo dueño del Hotel Colón. Pavletich en Huánuco como los Cárdich. Así, poco a poco se fueron marchando. Los últimos que quedaban eran Lale, Lucih, Milucich, Soko, Remuzgo, Popovich, y uno que otro más….

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– Fatalmente, aquellos años de la terrible depresión mundial de 1930, nuestro músico genial sufrió un fatal accidente. Cayó desde una altura considerable y fue sepultado por los minerales en una negra galería. Cuando murió, recién las lágrimas hipócritas de los cerreños y de sus paisanos, le rindieron homenaje. Todo el mundo apesadumbrado y arrepentido le lloró tardíamente. Lo sepultaron en el panteón que los extranjeros habían construido en la parte alta del cementerio. El hijo que nació en nuestra tierra, llevando el mismo nombre de su padre, creció y estudio en nuestra escuela municipal y, al ver su talento excepcional los croatas le ayudaron para seguir adelante. Triunfante en Lima se abocó a producir películas para la naciente industria cinematográfica. En uso de esa profesión viajó a Venezuela en donde triunfó rotundamente. Joven todavía fue nombrado Ministro de Educación de Venezuela. ¡Un cerreño, Ministro de Estado en un país extranjero!

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Por aquellos días, nuestro pueblo se puso de cabeza. Había llegado un gringo norteamericano, dizque geólogo que en un corro de mineros y delante de tanto chismoso que aquí abunda, dijo que la plata cerreña se había agotado y que trabajar estas minas que además estaban inundadas, era una lamentable pérdida de tiempo y dinero.

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Que él, en representación de un grupo norteamericano de financistas compraría las minas que quisieran  vender. Fue suficiente. Por obra y gracia de los chismosos, la noticia creció hasta alcanzar dimensiones insospechadas, alarmando al pueblo que de una u otra manera, tiene que ver con las minas. En pocas horas, todo aquel que tuviera una mina, estaba apostado en la puerta de la casa del gringo Steel en la Esperanza, con los papeles que certificaban su propiedad, para venderla. El gringo negociante, astuto como un zorro, fue al Banco de Perú y Londres que funcionaba en la calle Parra donde hizo una transacción. Recibió abundantes y refulgentes monedas de oro que hizo conducir a la Esperanza. Allí, ante una cáfila de escribanos, chupatintas, y notarios, realizó la operación de compra. Los vendedores salían con sus bolsas de lona repletas de monedas de oro. Aquella vez, nuestro patrón monetario era la libra peruana de oro que tenía igual valor que una libra esterlina. Para sembrar aún más el pánico, a nombre de la compañía norteamericana, el gringo efectuaba numerosos denuncios de minas en el territorio cerreño. Los ocho periódicos que aquí había estaban repletos de denuncios. ¡Se estaba realizando una fiebre nunca vista! En poco tiempo, ya prácticamente dueños de la ciudad, varios desgarbados y enormes gringos, pálidos como muertos, dirigían la conducción de gigantescas máquinas jamás vistas por estos lugares, haladas por interminables piaras de mulas. !Era un espectáculo de verse! Los gringos venían a asentarse aquí, pero también, comerciantes y mineros europeos emprendían un éxodo impresionante. Con sus bolsas llenas de oro se largaron a otros lugares: Lima, Tarma, Huancayo, Huánuco, la selva…En lugar de dálmatas, vieneses, polacos, alemanes, franceses, italianos, ingleses, nos quedamos con aquellos hombres altaneros que, como hicieron con los pieles rojas en Estados Unidos, nos discriminaron. Fueron a encerrarse a Bellavista. Sólo trataban con personas que les podían servir, con nadie más. La vida cambió de pronto en el Cerro de Pasco. Ya no volvió a ser lo que había sido. Ganamos en economía pero perdimos en cultura y valores humanos.

Ciudadanos austro húngaros a la puerta de LAS CULEBRAS, en el centro de la ciudad
Ciudadanos austro húngaros a la puerta de LAS CULEBRAS, en el centro de la ciudad

La llegada de los norteamericanos causó una gran conmoción en la ciudadanía. El éxodo de los europeos –por otra parte- cambió nuestras costumbres pueblerinas a las que, de una u otra manera, ellos estaban ligados. Para entonces,  nuestra música, gracias al pródigo magisterio de Marcos Bache, había alcanzado notable calidad. Muchos de los artistas que fueron formados por el maestro vienés, prodigaron su clase a raudales. Esta calidad la aplaude y la reconoce Lima en 1928 cuando en la pampa de Amancaes, primero y el en Teatro Municipal, después, brindan la enorme muestra de su maestría. Fueron legítimos triunfadores de éste y posteriores certámenes habidos en la capital y, los primeros en grabar en discos, la hermosa música folklórica. No hay duda alguna, las sabias enseñanzas de don Marcos Bache, perduró en el triunfo de nuestros intérpretes. Jamás debemos olvidarlo.

Marcos Bache Un inolvidable maestro músico (Primera parte)

(Esta apretada semblanza del inolvidable maestro Marcos Bache, en homenaje a nuestro ilustre paisano, Aurelio Tello Malpartida, triunfador en el hermano país de México con un abrazo fraternal de admiración y gratitud)

Cuando se habla de la música culta, nos estamos refiriendo a aquella que, constreñida aMarcos Bacie los rigurosos mandatos de las partituras, es ejecutada por artistas que han tenido una adecuada preparación académica. En nuestra patria, todavía el 15 de agosto de 1907, es fundada la  Sociedad Filarmónica de Lima, notable institución privada instituida en el domicilio del caballero alemán, Carlos Einfeldt, en la Quinta Hereen. Su primer concierto público  lo realizó el 26 de octubre de 1907. Debido al éxito alcanzado, el gobierno peruano crea la Academia Nacional de Música, en 1908; el encargado de dirigirla -siempre unida a la Sociedad Filarmónica- fue el maestro Federico Gerdes. Su primer concierto lo ofreció en enero de 1909. Desde entonces, debido a la pertinacia de sus directivos y la generosidad de sus auspiciadores, estos organismos fueron llevando una vida franciscana pero muy digna.

Tuvo que transcurrir treinta años para que en 1938, el inspector de espectáculos de la Municipalidad de Lima, don Ernesto Araujo Álvarez Reyna, presentara un bien documentado proyecto al Alcalde don Eduardo Dibos Dammert, para la creación de un conjunto sinfónico permanente y oficial. El general Oscar R. Benavides, entonces Presidente de la República del Perú, brindó su pleno apoyo al proyecto y, mediante la  Ley Nº 8743 del 11 de agosto de 1938, creó la Orquesta Sinfónica Nacional. Ocho años más tarde el Conservatorio Nacional de Música del Perú.

Ha sido necesario mencionar todos estos datos, para poder valorar la trascendencia de un  grupo musical sinfónico –el primero del Perú- que se fundara en el Cerro de Pasco en 1897. Tenía por nombre: CENTRO MUSICAL SLAVO DEL CERRO DE PASCO, que en idioma croata se denominaba SLAVJANSKO GLAZBENO DRUSTOVO CERRO DE PASCO. Venía funcionando diez años antes con los primeros escarceos de su actividad. Su historia, es la historia de la destacada personalidad de su conductor, Marcos Bache que, en tanto vivió,  tuvo una actuación extraordinaria en nuestra ciudad minera. Esta es la semblanza de aquel inolvidable artista.

Cuando el 16 de octubre de 1881, mineros y comerciantes austriacos que trabajaban en el Cerro de Pasco desde 1850, deciden fundar la SOCIEDAD AUSTRO-HÚNGARA DE BENEFICENCIA, no se imaginaban que andando los tiempos su actividad sería muy beneficiosa para el pueblo que los había acogido con fraternal cariño. En este imperio se reunían trece estados europeos que son: Ausaratria, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina y las regiones de Voivodina en Serbia, Bocas de Kotor en Montenegro, Trentino – Alto y Trieste en Italia, Transilvania y parte del Bánato en Rumanía, Galicia en Polonia y Rutenia (región Subcarpática en Ucrania).

A un  costado de la casona erigida por el croata Pehovas en la entonces Plaza del Comercio (1890) (Más tarde “Plaza Centenario”). Puede verse el consulado austro húngaro con su mástil en la claraboya y su correspondiente escudo en el balaustre del balcón)
A un costado de la casona erigida por el croata Pehovas en la entonces Plaza del Comercio (1890) (Más tarde “Plaza Centenario”). Puede verse el consulado austro húngaro con su mástil en la claraboya y su correspondiente escudo en el balaustre del balcón)

A un  costado de la casona erigida por el croata Pehovas en la entonces Plaza del Comercio (1890) (Más tarde “Plaza Centenario”). Puede verse el consulado austro húngaro con su mástil en la claraboya y su correspondiente escudo en el balaustre del balcón)

Aquellos días el Imperio Austro – Húngaro, contaba con Viena -su capital- que a la sazón era la capital musical del mundo. El motivo principal de esta asociación, era conservar usos y costumbres de su lugar de origen; socorrerse mutuamente ante cualquier eventualidad y, en todo momento, mantener estrecha ligazón con organismos y personas notables de la ciudad minera. Por eso mantuvo activa relación con todos los consulados extranjeros acreditados en la ciudad y con la Sociedad de los 16 amigos; Club de la Unión; el Concejo Provincial (Brindó generosos aportes económicos a la Municipalidad); con el Centro Social Cerro de Pasco; Club de la Esperanza; con la Prefectura y Sub-Prefectura; con la Sociedad Slava de Beneficencia de Lima; con la Sociedad de Beneficencia Española; Dirección El Minero; Club Cerreño de Tiro al Blanco; con el Director del Diario Los Andes; con la Sociedad de Beneficencia Pública; con la Compañía de Bomberos; con el Párroco y Vicario de la Iglesia; con la Sociedad ALFONSO UGARTE de Auxilios Mutuos Confederada; con la Corte Superior de Justicia, el Agente Fiscal y el Juez de la provincia; con la Cámara de Comercio; La Sociedad del Perpetuo Socorro, la Sociedad Obrera Billinghurst Confederada; con la Liga Provincial de Deportes; Cía. Recaudadora de Impuestos; con el Sub-Prefecto e Intendente de Policía y otras.

Por aquellos años, la vida cultural del Cerro de Pasco era activa y brillante. El estudioso Carlos Contreras refiere lo publicado por el periódico  cerreño EL PORVENIR DE JUNÍN, de 16 de abril de 1881: “La élite (cerreña) organizó una cultura de un cariz bastante europeo en la ciudad. La indumentaria, las maneras, la música, las comidas y la bebidas que frecuentaban expresaban este hecho”(…) En el pueblo -se decía- los extranjeros dan la norma de todas las virtudes sociales. El vals vienés, las polkas y bailes europeos marcaban el ritmo en las elegantes fiestas de la élite. Las cuadrillas, francesa, Imperial y de lanceros fueron bailados con irreprochable corrección, así como los valses y polcas; sobresaliendo la hermosa y delicada señorita Elisa Dianderas, hija de la dueña de casa y la bella como espiritual señorita Amelia Ordóñez”.

Por lo demás, en todos los periódicos de aquellos días, las notas sociales destacaban las tertulias, convites y saraos en las que, caballeros y damas de nuestra sociedad, hacían hábiles demostraciones de sus aptitudes musicales en piano, violín, canto y, tríos y cuartetos de música de cámara. Es en este ambiente, donde brillaban los austriacos, cuando deciden conformar una orquesta de altos vuelos artísticos como se estilaba en Europa. La primera medida que toman, es la de adquirir en las casas más renombradas de Europa, los instrumentos necesarios para el cumplimiento de tal fin. Se traen pianos, tamboriles, trompas, trombones, trompetas, oboes, fagotes, clarinetes, zampoñas, chirimías, acordeones, contrabajos, bandurrias, flautas, violas, violines, violoncelos, arpa sinfónica, flautas traveseras, flautines, corno inglés, tubas, timbales, panderetas, platillos, triángulos, bombos; también guitarras, laúdes, mandolinas, bandurrias y demás aditamentos para una orquesta moderna.

A partir de aquella fecha, las familias acomodadas y las de clase media, comenzaron a traer también instrumentos musicales, especialmente pianos. Era la moda. Ningún hogar que se preciara de culto podía dejar de tener, por lo menos, un piano. Éste se convirtió en un instrumento indispensable en todo hogar bien cimentado. Llegaron a la ciudad cimera dos casas especializadas en la venta de pianos y pianolas en donde todos los clubes sociales adquirieron los suyos. Esto contribuyó a la difusión de la música selecta y también la ligera, para lo cual, casas especializadas, se dedicaban a vender las correspondientes partituras, además de contar con maestros de piano y afinadores especiales.

En sus momentos aurorales, el grupo musical austriaco fue dirigido por Teófilo Bache, nacido en Dubrovnik, Croacia. Al comprobar que la afición por la música iba creciendo día a día, informa a sus paisanos que su hermano menor, Markos, era en aquellos momentos, destacadísimo músico de una orquesta oficial en Viena. Invitado para ejercer el cargo de Director -como pago previo se había denunciado una mina de plata en su nombre- llega pletórico de entusiasmo invitado por la DUBROVACKA RIJEKA para hacerse cargo de la conducción de la orquesta.

De inmediato se pone a trabajar con un poder de convocatoria que, en poco tiempo, suman decenas de alumnos; no sólo europeos sino también nacionales. No era para menos. Su didáctica y entusiasmo contagioso catequizó a los alumnos que rindieron buenos frutos en poco tiempo. La tendencia musical que traía consigo -reinante en la Europa de aquellos momentos- era el Romanticismo; es decir, el rompimiento con las rígidas formas del pasado, buscando democratizarla. Las veladas musicales salen de los salones burgueses y se brindan al pueblo que hasta entonces estaba marginado. Crea y auspicia melodías y formas musicales de raíz popular. A sus conciertos llega gente del pueblo y se solaza con las creaciones de los maestros que en Europa estaban imperando: Beethoven, Schubert, Schumann, Mendelssohn, Bruckner y Johannes Brams; pero el más aclamado por el pueblo es, Richard Strauss, primero; luego Johan, autor de los valses vieneses que en el mundo causaban furor, bailados con gran despliegue de vistosidad y alegría. Hay que leer los periódicos de aquellos días. Es para no creerlo. El pueblo tenía acceso a las creaciones europeas del momento gracias a ese gigante, injustamente olvidado.

Hombre sencillo y amable, de carisma avasallador, democrático y popular que recibe amoroso a los hijos del pueblo cerreño, y les enseña.

(Continúa….)

LA TRAGEDIA DE ANIMÓN

la tragedia de animonA las 6.45 de la mañana del 23 de abril de 1998, quedaron atrapados la totalidad de mineros del turno de cuatro de la mañana a doce del día en la galería 548 del asiento minero de Animón, a setenta kilómetros del Cerro de Pasco. Todos ellos pertenecían a la planilla diaria de la “Empresa Administradora Chungar”.

Las aguas de la laguna Naticocha, ubicada encima de la mina, invadieron en forma relampagueante los socavones interiores, ahogando a siete mineros que nada pudieron hacer para salvarse de la inundación. Las siete  víctimas eran naturales de Huayllay. Sus edades fluctuaban entre los 30 y 42 años. Todos casados. Cada uno, con cuatro hijos en edad escolar. Ellos fueron: (1) Serapio Sosa Agüero; (2) Ignacio Ricra Poma; (3) César Agüero Quiquia; (5) Fausto Villanueva Hinostroza; (6) Román Yachachín Astuvilca y (7) Ronald Arteaga Zevallos.

Los trabajos en el asiento minero de Animón se efectuaban debajo de la laguna Naticocha, a 70 metros de profundidad. Las aguas descendían, debidamente controladas, a los socavones por los piques “Montenegro” y “Esperanza”, comunicados por 888 metros lineales. De ellos se extrae zinc, plomo y cobre. Tiene una fuerza laboral de 172 obreros, 25 empleados y 70 trabajadores de contrata.

“La empleadora es la única responsable” -aseveró Pablo Cristóbal dirigente del Sindicato de Mineros- Siempre fue remisa a facilitar trabajos de previsión y no obstante las denuncias de filtraciones y ruidos terráqueos, nada hicieron por prevenir la inundación”.

“La Voz Regional” valiente periódico cerreño relataba así aquel trágico acontecimiento: “La tragedia de la mina “Animón” perteneciente a la empresa minera “Chungar” S.A. pudo evitarse, pues los trabajadores advirtieron el peligro de una posible inundación de los socavones, pero los responsables de la empresa los obligaron a continuar trabajando bajo amenaza de despedirlos, denunciaron familiares de las seis víctimas”

Efectivamente, no  obstante que desde días antes una serie de filtraciones revelaba el peligro inminente en que se hallaba la mina de Chungar, los encargados del departamento de seguridad, nada hicieron para prevenir el desastre. Inicialmente los mineros del nivel 645 habían denunciado que, sin razón aparente, se había filtrado misteriosamente abundante agua hasta llegar más arriba de las rodillas de los obreros y que de la parte superior del socavón seguía  goteando enormes cantidades de agua. No se necesitaba ser experto en geología para saber que un serio peligro amenazaba a la mina. Había amenaza de un aluvión. Más de un obrero había sentido un siniestro sonido como de algo al quebrarse por lo que arreciaron sus temores. Es más, una hermana de una de las víctimas aseguraba que, durante toda una semana, terribles pesadillas no dejaba dormir a uno de los desaparecidos.

Ante las presiones y las muestras de peligro correspondientes, los obreros hicieron la  denuncio del caso, pero los jefes afirmaron que eso era pasajero y, que si no seguían trabajando, serían despedidos inmediatamente. En un momento, los reclamantes pensaron que seguramente se trataba de un temor injustificado toda vez que los jefes aseguraban que eran filtraciones sin mayor peligro, y por temor al despido, siguieron en sus labores.

Así, a las cuatro de la mañana del jueves 23 de abril de 1998, un grupo de  obreros inició sus labores en la esperanza de terminarlos al mediodía. A poco de comenzar, unos ruidos extraños los incomodó sobremanera, agravados por una inexplicable gotera del techo de la galería que cada vez aumentaba, un buen número de precavidos inició una huida sibilina porque nada garantizaba que aquello era un aluvión interno; pocos –los que estaban en las partes interiores- siguieron trabajando ignorando lo que se avecinaba. En ese lapso, los ruidos se hicieron más ostensibles, hasta que faltando cinco minutos para las siete de la mañana, en medio de un estruendo infernal, las aguas de la laguna de Naticocha ingresaron en un mortal turbión que no les dejó tiempo para nada. En el techo de la galería se abrió un enorme boquete de setenta metros de diámetro que dejó entrar el agua empozada encima de la mina en una extensión de cuatrocientos metros por una cantidad de tres millones de metros cúbicos. Esta fabulosa fuerza inundó hasta los últimos recovecos de la mina cuyas galerías tienen una altura de dos metros de alto y dos metros de lado. Fue providencial este acaecer, porque en esos momentos, el grueso de obreros de aquella mina estaba lista para ingresar en sus labores. De no ser así, enorme cantidad de vidas se habrían perdido. Afuera se vio claramente que el espejo de agua de la laguna Naticocha había descendido cuatro metros y medio. Tanta fue la cantidad y la fuerza del agua que llegaron hasta amenazar las galerías de la mina Huarón, ubicada a cinco kilómetros al norte. Felizmente, en este lugar, los obreros que también estaban listos a comenzar sus tareas del día, tuvieron  tiempo de ponerse a buen recaudo. Fue un milagro.

Este estrépito hizo que la superficie también recibiera el impacto del remezón. El campamento “B”, donde residían doce familias, comenzó a hundirse. En rápida acción comunitaria sus ocupantes fueron auxiliados y alojados en el centro escolar ubicado en las cercanías.

Como ocurre en estos casos, las compañías mineras Centromín – Perú, El Brocal, Atacocha, Huarón, y otras, acudieron rápidamente a prestar auxilio. Se dio a conocer que habían desaparecido siete obreros: (1) Serapio Sosa Agüero; (2) Ignacio Ricra Poma; (3) César Agüero Quiquia; (5) Fausto Villanueva Hinostroza; (6) Román Yachachín Astuvilca y (7) Ronald Arteaga Zevallos.

La primera tarea que tuvieron que afrontar los obreros fue la de tapar el hoyo para evitar que el agua siguiera inundando los socavones. Con arduo trabajo de tres días,  empleando maquinaria pesada, se removió tierra y piedras para lograr su objetivo

Tras esta tragedia, tanto los dirigentes del sector energía y minas de Lima y Pasco mantuvieron hermético silencio, lo que fue acremente criticado por la colectividad pasqueña. Lo que sí hicieron conocer rápidamente fue el resultado de las pérdidas millonarias que esta inundación causara. “Trascendió que las pérdidas económicas por el desembalse de la laguna y la inundación de los socavones de las minas “Animón” y “Huarón” superaban los treinta y cinco millones de dólares. Que al momento de de la tragedia, en el interior de ambas minas habrían estado operando aproximadamente sesenta máquinas denominadas “pesadas” valorizadas en 500 mil dólares americanos, cada una. La mayoría de estas máquinas se hallaban en el interior de la mina “Huarón”.

la tragedia de animon 2Ante el deseo de los directivos de “Animón” de desecar la laguna “Naticocha” de unos cincuenta mil metros cuadrados de área y almacena unos veinte millones de metros cúbicos de agua, para traspasarlos a otra laguna adyacente, el Ministerio de Agricultura hizo conocer su negativa aduciendo que por razones ambientales esa maniobra no se podía ejecutar.

EL ARPISTA PAUCARINO

Había nacido en el pueblecito de Páucar, a orillas del riachuelo que discurre entreel arpista paucarino Yanahuanca y Ambo,  extremo norte del territorio pasqueño. Su padre, andariego concertista de estas alturas, lo llevaba de un pueblo a otro, de una feria a otra, allá donde su música fuera requerida. A su madre no la había conocido. El trashumante tocachín, animador de fiestas pueblerinas de la zona, en una mano llevaba al niño y en la otra a su compañera de aventuras, su arpa, tan simple como sonora. Gran parte de su vida había transcurrido así, en inacabable peregrinaje que no tenía cuándo acabar. Las pocas veces que quedaban anclados en algún lugar, vivía de la caridad cristiana en tanto su padre roncaba la borrachera. Con los días el joven se dio maña para desentrañar los secretos de aquella caja sonora. Su dedicación fue tal que, casi sin darse cuenta, alcanzó una notable maestría.

Una noche de aquellas tantas que les había tocado vivir, yendo de un pago a otro, fueron sorprendidos por una inacabable tromba de lluvia que los empapó de pies a cabeza. Tras mucho caminar llegaron a una cueva y cuando entraron a descansar, su padre hervía de fiebre y agitación. La penuria del arpista duró muy poco. Cuando estaba a punto de morir -una pulmonía galopante se lo llevaba- sacó de una de sus bolsas: un anillo;  un anillo que a la vez era el templador de las cuerdas del arpa. Haciendo un esfuerzo supremo, concentrando su amor en sus palabras,  se lo dio a su hijo con su último mensaje.

—-Toma, hijo; este templador es para ti. Como yo ya me voy, él te acompañará por mí. Úsalo con discreción porque tiene poderes mágicos.- Diciendo esto quedó en silencio, frío y lejano, ante el llanto desconsolado de su hijo.

El tiempo siguió pasando. Traumado por la amarga experiencia vivida, el joven paucarino no quiso seguir los pasos de su padre. No iría de pueblo en pueblo alegrando a otros  mientras él sufría. No. Guardó muy bien, en un lugar seguro, la heredad que le había otorgado su padre y comenzó a vivir de la humildad de una pequeña chacrita que había sido de su madre. Sólo muy de tarde en tarde, cuando la noche lunada destacaba en la profundidad del azul toda la maravillosa pedrería de los cielos, Páucar podía escuchar hermosísimas melodías arrancadas por las manos de joven huérfano. ¡Qué maravillosos momentos vivían aquellas gentes humildes! Nunca habían escuchado semejante destreza en todas aquellas quebradas.

El tiempo pasaba inexorable como si estuviera corriendo por aquellos campos, y él, como todos los hombres de su pueblo, vivía de su chacra; pero era tan insuficiente lo que ésta podía darle que, poco a poco, su pobreza fue vistiéndole de harapos. Con el talante maltratado, taciturno y apesadumbrado, sobrellevaba su estrechez con dignidad. Hasta que llegó lo inevitable en estos casos. Se enamoró. Se prendó de una hermosa jovencita –flor de sus ojos- que lo flechó hasta convertirlo en un autómata. Los otros mozos del pueblo, trabajadores y fachosos, porque tenían mejores ingresos económicos que él, comenzaron a enamorarla y proponerle un matrimonio ventajoso. Él, claramente lo dedujo, no podía competir con éstos en riqueza. Esta marginadora limitación pobló de angustias y pesares su pobre vida. Sólo un milagro podría sacarlo de aquella enmarañada situación.

el arpista paucarino 2Un día que se hallaba trabajando a la vera de su chacra un alegre forastero -luz en los ojos, alegría en los labios- le hizo conocer una buena nueva que lo podía sacar de su angustiada situación. Los españoles residentes en el Cerro de Pasco, queriendo celebrar en grande la fiesta de su matrona, la Santísima Virgen del Carmen, convocaban para mediados de julio a un gran concurso de música a fin de contar con los mejores maestros de la zona. El festival era libre para que todos los que quisieran celebrarle a la morena Virgen del Monte Carmelo. La noticia se irradió por todos los confines de estas tierras altas e importantes del Perú. Considerando la calidad y cantidad de premios que se ponían en juego, las inscripciones fueron numerosas.

El día del concurso la expectativa era grandiosa. En todo el ámbito de la plaza principal, donde se efectuaban la corrida de toros, no cabía un alma más. Sus confines estaban repletos. Aquel día, nadie trabajó. La ciudad minera estaba paralizada. Todos estaban allí presentes, en el torneo musical. De la ciudad y de los pueblos vecinos fueron llegando los músicos más famosos. Solistas, dúos, tríos, conjuntos, rondallas, orquestas. El certamen sería el más sonado en muchos años. La Virgen se lo merecía.

A medida que transcurría la competición, los ánimos se iban llenando de una alegría muy especial.  Así, entre aplausos y aclamaciones se escucharon a los mejores guitarristas, a los más espectaculares violinistas; las mejores orquestas y solistas, las más sobresalientes rondallas y tunas. El pueblo minero se había convertido en un manicomio. En eso se anunció al último músico que, debido a que había venido de muy lejos, muy cansado y con enormes deseos  de competir, no se le podía vetar. Lo que siguió al anuncio fue espectacular. Cuando entró en el escenario, las gentes vieron a  un hombre con un andrajoso calzón de jerga que originó una rechifla tan espectacular que amenazaba con traer por los suelos el improvisado escenario. Pero, en tanto los chiflidos de desaprobación se hacían más sonoros, el joven músico afinaba su arpa con el anillo templador dejado por su padre. Al ver la serenidad del calzonazo le otorgaron una tregua y, cesadas las rechiflas, comenzó a ejecutar los huaynos más hermosos del Cerro de Pasco, con tal maestría, con tanto calor que, al poco rato ya todos jaleaban entusiasmados. Tal era la habilidad del tañedor, tal su digitación magistral, tal su tocata de tesituras asombrosas que ya el pueblo se le rindió. Al finalizar su última cachua, todos se pusieron de pie para aplaudirlo como nunca, avergonzados de haber pensado tan sólo en su apariencia. Demás está decir que el primer premio fue para él. Tan copiosa fue la recompensa que, en pocos días, casó con la hermosura de su pueblo con la que vivió muy feliz el resto de sus días.

Recuerdos de mi barrio “La hija del sol”

(Con especial afecto amical a José Luis Valdivia Ibarra por su perenne compañía en este blog)

la hija del solPara entrar en el barrio de Buenos Aires necesariamente teníamos que pasar por un estrecho callejón formado  por dos enormes casonas contiguas. A la izquierda, la entrada a una casa con techo de paja. Allí vivía una familia tutelada por un rudo brequero de la “Railway Company” que, además de su mal carácter, tenía una aversión por la amistad. Era enemigo  declarado de todo el mundo. “Chicha Fuerte” era su remoquete. Cuando estaba borracho se tornaba agresivo y desconsiderado. Lo curioso es que este sujeto de malas pulgas tenía una hija muy hermosa dedicada a ayudar a su madre en los quehaceres domésticos. Una chica diligente y muy querida y, claro, el sueño de todos los jóvenes del: URANO, equipo de fútbol del barrio.

Conocedores del carácter hosco de su progenitor tenían que contemplarla a hurtadillas y desde lugares distantes. Nadie tenía el coraje de enfrentar al brequero que no sólo era un matón, sino un mal pensado que tenía a su hija bajo siete llaves.

Lo que alborotó a todo el mundo es lo que le ocurrió a la chica bonita. El día que  cumplía dieciséis años, sintió que su cuerpo sufría una serie de cambios espectaculares, para ella inexplicables. Su vientre comenzó a hincharse y la piel de su cara a llenarse de pecas: Su “regla” no le venía como de costumbre y  le había nacido una aversión por el café y otros alimentos; que sentía una tristeza agobiante que de pronto se trastocaba en una alegría desbordante; que sentía ganas de orinar muy seguidamente y que sus senos crecían notablemente. Lo que más le mortificaba era las náuseas que no la dejaban.

Cuando la hicieron examinar por una “curiosa”, ésta firmó que esas manifestaciones eran claros signos de preñez. Todos pegaron el grito al cielo comenzando por ella que juraba por todos los santos que no “conocía” a varón alguno.

Cuando “Chicha Fuerte” se enteró del acontecimiento, con su vozarrón incontrolable le gritó: “¡Habla, carajo, ¿Quién te ha montado para sacarle la mierda!?” La joven callaba poniendo una cara dramáticamente inocente. No se doblegó ante los rebencazos que le prodigó el iracundo carrilano convertido en fiera salvaje. Tuvieron que intervenir los vecinos, si no, la mata. La chica no obstante la paliza, no soltó prenda. Aseguraba que nunca había “conocido hombre”, que se encontraba virgen. ¡Estoy “pura”! aseguraba una y otra vez. Cuando la conminaron a que narrara toda la verdad, dijo que un día que había ido a lavar ropa a “Garga” -un manantial cercano- vencida por el cansancio se había quedado dormida a la intemperie y que cuando despertó, un sol quemante le abrazaba el cuerpo. Eso era todo. El viejo no se tragó la píldora, pero así las cosas, tuvo que esperar los nueve meses.

Cumplido el tiempo, atendida por la misma curiosa, la joven dio a luz. Un acontecimiento no sólo barrial sino también cerreño. Todo el mundo lo comentó. El Misti, Cabracancha, Champamarca, El Way, Ayapoto, Excelsior, La Esperanza, la Docena, Noruega, Curupuquio, en fin, todos los “Barrios Bajos”.

La curiosa quedó muda de asombro cuando vio nacer a la niña. Después de sacarle la grasita del cuerpo la bañó meticulosamente y quedó mirándola de hito en hito. Su piel era blanca, completamente blanca; admirablemente blanca con sus ojitos muy claros, resguardados por pestañas y cejas blancas. Su pelambre recién en formación también era de ese color. No lo podía creer. Sin salir de su asombro  -esto le ocurría por primera vez- sancionó: ¡Esta es la hija del sol! Todos se persignaron. El gruñón y deslenguado de su padre comentó: ¡No, carajo! ¡Qué hija del sol ni ocho cuartos, a mi hija se la ha tirado algún gringo de mierda!!! El caso es que a partir de ese momento quedó bautizada como, “La hija del sol” y la noticia corrió por todos los recovecos de la cimera ciudad.

Naturalmente, los muchachos del barrio que aspiraban a su cariño quedaron desencantados: “Liclish” Suárez, “Casho” Espinoza, “Mulish” Colqui, “Metralla “Muñoz, “Huaca Siqui” Meza, Patricio Atencio, los hermanos Tufino, “Mambos” Briceño y todos los demás. Enmarañados en serias dudas, buscaron infructuosamente al padre de “la hija del sol”. No la encontraron. En poco tiempo, la olvidaron. Ella quedó como madre soltera sufriendo el castigo del desprecio general. Tan dolida quedó que un día que conoció a un viajero, se marchó con él. Dejó abandonada a la hija del sol. La abuelita la tomó a su cuidado contradiciendo las maldiciones de “Chicha Fuerte”.

Así transcurrieron los años hasta que la niña se hizo jovencita. Poquísimas personas la habían visto. Las que la conocieron aseguraban que era una hermosa criaturita pero extremadamente blanca; pelo, cejas, pestañas, todo. Nunca se conoció al padre.

Con el transcurrir del tiempo, aunque bella como su madre, era una mujer con cabello blanco como canas seniles. Su piel era extremadamente blanca. Lo que más llamó la atención es que sus ojos parecían no cumplir con su misión de ver. La niña hacía esfuerzos sobrehumanos para distinguir las cosas; prácticamente era una ciega.

La sacaban en los atardeceres que no había sol, cubierta con ropas abrigadoras y un sombrero alón de color negro debajo del cual resaltaba la blancura de su piel y de su pelo. En ese estado la conoció el hermano terciario franciscano, Patrocinio Llihua (Los miembros del barrio lo conocían por “el joven Patu”) y en cumplimiento de su misión, se dedicó a enseñarle el catecismo y los principales preceptos de la iglesia. Fue el único extraño que la visitaba y, delante de su abuela, le enseñó a leer y interpretar canciones cristianas. Le bastaron los números de “La florecillas de San Antonio” con las que aprendió a leer de corrido. Un verdadero milagro. Un día, llevado por el “Joven Patu”, llegó a su casa don David Patiño Benavides, el gran maestre de toda esa pléyade de cruzados que enseñaba a los niños del barrio. Al conocerla quedó impresionado por su inteligencia y, comprendiendo sus limitaciones, llevó al cura Patiño –su pariente- para que la bautizara. Ese fue su día más feliz para la “Hija del sol”. En poco tiempo, dotada de un talento notable, se convirtió en una ferviente cristiana. Siempre tuvo a su alcance el santo rosario que no dejaba a sol ni a sombra.

El barrio –entre tanto- siguió repitiendo la historia que su abuela irradió por toda la zona. Había salido a lavar y cumplida su tarea, abrigada por un sol  canicular que en nuestra zona cae a plomo sobre hombres y animales tostándoles la piel, se echó sobre la pampa y con un sueño inexplicable quedó profundamente dormida. Eso es todo lo que recordaba. Y ¡Claro! Con solo verla, cualquiera estaba de acuerdo en que era la hija del sol.

Un día que se encontraba rezando vio la llegada de una mujer baldada por el reumatismo. Era una amiga de su abuela que, víctima del terrible mal, tenía muchas dificultades para desplazarse. Sus manos sarmentosas llena de nudos como palo “asta de venado” no le ayudaban en nada. Toda su vida había sido lavandera. Intuyendo el dolor que estaría sufriendo le pidió que se acercara a su cama y cuando la tuvo junto a ella le tomó las manos y procedió a sobarlas como si le frotara con  algo invisible. La lavandera sintió un calor vivificante como poderosa descarga misteriosa. Cuando sintió que el dolor se atenuaba, alzó la  vista para mirarla y quedó muda. La hija del sol, como bañada de luz, tenía el cuerpo resplandeciente y  estaba increíblemente hermosa como hecha de vidrio. Esa fue la primera vez que experimentaron una tremenda emoción al verla. Bastaron unas visitas diarias por espacio de una semana para que el agobiante dolor se convirtiera en cosa del pasado. La lavandera quedó curada y no sólo agradecida sino también intrigada. ¿Qué poder tenía aquella niña para curar tanto dolor?

Una mañana luminosa como pocas, cuando la abuela se aprestaba a salir, “La hija del sol” le dijo

-Mamacha, no salgas.

-Es sólo un momentito, hijita. Voy a encargarle a la vecina Trinidad para que lleve esta corona a la tumba de mi mamita. Hoy es el día de todos los santos. Yo no voy a ir.

_No lo hagas, por favor…

-¿Por qué, hijita…?

-Porque va a ocurrir una desgracia.

La abuela quedó intrigada, no sólo por el anuncio sino también por la seriedad con que lo dijo, como mandato de una sentencia, los ojos fijos en un punto lejano, llena de misterio. Muda de asombro vio que, como un ídolo de vidrio, dejaba traslucir una misteriosa luz que emanaba de su cuerpo transparente.

Unos instantes más tarde, a las 10 y 05 de la mañana la tierra comenzó a  sacudirse con espasmódicos estertores, como dentro de una alocada zaranda. Se estaba produciendo un terremoto. El pánico de adueñó de la ciudad. Las gentes huían por las calles evitando el impacto de paredes que caían ruidosamente en medio del polvo asfixiante. En el cementerio, veían espantados el estruendoso chocar de las cruces; el crujir de los viejos mausoleos; el desmoronamiento de los túmulos terrosos. Muchos, de rodillas, imploraban gimientes la intercesión de los muertos para alcanzar el perdón de Dios. En el centro las gentes veían horrorizadas la torre del Hospital Carrión bamboleándose de un lado para otro, amenazando con venirse abajo. En un escalofriante desorden las campanas de su reloj marcaban el vaivén del estremecimiento terráqueo.

Cuando la abuela aterrorizada entró para proteger a su nieta, la encontró sudorosa, gimiente y  llorando inconsolablemente. Se abrazó a ella y comprobó que estaba como ausente, como una muñeca, ajena lo que la rodeaba. A medida que las réplicas calmaban fue volviendo poco a poco a la realidad. Era el primer día del mes de noviembre de 1947.

La abuela quedó sumamente impactada. ¿Cómo pudo saber lo que iba a ocurrir?

Ese fue el comienzo.

la hija del sol 2Otro día, acompañando a “Chicha Fuerte”, llegó a la casa un compañero de trabajo trayéndolo porque estaba muy briago. Después de dejarlo a buen recaudo se despidió muy comedidamente. El ácido comentario de la abuela respecto del compañero de su padre  incomodó a la hija del sol que, compungida, le dijo: “No sea mala con él, mamacha, no va a llegar a la noche”. La vieja incrédula y sorprendida le preguntó. “¿Por qué dices eso…?. La chica, poniendo punto final al diálogo dijo terminantemente. “Porque mañana, al mediodía, va a morir”. Terminado el diálogo, la abuela quedó intrigada.

Al día siguiente, cerrada la noche, oyeron toques desesperados a la puerta. Cuando “Chicha Fuerte” abrió, se oyó claramente la voz de un hombre que emocionado informaba. “Maestro, ha habido un accidente a la entrada del polvorín de Garga. El brequero Urbiola resbaló y fue arrollado por la máquina de patio número cincuenta. Ha muerto destrozado”. Aterrorizada la vieja que había oído todo fue a ver a su nieta que estaba despierta y, cuando iba a preguntar, su índice derecho llevó a sus labios y ordenó silencio. La vieja obedeció.

La noche que recibieron el año nuevo, la hija del sol dijo que ese año sería fatal para todos. “Matarán al demonio –dijo- y lo pagarán muy caro”. No dijo más. Su abuela respetó el silencio que vino a continuación. Por esos días el pueblo estaba en vilo. No había pan ni azúcar, ni harina, ni manteca; se presentó una carestía fatal que a todos remeció. El pueblo se moría de hambre y, como si fuera poco, el invierno más crudo invadió la ciudad. Nunca había ocurrido algo parecido. Los ánimos se caldearon y peleas y discusiones menudearon en las calles. La intranquilidad era total, hasta que el lunes 16 de febrero de 1948, estalló la ira de la gente. Mataron al prefecto, el hombre que lejos de buscar el bienestar del pueblo, la había agravado. Al día siguiente del suceso, la  cárcel central comenzó a colmarse de presos. La persecución se hizo generalizada. Muchos huyeron, entre ellos, “Chicha fuerte” y su familia. Nunca más se supo de la “Hija del sol”.

Espantoso crimen pasional (Quinta parte)

espantoso crimen pasional 5“A medida que transcurrían los minutos, fuimos dándonos cuenta de la bestialidad que habíamos cometido. Con más presencia de ánimo, Iñaqui fue recogiendo ropas y objetos que pudieran incriminarnos y los echó a la estufa. A esa hora, nadie repararía en el humo que salía de la chimenea, menos ahora que las ventanas las habíamos cubierto con frazadas. En las primeras horas del día trazamos un plan a fin de borrar cualquier sospecha de nosotros. Lo logramos”. 

“Después de dejar la casa con mucho sigilo, juntamos la puerta y nos retiramos dándonos una vuelta por el Parque Centenario. Nuestro objetivo –como lo habíamos planeado- era hacernos ver por la mayoría de gente posible que, indudablemente, atestiguarían que el viernes 9 de agosto estábamos juntos y muy briagos. Tendríamos una gresca en la que nos “haríamos mucho daño”. Ellos nos auxiliarían y serían testigos de que mutuamente nos habíamos infligido aquellos moretones. Esa sería nuestra coartada. En cumplimiento de lo acordado, llegamos a la Plazuela del León en donde simulamos un mayúsculo escándalo. Ante la bulla escandalosa –como lo planeamos- salieron los noctámbulos que estaban en el “Trocadero”, del Salón “Concordia”, del chifa “Cantón” y muchos del café “Moka”. Muy comedidamente nos separaron y tranquilizaron, llevándonos a la sala de primeros auxilios del Hospital “La Providencia” donde el topiquero nos curó las heridas y moretones. Como lo planeamos, así sucedió. Creían que en un rapto de cólera, los amigos del alma, los “hermanos”, nos habíamos peleado. Tras la curación, simulamos una arrepentida reconciliación que los amigos allí presentes aplaudieron y nos retiramos a nuestras casas. El resto ya lo conocen”. 

“Lo que ustedes no saben, ni pueden imaginarse siquiera, es lo que aconteció después. Cuando se descubrieron los cuerpos y el pueblo se puso en pie de guerra, ya no supimos lo que debíamos hacer. El mundo se nos vino encima. Si bien es cierto que nadie había reparado en nuestras heridas ni la circunstancias en las que se habían producido, nuestras conciencias cada vez más alteradas, se vieron envueltas en una vorágine de indecisiones, dudas y desconfianza. ¿Qué deberíamos hacer? ¿A quién recurrir? ¿Cómo explicar aquel salvajismo homicida? ¿Qué hacer? Revelar nuestra culpabilidad habría sido como desnudar a nuestros familiares delante del pueblo. Su vindicta habría sido fatal. Ellos gozaban del respeto y consideración de la sociedad, no era justo que de la noche a la mañana reveláramos la atrocidad cometida; máxime si no había ningún resquicio de razón o motivo para haberlo cometido. Era, a todas luces, un execrable crimen que no tenía ninguna clase de atenuantes. Su comisión delataba un extremo caso de locura o enajenación bestial que de ninguna manera podría considerarse humano. Estábamos aterrados. Después de reunirnos en secreto -como todo lo que hicimos a partir de entonces- optamos por tomar el camino menos difícil: el silencio. Como nadie sospechaba de nosotros, porque todos buscaban a los culpables en los bajos fondos, decidimos seguir el juego a las circunstancias.  Callamos. Pero ese silencio culpable tenía un peso enorme en nuestras conciencias. Estar callados cuando todo el mundo condenaba el salvaje homicidio, era muy difícil. Tan difícil que, poco a poco, nuestros familiares encontraron rara nuestra negativa a opinar, más aún, nuestro comportamiento diario. El cambio era a todas luces visible. Comenzaron a preocuparse y con ello nuestro temor de que llegaran a saber la horrible verdad. Todo esto y el recuerdo de la noche fatal no nos permitía dormir. En mi caso, mis pesadillas eran tan horribles que despertaba sudoroso, cubierto de lágrimas porque, apenas cerraba los ojos veía venir a Carmen Rosa, completamente pálida como convertida en  estatua de mármol, con el cuerpo contundido, los senos sangrantes, los labios retaceados en jirones sanguinolentos que, al pronunciar mi nombre arrojaba abundante sangre babosa que me cubría la cara. Detrás llegaba la señora Carolina con el rostro desfigurado, cubierto de cardenales que, sin decir una sola palabra se tiraba sobre mí, cubriéndome con su enorme corpachón. Yo despertaba gritando, empapado de sudoraciones, mi respiración dificultosa y mis sienes palpitantes como martillazos, a punto de explotar. Eso todas las noches. En vano trajeron a rezadores y brujos para quitarme el susto. Creían que la noticia del asesinato me había trastornado. Ninguno podía imaginarse que mi bestialidad originaba tamaño tormento. Ninguno podía sospechar siquiera que estaban delante de un criminal. En aquellos momentos temía que las pesadillas de Iñaqui Jáuregui fueran tan o más terribles que le obligaran a revelar nuestro salvajismo. Él más que nadie tenía mucho que pagar. Por experimentado y mayor nos indujo a hacer lo que hicimos después de atosigarnos de Ajenjo, trago maldito. Él que, actuó con inusitado salvajismo, sin ápice de piedad cristiana. Supongo que cosa parecida le ocurriría a mis amigos, porque, transcurrida la quincena, la familia de Piero, dispuso su viaje a Lima; los mismo ocurrió con Brennan. Sólo quedábamos tres. Por eso, una tarde, pretextando el préstamo de unas paraguas, Iñaqui llegó a mi casa y, a solas, me dijo conminatorio mirándome a los ojos, como queriendo matarme: “Si se te ocurriera abrir la boca y relatar lo que hicimos, los que van a salir perdiendo, serán ustedes. Ya me conoces. Yo voy a salir indemne del caso. ¡Cuídate de lo que dices! Esta es la única advertencia. Ya no volveré a venir porque pueden sospechar. ¡Silencio!”. 

“Con el fin de no avivar tétricos recuerdos, no leíamos los diarios que, como tarea insoslayable,  estuvieron publicando una inacabable serie de crónicas y artículos relacionados con el caso. Evitábamos visitas y encuentros amicales. Así transcurrieron los primeros años y cuando la Corte Superior abrió juicio contra los sospechosos, aprovechamos para viajar. Frano, se dirigió a Lima y luego a Dubrovnick, la patria de su padre; Iñaqui, que casi no salía de Villa de Pasco, a la lejana Navarra, a casa de sus abuelos. Sólo yo quedé en la ciudad minera por un tiempo. Como la conciencia no me dejaba en paz, viajé a Lima e ingresé como lego en el convento de la Buena Muerte  donde, por fin encontré algo de paz en la Casa del Señor. Después de escucharme en confesión y cumplidos mis primeras penitencias, mi confesor, fray Domingo Cabanes, me ha instado a que escriba esta carta que espero tenga fuerza de confesión y “mea culpa”. 

“Para terminar diré que, la suprema justicia de Dios, ha actuado por distintos caminos. Me he enterado que, Iñaqui, el hombre que se convirtió en bestia asesina, perdió su negocio por un incendio que lo dejó sin nada. A resultas del trágico acontecimiento le sobrevino un derrame cerebral que lo ha dejado inválido. Ahora vive de la caridad de sus paisanos. Él no puede moverse. Su rostro se ha transformado por la enfermedad, en un rictus  trágico como si estuviera hecho de un jebe deforme; sus manos anquilosadas como garfios ha hecho que sus uñas de le introduzcan en la piel como cuchillas y si bien escucha, no puede hablar. Sólo llora. Su vida es un llanto continuo. Estoy seguro que en esa cárcel de dolor donde su bestialidad lo ha confinado, es un tormento perenne que tendrá que sufrir hasta el fin de sus días. En cuanto a mí, que ya no puedo probar alimento y estoy consumido de un dolor inconmensurable, he encontrado en la oración y la penitencia un  camino para acercarme a Dios y espero que la muerte que está muy cerca, me lleve a él para suplicarle su perdón”.

“En nombre de Dios Santo, suplico al Supremo Tribunal de la Corte de Justicia la conmiseración para aquellos hombres que, sin saber, han recibido el peso de culpas ajenas. Les pido perdón a ellos y a todo el pueblo por haberlo maltratado con nuestra sanguinaria acción”.

“No tengo más que decir. Si estoy sufriendo con un cáncer terminal, creo que es el pago a la bestialidad que cometimos al quitarle la vida a tres inocentes criaturas. Que Dios me perdone por todo el daño que he causado”.

                                   En nombre de Cristo: ¡Perdón!

                                       Antoine Bignon  

FIN….

 

Espantoso crimen pasional (Cuarta parte)

espantoso crimen pasional 4“Los cinco amigos, éramos: Iñaqui Jáuregui, Frano Ivancovich, Piero Amoretti, Brennan Coleridge y yo, Antonio Bignon. En algún momento de confraternidad, reparamos que éramos representantes de diversas nacionalidades afincadas en el Cerro. Iñaqui, vascuence; Frano, croata; Piero, italiano; Brennan, inglés y yo, francés. La coincidencia, naturalmente la llevamos a terrenos de la broma y aunque, ninguno de los cinco ostentábamos riquezas prodigiosas, las economías familiares nos permitían ir tirando adelante en forma decorosa. Nuestros padres eran buenos empresarios. Todos mineros. Nosotros, buenos jinetes, excelentes bailarines, notables amigos de la farra y la bebida, enamorados y alegres, llevábamos nuestra juventud con entusiasmo verdaderamente notable. No faltábamos a ninguna de las celebraciones locales o a aquellas que nuestros mayores efectuaban para recordar los lejanos predios de su patria en los correspondientes consulados. En el terreno del amor entramos con exito0so pie. No nos faltaba nuestra correspondiente “novia”, hasta que conocimos a Blanca Rosa. Muy hermosa, muy distinta, muy especial. Hicimos todo lo posible por alcanzar su amistad, y cuando lo logramos, aspiramos a ocupar su corazón, su voluntad y sus sueños. Los cinco teníamos esa fijación en ella y  en uno de esos raptos de vanidad que tiene la juventud, decidimos apostar a quién sería el privilegiado de ser elegido por ella”. 

“La oportunidad se nos presentó el lunes 5 de agosto cuando asistimos a la Fiesta de la Virgen de la Nieves. Por galante ofrecimiento de Iñaqui Jaúregui, conseguimos poner a su servicio un cómodo sulky tirado por un caballo que la condujo, conjuntamente con su tía, a la Villa de Pasco. Naturalmente, los cinco la escoltamos  en sendas cabalgaduras. Nos habíamos convertido en galantes chalanes de su escolta. En aquellos momentos nos sentimos como los elegidos de los dioses. Usamos los más variados ardides para impedir que otros jóvenes la cortejaran. Aquel día, en la misa solemne, procesión, almuerzo y corrida de toros, la pasamos muy bien. La tía, doña Carolina, habiendo observado nuestra solicitud y amabilidad con ellas, seguramente sintiendo como un deber la correspondencia a tanto despliegue de gentileza, nos invitó a visitarlas el viernes 10 en la tarde. No esperábamos otra cosa. Durante los días siguientes nos dedicamos a preparar la reunión a fin de que no faltara nada. En ningún momento nos movió mala intención alguna. Sólo estábamos a la espera que aquella tarde se pondría en claro a quién prefería Blanca”.  

“Llegado el día, muy bien emperifollados llegamos a la casa. Portábamos como obsequio a las anfitrionas, variada cantidad de pasteles, chocolates, cigarrillos y licor. Para ellas elegimos el suave “Perfecto Amor” y, para nosotros cognac francés, ajenjo y mistral. Todo fue muy bien recibido”. 

“Iniciada la tertulia, animada por la chispa de las bebidas, la conversación fue haciéndose cada vez más animada, llegándose a entonar algunas canciones de moda en tanto, por turno, bailábamos con las anfitrionas. Hasta ahí todo bien. Como sucede casi siempre, no podíamos darnos cuenta de que los tragos ya nos estaban haciendo actuar más desinhibidamente. Lo que aconteció a las diez de la noche, cuando la señora Carolina insinuó que la visita había terminado, fue la chispa que encendió el polvorín. En inexplicable exabrupto, Iñaqui  alzando la voz, le dijo que no podía echarnos así no más como si fuéramos unos pordioseros. Que no nos iríamos si Blanca no se decidía por uno de los cinco. Fue suficiente. Con una energía que le desconocíamos, doña Carolina se puso de pie y señalando la puerta gritó: “¡¡¡Fuera!!!”. Entonces Piero, como echándose el alma a la espalda ante lo inevitable, quiso estampar un beso en la cara de Blanca, pero fue mal interpretado por la tía que estrelló un sonoro sopapo en su rostro. Ahí comenzó todo.  Posiblemente llevada por los tragos, doña Carolina comenzó a repartir sopapos a diestra y siniestra. Fue tanta su agresividad que tuvimos que responderle con golpes iguales. No podíamos quedarnos como si nada. ¡Estábamos borrachos! La señora actuaba como una desbocada gladiadora golpeando a diestra y siniestra, agitando los brazos como aspas de molino. Aquel cambio de porrazos nos ocasionó varias magulladuras. La lucha se tornaba difícil y ya comenzaba a crecer el ruido intranquilizando al perro que gruñía detrás de la puerta, cuando Iñaqui la cogió rodeándole el cuello con sus brazos poderosos. Ni así se contuvo. Ante sus desesperados esfuerzos por desasirse, nuestro amigo que la sujetaba, hizo un movimiento brutal que produjo un ruido como una caña al quebrarse. Fue suficiente. Quedó inmóvil y laxa, como un pelele. Fue depositada sobre un butacón y su rostro cubierto con un pañolón. ¡Listo!. Nosotros, mudos, sin saber qué hacer, mirábamos la maniobra, espantados. Sorbió un generoso trago de ajenjo. “Ahora estamos en paz”, dijo, y miró a Blanca que, inmóvil, cubierta de lágrimas no atinaba a moverse, temblando como una condenada. La cogió de la carita y le ordenó que besara uno por uno a todos sus amigos. Obedeció. Su semblante daba lástima y como una autómata cumplió con la orden. Al ver la pasividad nuestra, la cogió con fuerza y con brutalidad la besó prolongadamente,  hasta que de sus labios comenzó a chorrear sangre. La había mordido. Ella ahogando un grito, completamente débil, quedó a nuestra merced. Nosotros –no puedo explicarme por qué, pero creo que la locura es contagiosa- procedimos también a besarla con pasión desmedida, -envenenados de tanta brutalidad- como si estuviéramos posesionados del demonio. Ella lloraba y gemía, convertida en guiñapo sin voluntad ni fuerzas. Los ojos de Iñaqui -estoy seguro que los nuestros también- tenían una expresión demoníaca, satánica, terrible. ¡No éramos nosotros! Algo había en el ambiente que nos urgía a actuar así. Estoy seguro que el demonio estaba actuando solapadamente, moviendo las cuerdas de las sicalípticas marionetas en que nos habíamos convertido. Ahora puedo asegurar que el ajenjo que bebimos en demasía, era el medio con el que nos tenía sujetos. Aquel trago brutal nos hizo perder la ecuanimidad, obligándonos a actuar tan desaforadamente como lo hicimos”.

“Cuando ciego de lujuria le desató el corsé y rompió el camisón, vimos sus  senos, duros y abiertos como frutas maduras. Enceguecimos. Uno a uno, por turno, pasamos a besar y mamar aquella belleza. El brutal jefe de aquel aquelarre, la despojó de sus corpiños y enaguas, apareciendo ante nuestros ojos, toda la majestad de su cuerpo blanco e impoluto. Al cubrirse los senos con las manos temblorosas, Brennan encendió la estufa que estaba a la entrada de la alcoba y la atizó con carbones y leños.  Esperamos un buen rato mientras Iñaqui manoseaba el cuerpo de la muchacha besando con lascivia incontenible cada parte, hasta que el ambiente se abrigó. Sin decir una palabra, ordenó con la mirada y cada uno de nosotros tomó a la muchacha de brazos y piernas inmovilizándola. Babeante como un fauno alocado, se quitó los pantalones, subió sobre la muchacha y la poseyó salvajemente. Un grito desgarrado de desflorada se escuchó en la estancia. Como si el alarido hubiera accionado algún mecanismo de poder, jadeante y sudoroso, como bestia en celo, la tuvo buen rato a su merced, besándola y penetrándola como si quisiera matarla. Después, exhausto y casi sin aliento, la dejó a un lado y con el resto de voluntad que le quedaba nos ordenó que hiciéramos lo mismo.  Limpiando la sangre que corría por sus piernas, uno a uno, ciegos de lujuria la poseímos. Sentir su cuerpo convulso y sus sollozos sordos, extrañamente nos impulsaba a seguir teniéndola. Estábamos cumpliendo con sueños que en interminables noches nos habían desvelado. Ahora era nuestra, enteramente nuestra. Sólo se escuchaba un sollozo de virgen desamparada que con la mirada suplicaba. Después del primer grito, Iñaqui le había atracado un pañuelo en la boca y con otro aseguró en la parte posterior de su cabeza. (Un grito habría sido fácilmente escuchado por alguien que atinara a pasar por aquel lugar). Sólo podía respirar por la nariz. Todos pasamos por ella. Hasta ahora no me puedo explicar cómo el hombre puede perder su sentido de piedad y de conmiseración ante el abuso. Nos habíamos convertido en animales. Cuando siguiendo el ejemplo del jefe la poseímos contra natura, ya casi ni se movía; al amarrarla para seguir con la función carnal, notamos que ya no daba señales de vida, sus ojos ya estaban sin luz, el pulso había desaparecido y un frío estremecedor se apoderaba de su cuerpo desnudo. Había muerto. Sin decir una sola palabra nos miramos apesadumbrados, como volviendo de una ausencia prolongada, nos sentamos en derredor de la cama y, como autómatas sin pizca de voluntad, no alcanzamos a comprender todavía la bestialidad que habíamos cometido. El silencio invadió la alcoba. No podría decir ahora cuánto tiempo estuvimos sumidos en aquel mutismo culpable. Fue en ese lapso que alcanzamos a oír un sollozo débil, casi imperceptible. Siguiendo la pista del lloro Iñaqui se dirigió a la puerta que da a la cocina. Allí descubrió, agazapada, llena de terror, con los ojos llenos de lágrimas, a una niña que muda de espanto, dejó que la bestia –no en otra cosa se había convertido nuestro amigo- la levantara por los aires sujeta del cuello y, como si la arrullara para que se duerma, fue presionando su cuellito. Cuando dejó de moverse la depositó sobre el suelo y la cubrió con un costal. Nosotros nos encontrábamos inmóviles. Aterrados. Incapaces de poder protestar o hablar siquiera. Se estaba deshaciendo de una inoportuna e incómoda testigo que lo había visto todo. Tras dejarla tirada como una muñequita de trapo, cogió unas empanadas y otros pasteles y se los dio al perro que le movió la cola de gratitud. Bebió unos colmados tragos de ajenjo y nos conminó a que hiciéramos lo mismo. Todos bebimos”.

 

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Espantoso crimen pasional (Tercera parte)

EL MINERO publicaba una magistral fotografía de enorme calidad espantoso crimen pasional 3periodística testimonial en la que se veía claramente los cuerpos de las víctimas tal como habían sido encontrados en el lugar de la ejecución. Hacía conocer también las manifestaciones de indignación de diversos elementos de la sociedad. EL SIGLO, exigía que la policía actuara con prontitud ya que: “Dada la lucha que debió tener lugar entre las víctimas y los criminales, no es aventurado suponer que los delincuentes -que debieron ser varios- saldrían por lo menos con contusiones, rasguños o huellas de la violación de una mujer casi niña y virgen” (…) “Exigimos a la policía para que efectúe una enérgica redada en los bajos fondos, pero también en el ambiente de la “Alta Sociedad”. Estamos seguros que los asesinos habrán quedado con las marcas de la lucha librada con la señora Carolina Gamboa. Ésta tenía impregnada entre las uñas, restos de sangre, piel y cabellos, que sin duda pertenecen a sus atacantes. Estos elementos, bien utilizados, pueden conducirnos a desenmascarar a los asesinos”.

EL INDUSTRIAL, sólo publicaba los comunicados que emitían los policías o los miembros del Poder Judicial. Casi nada. En la única nota editorial que se ocupó del asunto, decía: La perniciosa xenofobia ha lanzado la irresponsable tesis que los asesinos de las tres víctimas serían extranjeros. ¿Quiénes? Aquí viven judíos, griegos, alemanes, franceses, italianos, españoles, jamaiquinos, ingleses, polacos, vieneses, húngaros, austriacos, chinos, japoneses, croatas, montenegrinos, dálmatas. ¿Quiénes? Si bien es cierto que hay una treintena de extranjeros indeseables, hay por lo demás, sólida cantidad de honrados y laboriosos hombres de allende los mares que merecen nuestra consideración y respeto. No nos dejemos llevar de perjuicios mal intencionados que reciente indudablemente a quienes viven en paz con nosotros. Exigimos para eso que esto no siga sucediendo y la policía se esmere en entregarnos a los desalmados criminales”.

En aquellos momentos, los periódicos reciben un telegrama enviado desde el Callao originando gran revuelo. Se había detenido a las mujeres Cristina Arroyo y Elisa Bacigalupi cuando trataban de huir  en un barco con destino a Italia. La policía chalaca aseguraba, después de someterlas a “científicos interrogatorios”, que ambas habían intervenido en el asesinato de las Gamboa. Como prueba presentaban un chal de vicuña con listas de seda que –aseguraban- había pertenecido a la señora Carolina Gamboa. El prefecto, presionado por la prensa y el clamor de la comunidad, hizo un viaje al Callao para ahondar las investigaciones. En la ciudad se suscitó una controversia entre EL MINERO y el subprefecto Ricardo Zamora. Éste trató de detener al Director por sus opiniones respecto a cómo debía conducirse las investigaciones originando un sinnúmero de comentarios antojadizos e inverosímiles tejidos por el vecindario. En el pueblo –como siempre- llegó a formarse dos bandos. Unos, respaldaban a los periodistas y, otro, al subprefecto. El asesinato había formado carne de conciencia en el pueblo. En el Callao, se estableció que la prueba presentada era de una simple similitud a la de la víctima. Las mujeres no sólo no habían participado en el asesinato, sino que nunca habían estado en el Cerro de Pasco. Las coartadas presentadas por sus abogados fueron suficientes para concederles la libertad. 

Efectuada la necropsia de ley, los cuerpos fueron amortajados cumpliéndose con las costumbres vigentes. A la señora Carolina se le vistió el hábito de la virgen del Carmen con su correspondiente escapulario; a Carmen Rosa, la del Perpetuo Socorro, con diadema dorada y, a la niña Victoria, toda de blanco como un ángel, rodeada de flores blancas. Depositadas un sus urnas correspondientes, fueron trasladados a la iglesia de Chaupimarca, cuya nave central había sido previamente adecuada para el acto de vigilia. El párroco rezó un responso y luego se inició el velatorio con numerosa asistencia. Cumpliendo con la tradición, se las velaron dos noches durante las cuales se rezó el rosario. Las congregaciones se turnaron para atender a los asistentes.

El día del sepelio, las puertas de la totalidad de establecimientos comerciales no se abrieron. Todo el pueblo, vestido de luto, asistió a la misa de cuerpo presente. Tras las palabras de despedida de la representante de las hermandades, el pueblo las condujo a su última morada. El duelo estaba presidido por los integrantes de la Sociedad Caritativa del Perpetuo Socorro de la que Blanca Rosa era socia activa. Inmediatamente después, los tres ataúdes llevados en hombros de sus correligionarias, escoltados por las bandas de la Slava y la Cosmopolita. Las autoridades, congregaciones religiosas, instituciones culturales, consulados, agremiaciones laborales y vecinales, llevando sus lábaros y distintivos, marchaban silenciosamente detrás de los féretros. Los aparatos florales conformaban un séquito impresionante de colores. Tras los discursos de numerosos oradores inflamados -hombres y mujeres- las  urnas fueron depositadas en el cementerio contiguo a la iglesia del Rosario de Yanacancha.

Después la justicia siguió empeñada en la búsqueda de los asesinos. Los nombres de notables personalidades se barajaron como los posibles culpables. Las suposiciones, la maledicencia y la fantasiosa imaginación de las gentes tuvieron por largos años tema para conversaciones malévolas. 

Epílogo

Tuvo que transcurrir 23 años para que se revelara el misterio que había envuelto la repentina liberación de los acusados. Los primeros días de enero de 1931, cuando el tirano Sánchez Cerro ordenó el cambio de capital del Departamento de Junín, los miembros de la Corte Superior de Justicia, acatando lo dispuesto, empacaron los escritos de los procesos habidos hasta entonces. Quiso la casualidad que un periodista que trabajaba en la Corte, al ordenar el legajo correspondiente al Caso Gamboa, encontrara un sobre voluminoso, lacrado y misterioso, en el que halló un documento valiosísimo que arrojaba luces sobre el misterioso acontecimiento. Era una verdadera revelación. Se trataba de una carta con la confesión del verdadero autor del crimen redactado “In Artículo Mortis”, con el correspondiente aval de las autoridades eclesiásticas de entonces. Este patético documento  fue publicado en “La Alforja” el 16 de enero de 1931, causando un revuelo extraordinario. Como aquel día se publicaba también el decreto mediante el cual se humillaba al Cerro de Pasco, las gentes más conmovidas por este insulto inusitado, no dio mayor importancia que a la revelación del crimen.  Este significativo documento probatorio, avalado por las instancias superiores de la iglesia católica que, en tránsito de muerte, dirige Antonio Bignon, ciudadano francés a la Corte Superior de Justicia, confesando ser autor del homicidio, conjuntamente con cuatro cómplices; invoca el perdón para sus culpas y pide la libertad para los inocentes que estaban purgando injusta carcelería. La dramática carta, tras las generales de ley y los correspondientes trámites que sufrieron, dice en su parte principal:

“Ya en las garras de la muerte, agobiado por horribles dolores ante los que ni el láudano es efectivo, a piadosa sugerencia del Fray Domingo Cabanes del Sagrado Corazón –mi confesor- escribo esta revelación que espero libere a mi cuerpo y alma de los terribles tormentos que estoy soportando.. Por esta confesión que realizo en pleno ejercicio de mis facultades mentales y sin que nadie haya ejercido presión en mí –salvo mi conciencia atormentada- suplico en nombre de Dios, a los honorables caballeros que imparten justicia, pongan en libertad a los acusados que por culpa mía y de mis cómplices, están sufriendo. Ellos son enteramente inocentes de los hechos que se les imputa y espero que este relato pueda servir para que los jueces enmienden su decisión”.

“Como el tiempo es apremiante, obviando detalles superfluos, paso a relatar la comisión de aquel horrendo asesinato de la que fueron víctimas tres inocentes mujeres. Para mejor comprensión, lo ordeno cronológicamente desde el principio”

“Todo empezó como un juego de juveniles pretensiones el 15 de agosto de 1906. La Beneficencia Austrohúngara realizaba la misa y procesión de la Virgen del Tránsito, su matrona. Aquel día, los cinco amigos que llevados por extrañas circunstancias llegaríamos al condenable asesinato, trabamos amistad con la señorita Blanca Rosa Dianderas González, gonfalonera de la hermandad del Perpetuo Socorro”.

“Desde el primer momento nos impresionó su hermosura y gentileza. En la kermesse que realizó la hermandad fuimos muy bien atendidos por ella. Como el acontecimiento era animado por la orquesta slava, bailamos alegremente, olvidándonos del resto de gentes. Aquel día nos sentimos completamente felices. Ese fue el comienzo. Los cinco quedamos prendados de ella. No era para menos. Su sonrisa y delicada amabilidad nos encandiló, pero mucho más su cuerpo. Era la perfección de la belleza y el porte. Ninguna muchacha de la ciudad podía parangonársela. Nuestro enamoramiento no nos hacía ver que la amabilidad de la que hacía gala, era con todos. Cada uno abrigaba la esperanza de ser el elegido por tan bella muchacha. A partir de entonces, desplegamos toda  nuestra galantería y la llenamos de atenciones y homenajes que con mucho comedimiento recibía. Esto alimentaba nuestra obsesión y nos impedía ver la realidad. Pronto aquel amor platónico se trastocó en un deseo pasional que perseguía como meta, poseerla carnalmente. ¡Cuántas veces nos pasamos horas enteras conversando acerca de las maravillas que depararía aquel cuerpo fabuloso! Con ello crecía nuestra obsesión. Lo que descubrimos con el correr de los días, fue una terrible contradicción en su personalidad. Por un lado, su belleza agresiva e insinuante, su conversación fluida y su perenne sonrisa a flor de labios, nos hizo pensar en una mujer calculadora, consciente de sus encantos que estaba poniendo en juego para seducirnos. Por otro, su inexperiencia manifiesta que llegaba a límites de pasmosa inocencia, nos intrigaba y nos ponía de vuelta y media. Tarde, muy tarde, llegaríamos a descubrir que era una niña inocente de alma limpia y candorosa, que para nada estaba involucrada en trajines amatorios ni en aventuras farragosas de las lides del amor”.

 

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Espantoso crimen pasional (Segunda parte)

La inmediata furia colectiva fue extraordinaria. Nunca como entonces el Cerro de Pascoespantoso crimen pasional 2 se había indignado tanto. Todas las hermandades religiosas respaldadas por la iglesia, emitieron enérgicos comunicados exigiendo la inmediata investigación, persecución y apresamiento de los culpables.

Completada el acta del levantamiento de los cadáveres y la reunión de todos los objetos que pudieran servir para la investigación y testimonio rápido de algunos curiosos, decidieron partir. Acompañados por una caravana de insatisfechos curiosos, los cadáveres fueron remitidos al Hospital “La Providencia” para la necropsia de ley. Las gentes alarmadas habían formado varios corrillos donde comentaban a grandes voces sus sospechas y presunciones. Al poco rato, casi todo el pueblo rodeaba la casa mortuoria. Los periódicos tiraron ediciones especiales con averiguaciones y datos que podían contribuir al descubrimiento de los asesinos. La gente se arrebató de las manos aquellos ejemplares. El inicial informe médico decía: “La muerte no data de más de 48 horas. El asesinato debió efectuarse entre el viernes 9 y domingo 11 en que se descubrió los cadáveres de las víctimas que ya iniciaban un estado de descomposición”. El resultado de la autopsia a cargo de los doctores Shaw, Portal y Torales, dio argumento para que los periodistas, en cerrada competencia de habilidad profesional, emitieran sus particulares versiones del hecho.

EL MINERO, se atrevió a lanzar la siguiente hipótesis: “El viernes 9 de agosto entre las nueve y diez de la noche, las Gamboa recibieron la visita de un grupo de amigos –el rumor de las conversaciones y la luz encendida en la sala hasta muy avanzada la noche, así lo hacen suponer- . Se cree también que con cordialidad fueron invitados a pasar a la sala en donde departieron animadamente, bebiendo algunos tragos: Cognac francés, Ajenjo y Mistral, ellos; “Perfecto Amor”, ellas (botellas vacías sobrantes, copas y ceniceros colmados, lo hacen presumir). Permanecieron algunas horas al final de las cuales decidieron marcharse; al hacerlo, uno de los hombres se escondió sin que las dueñas de casa lo advirtieran. Retirados los visitantes, las mujeres aseguraron las puertas y se acostaron. Al poco rato estaban sumidas en profundo sueño. Esto es lo que estaba esperando el criminal oculto que, pasado un rato, abrió la puerta a sus cómplices; éstos entraron y cerraron por dentro  tapando la ventana con frazadas para que la luz no delatara su presencia. Posiblemente por el ruido doña Carolina despertó e, indignada, llamó la atención a los caballeros, quienes persuasivamente primero y forzadamente, después, le hicieron conocer sus intenciones. Se la jugaron a todo o nada. Como  las rogativas galantes y melosas no surtieran efecto, efectuaron sus protervas intenciones con mucha energía. Ella entonces luchó para que su joven sobrina no fuera mancillada por sus agresores –posiblemente cinco o seis- los que finalmente la redujeron y la estrangularon, deshaciéndose de un obstáculo molesto. Ya dueños de la situación, cogieron a Blanca, la desnudaron completamente y cuando gritó horrorizada, le atacaron un pañuelo en la boca y la amordazaron después de haberla atacado a besos lujuriosos y mordiscos salvajes que casi le destruyeron los labios. Tomaron unas sogas y la ataron de pies y manos dejándola, como a una res en el camal a expensas de sus verdugos. Después siguió la ignominia. Uno por uno, en riguroso turno, procedió a mancillar el cuerpo de la víctima, sin ninguna restricción, poseídos de una loca lujuria asesina. La mujer, casi una niña, se agitaba convulsivamente horrorizada. Nada les contuvo. Mientras el que estaba encima gozaba como un poseso, el resto de lujuriosos, manoseaba y mordisqueaba todo el cuerpo de la víctima. Eran unas hienas desbocadas ante su indefensa mártir. Cuando rendidos de haber satisfecho sus apetitos la vieron todavía con vida, juzgaron que no era conveniente dejarla así porque podía acusarlos. Había que exterminarla. Inmediatamente la estrangularon. Después, todavía borrachos de sadismo, siguieron profanando el cadáver de la joven que, en vida, había sido una de las más bellas de la ciudad. Cuando ya estaban retirándose, vieron en un rincón, aterrada y muda de espanto, a la niña Victoria Valderrama Paredes que había presenciado aquella carnicería. No querían que quedara como testigo, la estrangularon brutalmente, luego, cubrieron su carita con un costal. Al no poder asegurar la puerta por dentro, la dejaron juntada”.

Para sustentar su aserto EL MINERO sostiene que los asesinos debieron ser varios porque la señora Carolina era muy robusta y que sólo dos o tres hombres habrían podido reducirla. Que debieron ser miembros de la “sociedad” porque éstos, exigentes para el ingreso a su círculo cerrado de socios, se habían rendido ante la belleza de Blanca Rosa que, además, era pariente de un connotado minero extranjero. Debió ser así para que la señora Carolina pudiera haberlos invitado a beber a aquellas horas de la noche. Sin duda eran conocidos porque en ningún momento ladró el perro; los vecinos lo habrían oído.

Como era de esperarse, la policía actuó con encomiable diligencia y rapidez. El pueblo, la iglesia, el periodismo, indignados lo exigían. Los primeros en ser detenidos fueron familiares y amigos cercanos a las víctimas. Teobaldo Guzmán y Manuel Martínez Chávez que las habían visitado en incontables ocasiones. Carlos Gamboa, sobrino de la señora Carolina, visitante cotidiano de quien se averiguó después, estaba perdidamente enamorado de su prima Blanca Rosa. Augusto Proaño, enemigo declarado de doña Carolina con quien sostenía una sonada acción judicial que todo el pueblo conocía. En muchas oportunidades la había ofendido públicamente. Luis Huaytalla que por haber sido reprimido por la policía a pedido de la señora Carolina, en una oportunidad, llevado por una ira repentina, había amenazado públicamente a la víctima gritándole: “¡Con este palo te he de matar, maldita!”. Isidoro León, ciudadano que ni siquiera conocía a las víctimas y que sólo porque la señora Medina de Chinarro –vecina contigua- aseguró al día siguiente del asesinato, haber oído gritar a doña Carolina: “¡¡León me mata!!”. Más tarde, ella misma descartó esta declaración asegurando que lo había soñado. Guzmán, Martínez, Proaño y Gamboa fueron tratados con extrema severidad en la subprefectura. En cuanto los detuvieron, los denudaron públicamente para examinarles detenidamente los genitales, uno por uno; inmediatamente se los flageló despiadadamente para que confiesen haber cometido el crimen. Sin duda esta fue una desesperada acción destinada a contener las desbocadas iras del pueblo. De igual manera y en forma expeditiva se realizaron redadas nocturnas en todos los antros de la ciudad. Fueron detenidos los malvivientes reclutados en los burdeles, garitos, chinganas y fumaderos. Hubo una razia total en la ciudad. Fueron liberados cuando sus abogados presentaron las coartadas correspondientes.

Los diarios de la localidad, en abierta competencia, emitieron sus opiniones arriesgando particulares hipótesis. LOS ANDES, lanzó la conjetura de que los asesinos serían extranjeros y habrían ingresado por un forado en el techo del dormitorio. Para dar sustento a su tesis publicaban una fotografía en cuyo borde decía: “Por la foto del exterior de la fachada que vemos, se advierte que la puerta de la sala que señalamos con dos puntos y que aparece cerrada, está en comunicación inmediata con la calle, como si fuera una tienda. Esa puerta carecía de chapa, sacada anteriormente, que sólo se aseguraba con un cerrojo por personas que estaban dentro. La hoja de la puerta hacia la izquierda está dividida a la mitad en dos medias hojas, superior e inferior. La inferior quedaba asegurada con el cerrojo, pero la superior quedaba abierta y para cerrarla colocaban un palo por dentro que lo apuntalara, de modo que si se conseguía hacerlo caer, se introducía la mano descorriendo el cerrojo. Al salir a la calle, la familia Gamboa cerraba la puerta con un candado como aparece en la fotografía. A la derecha de la puerta de la sala está la tienda abierta y que la Gamboa alquiló a Agapita Alejandro que figura en el proceso. A la derecha de esta tienda hay una escalera de piedra que da directamente a la calle sin puerta alguna que impida la subida a los transeúntes y conduce a los altillos que está encima de las habitaciones de la familia. En los altillos, sobre el dormitorio de las Gamboa, hay una especie de tapa que se jala para bajar al dormitorio. Esta descripción es idéntica a la que hacen los peritos después del reconocimiento correspondiente. Por declaraciones de don Demetrio Martinench se sabe que la puerta de los altillos no se cerraba nunca, por consiguiente, esa noche cualquier transeúnte podría haber subido de la calle sin obstáculo alguno, jalar la tapa de madera y bajar al dormitorio en menos de un  minuto. Teniendo en cuenta que la familia Gamboa acostumbra a quedarse a dormir en casa de amigos, los criminales han podido conocer el teatro del delito con toda comodidad y obrar sobre seguro”.

“Puntualizamos que no nos deja de llamar la atención las declaraciones de don Gerardo del Campo y de doña Luisa Costa viuda de Rosazza y sobre todo del jefe de la lumbrera americana “El Diamante”, don Joaquín González, que refieren que antes del crimen vieron a un individuo de aspecto extranjero a altas horas de la noche en la esquina de la calle donde vivía la familia Gamboa, que nunca se dejaba ver el rostro ocultándose en la oscuridad y otras como en acecho con dos o más personas de catadura nada tranquilizadora. Los peritos han dejado constancia que en el dormitorio de la familia Gamboa encontraron una torta igual a la del techo el altillo, lo que prueba que el crimen se verificó subiendo las escaleras a los altillos de donde bajó al dormitorio”.

La Pirámide de Junín suponía que los autores del execrable crimen serían extranjeros. En su editorial sostenía: “Es indiscutible que el móvil del crimen no ha sido el robo; lo probable es que los delincuentes sean osados extranjeros impulsados por inconfesables apetitos, mas no por el robo. Los aventureros que llegan al Cerro de Pasco lo hacen devorados por la ambición de hacer fortuna en poco tiempo y grandes ganancias en empresas aleatorias, pero en ellos los afiebrados apetitos sexuales más desordenados y violentos sobrepujan a la codicia del dinero. Sabido es que en los asientos mineros –esto sucede en el Cerro de Pasco-, los hombres abundan y las mujeres, sobre todo agraciadas, escasean. Así pues, los crímenes sexuales son frecuentes y sangrientos. Los pobladores del Cerro con mujeres e hijos y familias establecidas no tienen motivo para cometer estos crímenes cuyos protagonistas son, como siempre, aventureros que están a la caza de mujeres, en acecho permanente. Averígüese por ejemplo en las numerosas casas de prostitución del Cerro de Pasco y se verá que todas registran hechos delictuosos de esta clase con protagonistas extranjeros”.

“Precisamente los únicos individuos de la delincuencia en proceso, son los que señalan el rastro de aventureros a quienes me refiero. Las declaraciones que hemos recogido del capitán de la Lumbrera “El Diamante”, de doña Luisa Costa viuda de Rosazza y de don Gerardo del Campo, atestiguan que todos ellos vieron antes del crimen, junto a la casa de las Gamboa, a indeseables extranjeros que la merodeaban”.

 

(Continúa….)