El gringo Hope

(Pintura “Los mineros” de Vela Zanetti)
(Pintura “Los mineros” de Vela Zanetti)

Cuando entró en el salón quedamos sorprendidos, observándolo con extrañeza. Por lo que estábamos viendo, en ese momento se rompía una tácita ley que los gringos y sus “chupamedias” se habían empeñado en mantener vigente: jamás podían unirse en amistad los chicos del pueblo con los gringos. No porque aquellos no quisieran sino porque éstos estaban llenos de prejuicios. Eran demasiado arrogantes y estudiaban en la “Escuela de Bellavista” con todas las comodidades inimaginables. Él fue la excepción. La sensibilidad de su democrático padre, rompiendo con lo hasta entonces establecido, determinó que viniera a estudiar con nosotros. “Todos somos iguales”, era su principio fundamental. Como es natural, lo recibimos con desconfianza. Hasta la maestra actuaba nerviosamente como si estuviera ante un extraterrestre. El caso es que se fue a sentar con  el eterno “sobón” de la clase: “El chancho Winshe”. Un asolapado espécimen al que casi nadie lo pasaba. La maestra se enteraba por su intermedio de todo lo que hacíamos y pensábamos. Cada domingo en la mañana llegaba a casa de la maestra para “ayudarla”. La acompañaba a hacer las compras de la semana, dejaba su casa como un anís y realizaba tareas penosas y duras. En el interín le contaba lo que hablábamos. Era el espía. Por él sabía quiénes estábamos enamorados de ella.

  • Hoppe, era enorme y desgarbado con pelo rubio y brillante, ojos azules y manazas enormes, pero tenía una cualidad que todos advertimos desde el primer momento: una mirada dulce y tierna; más parecía una animalito desvalido aunque su cuerpo lo desdijera. En el esfuerzo de trabar amistad con nosotros se le veía con una forzada sonrisa en su rostro rubicundo. Trataba por todos los medios de romper el “hielo” que se había formado en torno a él.

Si el primer día apareció con su vestido “de calle”, bien “futre” como para una fiesta, al tercero lo hizo como nosotros, con flamante mameluco “Campeón”, con remaches y botones de bronce. A partir de ese momento en lo único que difería con nosotros era en la talla. Poco a poco lo asimilamos a nuestro grupo. Aprovechando su enorme tamaño lo pusimos en el arco del equipo. Fracasó. Los desalmados aprovechando de su torpeza le hacían goles de “huacha”, en medio de risotadas escandalosas que él compartía con todos. La mayoría, malintencionadamente estrellaban tremendos patadones en su esmirriada humanidad pero él superaba todos los contratiempos. Después de haber fracasado ruidosamente en el arco de la “Bordadora” y de ser muy torpe en los otros juegos, hizo todo lo posible para asimilar las enseñanzas de los chicos más diestros. En lo demás era un cero a la izquierda. Le ensañamos los fundamentos del básquetbol que era el único deporte en que pudo desempeñarse. Así,  poco a poco, fue entrando en nuestro mundo vocinglero y alegre. En poco tiempo fue uno de los nuestros. Así descubrimos que, además de su  inteligencia (Conjuntamente con Cua – cua” Acquarone eran los más destacados en matemáticas) era muy noble y generoso. En los recreos, compartía su “propina” con todos sus compañeros. ¡Pucha –decía el “Cupe” Laderas- ¿Cuánto le dará su papá que para todos alcanza?! Él no se hacía problemas. Cuando se metía a “shulular” sí era todo un espectáculo. Continuamente rodaba con sus huesos gigantes en medio de las risas generales. Él no se amilanaba, continuaba con gran entusiasmo. Se sentía feliz que todos compartiéramos de sus travesuras. Andando los días supimos que su padre era geólogo canadiense, jefe de un pelotón de hombres que trabajaban a gusto con él. El viejo Hope era un gringo raro. Desde un comienzo mostró comprensión y afecto para con los hombres que trabajaban en su grupo. Compartía con ellos sus cigarrillos rubios, Lucky Strike, Pall Mall, o Camel. Su trato era muy comedido. Los obreros pronto sintieron que era uno de ellos. No encontraban diferencias. En recompensa  trabajaban con más ahínco y esmero. En todo momento le demostraron su respeto y amical comedimiento. La producción de la mina subió como la espuma. La compañía tuvo más consideración con él, no obstante las “extravagancias de ser amigo de los obreros”. Un día hope descubrió que su padre trabajaba conjuntamente con el papá de “Cara e´palo Quintana”. Es decir, el viejo cara de palo, era integrante de la cuadrilla del viejo Hope. Ellos eran amigos y los muchachos decidieron prolongar esa amistad. A partir de ese descubrimiento se sentaron juntos y no se separaron. Hope no le decía “Cara e´palo” no. Le decía “Quinta” y ese fue el nombre que prevaleció a partir de entonces. Compartían todo, como hermanos. Así transcurrieron algunos meses. Hope ya se había hecho “cerreño” de corazón. Recuerdo con una claridad asombrosa lo que ocurrió aquella mañana de junio. Cuando estábamos en pleno partido de fútbol, oímos el alarmante ulular de la sirena de la mina “Lourdes”. Paramos el partido y nos santiguamos. Sabíamos que había ocurrido una gran desgracia en los socavones. Sólo que éste debía ser tremendo por la alarma que cundió en todo el pueblo. Instantes más tarde apareció un  carro de la compañía y sin ninguna explicación de por medio, se llevaron a Hope. No entendimos. Cuando salimos a la hora del almuerzo, Quintana encontró la noticia de su desgracia. Todo el campamento de la Esperanza estaba alborotado. Un derrumbe había sepultado al ingeniero y sus doce hombres. Nadie se había salvado. La noticia estremeció la ciudad. De un confín a otro se difundió rápidamente. La gente no podía creerlo. Hasta ese momento ningún jefe había sucumbido de esa manera. Cuando había peligro se ponían a buen recaudo. El gringo Hope no. Se arriesgó con sus hombres y cayó con ellos. Candelario Ticse, trabajador del área, contaba cariacontecido que cuando el gringo Hope estaba revisando unos planos, llegó el “enano” Buendía diciéndole que había un  peligroso chispeo en la labor. Es decir que de la roca que cubría toda aquella parte, estaba salpicando esquirlas de piedras pequeñas, como a un punto de reventar que, a decir de los viejos mineros “Era un chispeo peligroso” y que por eso le avisaban. De inmediato Hope fue al lugar mencionado. Miró las rocas, muy preocupado, luego cogió una larga pértiga de fierro y comenzó a “desatar” la labor. Fue lo último que hizo. Toda la parte superior del embovedado cayó sobre los hombres, sepultándolos El ruido que produjo el derrumbe de miles de toneladas de mineral se escuchó en toda la compañía. El “Banco” Había sepultado completamente a los trece hombres de la labor, entre ellos al viejo Hope y al viejo “Cara e´palo”. La alarma cubrió toda la ciudad.

  • A partir de aquel fatídico momento, como ocurría siempre, los obreros se dedicaron a rescatar a los caídos. No se necesitó orden especial, olvidándose de sus turnos los hombres trabajaron como nunca. Y, como en otros casos no había ocurrido, del Hotel Esperanza llegaban grandes portaviandas con alimentos especiales para los trabajadores que se turnaban con gran ahínco. No les faltó cigarrillos ni refrescos ni sándwiches ni café ni coca. Lo malo es que, por la levedad del terreno, cuando ya se había superado una gran extensión, un nuevo derrumbe venía a cubrirlo. Así y todo, los hombres no se rindieron y tras cinco día de trabajo fueron sacando los cuerpos mutilados, irreconocibles que fueron llenándolos en ataúdes. El gigantesco cuerpo de Hope fue llevado, como lo otros, a la morgue. Allí se le bañó y embalsamó para llevarlo a su tierra: Canadá. En todo ese negro pasaje Hope y “Quinta” no se separaron, parecían mellizos; sólo cuando llegó el momento de la partida del cuerpo de Hope, se produjo la separación.

Todos los muchachos de la promoción estábamos presentes solidarios  y tristes en el andén del ferrocarril. Cuando los vimos llorar abrazados como hermanos, nos unimos a ellos y también lloramos. Nos acercamos y todos, como un solo hombre, compartimos la desgracia llorando; comprendimos que más allá de razas, nacionalidades u otros argumentos, existe una ligazón muy especial que es el amor. Los viejos Hope y Quinta bien lo sabían. Nosotros lo aprendimos aquella fecha. Que Dios los tenga en su gloria.

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