Las supersticiones de don Pedrito

las supesticiones de don pedrito 1El cerreño ha sido siempre un hombre gregario. Ha recogido con apasionamiento la institución implantada por los ingleses: el club. Cumplida su jornada diaria se reúne con sus amigos en círculo que puede ser laboral, deportivo, musical o eminentemente social. Cada uno con sus características propias. Allí conversa, discute, juega; se entretiene matizando sus tertulias con chistes, comentarios, canciones y muy buenos tragos. El hombre que ha venido de fuera, siguiendo la costumbre implantada a través de los años, hace lo propio. Se agrupa con sus paisanos en el círculo que aglutina a los nacidos en un mismo lugar. Numerosas son estas organizaciones que están afincadas a lo largo y ancho del territorio minero. Lo admirable es que llegada las diez de la noche, se retira disciplinadamente; no se queda ni un minuto más. Tiene que descansar para asistir puntualmente a su trabajo del día siguiente. A las diez y cinco ya no queda nadie. En ese momento los mozos proceden a una rápida limpieza porque a las once y cinco ya están llegando los que han trabajado en el segundo turno. Ellos amanecen en el club luego de reparar fuerzas con comidas, café y tragos.

En una de aquellas amenas tertulias amicales que rompen la monotonía de las noches de invierno, mientras los copos de nieve caen perezosamente y la inmovilidad de los circunstantes acentúa la impresión de estar fuera del tiempo y del espacio, se conversa animadamente avivando el fuego para mantener el calor de la estufa. Los amigos que rodean a don Pedro Santiváñez en el “Club Juventud Esperanza”, escuchan el relato que ubica en los años treinta y recuerda lo sucedido, claramente, como si fuera ayer.

Había comenzado el apogeo de la “Patria Nueva” y Lima no cabía de contenta. Los rieles del tranvía como arterias metálicas cruzaban las principales  calles capitalinas. Con gran suceso pilotos franceses fundaban la Escuela de Aviación y el Cerro de Pasco regalaba con dos aviones de combate aéreo –los primeros- a la naciente institución. La alada bailarina rusa Ana Pavlova acompañada de su paisano Volinini, encandilaba con su arte magistral en el Teatro Principal y, Antonia Mercé, interpretando a Albéniz, Falla, Laló, y los más populares fandangos, jotas, seguirías y soledades, embrujaba a un público vocinglero y feliz. La ópera no estaba ausente. Verdi, Puccini, León Cavallo, Pietro Macagni, se presentaban en nuestro primer escenario. La compañía teatral de la inolvidable María Guerrero, cumplía sus presentaciones a teatro lleno. ¡Lima estaba feliz! Don Pedrito Santiváñez, inolvidable enfermero cerreño -joven todavía- trabajaba entonces de mozo, con corbata michi y todo, en el más exclusivo tinglado de la elegancia de Lima, el Palais Concert. Cuatro amplias puertas hacia la calle Baquíjano y una de escape por Minería. En el primer ambiente, el bar; en el segundo, la confitería; en el tercero y el cuarto, el salón de té y en una mezanine colgante, animando las reuniones de los concurrentes, una orquesta de “Damas Vienesas”, tocando selectas piezas musicales. Como todos los mortales de aquellos años, era un ferviente aficionado a la suerte de Cúchares: los Toros. De vuelta en su tierra minera comenzó a ejercer la venerable misión de enfermero en el Hospital Carrión. Aprista ejemplar y combativo, jamás permitió que sus ideas políticas influyeran en el servicio –siempre oportuno y destacado- que brindó a sus semejantes. Pero, como cualquier mortal, tenía sus aciertos y debilidades, una de las cuales estaba referida a las supersticiones que siempre le acompañaron.

— Muchos de los que hasta hace poco se sentaban en los sillones que ustedes ocupan ahora, tomaron a broma lo que les decía; otros jamás lo creyeron. Si todavía vivieran, no dudarían en confirmar lo dicho; pero ya es demasiado tarde. Como nuevamente estoy seguro que una negra desgracia pende sobre nuestras cabezas, quiero relatarles a ustedes, desde el comienzo, cómo sucedió todo. No vayan a creer que esta angustia que no me deja dormir es fruto de una superstición, no; presiento que algo grave, muy grave va acontecer en nuestras vidas…

—¿Por qué, Pedrito?

— ¡Cómo! ¿Les parece poco que nuestro pueblo haya ajusticiado al Prefecto….?

—No, pero ………

—Miren, se de buena fuente que han detenido a Jorge Barzola y le han quitado las películas de su máquina fotográfica para enviarlas a Lima…

— ¿Y….?

— Acaban de llegar las ampliaciones que aunque ustedes no crean, son del tamaño de la pared en donde se ve claramente a los que han estado en la sonada del lunes 16 de febrero….

— ¿Eso sí es muy peligroso….¡

—Claro que sí. Les digo que tengo un presentimiento muy negro que no me deja dormir. Por eso quería contarle todo, desde el comienzo…

— Cuenta, Pedro, cuenta –apremia Mamerto Galarza, profesor de la Escuela de Patarcocha- Pero antes un traguito. !Salud!.

—  Todo comenzó un octubre limeño –inicia su relato don Pedro- Yo trabajaba en el “Palais Concert“, el más elegante restaurante de la capital. Aquel domingo lo tenía libre. Un clima primaveral en el que las gentes presurosas iban y venían. Suerteros, policías, curas, mujeres hermosas con velos,  rosarios,  misales y damas de compañía. Después de oír misa en San Pedro, ilusionado me fui a una cita con una damisela que para mi mala suerte, jamás se hizo presente. Allí comenzó mi terrible problema. Apesadumbrado por el desaire iba a cruzar la calle, cuando un tranvía repleto de pasajeros casi me atropella. ¡Dios mío! Menos mal que un “guairuro” moreno, como mandado de Dios, me dio un jalón librándome de una muerte segura. La gente se arremolinó. El cachaco de ojos saltones casi me come: “¡Debes tener más cuidado, muchacho, casi te matas. Estás andando como un sonámbulo. Despabílate!”. Yo, como es natural, agradecí al guardia y con las mismas me fui a la Plaza de Acho para olvidar el problema ¡Qué tal cantidad de gente, caramba! Los cachacos montados en tremendos caballos cuidaban el orden porque las colas para la boletería eran inmensas. Bueno, la cosa no era para menos; en el cartel figuraban tres espadas ilustres, Joselito, el artista que estaba en la cima de la gloria. !Qué tal torero! !Belmonte, el más valiente matador que ha tenido la Fiesta Brava!; la gente decía: “Apresúrense a verlo porque quien sabe si sobrevivirá a una próxima corrida”…!Tan arriesgado era!. Como si fuera poco,  aquella tarde terciaba el gran Rodolfo Gaona, un monstruo, un lidiador extraordinario; el más grande que ha dado México. Como verán, nunca hubo un cartel más espectacular. Emocionados como todos me puse a la fila pero, !Mala suerte!; cuando ya llegaba a la ventanilla, colocaron el cartelito de “localidades agotadas”. !Qué contratiempo!… !Qué desgracia!. Pero ahí no queda la cosa. Cuando fui a sacar mi billetera, no la encontré por ningún lado. !Me la habían robado!…¿En qué momento?.  !Quién lo sabe! Seguramente me habían metido la mano sin que lo advirtiera en los apretujones de la cola. Me habían fregado, caracho. !Salud! El único consuelo que tuve aquella tarde fue ver la llegada de Joselito en una calesa descubierta desde el Hotel Maury, con su traje de luces de color caña y plata; hermoso, bien plantado, llevándose la mirada arrobada de las guapísimas limeñas que lucían artísticos mantones y llamativos abanicos…!Qué grande!. Por fuera, la Plaza de Acho, iluminada de colores y luz era una fiesta para los ojos. !Bueno!. Yo sin dinero para comprar nada, consultando mis exiguos fondos, me fui a un restaurante que hay en Bajo el Puente. Sólo alcancé a pedir pescado frito con frijoles. ¡Imagínense!. No daba para más. !Salud!. El caso es que al anochecer, cuando me aprestaba a acostar, fui dominado por un escozor de padre y señor mío; comezón en las espaldas, comezón en las piernas, comezón en las manos, en la cara… !¿Qué?!, dije y al mirarme al espejo, quedé espantado. !No era yo, caramba!… !Era un monstruo!. Todo cubierto de ronchas moradas, enormes. !Ah!. No lo pensé dos veces, haciendo supremos esfuerzos me fui a la Asistencia Pública. Llegué casi muerto. Ya no podía mantenerme en pie. Felizmente los médicos me hicieron un lavado gástrico que me hizo botar todo, por arriba y por abajo. Después me pusieron suero. Sólo así me salvé, caramba… Pero lo más bravo de todo fue que al terminar la curación, el médico -un vejancón colorado- mirándome de hito en hito, me dijo: “!Cuidese muchacho! ¡Sobre todo cuídese del domingo siete!” –Cómo me lo diría que quedé impresionado por mucho tiempo!

(Continúa)….

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One thought on “Las supersticiones de don Pedrito

  1. SINCERAMENTE ESTA HISTORIA DE LAS SUPERTICIONES DE DON PEDRITO, ME HA HECHO EMOCIONAR ,REIR, VARIAS VECES,Y GOZAR POR LAS PALABRAS UTILIZADAS COMO ( CACHACO,DOMINGO SIETE,HUAYRURO,ETC ETC,PALABRAS REGIONALES PERUANAS QUE HASTA AHORA SE HABLA VAYA MIS RECONOCIMIENTOS A LOS QUE SUBIERON TAN BELLAS Y VALIOSAS OBRAS LITERARIAS DE VALOR INCALCULABLE PARA LOS LECTORES INCANSABLES COMO MI PERSONA NUEVAMENTE REITERO MIS AGRADECIMIENTOS A TODOS Y TODAS LAS PERSONAS QUE GUARDAN CONSERVAN Y DIFUNDEN LA CULTURA PERUANA AHORA EN EL INTERNET INTERNACIONAL DIOS, LES BENDIGA SIEMPRE.SALUDOS DESDE MADRID ESPAÑA. CLEMENTE( Peruano y cerreño de nacimiento).

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