Las supersticiones de don Pedrito (Segunda parte)

— Por eso será que el domingo siete es fatal para ti, Pedrito- dice el japonés Daniel Shiraishi- ¿La mala suerte te siguió persiguiendo?…

— ¡Claro que sí!. Transcurrido el tiempo, pensé que todo había pasado. Que no volvería a sucederme nada parecido. ¡Qué equivocado estaba! Muchos años después, cuando ya tenía a mi familia, mi esposa y mis hijos, recibí la invitación de un compadre para apadrinar su “Zafa Casa” en Huariaca. Como se estila en estos casos, llevé a toda mi familia, a la orquesta y a mis mejores amigos a la villa. Después de la ceremonia, los padrinos colocamos el Gallo de la Pasión en el mojinete de la casa y tras haber comido la pachamanca de rigor, iniciamos la jarana en el segundo piso de la casa. Bueno, ya era de noche y todo transcurría con gran animación cuando, apremiado pregunté dónde quedaba el baño; el que me respondió me habló de una puerta que yo confundí y entré en una que conducía al balcón cuya baranda todavía no estaba colocada. Por la oscuridad que como boca de lobo lo envolvía todo, no advertí el error. Desde allí, desde el segundo piso, caí sobre el empedrado del patio. Lo peor es que con la bulla de la jarana, nadie había escuchado mi caída; así, tras estar desmayado por buen tiempo volví en mí y comencé a gritar con todas mis fuerzas, hasta que gracias a Dios, me escucharon. Con las mismas me trasladaron en un carro al Hospital Carrión del Cerro de Pasco. !Me había quebrado una pierna y una clavícula!. Aquel día, ¿Qué creen…? -!Era domingo siete!…!…¡Domingo siete, maldita sea! Y yo que creía que mi suerte había cambiado!. Bueno, desde entonces, cada vez que cae domingo siete, no sólo no salgo de mi casa, sino que ni me levanto de la cama. !Ese día, ni pescado cocinan en casa!.

— Entonces, ¿Nada que ver con los domingo siete, Pedro?- dice “Rachi” Casas.

— Nada, absolutamente nada. ¡Es mi día fatal! Pero mi tragedia no está en eso las supesticiones de don pedrito 2solamente. ¡Hay algo más!. Esto también comenzó años atrás. Era una tarde de sol en el Cerro de Pasco, se jugaba la final de un campeonato de pelotaris en el frontón de don José Castillo Díaz. Entre el gentío aparece el fotógrafo Mariño y me dice “Quise sorprenderte con esta foto que le tomé furtivamente a los tres más queridos amigos, fíjate”. En la foto estamos conversando, Mariano Collao, el Ñahuirón Malpartida y yo. Estábamos en el Cementerio. Aquel día se enterraba al hijo del japonés Morita. Cuando vio la fotografía don José Díaz, me dijo muy alarmado. ¿”Cómo. No sabes que nunca se deben tomar una fotografía entre tres?. Cuando pregunté por qué, me contestó muy misteriosamente  compungido. ¿No sabes que uno de los tres que aparece en la foto morirá antes que acabe el año?. Al ver nuestras caras de asombro nos aseguró que de todas maneras tenía que haber un muerto de los tres. Para dar más énfasis a su recomendación, sentenció “Ni tres, ni trece”. ¡Tampoco debe haber trece a una mesa!. Es muy malo, muy malo. Ya sabes que cuando esto ocurrió una vez; uno de los trece resultó crucificado. !Ni tres, ni trece!.

—  ¿Y se cumplió la premonición de los tres de la foto?.

—  Claro. Aquella misma noche, cuando llevábamos una serenata a una amiguita que vivía en Paragsha, nos encontramos con Mariano Collao que se retiraba a su casa.

— ¡Oye, Mariano! ¡ Justo te encontramos! Necesitamos de tu potente y muy armónica voz – le dije a quien era como un hermano para mí.

— No puedo, Pedro. Me siento muy mal. Voy a acostarme porque ya no puedo soportar el malestar. Siento una fiebre de los mil demonios, dolor en la espalda y una tos silbante que me hierve en el pecho. Pero no te preocupes, me voy a la cama…ahora mismo.

— Tienes razón, Mariano. Es necesario que te pongas en cama inmediatamente; yo estaré contigo mañana a primera hora… Ah y no te olvides de tomarte un “quemao” al acostarte; mañana te sentirás mejor.

— Eso es lo que voy hacer, hermano. Que se diviertan, chao.

— Hasta mañana, hermano. ¡Abrígate bien! –Nos despedimos.

La jarana se había prolongado hasta las primeras horas del día siguiente. Retornábamos alegres cuando a la altura de la calle Huánuco nos encontramos con el hermano de Mariano que jadeante y desesperado, al borde del llanto me increpa.

— ¡Pedro!…¡Pedro!…¡Pedro!. ¡Por Dios, ¿Dónde has estado…?…¡Toda la noche te hemos estado buscando!.

— ¡¿Qué sucede, Augusto?!.

— ¡Mariano se nos muere!…

Al escuchar la noticia, presa de una negra premonición, emprendí una carrera desesperada a la casa de mi amigo, de mi querido Mariano. Lo encontré ardiendo de fiebre, agitado, agonizante. Su rostro cianótico contrastaba con la albura de las sábanas. Desesperado acerqué mi oído a su pecho acezante y sólo alcancé a oír un sordo ronquido que poco a poco  fue apagándose. Al mirar su rostro para infundirle ánimo, vida, aliento, advertí una sonrisa débil que se fue transformando en una sardónica mueca y sus ojos se extraviaban para proferir un suspiro hondo dramático, ahogado, como salido de lo más profundo de su alma. Acababa de morir. ¡Dios mío, acababa de morir!. Con un rescoldo de  esperanza sacudí su cuerpo desmadejado queriendo darle algo de mi vida para que salvara la suya, pero todo fue en vano. ¡Ya no escuchaba nada, ya no sentía nada; estaba muerto!. Un llanto de impotencia me sacudió cuando lo estrechaba en el abrazo postrero. Como no podía ser de otra manera, en esos momentos, sin yo quererlo, mi mente recordó las agoreras palabras de mi suegro. ¡Ni tres ni trece!. Demás está decir que el golpe fue terriblemente demoledor para mí. La pérdida de mi amigo más querido me hizo mucho daño. Me sentía hasta cierto punto culpable de su deceso por no haberle atendido a tiempo. El mal agüero se convirtió en una obsesión para mí. Sin embargo, es bueno admitirlo. Hay cosas que escapan a nuestro control y se repiten.

— Suponemos que después de esto, ya no insistirías en tomarte fotografía entre tres, Pedro?_ pregunta el chinchino Robles.

— En la vida, amigos- responde don Pedro- hay cosas que están más allá de nuestro alcance y control…

—  ¿Por qué…?

—  Por lo que pasó después…

—  Cuente, cuente – apremia el “cura” Suárez.

—  Aquellos años, amigos, la Beneficencia Pública celebraba con gran pompa la “Octava de Resurrección” que el pueblo conocía como la Fiesta de Cuasimodo. Una fiesta extraordinaria. Ese día se celebraba misa solemne en Chaupimarca con panegírico y todo; después se sacaba en procesión el Viático. A ella asistía todo el mundo. Las congregaciones religiosas de la ciudad elegantemente vestidas, misales, velos y lábaros bordados en oro en los que señalaban el nombre de la congregación y su fecha de fundación. “Las Hijas de María”, el “Sagrado Corazón de Jesús”, la de la “Virgen del Carmen” con todas las españolas residentes porque la Virgen del Carmen es española, matrona de los chapetas; la “Hermandad del Niño Jesús de Praga”, la del “Señor de los Milagros”, del “Beato Fray Martín de Porras” de la “Virgen del Tránsito”, una virgen rubia que trajeron los austriacos, especialmente vieneses que veneraban en la Plazuela Ijurra. Ella está ascendiendo al cielo, escoltada por ángeles, querubines y arcángeles, en el momento de su muerte. Las bandas de músicos se turnaban para tocar y una atronadora algarabía de cohetes estremecía el Cerro. Era para verlo. La procesión se dirigía a La Esperanza donde se atienden  a los obreros accidentados en las minas; a estos hombres se les hacía besar el sagrado cuerpo de Nuestro Señor y se les administraba la comunión. Era un momento de gran emoción porque todos sabemos que esos hombres jamás reciben el auxilio de Dios como aquel día se los ofrecía el cura. Después la procesión llegaba al Hospital Carrión. ¡Aquí era la cosa!. A la puerta, adornada de flores, cadenetas y banderas se ubicaban el Presidente y los directivos de la  Beneficencia, acompañados de distinguidas damas y guapas señoritas de nuestra sociedad que además de portar hermosos ramos de flores tenían numerosas bandejas sobre la mesa con delicados bocaditos de todos los sabores. En un determinado momento, todos en fila comenzando por el Prefecto y las autoridades con sus correspondientes esposas, dejaban sobre un plato enorme que había sobre la mesa, sus óbolos en plata contante y sonante. ¡Había que ver aquello!. Cada uno de los cogotudos no quería quedar mal en la contienda por lo que apoquinaba lo mejor que podía. Allí estaban los dueños de las minas más ricas de Pasco, que es como decir los más ricos del Perú; los hacendados y comerciantes nacionales y extranjeros que para que no se hable mal de ellos,  dejaban sus buenos cobres. Generalmente el que más aportaba era Fernandini, el más rico. ¡No hay nada que hacer, el viejo era generoso!. También estaban Escardó, Mujica Carassa, Proaño, los hermanos Gallo Díez, Bertl, Nicander, los Rizo Patrón, Aspíllaga, Arias Carracedo, Arias Franco, los Pflucker… todos con sus señoras. Había que ver lo generosos que se ponían. Cada uno  de los oferentes, tras cumplir con depositar su óbolo, recibía de manos de las señoritas  ahí presentes un hermoso  clavel que colocaban en la solapa. Eso no era todo. Cada familia que se respetara, enviaba al Hospital, sábanas, frazadas, ropa interior, toallas, pañales, camisas, pañuelos, ropones, vajilla, utensilios de cocina, de aseo y,  mucha comida. Enormes cantidades de frutas, papas, verduras, conservas… todo lo que el Hospital necesitara. El monto de las donaciones familiares y demás regalos era publicado al detalle por los ocho periódicos de la ciudad, por eso que para no quedar mal, todos tenían que colaborar de lo lindo. Bueno, bueno…en esta oportunidad, sin que lo advirtiéramos, el fotógrafo Ordóñez, nos había tomado una fotografía muy hermosa, claro, pero donde figuraban tres amigos. ¡Nuevamente tres en una fotografía!. El caso es que la noche del 26 de setiembre, Ordóñez nos entrega la fotografía aquí en el Club. Todo fue  que la vi y me quedé petrificado. !Cómo me quedaría que los amigos que estaban conmigo se alarmaron…¿Qué pasa, Pedro?, dijeron. Yo no podía articular palabra; sólo cuando me trajeron un trago, armándome de valor les señalé la foto. Estábamos tres en ella. Ramiro Ráez Cisneros, mi compadre Andrés Urbina Acevedo y yo. El corazón se me alocó. El pulso parecía una locomotora. ¿Qué pasa, Pedro?, me preguntaron. Yo les dije. Nos han tomado una fotografía a tres!. …¿Y…? preguntó Ramiro Ráez. ¿Cómo, no lo saben?…!Uno de los tres tiene que morir!. Casi lo dije de un grito angustiado. ¿Sigues creyendo en paparruchas? me dijo  Ramiro. No compadre, no va a pasar nada, insistió Andrés.  Ramiro fue a traer una botella de pisco y un juego de naipes. Déjate de candideces, Pedro; no pasa nada. Vamos a jugarnos una partida de rocambor que aquí hay un buen trago. Bueno, el caso es que ante tanta insistencia, yo también pensé que mi alarma podía ser infundada y me puse a jugar y a  terminar la botella.

(Continúa)….

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s