Las supersticiones de don Pedrito (Tercera parte)

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—  ¿Y no pasó nada?- insiste Mamerto Galarza.

—  Espérate. Un rato más tarde, ya felizmente tranquilizado  estaba jugando con igual entusiasmo que mis compañeros. Esa anoche no sólo bebimos una botella, sino dos; claro, acompañado de nuestros emparedados de jamón del país. Al promediarse la medianoche, cuando el reloj de la torre acababa de marcar las doce en punto, mi compadre “Anchico” Urbina nos dice que quiere irse porque al día siguiente tenía que trabajar mucho en su periódico. Bueno compadre, pero cuídese mucho. Se despidió y salió acompañado del hijo del cantinero. Nosotros al verlo caminar correctamente no lo acompañamos porque eso le mortificaba. Ya nos estábamos sentando, cuando escuchamos un ruido sordo, tremendo que nos hizo salir volando. Fue muy tarde. Al descender la escalera había tropezado para caer de cabeza desde el segundo piso sobre el empedrado de la puerta. !Dios mío!. Cuando bajamos atropelladamente lo encontramos roncando sobre un charco de sangre que manaba incontenible de su boca, de su nariz, de sus oídos. Yo vi con desesperación que la cosa era grave y con las mismas lo llevamos a la Asistencia Pública que funcionaba en el Edificio Proaño, a cien metros del club. Había que ver el rostro de todos los presentes. Nadie podía creer en el drama que estábamos viviendo. Desesperado le puse compresas de hielo en el cerebro, le apliqué las inyecciones tónicas necesarias porque ya nada más se podía hacer. Cuando lo abracé para ponerle una almohada cómoda, murió en mis brazos. ¡Imagínense, hermanos!. Era el segundo que moría en mis brazos y que había aparecido en una fotografía de tres…¡Dios mío!, no pueden ustedes imaginarse la angustia que me embargó. Hacía poco menos de dos horas que les había dicho que algo malo nos iba a pasar y nadie me creyó. Era terrible. Cuando le limpié el rostro después de cerrarle los ojos y miré a mis amigos, todos estábamos llorando como niños. ¡Cómo no!. No era un amigo cualquiera, era el mejor, el más grande. Allí junto a nosotros yacía un hombre extraordinario que tan sólo una horas antes se había reído de la negra premonición. Andrés Urbina Acevedo fue uno de los más grandes hombres que ha dado nuestra tierra. El más grande periodista y el más destacado compositor. Un hombre extraordinario. Estoy seguro que va a ser difícil que salga a la palestra alguien como él.

Aguijoneado por el terrible dolor que me había infligido la pérdida de mis dos mejores amigos, plenamente convencido del ineluctable cumplimiento de la cábala fatal, observé el más meticuloso cuidado con los domingos siete, tres en una fotografía y trece a la mesa.

Sin embargo.

Anteayer 13 de febrero, al culminar la sesión de la Liga de Fútbol los amigos nos pusimos de acuerdo para llevarle una serenata a don Toribio Díaz que al día siguiente cumpliría años. En casa del homenajeado se armó la gran jarana. Chacha Portillo en el clarinete, Juan Arias Franco, Capachón Minaya, Donato Reyes y Alejandro González en las guitarras; Huevo Lavado, Calaver Díaz y Antuco Benavides, en las voces. Aquella noche gozamos de lo lindo porque  el bastonero Capachón hizo bailar a las parejas de una manera espectacular, especialmente a  Ricardo Navarro, Presidente del Club “Unión Minas”, a Ramiro Ráez y al “ñahuirón” Malpartida con sus respectivas parejas. Haciendo honores a los potajes entre tragos de buen pisco y los chascarrillos del Capachón que para eso se pintaba solo, la cena transcurrió en un ambiente de gran regocijo. Ya nos disponíamos a abandonar la mesa cuando el Ñahuirón me dice:

— Pedro, tú que siempre estás con tus abusiones y cábalas misteriosas, esta noche se te ha ido…

— ¿Qué…?

— ¡Somos trece a la mesa!…¡Cuenta!.

Estremecido comencé a contar; (1) Ramiro Ráez; (2), Alberto Minaya; (3) Ricardo Navarro; (4) Eliseo Malpartida; (5) Donato Reyes; (6) Angel Portillo; (7) Sixto Lavado; (8) Toribio Díaz; (9) Juan Arias Franco; (10) Antonio Benavides; (11) Alejandro González; (12) Emilio González; (13) Pedro Santiváñez . ¡Habíamos estado trece a la mesa! Al comprobarlo me puse lívido y tembloroso. !Estaba como hipnotizado! Toda una carga de negros presagios se apoderó de mi alma y, deduciendo premonitoriamente que si en una foto de tres muere uno, en este caso sería mayor el número de muertos. En los umbrales del desmayo y auxiliado por mis amigos, sólo atiné a decir lo que ahora les repito: Perdónenme, hermanos, pero presiento una grave desgracia acechándonos. ¡Sólo hay que pedir a Dios que nos evite una tragedia…!!! Esto ha ocurrido anteayer y espero que nada nos ocurra a partir de ahora. Nada.

Una horrible pesadumbre se adueñó del ambiente y, con las luces amanecientes, se retiraron a sus casas. Cruelmente apesadumbrado y al borde de la desesperación, don Pedro fue invadido de negros presagios.

Al día siguiente -16 de febrero de 1948- el Cerro de Pasco era sacudido por un luctuoso acontecimiento que tiño las manos de su pueblo con la sangre de un tirano. En una asonada incomprensible el pueblo ajusticiaba al Prefecto del Departamento. Los numerosos heridos recibieron de don Pedro Santiváñez la atención oportuna y eficaz. Al día siguiente, 17 de febrero, llegaba la tropa de Lima con orden terminante de ejercer la más enérgica represión contra nuestro pueblo. Casi todos los contertulios de aquella noche, estaban presos o perseguidos. Don Pedro estaba completamente conmovido, seguro que los negros agüeros se cumplían sin siquiera presagiar lo que vendría después.

Y  esto fue lo que ocurrió.

El jueves 19 –dos días después-  cuando el capitán de minas, don Ricardo Navarro Lara, estaba realizando su trabajo de inspección en la mina de Colquijirca, un añoso peldaño de la escalera minera se quiebra y desde una altura de más de tres cientos metros cae al fondo del “pique”. Murió instantáneamente. Don Ricardo Navarro era uno de los trece comensales de aquella mesa trágica.

Pocos días después, martes 24 de febrero, en la tienda de don Pío Ramírez del barrio La Esperanza, don Alberto Minaya Rolando, “Capachón”, se atraganta con una naranja y muere asfixiado ante la impotencia de sus contertulios que nada pudieron  hacer.

Todos se han estremecido de dolor. Nadie lo puede creer. Don Pedro Santiváñez ante el cadáver de otro de sus entrañables amigos, no puede calibrar lo que le está aconteciendo. Es el segundo amigo de la mesa trágica. El viejo pueblo minero no podía reponerse de este acontecimiento. Cuando el 29 de febrero –cinco días después- es sometido a una urgente operación don Ramiro Ráez Cisneros. Demasiado tarde. Víctima de una peritonitis aguda fallece en la mesa de operaciones. Don Pedro, en el clímax de la desesperación enferma gravemente y sólo con el tenaz auxilio de los médicos pudo reponerse. Había sepultado a sus mejores amigos y los otros eran cruelmente perseguidos por la policía.

Don Pedro ya no volvió a ser el mismo. Todos estos dolorosos acontecimientos se le grabaron con signos de fuego en el cerebro. A partir de entonces tuvo mucho cuidado con los domingos siete, tres en una misma fotografía y trece a la mesa. ¡Ni tres ni trece!

(FIN)

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