EL CASTIGO DE LOS JIRCAS

Esta historia campesina de Pasco, con especial afecto a mi amigo, Aurelio Milla Trujillo con quien, años pasados,  compartimos momentos emocionantes en nuestras clases del Instituto Nº 3, él como alumno y yo como profesor.

Han transcurrido muchos años pero nuestra amistad fraternal continúa.

el castigo de los jircas

Era el hombre más festivo de aquella comarca cubierta de ichu. No obstante vivir en los agresivos ventisqueros de la Meseta de Bombón, jamás se le vio enojado o pesaroso. Bromista, alegre y juguetón, no perdía la ocasión de divertirse como un niño con los amigos que encontrara. Conocía aquellos contrafuertes como la palma de su mano. Correteando alegre mientras su ganado pacía, había recorrido todas las estrechuras, subiendo y bajando por los enigmáticos desfiladeros oyendo sus gritos sobredimensionados por las desnudas cortaduras donde sólo reina el frío y la soledad. Al final, llamaba a sus perros a todo pulmón desde el primer otero donde pudiera ver las escarmenadas manchas de sus ovejas.

Su pequeña estancia estaba ubicada en Jancacancha, un campo nevado que colindaba con los riscos de Runtunayoc y Tuctopunta. Con la risa a flor de labios todo lo hacía con entusiasmo contagioso. Apenas comenzaban a clarear los horizontes orientales junto con el incansable canto de los pucuyes –madrugadores como él mismo-  se ponía de pie, se vestía y, ¡A trabajar!.

Desde aquellos momentos, con el alegre silbo en sus labios reunía a sus ovejas y salía con ellas acompañado de “Negro” y “Pipigua”, sus perros, a deambular por aquellas heladas inmensidades. Sus festivas correrías por las rugosidades frías, fatalmente, pronto devinieron en  atrevidas e irreverentes. Entraba en los ancestrales “machays” donde a decir de los viejos, reposaban la osamenta de los abuelos y, allí, desafiante gritaba y se burlaba escandalosamente. Cuando encontraba las ofrendas que los peregrinos dejaban a los auquillos, los hacía volar por los aires en atrevidas manifestaciones de sacrilegio. Velas, chicha, coca, cigarrillos y caramelos –ofrenda de los creyentes- eran despedidos en pocos minutos. Ni un temor, ni una pesadumbre, perturbaban la acción del profanador.

Bien lo sabía él que  había visto la diligente ceremonia de veneración con que hombres y mujeres, especialmente viejos, efectuaban al dejar sus ofrendas en aquellas cavernas. No sólo eso, había oído contar a su abuelo de la habilidad de un curandero margosino que venido de tan lejos, conversaba con el cerro; éste obediente y cumplido -previo homenaje de sumisión y respeto traducido en un buen alijo de coca, cigarros, y aguardiente- contestaba las preguntas del brujo con una voz cascada y profunda. Había observado con admiración el recogimiento con que los mayores se dirigían a los jircas yacientes de aquellas cavernas. Así y todo, llevado por su atrevimiento y la complicidad del silencio, desconocía abiertamente el acatamiento que debía a la añeja tradición de sus ancestros.

Pero…

Un día que estaba ocupado en una de sus correrías, en forma por demás misteriosa, comenzó a silbar un viento helado por entre los roquedales diseminando un acérrimo olor azufrado que invadió todos los confines. En ese momento, sin que  pudiera evitarlo, una fuerza extraña y poderosa lo llevó como a  un autómata a las puertas de la gigantesca caverna llamada “Pachapa – Shimin” (La gran boca de la tierra). Cuando hubo llegado a este lugar, el cielo se encapotó formando amenazadoras  cerrazones y un relámpago trazó su rúbrica luminosamente inquietante en los cielos. En ese instante se oyó una voz, misteriosa y profunda, salida del antro misterioso:

–¡Yo soy la boca del mundo y por mí escucharás lo que los dioses deben decirte!… ¡Queremos recordarte algo que a sabiendas no has obedecido!…. Desde hace muchísimos días y noches y soles y nevadas, los machays, los Jircas, las apachetas, son lugares sagrados que deben  reverenciarse; pero tú no sólo no los has respetado, sino que los has ofendido. La Pachamama que te ha provisto de abundante alimento sin que te falte un solo día: “chicash”, “tuclush”, “papa shillinco”, “mauna”, “papa shire”, maca, todo… para que tu ganado se harte de abundante pasto de estas inmensidades; para que puedas levantar tu morada y vivir en ella; la que te ha dado abundante champa para el fuego de tu hogar. Donde has encontrado en abundancia venados, vizcachas, tarucas, llamas, guanacos y vicuñas que te han servido para tu alimentación y abrigo… – La voz tajante, bronca e inconfundible, señalaba, puntualizaba y ponía énfasis en cada nombre para que no se le fuera a olvidar al irreverente. Éste escuchaba alelado y lleno de pesadumbre las reconvenciones del cerro -. ¡La Mamacocha (lago de Junín)  te ha dado abundantes challwas, saga y uchuc challwas y ranas enormes; y  entre los totorales de la ribera y los islotes del interior, wachwas, yanavicos, parihuanas, zambullidores, yacutucus, corcovados, aynos, gallaretas, chorlitos, piwis, y gran variedad de patos por centenares…

Todo lo que el cerro decía en tono magistral, retumbaba en la conciencia del irrespetuoso. Su conciencia, cargada de culpa, no encontraba la manera de rectificarse porque la acusación era muy grande.

– Una conjunción de dioses formadores de la tierra, me han encomendado traerte una condena a tu mal proceder. Las iras de Libiac Cancharco, el trueno que hace temblar la tierra y su hacendosa mujer, Yanamarán, la lluvia buena que riega estos confines, han decidido con la aprobación unánime de todos los jircas durmientes en los machays de estos confines, castigarte con la más cruel de las condenas que ningún hombre animal o tierra quisiera recibir: LA ESTERILIDAD. ¡Jamás en tanto vivas, tu simiente reseca e inútil podrá germinar en mujer alguna!; asimismo, tus animales perecerán infecundos y los terrenos en donde vives, se marchitarán irremediablemente…!!!

El sacrílego había quedado petrificado de pesadumbre al oír la terrible condena que sus ancestros, a través de “Pachapa shimin”, le habían hecho llegar. Ni siquiera pudo derramar una lágrima, estaba seco como un guijarro y, cosa extraña, en un santiamén, el cielo había recuperado su azul imponente y los rayos de sol caían a plomo sobre su cabeza. Desde aquel día también la condena se fue cumpliendo invariablemente. La risa murió en sus labios y su dolor fue en aumento al comprobar que las pastoras que antes habían compartido con él la hirviente quemazón de sus ardores amorosos, ahora se reían de él al comprobar su manifiesta impotencia, caso raro y reprobable en esta parte de la tierra; a su imposibilidad de amar se sumó la lenta extinción de su ganado y la sequedad de sus tierras, ayer verdes y frondosas.

Pasados los años, sin la compañía de sus perros y la ausencia total de su ganado, rodeado de resecos pastizales que se convertían en enormes polvaredas a la sola presentación de los vientos, seco como un tronco añoso y agostado, murió una tarde sin que hubiera nadie que le cerrara los ojos.

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One thought on “EL CASTIGO DE LOS JIRCAS

  1. SIN LUGAR A DUDAS EL PROFESOR UNIVERSITARIO CÉSAR PEREZ ARAUCO,FUÉ UN ESCRITOR REVOLUCIONARIO QUE CON SU NATURALIDAD Y SENCILLEZ ESCRIBIÓ ESTAS HISTORIAS LITERARIAS DE CERRO DE PASCO,QUE HA QUEDADO PLASMADO EN LAS ARTES LITERARIAS HOY VISUALIZADO INTERNACIONALMENTE ESCRITOS PALABRAS PERUANÍSIMOS DEL IDIOMA INKA, COMO (Machays,Jircas,desfiladeros,estrechuras,apachetas,tuctupunta,runtunayoc,pucuys,chicha BEBIDA SAGRADA DE LOS INKAS, pachapa shimin,chalwas,wachwas, etc etc,PALABRAS QUE SIGUEN VIGENTE HASTA NUESTROS DIAS QUE DEBERÍA DE CONSERVAR Y DIFUNDIR EL INSTITUTO DE CULTURA DEL PERU GRACIAS COMPATRIOTAS POR SU TRABAJO PATRIÓTICO DE HACER SABER Y DIFUNDIR LA CULTURA PERUANA DIOS, LES BENDIGA SIEMPRE .

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