LOS “FAITES” DE MI TIERRA (Segunda parte)

La hidalguía del “faite” fue una constante hasta que la palabra se prostituyó y terminólos faites de mi tierra 4 por señalar a los malvivientes, cabecillas de gavillas de ladrones y matones; es decir malandrines indeseables y, actualmente, caporales y matones en las cárceles más aberrantes. Nosotros nos estamos refiriendo a los que encajan en la primera acepción. Los héroes de tiempos pasados en nuestra tierra fueron varios. “Piñachuncho”,  Bustamante; “Rogromanca” Mendoza; “El loco” Orbezo;  Roberto Woolcott, Lucho Llanos de la Matta, Atilio León Silva, Willie Chavaneix remilgado “faite” del que me contaba Lucho Rosazza, que cuando estaba ejerciendo la subprefectura de Huánuco, se enteró que en una redada de la policía había caído preso un peleador de gran prestigio en los bajos fondos. Él, curioso por saber si sus condiciones de pegador todavía se mantenían en forma se coludió con el comisario para que en completo secreto, simularan que Chavaneix también había caído preso. Total, nadie lo conocía por que se presentó disfrazado convenientemente con un nombre ficticio. Dentro de la prisión se las ingenió para buscarle bronca. “Enterado” el caporal les dijo que no era dable que se pelearan dentro de la prisión y que si querían sacar la mugre, deberían enfrentarse como hombres en el canchón de la prisión. La pelea quedó concertada. Al día siguiente, al mediodía, con la totalidad de presos como público expectante, estaban ambos contendientes frente a frente sin arma alguna, sólo con los puños. Cuenta Lucho que la pelea fue extraordinaria. Ambos, premunidos de un valor a toda prueba, tenían grandes cualidades combativas. Después de hora y media de contienda arbitrada por un “conocedor” de estos menesteres, la pelea quedó empatada. Chavaneix, no obstante los cardenales y moretones se sentía feliz porque acababa de probarse que todavía se mantenía en buenas condiciones físicas. Mandó llamar al faite criollo y tras identificarse y felicitarlo, le invitó un opíparo almuerzo terminado el cual le pagó su pasaje en el “León de Huánuco” para que se marchara a su tierra.

Retomando el hilo de nuestra narración diremos que, otrora, uno de los valientes que pasearon su bravura por nuestras calles fue don Gilberto Salas, notable chalaco que en el puerto había sido macizo estibador y notable “faite” de comienzos de siglo. Hombre de armas tomar al que –cosa curiosa- solamente su esposa, doña  María Machado, ejemplar y brillante maestra de escuela, atenuaba su virulenta  beligerancia y lo tenía “pisado”. Había dado fácil cuenta de muchos rivales en cuadriláteros de Lima y Callao. Se hacía llamar “El león de la sierra” y vaya si lo era. Para conservar su prestigio al tope se mantenía en forma mediante una serie de ejercicios con sogas, pesas, “punchig balls”  y otros aparatos. Era asiduo asistente al gimnasio y ring de box de don Paolo Merello, el “Petit Stadium” cercana a la capilla de Huancapucro,  donde se confrontaba una buena cantidad de guapos de “pelo en pecho” como. Carlos A. Hetzel (Kid Lima), Eduardo Rivera, Prudencio Bazán, Emilio Espinoza, Alberto Incháustegui, Agripino Castro, Francisco Sánchez, Gregorio Loayza, Pablo Ibarra. Todos peleadores. Un minuto de pelea por dos de descanso. Trabajaba como veterinario en el camal cerreño donde no sólo se forraba con churrascos, bifes y asados de los que era muy adicto, sino también ponía en práctica sus golpes de puño una manera expeditiva y terminante. Cuando iban a degollar un torete –por ejemplo- inmovilizaban al animal amarrándolo en una columna  y, cuando ya estaba listo, de un solo puñete en la cabeza lo hacía caer sin sentido. El puntillero, como los en las corridas de toros, le daba el puntillazo final. La contundencia del puñete había privado del conocimiento al animal. Así mismo, cuando se hallaba rodeado de amigos en el club “Esperanza”, gustaba de ejecutar una prueba espectacular. Ponía sus dos brazos detrás, a las espaldas y se hacía atar con una cuerda de cáñamo, como cuando los policías enmarrocaban a los delincuentes. Para que no cupiera ninguna duda, todos los allí presentes comprobaban la rigurosidad de la atadura ejecutada por el “Aliado” González, experto en nudos, que había sido notable marinero en el Callao y ahora se desempeñaba como panteonero en el cementerio local. Satisfecha la curiosidad, lo dejaban solo al centro de la sala en medio de la total expectativa y completo silencio. Concentrado y sereno, después de un rato, se dejaba caer de bruces, tieso como un cadáver y, cuando faltaba escasos centímetros para estrellar su cara en el suelo, rompía las amarras con sus brazos poderosos que, ya libres, los ponía delante de su pecho e impedían que se estrellara contra el piso. Todo esto acontecía en contados segundos. Era increíble, pero en medio de los aplausos generales, se ponía de pie, ileso, para recibir las congratulaciones a su tremenda osadía nunca jamás igualada.

Por aquellos años, una fiebre de box se había apoderado de la ciudad. Con asistencia de numeroso público se realizaban espectaculares peleas en el ring que habían levantado al centro del patio del “Colegio Americano” regentado por aquel inolvidable maestro y gran deportista, don Pedro Ferrer. Los llenos semanales de cada pelea eran muy conocidos en todo el país. Enterado un promotor de la gran afición cerreña, trajo consigo a un boxeador panameño de respetable talla y habilidades poco comunes al que le había puesto el mote de “Kid Dinamita” por la potencia de sus puños y su extrema habilidad para desplazarse en el cuadrilátero. Con el fin de promocionar a su pupilo que debería pelear con otro boxeador limeño, aprovechó de la exhibición de una película del ídolo Carlos Gardel y, en la función de vermouth pidió al señor Mercado, administrador del cine, que le permitiera unos minutos antes de la exhibición del film gardeliano. Así se hizo. Proyectados los noticieros y los “slides” propagandísticos de algunas casas comerciales, se encendieron las luces del escenario en donde apareció el promotor y con las hipérboles que en ese caso se utilizan, presentó a su pupilo que irrumpió en el escenario con una bata de un color rojo encendido en cuya espalda estaba escrito el nombre del boxeador  “Kid Dinamita”. En medio de los aplausos el bóxer procedió a hacer espectacular juego de piernas y movimientos de brazos. Todos estaban impresionados por la estampa del negro panameño que media casi dos metros y lucía una musculatura escandalosamente espectacular, agravada por una cara fiera de crecidas barbas negras con una boina en la cabeza y un collar de plata que no se la quitaba ni para pelear.  Aseguraba que era su talismán especial. Puso especial énfasis en afirmar que nadie había podido ganarle y que se estaba preparando para ser el campeón mundial de su  categoría. Es más. Invitó a cualquier aficionado a que subiera al escenario y tratara de conectarle un golpe en la cara a su campeón. Si esto ocurriera, delante de todos, el pagaría cincuenta soles. Hubo un silencio en la sala. Al fondo de la platea estaban, como fanáticos del  tango, “Boquerón” Rodríguez, “Uro cholo” Morales, “Capachón” Minaya y “Calaver” Díaz, escoltando al “León de la sierra”. Al escuchar las alabanzas del promotor y amoscados por las bravatas interminables, comenzaron a animar al Léon para que subiera a taparle la boca. Al comienzo el aludido no aceptó, pero tanta fue el endiosamiento al boxeador y tanta la insistencia de sus amigos que levantó la mano para subir como voluntario.

  • ¡¡¡Bien, muy bien!!! -dijo el promotor- yo ya estaba pensando que aquí no había hombres de valor, pero veo que hay un voluntario que de hacer llegar un puñete en la cara al campeón recibirá sus cincuenta soles. Si logrará hacerle llegar dos, cien soles; así sucesivamente…

Cuando subió el “León de la sierra” los murmullos arreciaron. Todos hacían comentarios. Se referían especialmente a la diferencia de talla y envergadura de los contendientes. El negro era un coloso al lado del ídolo popular. Ambos con los guantes puestos comenzaron a fintear primeramente. El panameño hacía sus desplazamientos en derredor del león y continuamente, como una burla le acercaba la cara por un lado y por otro; lo atiborraba de japs, ganchos y cruzados en una continuidad que hizo pensar a los espectadores que “El león de la sierra” era un paquete y que nunca había boxeado. La verdad es que éste, astuto como era, lo dejó bailar y tomar mucha confianza en su baile de “sobradera”. Esperaba que se cansara. En uno de esos instantes en que el panameño le acercó la cara con burla cachacienta, le asestó un solo puñete que los elevó por los aires haciéndole caer como un saco de papas. Cuando el negro hubo caído, el “León de la sierra” se quitó los guantes y extendió la mano. El promotor tuvo que poner sobre su mano los cincuenta soles. Entretanto “Kid Dinamita” seguía inmóvil como un cadáver. Pasados unos minutos, ante la desesperación del promotor, tuvieron que improvisar una camilla con un cartel del cine y llevarlo en vilo a la Asistencia Pública porque el negro no daba señales de vida. En la asistencia lo pusieron en manos de don Pedrito Santiváñez quien, después de realizar un prolijo examen en las pupilas del  gigantón, acercó unas sales a sus narices y luego de un buen lapso reaccionó; lo arroparon y dispusieron que de inmediato lo llevaran a un lugar más bajo porque el negro se había puesto plomo, no podía respirar y ni sabía quién era. Lo llevaron a Huariaca donde tardó un mes en reponerse. A partir de entonces ya nadie dudó de la contundencia del “León de la sierra”, el ídolo cerreño.

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