Otro día en el Congreso de Comas

huariqueOtro sábado de reunión coincidió con el “Día del maestro”. Naturalmente no habíamos planificado nada para celebrarlo. A la hora puntual apareció “Cabecita de Oro” a la puerta del “huarique”. Al verlo, todos quedamos mudos de admiración. Estaba elegantemente trajeado. Parecía un figurín. Vestía un flamante terno azul recién confeccionado, zapatos brillantes, camisa de primera calidad, corbata fina con llamativo prendedor y un sombrero alón como si fuera un “Capo” de la mafia. Todo nuevo. En cuanto entró se dirigió a mí y en voz alta me dijo; “Shisha, hermano, venga un abrazo. Hoy es nuestro día. Día del maestro.” Y nos estrechamos en fraternal abrazo. En ese momento todos recordaron la importancia de la fecha y nos regalaron con sus felicitaciones. Ese fue el motivo principal de los tragos de aquel día.

Aprovechando un ínterin lo llamé a “Cabecita” para manifestarle mi inquietud por su presentación.

-¿Cómo se te ocurre venir así, disfrazado de Al Capone? Estás escandalosamente futre sabiendo que en esta zona hay enorme cáfila de “choros?”

-Mira, hermano -me dijo- acaban de llegar mis hijas para saludarme y, cuando me aprestaba a venir, la mayor me dijo: ¿Cómo vas a ir vestido así, como si fuera cualquier día. Te hemos traído tu traje nuevo para que te reúnas con tus amigos. Debes estar elegante. Hoy es el día del maestro. ¡No olvides que tú has sido director! Y, Bueno, me puse la ropa que me han comprado. Lo importante es estar aquí con los amigos…

No se habló más del asunto y ese día –como siempre- la pasamos alegremente felices.

Al promediarse la hora tope advertimos que siguiendo su inveterada costumbre se había marchado en un momento de confusión. Seguimos alegres y contentos cuando, al rato, se presenta un joven del barrio para informarnos que en un callejón cercano se encontraba completamente desnudo nuestro querido “Cabecita…”. Cuando lo encontramos nos enfureció el ver cómo lo habían dejado. Hasta los calcetines le habían quitado. Lo cubrimos y llevamos en un taxi a su casa donde experimentaron –como es natural- una terrible indignación.

La sanción fue terrible e inmediata. Los familiares de la víctima gritaban abiertamente que: “Jamás volvería a reunirse con esa clase de amigotes que no supieron defenderlo del un asalto. Nunca más volvería a ese sucucho de mala muerte que no merecía la pena, etc. etc. etc”.

El cumplimiento de la sanción duró más o menos un mes, lapso en el que “Cabecita de oro”  trató por todos los medios de volver al Congreso. No pudo. Hasta que un día apareció su hija menor llevando de la mano a la última niña que tenía. Una niña de más o menos un año que estaba aprendiendo  a caminar sola. Al verla, se le prendió el foco. Muy cariñoso dijo que la haría caminar por ahí cerca. La madre aceptó. Y, claro, para aparentar  la llevaba de la mano muy comedidamente, enseñándole a caminar. Era protagonista de un cuadro idílico: un viejecito cariñoso con la tierna nietecita.

Cuando la enternecida madre entró en su casa confiada en el abuelo, “Cabecita” cargó a la niña y enrumbó al Congreso. Parecía un escolar escapando de un encierro. Lo recibimos exultantes y felices por el retorno. No cabíamos de felicidad. Cada uno de los amigos ofrecía a la niña caramelos, refrescos, pasteles y todo lo que estuviera al alcance y, claro, sendos tragos a “Cabecita de oro”. Queríamos que la niñita estuviera feliz. Así, por turno cargábamos a la niña. Total, la mayoría éramos abuelos.

Transcurrido buen tiempo vimos que la niña comenzaba a dormirse sin hacer caso de nuestros mimos. Estábamos en ese empeño cuando se presentó un vendedor de uvas cuyo producto  “Había volado” y su carreta se hallaba libre. Al ver nuestro problema ofreció un lugar en su vehículo, debajo de un toldo para que le dé sombra. Aceptamos. La pusimos a la nena a buen recaudo y con alguna ropita que nos prestó la señora Meche, la dejamos dormir. Al rato, parecía una piedrecita, silenciosa e inmóvil. Nosotros para no despertarla atenuamos la bulla y en voz baja seguimos con nuestra ceremonia amical. Pasado algún tiempo nos olvidamos del asunto. Lo peor del caso es que el mismo cabecita se olvidó de su nieta y, siguiendo su costumbre, se escapó.

Cuando llegó a su casa regocijado alegre y con la canción en los labios, su hija desesperada, le preguntó por la niña. Cabecita, con los humos encima, preguntó ¿Cuál niña? Cuando la madre pegó el grito al cielo, la memoria le volvió al viejo y sin decir nada salió corriendo a rescatarla. Al llegar al congreso seguido de la madre y demás familiares, arrastraba un reguero de lamentaciones e insultos. Recogió a la niñita que seguía durmiendo y se la entrego a la madre que estaba más muerta que viva. Las miradas que nos prodigó la señora no eran nada amables.

Desde ese momento se le prohibió “per sécula seculorum” no acercarse para nada al Congreso.  “Ese antro de irresponsables y buenos para nada, despreciable asociación senil de “Pájaros muertos”, que en lugar de estar chupando deberían dedicarse a rezar para ver si alcanzaban el perdón de Dios”. Naturalmente, en consideración al tremendo problema suscitado, no dijimos nada. El caso es que dejamos de ver a nuestro amigo por mucho tiempo. Nosotros lo extrañábamos, y él, también.

Un día encontró la fórmula para reencontrarse con sus “amigotes”.

Uno de sus yernos, tanto o más “huasca” que “Cabecita”, fue  a vivir a casa de susel huarique 2 suegros, ocupando el segundo piso. Sabiendo de la nostalgia de su suegro ideó una estratagema que le aportó muy buenos resultados. Llamaba por teléfono a su suegro diciendo que el senador Genaro Ledesma Izquieta (Senador de la República) tenía urgencia de hablar con él, cuestiones de estado. Sus familiares muy felices le obligaban a asistir a la entrevista. Lo vestían bien y lo dejaban ir. Una cuadra más allá lo esperaba el yerno. Ambos pletóricos, como niños traviesos sueltos a su albedrío, enfilaban sus pasos al Congreso. Hasta que un día los descubrieron. Imagínense el escándalo  que armaron los familiares.

Bueno, ya “Cabecita de oro” está libre de aquellas ligaduras terrenales que las separaba de sus “amigotes”. Hace poco tiempo nos dejó. Realizó el viaje sin regreso. Nosotros, claro, lo recordamos con mucho cariño. No hemos dejado de pensar en él. Que en paz descanse.

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