Espantoso crimen pasional (Primera parte)

“El Cerro de Pasco, importante ciudad capital del departamento de Junín, despertó estremecida esta mañana. Se había consumado el execrable asesinato de tres mujeres de la familia Gamboa, posiblemente a manos de avezados criminales de desviados instintos sexuales que, tras una sesión de increíbles comisiones de sodomía, bestialidad y necrofilia, les dieron espantosa muerte. Las víctimas  fueron salvajemente estranguladas. La policía, a exigencia de la iglesia y pueblo en general, ha iniciado una redada en los bajos fondos donde -por  su proverbial abundancia- proliferan toda clase de aventureros, estafadores, tahúres, prostitutas y proxenetas. En páginas interiores publicamos, en detalle, la conmoción que ha causado este hecho de sangre en el connotado emporio minero de nuestra patria”. EL COMERCIO – 12 de agosto de 1907

espantoso crimen pasionalLas borrascosas rachas de viento que anunciaban la inminencia de lluvia se hacían sentir agresivamente aquella mañana del sábado 10 de agosto de 1907. Temerosas de un  fuerte chaparrón, cubiertas con ponchos, capas, pellizas o capotes, las gentes apresuraban el paso por el extremo norte de la ciudad. José Galarza, viejo cobrador de arbitrios municipales llegaba a la casa número cinco de la calle Apurimac y extrayendo de su bolsa un recibo a nombre de la señora Carolina Gamboa de Martinench, golpeó la puerta con energía  haciendo escuchar su: “Deo Gratias”. No obtuvo respuesta. Tras buen tiempo de espera volvió a tocar con más fuerza, notó entonces que la puerta se abría ligeramente. Un feroz ladrido le hizo retroceder instintivamente. ¡¿Qué estaba ocurriendo?! Aguardó un momento más en la idea que el gruñido atraería a los dueños de casa, pero nada ocurrió. Insistió tres veces más porque el recibo estaba en último día pero lo único que logró fue el bronco gruñido del guardián de la casa. El sepulcral silencio le dio mala espina. Pensó que algo malo estaba ocurriendo y acudió a solicitar ayuda de un policía de crucero que estaba a la puerta de la morgue del Hospital “La Providencia”. No obstante el empeño puesto por ambos, nada consiguieron. El policía se acercó a la ventana de la sala y haciendo sombra con las manos, advirtió que las cortinas no habían sido corridas; una frazadas las cubrían totalmente encima de ellas. Varias veces golpeó los vidrios pero continuó el mismo silencio. Como era de esperarse, poco a poco, los marcos de las ventanas vecinas se poblaron de miradas curiosas. Los vecinos ya estaban alarmados, cuchicheando lenguaraces, arriesgando suposiciones a cual más disparatadas. Pensando que tal vez por algo urgente la familia había salido dejando entornada la puerta, el cobrador –terrible premonición-  decidió retornar al día siguiente.

El domingo 11 encontró al barrio completamente alborotado. Los vecinos hacían bullangueros comentarios. Don Silverio Urbina, director del diario “Los Andes”, guiado por su intuición de viejo periodista, había llegado primero al lugar. Cuando comenzaron las preguntas, los vecinos muy alarmados arriesgaron mil conjeturas respecto de la ausencia de las Gamboa. Doña Petrona Valderrama que vivía enfrente de la casa,  informó que había estado cuidándola pero no había visto que nadie entrara o saliera en dos días seguidos. Que las únicas que habitaban la casa eran las dos mujeres conocidas como las Gamboa. Que el que continuamente las visitaba era Carlos Gamboa -al parecer pariente de ellas-, a quien debían de buscar para obtener más datos. Así se hizo. Con prontitud asombrosa lo hallaron en una casa de cita.

Doña Carolina, separada de su esposo, don Demetrio Martinench, quedó en posesión de una chingana para su manutención. Había sido en su tiempo –todavía lo era- una guapa mujer. Alta de cuerpo poderoso y atractivo, no había sido capaz de concebir el fruto que pudo haber retenido a su esposo. Era estéril. Ahora, entrando en el otoño de su vida, temerosa de la soledad que vislumbraba en el futuro, decidió traer a su sobrina para vivir con ella.

La belleza de Blanca Rosa Dianderas González –la sobrina- llamaba la atención no obstante su recato. Rostro de angelical belleza, tiernos ojos claros, sonrisa dulce y beatífica como la de una virgen de Murillo, contrastando enormemente con su cuerpo sensual. Una invitación al pecado. Más alta que el común de las mujeres del pueblo, porte majestuoso y carnes ampulosas, atraía con fuerza las libidinosas miradas de los hombres cuando, con vestido entallado y paso garboso, llevaba el lábaro bordado en oro y plata de su congregación, la Sociedad Caritativa del Perpetuo Socorro. Todas la deseaban. Todos la querían tener en sus reuniones. Hasta los más conspicuos miembros de la sociedad –exigente y discriminatoria- se sintieron felices con su presencia iluminando sus  fiestas. Era la más solicitada y homenajeada. En todos estos actos subyacía el irrefrenable deseo de los hombres.

Presionado por la enorme curiosidad que el vecindario manifestaba a grandes voces, Carlos Gamboa autorizó la entrada al interior de la casa que se hallaba completamente a oscuras. Con el fin de ganar la primicia, don Silverio Urbina tomó una serie de disposiciones que todos acataron. Trajeron potentes lámparas mineras y comandados por él, entraron. Primeramente sacaron con mucho comedimiento al perro que, aún famélico, no se había alejado de la puerta; retiraron de un golpe las frazadas que cubrían las ventanas y un chorro de luz del mediodía entró a raudales iluminando la estancia. Un grito de espanto se escapó de los labios de los curiosos. Más de una mujer cayó sin sentido al presenciar la escena. Los ojos desorbitaos, santiguándose repetidamente, haciendo acopio de todas sus fuerzas, los más audaces acudieron a la policía, el resto atendía a las más conmovidas. Un rato más tarde se hicieron presentes, el Juez de Crimen, doctor Estanislao Solís; el médico titular, doctor Enrique Portal; el Mayor de Guardias, capitán José Ponce; el teniente Eulalio Degollación; el subinspector, Enrique Sánchez Burgos y un grueso número de gendarmes de la policía cerreña; junto a ellos, los cronistas de los periódicos, EL MINERO, EL INDUSTRIAL, EL SIGLO, LA ALFORJA, LA PIRÁMIDE DE JUNÍN. El pueblo entero rodeaba la casa de las Gamboa. Nunca se había visto tan grande curiosidad en las gentes que presentían lo peor. Siguiendo al Juez de Crimen, pasando por la sala, entraron en la alcoba principal. Se llenaron de espanto. No podían creer lo que estaban viendo.

A la entrada de la habitación, encontraron el cadáver de la niña Victoria Valderrama, de nueve años de edad, cubierta con un costal. Hija de una pariente había venido para ayudar en las labores más sencillas y como alegre compañía por su parla animada y ocurrencias infantiles muy celebradas. Cuando retiraron el saco vieron el rostro amoratado, los ojos todavía abiertos de espanto y la lengua salida. Había sido brutalmente estrangulada. Su carita chaposa ahora tumefacta enterneció a los curiosos. Los cronistas tomaron notas y los fotógrafos imprimieron placas que dieron vuelta al mundo. Siguieron avanzando a la alcoba principal. Lo que allí vieron los llenó de terror. Sobre un amplio butacón de cuero, al lado de la cama, los brazos abiertos a los costados, las piernas extendidas y las polleras revueltas, el cadáver de doña Carolina Gamboa de Martinench, de cuarenta y seis años de edad. Cabellos en desorden, vestidos rasgados dejando al descubierto su cuerpo lleno de hematomas en casi toda su extensión, especialmente en rostro y manos. El juez dijo con voz entrecortada que ésta era una clara señal de desesperada y desigual lucha con sus asesinos. Por debajo de sus pies,  una estela liquida que iba más allá de la cama. Se había orinado. Las sábanas de bayeta y las frazadas atigradas estaban todavía tendidas, los almohadones movidos de su lugar y un rancio olor a licor, cigarrillos y sexo, dominaba la estancia. Cuando retiraron el trapo que la cubría, vieron el rostro tumefacto, ojos saltones y abiertos; la parte cervical con una perceptible hinchazón. Le habían quebrado el cuello.

Sobre la amplia cama de perillas de bronce, el cuerpo de Blanca Rosa Dianderas González, completamente desnudo, atado de pies y manos; los cabellos rubios en completo desorden; la cara transfigurada, los pómulos tumefactos, la boca hinchada con un pañuelo en su interior, los labios con recientes cicatrices, mordidos salvajemente; el cuello con claras señales de dientes agresores en mordiscos de desbocada lascivia; encima, como botones oscuros, las señales de los dedos asesinos que la habían comprimido hasta estrangularla. Los senos –otra de las partes más afectadas- con cardenales encendidos, huellas de haber sido presionados y mordidos bárbaramente con la fuerza de una incontinencia lúbrica; en el torso y resto del cuerpo, magulladuras escoriaciones y hematomas de diversa intensidad. Las desgarraduras en muñecas y tobillos que habían sido sujetadas con cuerdas toscas a los extremos de la cama, era prueba elocuente de la lucha que había librado en todo momento. Sobre el pubis y los labios de su vagina y piernas, restos de esperma seco. Antes y después de muerta, había sido víctima de bestiales y anormales excesos sexuales por parte de sus victimarios. Saltaba a la vista. La necropsia corroboró esta sospecha.

(Continúa…)

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