Espantoso crimen pasional (Segunda parte)

La inmediata furia colectiva fue extraordinaria. Nunca como entonces el Cerro de Pascoespantoso crimen pasional 2 se había indignado tanto. Todas las hermandades religiosas respaldadas por la iglesia, emitieron enérgicos comunicados exigiendo la inmediata investigación, persecución y apresamiento de los culpables.

Completada el acta del levantamiento de los cadáveres y la reunión de todos los objetos que pudieran servir para la investigación y testimonio rápido de algunos curiosos, decidieron partir. Acompañados por una caravana de insatisfechos curiosos, los cadáveres fueron remitidos al Hospital “La Providencia” para la necropsia de ley. Las gentes alarmadas habían formado varios corrillos donde comentaban a grandes voces sus sospechas y presunciones. Al poco rato, casi todo el pueblo rodeaba la casa mortuoria. Los periódicos tiraron ediciones especiales con averiguaciones y datos que podían contribuir al descubrimiento de los asesinos. La gente se arrebató de las manos aquellos ejemplares. El inicial informe médico decía: “La muerte no data de más de 48 horas. El asesinato debió efectuarse entre el viernes 9 y domingo 11 en que se descubrió los cadáveres de las víctimas que ya iniciaban un estado de descomposición”. El resultado de la autopsia a cargo de los doctores Shaw, Portal y Torales, dio argumento para que los periodistas, en cerrada competencia de habilidad profesional, emitieran sus particulares versiones del hecho.

EL MINERO, se atrevió a lanzar la siguiente hipótesis: “El viernes 9 de agosto entre las nueve y diez de la noche, las Gamboa recibieron la visita de un grupo de amigos –el rumor de las conversaciones y la luz encendida en la sala hasta muy avanzada la noche, así lo hacen suponer- . Se cree también que con cordialidad fueron invitados a pasar a la sala en donde departieron animadamente, bebiendo algunos tragos: Cognac francés, Ajenjo y Mistral, ellos; “Perfecto Amor”, ellas (botellas vacías sobrantes, copas y ceniceros colmados, lo hacen presumir). Permanecieron algunas horas al final de las cuales decidieron marcharse; al hacerlo, uno de los hombres se escondió sin que las dueñas de casa lo advirtieran. Retirados los visitantes, las mujeres aseguraron las puertas y se acostaron. Al poco rato estaban sumidas en profundo sueño. Esto es lo que estaba esperando el criminal oculto que, pasado un rato, abrió la puerta a sus cómplices; éstos entraron y cerraron por dentro  tapando la ventana con frazadas para que la luz no delatara su presencia. Posiblemente por el ruido doña Carolina despertó e, indignada, llamó la atención a los caballeros, quienes persuasivamente primero y forzadamente, después, le hicieron conocer sus intenciones. Se la jugaron a todo o nada. Como  las rogativas galantes y melosas no surtieran efecto, efectuaron sus protervas intenciones con mucha energía. Ella entonces luchó para que su joven sobrina no fuera mancillada por sus agresores –posiblemente cinco o seis- los que finalmente la redujeron y la estrangularon, deshaciéndose de un obstáculo molesto. Ya dueños de la situación, cogieron a Blanca, la desnudaron completamente y cuando gritó horrorizada, le atacaron un pañuelo en la boca y la amordazaron después de haberla atacado a besos lujuriosos y mordiscos salvajes que casi le destruyeron los labios. Tomaron unas sogas y la ataron de pies y manos dejándola, como a una res en el camal a expensas de sus verdugos. Después siguió la ignominia. Uno por uno, en riguroso turno, procedió a mancillar el cuerpo de la víctima, sin ninguna restricción, poseídos de una loca lujuria asesina. La mujer, casi una niña, se agitaba convulsivamente horrorizada. Nada les contuvo. Mientras el que estaba encima gozaba como un poseso, el resto de lujuriosos, manoseaba y mordisqueaba todo el cuerpo de la víctima. Eran unas hienas desbocadas ante su indefensa mártir. Cuando rendidos de haber satisfecho sus apetitos la vieron todavía con vida, juzgaron que no era conveniente dejarla así porque podía acusarlos. Había que exterminarla. Inmediatamente la estrangularon. Después, todavía borrachos de sadismo, siguieron profanando el cadáver de la joven que, en vida, había sido una de las más bellas de la ciudad. Cuando ya estaban retirándose, vieron en un rincón, aterrada y muda de espanto, a la niña Victoria Valderrama Paredes que había presenciado aquella carnicería. No querían que quedara como testigo, la estrangularon brutalmente, luego, cubrieron su carita con un costal. Al no poder asegurar la puerta por dentro, la dejaron juntada”.

Para sustentar su aserto EL MINERO sostiene que los asesinos debieron ser varios porque la señora Carolina era muy robusta y que sólo dos o tres hombres habrían podido reducirla. Que debieron ser miembros de la “sociedad” porque éstos, exigentes para el ingreso a su círculo cerrado de socios, se habían rendido ante la belleza de Blanca Rosa que, además, era pariente de un connotado minero extranjero. Debió ser así para que la señora Carolina pudiera haberlos invitado a beber a aquellas horas de la noche. Sin duda eran conocidos porque en ningún momento ladró el perro; los vecinos lo habrían oído.

Como era de esperarse, la policía actuó con encomiable diligencia y rapidez. El pueblo, la iglesia, el periodismo, indignados lo exigían. Los primeros en ser detenidos fueron familiares y amigos cercanos a las víctimas. Teobaldo Guzmán y Manuel Martínez Chávez que las habían visitado en incontables ocasiones. Carlos Gamboa, sobrino de la señora Carolina, visitante cotidiano de quien se averiguó después, estaba perdidamente enamorado de su prima Blanca Rosa. Augusto Proaño, enemigo declarado de doña Carolina con quien sostenía una sonada acción judicial que todo el pueblo conocía. En muchas oportunidades la había ofendido públicamente. Luis Huaytalla que por haber sido reprimido por la policía a pedido de la señora Carolina, en una oportunidad, llevado por una ira repentina, había amenazado públicamente a la víctima gritándole: “¡Con este palo te he de matar, maldita!”. Isidoro León, ciudadano que ni siquiera conocía a las víctimas y que sólo porque la señora Medina de Chinarro –vecina contigua- aseguró al día siguiente del asesinato, haber oído gritar a doña Carolina: “¡¡León me mata!!”. Más tarde, ella misma descartó esta declaración asegurando que lo había soñado. Guzmán, Martínez, Proaño y Gamboa fueron tratados con extrema severidad en la subprefectura. En cuanto los detuvieron, los denudaron públicamente para examinarles detenidamente los genitales, uno por uno; inmediatamente se los flageló despiadadamente para que confiesen haber cometido el crimen. Sin duda esta fue una desesperada acción destinada a contener las desbocadas iras del pueblo. De igual manera y en forma expeditiva se realizaron redadas nocturnas en todos los antros de la ciudad. Fueron detenidos los malvivientes reclutados en los burdeles, garitos, chinganas y fumaderos. Hubo una razia total en la ciudad. Fueron liberados cuando sus abogados presentaron las coartadas correspondientes.

Los diarios de la localidad, en abierta competencia, emitieron sus opiniones arriesgando particulares hipótesis. LOS ANDES, lanzó la conjetura de que los asesinos serían extranjeros y habrían ingresado por un forado en el techo del dormitorio. Para dar sustento a su tesis publicaban una fotografía en cuyo borde decía: “Por la foto del exterior de la fachada que vemos, se advierte que la puerta de la sala que señalamos con dos puntos y que aparece cerrada, está en comunicación inmediata con la calle, como si fuera una tienda. Esa puerta carecía de chapa, sacada anteriormente, que sólo se aseguraba con un cerrojo por personas que estaban dentro. La hoja de la puerta hacia la izquierda está dividida a la mitad en dos medias hojas, superior e inferior. La inferior quedaba asegurada con el cerrojo, pero la superior quedaba abierta y para cerrarla colocaban un palo por dentro que lo apuntalara, de modo que si se conseguía hacerlo caer, se introducía la mano descorriendo el cerrojo. Al salir a la calle, la familia Gamboa cerraba la puerta con un candado como aparece en la fotografía. A la derecha de la puerta de la sala está la tienda abierta y que la Gamboa alquiló a Agapita Alejandro que figura en el proceso. A la derecha de esta tienda hay una escalera de piedra que da directamente a la calle sin puerta alguna que impida la subida a los transeúntes y conduce a los altillos que está encima de las habitaciones de la familia. En los altillos, sobre el dormitorio de las Gamboa, hay una especie de tapa que se jala para bajar al dormitorio. Esta descripción es idéntica a la que hacen los peritos después del reconocimiento correspondiente. Por declaraciones de don Demetrio Martinench se sabe que la puerta de los altillos no se cerraba nunca, por consiguiente, esa noche cualquier transeúnte podría haber subido de la calle sin obstáculo alguno, jalar la tapa de madera y bajar al dormitorio en menos de un  minuto. Teniendo en cuenta que la familia Gamboa acostumbra a quedarse a dormir en casa de amigos, los criminales han podido conocer el teatro del delito con toda comodidad y obrar sobre seguro”.

“Puntualizamos que no nos deja de llamar la atención las declaraciones de don Gerardo del Campo y de doña Luisa Costa viuda de Rosazza y sobre todo del jefe de la lumbrera americana “El Diamante”, don Joaquín González, que refieren que antes del crimen vieron a un individuo de aspecto extranjero a altas horas de la noche en la esquina de la calle donde vivía la familia Gamboa, que nunca se dejaba ver el rostro ocultándose en la oscuridad y otras como en acecho con dos o más personas de catadura nada tranquilizadora. Los peritos han dejado constancia que en el dormitorio de la familia Gamboa encontraron una torta igual a la del techo el altillo, lo que prueba que el crimen se verificó subiendo las escaleras a los altillos de donde bajó al dormitorio”.

La Pirámide de Junín suponía que los autores del execrable crimen serían extranjeros. En su editorial sostenía: “Es indiscutible que el móvil del crimen no ha sido el robo; lo probable es que los delincuentes sean osados extranjeros impulsados por inconfesables apetitos, mas no por el robo. Los aventureros que llegan al Cerro de Pasco lo hacen devorados por la ambición de hacer fortuna en poco tiempo y grandes ganancias en empresas aleatorias, pero en ellos los afiebrados apetitos sexuales más desordenados y violentos sobrepujan a la codicia del dinero. Sabido es que en los asientos mineros –esto sucede en el Cerro de Pasco-, los hombres abundan y las mujeres, sobre todo agraciadas, escasean. Así pues, los crímenes sexuales son frecuentes y sangrientos. Los pobladores del Cerro con mujeres e hijos y familias establecidas no tienen motivo para cometer estos crímenes cuyos protagonistas son, como siempre, aventureros que están a la caza de mujeres, en acecho permanente. Averígüese por ejemplo en las numerosas casas de prostitución del Cerro de Pasco y se verá que todas registran hechos delictuosos de esta clase con protagonistas extranjeros”.

“Precisamente los únicos individuos de la delincuencia en proceso, son los que señalan el rastro de aventureros a quienes me refiero. Las declaraciones que hemos recogido del capitán de la Lumbrera “El Diamante”, de doña Luisa Costa viuda de Rosazza y de don Gerardo del Campo, atestiguan que todos ellos vieron antes del crimen, junto a la casa de las Gamboa, a indeseables extranjeros que la merodeaban”.

 

(Continúa….)

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