Espantoso crimen pasional (Quinta parte)

espantoso crimen pasional 5“A medida que transcurrían los minutos, fuimos dándonos cuenta de la bestialidad que habíamos cometido. Con más presencia de ánimo, Iñaqui fue recogiendo ropas y objetos que pudieran incriminarnos y los echó a la estufa. A esa hora, nadie repararía en el humo que salía de la chimenea, menos ahora que las ventanas las habíamos cubierto con frazadas. En las primeras horas del día trazamos un plan a fin de borrar cualquier sospecha de nosotros. Lo logramos”. 

“Después de dejar la casa con mucho sigilo, juntamos la puerta y nos retiramos dándonos una vuelta por el Parque Centenario. Nuestro objetivo –como lo habíamos planeado- era hacernos ver por la mayoría de gente posible que, indudablemente, atestiguarían que el viernes 9 de agosto estábamos juntos y muy briagos. Tendríamos una gresca en la que nos “haríamos mucho daño”. Ellos nos auxiliarían y serían testigos de que mutuamente nos habíamos infligido aquellos moretones. Esa sería nuestra coartada. En cumplimiento de lo acordado, llegamos a la Plazuela del León en donde simulamos un mayúsculo escándalo. Ante la bulla escandalosa –como lo planeamos- salieron los noctámbulos que estaban en el “Trocadero”, del Salón “Concordia”, del chifa “Cantón” y muchos del café “Moka”. Muy comedidamente nos separaron y tranquilizaron, llevándonos a la sala de primeros auxilios del Hospital “La Providencia” donde el topiquero nos curó las heridas y moretones. Como lo planeamos, así sucedió. Creían que en un rapto de cólera, los amigos del alma, los “hermanos”, nos habíamos peleado. Tras la curación, simulamos una arrepentida reconciliación que los amigos allí presentes aplaudieron y nos retiramos a nuestras casas. El resto ya lo conocen”. 

“Lo que ustedes no saben, ni pueden imaginarse siquiera, es lo que aconteció después. Cuando se descubrieron los cuerpos y el pueblo se puso en pie de guerra, ya no supimos lo que debíamos hacer. El mundo se nos vino encima. Si bien es cierto que nadie había reparado en nuestras heridas ni la circunstancias en las que se habían producido, nuestras conciencias cada vez más alteradas, se vieron envueltas en una vorágine de indecisiones, dudas y desconfianza. ¿Qué deberíamos hacer? ¿A quién recurrir? ¿Cómo explicar aquel salvajismo homicida? ¿Qué hacer? Revelar nuestra culpabilidad habría sido como desnudar a nuestros familiares delante del pueblo. Su vindicta habría sido fatal. Ellos gozaban del respeto y consideración de la sociedad, no era justo que de la noche a la mañana reveláramos la atrocidad cometida; máxime si no había ningún resquicio de razón o motivo para haberlo cometido. Era, a todas luces, un execrable crimen que no tenía ninguna clase de atenuantes. Su comisión delataba un extremo caso de locura o enajenación bestial que de ninguna manera podría considerarse humano. Estábamos aterrados. Después de reunirnos en secreto -como todo lo que hicimos a partir de entonces- optamos por tomar el camino menos difícil: el silencio. Como nadie sospechaba de nosotros, porque todos buscaban a los culpables en los bajos fondos, decidimos seguir el juego a las circunstancias.  Callamos. Pero ese silencio culpable tenía un peso enorme en nuestras conciencias. Estar callados cuando todo el mundo condenaba el salvaje homicidio, era muy difícil. Tan difícil que, poco a poco, nuestros familiares encontraron rara nuestra negativa a opinar, más aún, nuestro comportamiento diario. El cambio era a todas luces visible. Comenzaron a preocuparse y con ello nuestro temor de que llegaran a saber la horrible verdad. Todo esto y el recuerdo de la noche fatal no nos permitía dormir. En mi caso, mis pesadillas eran tan horribles que despertaba sudoroso, cubierto de lágrimas porque, apenas cerraba los ojos veía venir a Carmen Rosa, completamente pálida como convertida en  estatua de mármol, con el cuerpo contundido, los senos sangrantes, los labios retaceados en jirones sanguinolentos que, al pronunciar mi nombre arrojaba abundante sangre babosa que me cubría la cara. Detrás llegaba la señora Carolina con el rostro desfigurado, cubierto de cardenales que, sin decir una sola palabra se tiraba sobre mí, cubriéndome con su enorme corpachón. Yo despertaba gritando, empapado de sudoraciones, mi respiración dificultosa y mis sienes palpitantes como martillazos, a punto de explotar. Eso todas las noches. En vano trajeron a rezadores y brujos para quitarme el susto. Creían que la noticia del asesinato me había trastornado. Ninguno podía imaginarse que mi bestialidad originaba tamaño tormento. Ninguno podía sospechar siquiera que estaban delante de un criminal. En aquellos momentos temía que las pesadillas de Iñaqui Jáuregui fueran tan o más terribles que le obligaran a revelar nuestro salvajismo. Él más que nadie tenía mucho que pagar. Por experimentado y mayor nos indujo a hacer lo que hicimos después de atosigarnos de Ajenjo, trago maldito. Él que, actuó con inusitado salvajismo, sin ápice de piedad cristiana. Supongo que cosa parecida le ocurriría a mis amigos, porque, transcurrida la quincena, la familia de Piero, dispuso su viaje a Lima; los mismo ocurrió con Brennan. Sólo quedábamos tres. Por eso, una tarde, pretextando el préstamo de unas paraguas, Iñaqui llegó a mi casa y, a solas, me dijo conminatorio mirándome a los ojos, como queriendo matarme: “Si se te ocurriera abrir la boca y relatar lo que hicimos, los que van a salir perdiendo, serán ustedes. Ya me conoces. Yo voy a salir indemne del caso. ¡Cuídate de lo que dices! Esta es la única advertencia. Ya no volveré a venir porque pueden sospechar. ¡Silencio!”. 

“Con el fin de no avivar tétricos recuerdos, no leíamos los diarios que, como tarea insoslayable,  estuvieron publicando una inacabable serie de crónicas y artículos relacionados con el caso. Evitábamos visitas y encuentros amicales. Así transcurrieron los primeros años y cuando la Corte Superior abrió juicio contra los sospechosos, aprovechamos para viajar. Frano, se dirigió a Lima y luego a Dubrovnick, la patria de su padre; Iñaqui, que casi no salía de Villa de Pasco, a la lejana Navarra, a casa de sus abuelos. Sólo yo quedé en la ciudad minera por un tiempo. Como la conciencia no me dejaba en paz, viajé a Lima e ingresé como lego en el convento de la Buena Muerte  donde, por fin encontré algo de paz en la Casa del Señor. Después de escucharme en confesión y cumplidos mis primeras penitencias, mi confesor, fray Domingo Cabanes, me ha instado a que escriba esta carta que espero tenga fuerza de confesión y “mea culpa”. 

“Para terminar diré que, la suprema justicia de Dios, ha actuado por distintos caminos. Me he enterado que, Iñaqui, el hombre que se convirtió en bestia asesina, perdió su negocio por un incendio que lo dejó sin nada. A resultas del trágico acontecimiento le sobrevino un derrame cerebral que lo ha dejado inválido. Ahora vive de la caridad de sus paisanos. Él no puede moverse. Su rostro se ha transformado por la enfermedad, en un rictus  trágico como si estuviera hecho de un jebe deforme; sus manos anquilosadas como garfios ha hecho que sus uñas de le introduzcan en la piel como cuchillas y si bien escucha, no puede hablar. Sólo llora. Su vida es un llanto continuo. Estoy seguro que en esa cárcel de dolor donde su bestialidad lo ha confinado, es un tormento perenne que tendrá que sufrir hasta el fin de sus días. En cuanto a mí, que ya no puedo probar alimento y estoy consumido de un dolor inconmensurable, he encontrado en la oración y la penitencia un  camino para acercarme a Dios y espero que la muerte que está muy cerca, me lleve a él para suplicarle su perdón”.

“En nombre de Dios Santo, suplico al Supremo Tribunal de la Corte de Justicia la conmiseración para aquellos hombres que, sin saber, han recibido el peso de culpas ajenas. Les pido perdón a ellos y a todo el pueblo por haberlo maltratado con nuestra sanguinaria acción”.

“No tengo más que decir. Si estoy sufriendo con un cáncer terminal, creo que es el pago a la bestialidad que cometimos al quitarle la vida a tres inocentes criaturas. Que Dios me perdone por todo el daño que he causado”.

                                   En nombre de Cristo: ¡Perdón!

                                       Antoine Bignon  

FIN….

 

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