Marcos Bache Un inolvidable maestro músico (Segunda parte)

marcos bache 3Estos hombres sensibles e inteligentes, captan las enseñanzas de su maestro y las vuelcan en el pentagrama especialmente popular. Eso es lo que Marcos Bach quería. Sus alumnos más brillantes: Alfredo Arredondo, Fidel Fernández, “Ucush” Benavides, Pancho Cabrera, Silverio Laurent, los hermanos Sarmiento, en guitarra; Graciano Ricci, Julio Patiño, Adrián Galarza Gallo, Ángel Portillo, en clarinete; Pedro Cordero y Velarde, Manuel Huamán y Alejandro Rojas, en trompetas; Leonidas Patiño y Enrique “El Mongo” Aguilar, en bugles; Alejandro Portillo, Enrique Carty, Aurelio Portillo y Saturnino Tapia, en clavicores; Toribio Galarza Gallo y Félix Calderón, en Trombones; Nicéforo Bravo, Emilio Herrera y Abel Tapia, en fagotes; Carlos Carty y Jesús Zamudio, en Bajos; Artemio Garay y Luis Herrera, en Bombardones; Jesús Torres, en Contrabajo. Hay que sumar a estos artistas del pueblo, gran número de señoritas y caballeros de nuestra sociedad y miembros de los consulados que fueron sus alumnos.

Esta orquesta austriaca, integrada por numerosos maestros, fue la primera del Perú (Hasta entonces no había una entidad musical de parecidas dimensiones). Allí, uno que otro joven cerreño alternaba con acierto. Con ella, la Sociedad Austro -Húngara de Beneficencia, desarrolló muchísimas actividades, animando aniversarios, bailes, ceremonias, festividades. En su Capilla de la Plazuela Ijurra, con música sacra asistía a la Eucaristía, matrimonios, bautizos, funerales y otras ceremonias religiosas acompañada por órgano y coros. Fue muy solicitada para amenizar reuniones sociales en el Cerro de Pasco, Huariaca, San Rafael, Ambo, Huánuco. Llegaron a actuar en Lima con éxito impresionante, primero con la Banda de Música en las contiendas deportivas de nuestros equipos de fútbol, después en aplaudidas demostraciones sinfónicas que fueron muy comentadas por la prensa limeña. Para completar el maravilloso cuadro artístico, se suman tres excelentes artistas croatas que, en aquellos momentos, sorprendieron  gratamente a propios y extraños. Una, la bellísima dálmata, Sofía Amic, de sorprendente registro de soprano tiple de voz agilísima que tenía como especialidad un virtuosismo en todas las escalas interpretando con singular maestría, trinos, picados y gorgoritos que hacía inolvidables las más famosas arias y cavatinas. Otra, su hermana Emilia Kamerer Amic, notable contralto de voz singularísima de una extensión de dos octavas que hacía dúo con su hermana en canciones clásicas, especialmente las de origen nórdico. El tercero, el barítono Abel Druillón, que con voz potente y varonil, completaba el maravilloso equipo que la orquesta de Markos Bace completaba. Estos artistas fueron presentados con enorme suceso en Lima por la “Sociedad Cultores del Arte”.

Es importante destacar que, a partir de aquella época, se instituyeron muchas instituciones que tenían magníficos locales, equipados modernamente, con orquestas propias. Grupos de la Cerro de Pasco Cooper Corp. (ingleses y americanos); Huarón (grupo francés); Chicrín (familia Fernandini); Atacocha (peruanos y españoles) y muchas más, con las que tuvo que competir Marcos Bache.

Uno de sus más brillantes alumnos, don Julio Patiño León, nos ha dejado valiosos

Escudo Austro-hungaro
Escudo Austro-hungaro

testimonios referidos a la personalidad de este extraordinario maestro. Del tiempo que pasamos conversando con él, ha quedado impregnado en las cintas magnetofónicas, de donde extraemos este fragmento, con valiosísimas referencias a nuestra historia.

“Don Marcos, mi maestro -refería don Julio-  era un hombre más bien pequeño para ser europeo; su tez era muy rosada y tenía chapas, como si hubiera nacido aquí, en el Cerro. Su incipiente calvicie le obligaba a llevar una gorra de lana negra que le cubría toda la cabeza. Sus ojos eran claros, medio plomos, como la de los gatos, y sus labios, rojos, como pintados, siempre abiertos en una dulce sonrisa que inspiraba confianza y cariño en todos nosotros sus alumnos, y en todos los que lo trataban. Sólo dejaba de sonreír cuando estaba enseñando. Entonces se ponía serio, muy serio (…) Para él no había secretos. Conocía todos los instrumentos y todos los dominaba. Nos mostraba la manera de ejecutarlos; con limpieza, con amor. Puso especial énfasis en el clarinete, instrumento de madera inventado por Denner, perfeccionando la chirimía o caramillo que los pastores utilizaban desde tiempos inmemoriales. A Graciano (Ricci) que era su alumno preferido, le enseñó a utilizar perfectamente la boquilla. Sostenía que allí estaba el secreto de ese instrumento, del fagot y los oboes. Había que tener mucho cuidado con la lengüeta que era básico para una perfecta embocadura. La maestría en la digitación de las teclas se obtenía con la práctica constante. A los clarinetistas nos dejaba agotadores ejercicios que con mucha alegría cumplíamos. Graciano, Ramos, Galarza Gallo, Portillo y yo, nos desvivíamos por cumplir fielmente con sus enseñanzas. Con los otros instrumentos hacía lo propio. Era muy exigente con el violín del que afirmaba con razón: “Hay que tener mucho cuidado con su ejecución porque es el más agudo de los instrumentos de viento o cordófonos”. Sacó extraordinarios violinistas. Entre los trompetistas sobresalía nítidamente el veleta Pedro Ángel Cordero y Velarde, un loco juguetón que le sacó canas verdes; no sólo por revoltoso sino también muy audaz y metiche. El 28 de julio de 1904, cuando se inauguró el ferrocarril, el “loco” Cordero y Velarde, ya estaba dirigiendo a la “Cosmopolita” y, el año siguiente, al visitarnos el presidente Pardo, se lució de lo lindo con una casi totalidad de músicos cerreños. Bueno, volviendo al maestro Bache, estoy convencido que su dedicación y cariño para enseñarnos la composición fue de tal magnitud que todos tuvimos siempre cuidado y amor para componer; por eso es que la música de entonces, especialmente de Ricci, Enciso, Ramos, Galarza Gallo y otros compositores, es magnífica. Es dulce, hermosa y muy romántica. Todos ellos sentaron la base de nuestra personalidad musical.

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Lo que más nos llamaba la atención era que,  no obstante tener las manos  de dedos diminutos y regordetes, hacía prodigios con las teclas del piano, de la guitarra, del acordeón y el arpa sinfónica. Era un encanto para todos nosotros el verlo practicar. Era un maestro. Un elegido de Dios. Cuando estábamos con él, el tiempo no transcurría. Sentíamos que se había detenido. Su habilidad era tal que cuando los sábados en la tarde nos sacaba a tocar, reforzando a la banda de los austriacos encontrábamos colmada la Plazuela del León por gente ansiosa de escucharnos. Ése era nuestro examen, nuestra prueba de fuego. Bueno, es que estábamos tocando a lado de destacados maestros alemanes, vieneses, húngaros y croatas: los hermanos Raicovich, Plejo, Milosevich, Nadramia, Remuzgo, Sambrailo, Kisich, Kesovia y otros brillantes ejecutantes. En esa época, los chapetones no querían quedarse atrás. Formaron también su banda de música. Los de la “Cosmopolita” también, monos como los chapetones, sacaron su banda. Allí estaban mezclados franceses, italianos, ingleses y otros. La austriaca  generalmente se lucía con música de Franz Lehar y Brahams, pero sobre todo con Strauss. ¡Cómo se emocionaba  la gente cuando escuchaba “El Bello Danubio Azul”, “Cuentos de los Bosques de Viena”, “Sangre Vienesa”, “Música Mujeres y Canto”, “El vals del Emperador” y muchas otras más. ¡Se llevaban la gloria! Los españoles para no quedarse atrás, se rompían con marchas, pasodobles y sobre todo, con zarzuelas. “La Verbena de la Paloma”, “Agua, azucarillos y aguardiente”, “El Puñao de Rosas” y otras más. Era para ver aquello. Los españoles con lágrimas en los ojos y a voz en cuello cantaban aquellas canciones que les recordaba su patria amada. “La Cosmopolita” tocaba de todo, especialmente las piezas de moda. ¡Lo hacían muy bien!. Los cachaquitos de la policía local, también entraban al cuento. Festivos y alharaquientos, ponían de vuelta y media al público cerreño con mulizas, chimaychas y huaynos. Los sábados aquellos, eran de fiesta. Bien cerrada la noche. Los músicos de uno y otro grupo se marchaban a sus locales con sus fanfarrias triunfales, el público agradecido, comentaba el éxito de la retreta.

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– El viejo Marcos era muy feliz. Engreído de la sociedad cerreña que lo trataba con cariño y respeto. Sus paisanos estaban orgullosos de él, lo mimaban, hasta que un día todo se dio vuelta.

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– Sensible como todo artista se enamoró de una mujer, pero no de una que sus paisanos aprobaran, sino de una mujer muy humilde; mujer del pueblo. Vendía frutas en el Mercado y, aunque no sólo era bonita y fachosa: una real hembra, a sus paisanos no les causó ninguna gracia. Los enamorados se entendían a las mil maravillas y sin hacer caso de desplantes, embustes y desprecios de la gente, siguieron amándose. Cuando un día la vieron con la panza crecida, todos le dieron las espaldas. No aprobaban ese amor. Los ricos cancelaron las clases y sus paisanos cerraron el local de sus ensayos. Le obligaron a trabajar en lo único que le quedaba. ¡El maestro de ayer convertido en minero! A él no le quedó otra cosa. ¡Bajó a la mina! Yo no puedo comprender los límites a los que puede llegar la estupidez. Nunca le perdonaron que fuera un ser humano, que pudiera amar como él lo hacía. Tanto le dolió  aquel castigo que se vio transformado en un ambulante paria despreciado por propios y extraños que tuvo que luchar para salir adelante. Lo único que le quedó entonces era aferrarse al amor de aquella sencilla mujer que lo amaba entrañablemente. Nadie podía imaginarse que aquel viejecito calvo y humilde, era un extraordinario músico.

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– Por aquellos años, ya con las faltriqueras llenas, los austriacos y croatas decidieron ir a vivir a otros lugares en donde construirían casas, palacetes y haciendas con la plata que aquí habían acumulado. Balarín se fue a Oxapampa donde formó un imperio; mando construir un cine para él, su familia y sus amigos. Los Beusan se retiraron a Lima donde tenían un gran negocio en el mercado, La Aurora. Birimisa se fue a Huarmey donde compró el fundo Barbacay. Isidoro Borcich, a Lima. Mateo Birimisa, a Ancón donde construyó un Gran Hotel. Los Bútrica que construyeron la carretera de Huánuco a Tingo María, a Huánuco. Los Kesovia, dueños de las Pesquera Paracas, en Pisco. Colich, compró el Hotel Ferrocarril de Matucana. Los Cuculiza se fueron a Huánuco donde amasaron enorme fortuna con la venta del caucho. Miloslavich a Huánuco, después a Tarma como gran distribuidor de carros. Loncarich, en Huancayo se hizo dueño del Hotel Colón. Pavletich en Huánuco como los Cárdich. Así, poco a poco se fueron marchando. Los últimos que quedaban eran Lale, Lucih, Milucich, Soko, Remuzgo, Popovich, y uno que otro más….

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– Fatalmente, aquellos años de la terrible depresión mundial de 1930, nuestro músico genial sufrió un fatal accidente. Cayó desde una altura considerable y fue sepultado por los minerales en una negra galería. Cuando murió, recién las lágrimas hipócritas de los cerreños y de sus paisanos, le rindieron homenaje. Todo el mundo apesadumbrado y arrepentido le lloró tardíamente. Lo sepultaron en el panteón que los extranjeros habían construido en la parte alta del cementerio. El hijo que nació en nuestra tierra, llevando el mismo nombre de su padre, creció y estudio en nuestra escuela municipal y, al ver su talento excepcional los croatas le ayudaron para seguir adelante. Triunfante en Lima se abocó a producir películas para la naciente industria cinematográfica. En uso de esa profesión viajó a Venezuela en donde triunfó rotundamente. Joven todavía fue nombrado Ministro de Educación de Venezuela. ¡Un cerreño, Ministro de Estado en un país extranjero!

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Por aquellos días, nuestro pueblo se puso de cabeza. Había llegado un gringo norteamericano, dizque geólogo que en un corro de mineros y delante de tanto chismoso que aquí abunda, dijo que la plata cerreña se había agotado y que trabajar estas minas que además estaban inundadas, era una lamentable pérdida de tiempo y dinero.

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Que él, en representación de un grupo norteamericano de financistas compraría las minas que quisieran  vender. Fue suficiente. Por obra y gracia de los chismosos, la noticia creció hasta alcanzar dimensiones insospechadas, alarmando al pueblo que de una u otra manera, tiene que ver con las minas. En pocas horas, todo aquel que tuviera una mina, estaba apostado en la puerta de la casa del gringo Steel en la Esperanza, con los papeles que certificaban su propiedad, para venderla. El gringo negociante, astuto como un zorro, fue al Banco de Perú y Londres que funcionaba en la calle Parra donde hizo una transacción. Recibió abundantes y refulgentes monedas de oro que hizo conducir a la Esperanza. Allí, ante una cáfila de escribanos, chupatintas, y notarios, realizó la operación de compra. Los vendedores salían con sus bolsas de lona repletas de monedas de oro. Aquella vez, nuestro patrón monetario era la libra peruana de oro que tenía igual valor que una libra esterlina. Para sembrar aún más el pánico, a nombre de la compañía norteamericana, el gringo efectuaba numerosos denuncios de minas en el territorio cerreño. Los ocho periódicos que aquí había estaban repletos de denuncios. ¡Se estaba realizando una fiebre nunca vista! En poco tiempo, ya prácticamente dueños de la ciudad, varios desgarbados y enormes gringos, pálidos como muertos, dirigían la conducción de gigantescas máquinas jamás vistas por estos lugares, haladas por interminables piaras de mulas. !Era un espectáculo de verse! Los gringos venían a asentarse aquí, pero también, comerciantes y mineros europeos emprendían un éxodo impresionante. Con sus bolsas llenas de oro se largaron a otros lugares: Lima, Tarma, Huancayo, Huánuco, la selva…En lugar de dálmatas, vieneses, polacos, alemanes, franceses, italianos, ingleses, nos quedamos con aquellos hombres altaneros que, como hicieron con los pieles rojas en Estados Unidos, nos discriminaron. Fueron a encerrarse a Bellavista. Sólo trataban con personas que les podían servir, con nadie más. La vida cambió de pronto en el Cerro de Pasco. Ya no volvió a ser lo que había sido. Ganamos en economía pero perdimos en cultura y valores humanos.

Ciudadanos austro húngaros a la puerta de LAS CULEBRAS, en el centro de la ciudad
Ciudadanos austro húngaros a la puerta de LAS CULEBRAS, en el centro de la ciudad

La llegada de los norteamericanos causó una gran conmoción en la ciudadanía. El éxodo de los europeos –por otra parte- cambió nuestras costumbres pueblerinas a las que, de una u otra manera, ellos estaban ligados. Para entonces,  nuestra música, gracias al pródigo magisterio de Marcos Bache, había alcanzado notable calidad. Muchos de los artistas que fueron formados por el maestro vienés, prodigaron su clase a raudales. Esta calidad la aplaude y la reconoce Lima en 1928 cuando en la pampa de Amancaes, primero y el en Teatro Municipal, después, brindan la enorme muestra de su maestría. Fueron legítimos triunfadores de éste y posteriores certámenes habidos en la capital y, los primeros en grabar en discos, la hermosa música folklórica. No hay duda alguna, las sabias enseñanzas de don Marcos Bache, perduró en el triunfo de nuestros intérpretes. Jamás debemos olvidarlo.

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One thought on “Marcos Bache Un inolvidable maestro músico (Segunda parte)

  1. Querido maestro:
    He leído profundamente emocionado esta crónica de los músicos que echaron en nuestra tierra las bases de una cultura musical bastante inédita en el Perú decimonónico y en el siglo XX temprano. Y me emociona aún más que me la haya dedicado. Todo esto es tan importante porque muchos de los datos que usted nos entrega no están recogidos en las historias oficiales de la música peruana. Estaré en Lima a fines de mayo invitado por la Universidad Católica para dar un concierto de música barroca de Puebla. Lo invito y será un honor dedicarle ese concierto. Le mando un fuerte abrazo y un cordial saludo y todo el agradecimiento por mantener viva la memoria de nuestro querido Cerro de Pasco.

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