Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Segunda parte)

Fray buenaventura 2El inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían sepultados en las ratoneras infames. Entraban cuando las luces aurorales asomaban y no salían sino con la oscuridad de la noche. Una vez dentro seguían las vetas por donde éstas fueran; estrechas, húmedas y pestilentes en las que, generalmente, caían asfixiados por falta de aire y   saturación del humo de las velas de sebo que utilizaban para alumbrarse. Los túneles no tenían ventilación de ninguna clase y las columnas de soporte eran muy precarias; bajaban por medio de graderías toscamente trabajadas con quinuales o piedras por donde discurrían de rodillas. El grupo estaba integrado por doce hombres. Delante iban los barreteros con barretas de fierro de dieciocho pulgadas de largo y veinticinco libras de peso, en una mano y, en la otra, un martillo de veinte libras; estaban encargados de romper los minerales a pulso. Más tarde entraban los capacheros, denominados japiris, encargados de sacar los minerales hasta la “cancha” del exterior; una vez los minerales en “cancha”, las mujeres cerreñas los molían en grandes batanes luego que los niños los escogieran en el “pallaqueo”. Finalmente este mineral molido se remitía a las haciendas para su beneficio. Hombre, mujer e hijos formaban la cadena de explotación. Dentro de las oquedades iban premunidos de chompas y manguillas de lana y un  gorro de cuero de llama al que iba atado una vela de sebo para alumbrarse en las galerías;  las piernas forradas de gruesas rodilleras de cuero de carnero para trabajar de rodillas en el llenado de los  capachos de una capacidad de cien libras. Los minerales se llenaban utilizando las paletas de mulas, a guisa de palas. Mientras trabajaban, estaban vigilados estrechamente por el capataz que, provisto de un largo zurriago o zumbador “aceleraba” el avance de la obra.

Un día que llegó por la tarde, como siempre, encontró un cuadro desgarrador. Un hombre que tenía buen tiempo trabajando en la mina, se encontraba en trance de muerte. Agonizaba. Cuando fue para auxiliarlo a bien morir, vio la desesperación reflejada en sus ojos; parecía que querían salírseles de las órbitas. Desesperado daba manotazos como tratando de tomar algo de aire que sus desesperados pulmones reclamaban. Sus labios patéticamente abiertos trataban de tragar aire. Sus pulmones dañados no alcanzaban coger algo del poco oxígeno que se encuentra en estas alturas inverosímiles. Al sentir las manos del fraile como que alcanzó algo de consuelo: Sus ojos se endulzaron esperanzados y con un rictus que en un momento pretendió ser una sonrisa, se cerraron para siempre cuando el sacerdote terminaba de aplicarle los Santos Óleos. En ese momento, cuando le cerró los ojos, el llanto desesperado de las mujeres inundó la estancia. “!El polvo lo ha matado, padrecito!” gritó la compañera del difunto para seguir llorando desesperada. Las otras mujeres, formando un nudo solidario, también lloraban. “El polvo lo ha matado” repitió otro doliente; después le explicaron que el finado había sido barretero, muy poderoso y cumplidor, pero que, poco a poco, el polvo de la mina le estaba tapando la respiración hasta ahogarlo para matarlo. Que había comenzado con dolores de cabeza para luego ser pasto de esa tos fastidiosa; en las noches no podía dormir porque tenía que estar sentado solamente; si se echaba, se ahogaba dramáticamente. El dolor de cabeza lo atormentaba. Tenían que aplicarle emplastos de orines podridos; por eso la estancia estaba irrespirable. “En la ciudad, hay muchos más enfermos por el polvo” le dijeron. Él así lo comprobó. 

Yo, padrecito -confesaba un barretero- vine aquí desde muy niño. Recuerdo que el cacique de mi pueblo dijo que mi padre, mi madre, otros seis parientes y muchos hombres y mujeres más, debíamos venir a trabajar a las minas cerreñas. Mi padre –antes que le alcanzara el “polvo”- fue un notable barretero, pero cuando ya no pudo respirar, lo regresamos a Jauja donde, murió poco después. Mis tíos, eran “japiris”, que sacaban el mineral hasta la cancha  las afueras del socavón; allí yo y mi primo, lo escogíamos, separando el bueno del malo, éramos “pallaqueros”-escogedores del mineral-; mi madre lo molía en un batán para que lo envíen a la hacienda; mi tía –la única mujer que no trabajaba en la mina- se encargaba de prepararnos los alimentos. A mi padre le pagaban el salario más alto: tres reales; los restantes recibíamos proporcionalmente lo que nos correspondía.

Entrábamos a trabajar en la mina una hora después de la salida del sol y, salíamos una hora después de haberse ocultado. Teníamos una hora para almorzar al mediodía.

Poco a poco fui progresando. Primero, “pallaquero”, después “japiri”; más tarde, gracias a los consejos de mi padre, barretero. Esta tarea sí que es muy dura. No todos la pueden cumplir. Si un barretero no se retira al tiempo, no llegará a los veinticinco años; el polvo que va tragando diariamente en los socavones terminará por tragárselo a él.

Continúa….

Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Primera parte)

Fray buenaventuraPor aquellos años de dantesco genocidio, llega al Cerro de Pasco –como enviado por Dios- Buenaventura de Salinas y Córdova.  Fraile franciscano, flaco, alto con huesos prominentes y alargados que parecían destinados a servir de soporte a su viejo sayal atado a la cintura con blanco cordón y crucifijo de plata al extremo de un rosario de cuentas negras. Sus barbas nazarenas y encrespados cabellos cayéndole sobre la capilla del hábito marrón, ensombrecían aún más su tez agarena que tenía, en sus ojos intensamente negros, un fuego ardiente y perenne. Calzaba precarias sandalias no obstante los caminos fangosos, empedradas calles anegadas o cubiertas de nieve copiosa; los hombres de altas botas abrigadoras le miraban con curiosa conmiseración. Se notaba a las claras que no sentía frío. Cumplía fiel y dócilmente la regla concisa de su orden: “Vistan una túnica con capilla y cordón; vistan todos de paños viles”. Como lo relataba  Lucas: “y Jesús les envió a predicar el reino de Dios y a sanar enfermos. Y les dijo: no llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas”. “Cumplamos, hermanos, estas normas –les había dicho el seráfico-; ellas son nuestra vida y regla”. Siempre observaba con verdadera unción los tres votos esenciales de su orden franciscana: pobreza absoluta, servicio a los enfermos y predicación del Evangelio. Su apostolado lo había traído milagrosamente a la tierra del horror, donde convivían la opulencia perturbadora de los pocos con la extrema pobreza de los más.

Las humildes gentes del pueblo ignoraban su procedencia, su historia, su edad, sus costumbres; pero mucho había en su aspecto tranquilo, sus costumbres frugales, su imperturbable seriedad y el amor con que hablaba que en poco tiempo atrajo a muchas gentes del lugar.

Un domingo por la tarde visitó una ranchería minera, conjunto de precarios barracones de paredes de barro apisonado, techo de paja, puertas y ventanas de maderas melladas por cuyas hendijas penetraba el inclemente aire frío. Cuando llegó a la puerta, una comedida viejecita le abrió y le invitó a entrar. Sus ojos tardaron un tanto para captar detalles de aquel escenario humilde donde transcurría la tragedia de sus vidas. En una estrecha habitación vivían varias familias, hermanadas por el dolor. Hombres mujeres y niños, tras besar el cordón y el crucifijo, le acomodaron un pellejo sobre un “poyo”, para que descanse.

— ¿Cómo están, hijos?- preguntó. Los rostros terrosos, subiendo y bajando, respondieron “que bien”. Con miradas sorprendidas y asombradas del milagro de la visita, lo contemplaban con especial cariño y mucha curiosidad. Cogió al más pequeñín que tendría de uno a dos años, cubierto con unos andrajos por camisita y una efímera “hinchana” –manta amarrada a la cintura- cubriéndole las piernecitas. Cuando le cogió la carita chaposa como una manzanita, sintió que estaba muy fría, aunque sonriente. Jamás nadie  se había interesado por ellos. Estaban muy conmovidos y alguno de los mayores, desconfiados. Los “mishtis”, es decir los hombres blancos y ricos, sólo aparecían cuando iban a cobrarles, reprocharles algo o en busca un trabajo gratuito extra. Nada más. Y les hablaban a gritos, desde la calle, como temerosos de contagiarse de alguna peste.

A medida que transcurría el tiempo, el dulce monólogo del fraile, se convirtió en animada conversación. Hombres y mujeres habían tomado confianza con él.  Habían venido de pueblos aledaños aprovechando el tiempo de germinación de las plantas: eran agricultores; retornarían en cuanto fuera la época de cosecha;  en tanto, reunirían algún dinero sobrante para sus gastos más urgentes. Tenían que pagar el viaje de ida y vuelta a su pueblo, cubrir gastos familiares, abonar su alimentación consistente en papas, chuño, maca, mashua, ocas y maíz; los dueños les proveían de carne que ellos salaban y secaban convirtiéndola en charqui; por eso sus platos más socorridos eran el “yacuchupe” y el “charquicán” que las mujeres llevaban a sus maridos a las bocaminas; los dueños de minas también les vendían coca y  aguardiente; además de todo esto, tenían que abonar al cura, los diezmos y primicias. Era una cruel explotación. El fraile se enteró que el inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían sepultados trabajando. Cuando las luces aurorales asomaban por oriente, entraban a sepultarse en los antros asfixiantes y oscuros de donde no salían sino en la oscuridad de la noche. Les vendían abundante coca para estimular el trabajo.

Sus ojos, acostumbrados a la opacidad de la estancia, descubrieron, recostado en el fondo, un bulto cubierto con una vieja cobija que agitaba sus flecos con un temblor espantoso. Se lo quedó mirando sobrecogido de estupor. “Es mi tío”, le dijeron. Se acercó con mucho amor y, cuando descubrió el convulsivo  envoltorio, quedó estremecido de dolor. Unos ojos sobrecargados de angustia, de párpados tumefactos, trasuntaban un ruego implorante, una súplica suprema de piedad. La cabeza completamente calva, como si con una sustancia ígnea desconocida se la hubieran mondado; no tenía un solo pelo. El rostro terroso, arrugado como una pasa, mostraba el maxilar inferior extremadamente prolongado, como el de un viejo centenario: sin una sola pieza dental en la boca. ¡Todos los dientes se le habían caído! “Está azogado” le dijeron, luego le explicaron que trabajando en la molienda de metales del ingenio había adquirido el mal. El mercurio al penetrar en su piel le había ocasionado, primero, fuerte irritación en los ojos, malestar intestinal y náuseas; más tarde, la pérdida de los dientes que, uno a uno, se le fueron cayendo como a un niño en época de cambio; no le quedó ninguno. Lo mismo había acontecido con el cabello; no le quedaba uno solo. Cuando hubo comenzado a temblar como poseído de tercianas, los dueños del ingenio lo echaron del trabajo.

Sobrecogido de aflicción, el fraile cogió aquel rostro penitente para infundirle valor con la compasión de una caricia y notó entonces, que de los ojos lacerados brotaban incontenibles lágrimas que corrían por los carillos enjutos y, de la boca desdentada surgió como una queja profunda algunas palabras que no llegó a comprender. Cuando miró a otra persona para que le explique: “Dice que quiere morirse”, le contestó. Aquello fue superior a sus fuerzas. No podía concebir semejante monstruosidad y, llevando el rostro torturado hasta su pecho, muy conmovido comenzó a rezar: “Padre nuestro que estás en los cielos…..”. No pudo terminar. Un llanto convulsivo se apoderó de él. Abrazados, fraile y doliente lloraron como niños.

A partir de aquel día, diarias se hicieron las visitas. Tras el toque del Ángelus, llegaba amoroso a los barracones en donde los japiris, sus mujeres y sus hijos lo esperaban ansiosos. Propalada la noticia por los que le conocían, aumentó el número de oyentes. Reunidos todos, les hablaba del supremo amor de Dios insuflándoles ánimo para sobreponerse al dolor que les producía el abuso de los poderosos; les enseñó a rezar el Padre Nuestro, el Credo y el Ave María, luego fueron santificando sus uniones con el lazo del matrimonio y el bautizo de tanto crío que deambulaba por aquellas rancherías; después, en abierta y fraternal conversación, les enseñaba el Evangelio y los Mandamientos de la Ley de Dios. No sólo eso, en francas conversaciones con los protagonistas, fue enterándose al detalle de cómo efectuaban el duro trabajo minero. Habló con japiris, barreteros, niños pallaqueros y moledoras; cada uno, a su turno, le volcó toda la experiencia de su paso por las galerías. Así se enteró de todo.

Continúa……..

El Negro Nation

…La patria de un ciudadano es el lugar donde suda, llora y ríe, donde lucha para ganarse la vida o construir una tienda a donde vivir.” (…) “La patria de un hombre no es el lugar donde nace, sino el lugar donde pace”

Jorge Amado.(Brasileño)

el negro nationCuando apareció con sus barbas y sus pelos crespos prematuramente encanecidos en incipiente calvicie,  todo el mundo lo quedó mirando. Era un enorme negro retinto de permanente sonrisa y mirada enigmática. La desconcertada chiquillería cerreña lo seguía a dónde fuera. Pasado un tiempo se acostumbró a su presencia y dejaron de mirarlo como a un fenómeno. Había nacido en Bull – Bay, puerto del extremo sur de la isla de Jamaica y en un barco que se desplazaba hacia tierras americanas llegó al Callao. Atraído por nuestra bonanza económica cruzó los Andes en pesados carretones que transportaban alimentos, herramientas, vestidos, instrumentos musicales y libros, dio con sus huesos en el Cerro de Pasco. Su nombre era Alexander Nation, pero los mineros lo castellanizaron por Alejandro y, por la magia del hipocorístico lo convirtieron en “Allico”. El apellido ni lo mencionaban

En realidad no era nueva la presencia de un negro en la urbe minera. Cuando en marzo de 1533, Hernando Pizarro que venía a buscar a Chalcuchimac, se encuentra en Carhuamayo con una comitiva de cargadores que viniendo de la tierra minera transportaba abundantes piezas de oro y plata en notables esculturas, para pagar el rescate del inca Atahualpa. Quedó atónito. No sólo por el prodigioso envío sino por  lo que estaba viendo sin llegar a comprender del todo. El jefe de los cargadores era un negro retinto. La historia nunca ha conseguido descifrar este enigma. Durante la colonia, como capataces de minas, fueron numerosos y muy bien tratados. Los ricos mineros los mimaban porque eran  sirvientes incondicionales y les había costado su plata, no así los indios que gratuitamente se encontraban a montones. Así mismo, los negros cimarrones huidos de haciendas y plantaciones  costeñas que llegaron a afincarse en estos confines, se  convirtieron en audaces contrabandistas. Llevaban -por caminos que sólo ellos conocían- la plata no registrada oficialmente en la Cajas Reales  para embarcarla en bajeles que esperaban en la costa. Contrabando puro. Es más, su alegría contagiosa ha dejado su impronta de algazara en numerosos pueblos pasqueños en los cuales todavía se baila la “Negrería”.

Si la suerte no atiborraba sus faltriqueras de monedas, muy bien sabía  administrar las pocas que conseguía. Pagaba con toda puntualidad la humildad de una posada y satisfacía con largueza sus más inmediatas necesidades. Era sobrio en el vestir como pródigo en el comer, a veces desaforado. Su desmedida humanidad y prominente barriga, se lo exigían. Para satisfacer sus gastos le alcanzaba holgadamente el pago de su gran variedad de oficios y servicios: carpintero, gasfitero, minero, cargador, mecánico, pero sobre todo: panadero. El pan era su alimento preferido. Nunca pudo sustraerse a comer “mishte bollos”, “songochas”, “pan de lata”, “raprachas”, “molletes”, “pan de arriero”, “pan de soltera”,  “mantequillas”, “franceses”, “chaplacos”, “roscas”, “trancas” y toda la variedad de hogazas que salían aromosas del horno. Se convertía en el hombre más feliz cuando daba cuenta de abundante cantidad de panes con un cargado café negro de nuestra selva. Era famoso también como derrochador en el arte del amor al que se daba pródigo, sin medida, incansable. Poco a poco, con envidiable parsimonia y constancia, enamoraba y hacia caer en sus redes a las mujeres más fogosas del pueblo. Comenzó con las placeras a las que ayudaba en sus menesteres. Nunca hizo cuestión de estado por la apariencia de la circunstancial pareja con la que le tocaba alternar. Así, sus queridas fueron numerosas. Más tarde, difundida su fogosidad, arte y resistencia en las artes amatorias, algunas damas de sociedad, solteras o casadas, engrosaron la lista de su bien dotado serrallo. Bebedor de ron en todas las celebraciones, cuando escaseaba el licor jamaiquino o caribeño, recién se avenía a degustar cognac francés, vino español o pisco puro de Ica. Su “aguante” era proverbial, pero cuando las copas se le subían a la cabeza entonaba extrañas canciones de su tierra lejana, en inglés, acompañándose –a manera de tambor- de cajones vacíos que en las chinganas abundaba. Cuando los torrentes de su llanto abonaban viejas saudades, se levantaba y se iba a dormir sin causar ningún problema.

A poco de llegar, presionado por la necesidad que lo acuciaba, se sumó a la cuadrilla minera de japiris cumplidores y heroicos, pero pronto se retiró asqueado. Los mineros españoles, viendo su talla enorme y respetando a regañadientes su condición de hombre libre, le encomendaron el cargo de capataz y pusieron en sus manos un zurriago con la orden terminante de usarlo sobre las espaldas de los incumplidos y perezosos. No soportó ni un día en las oquedades siniestras. Sus ojos se encharcaron cuando vio aquel teatro de horror. Había entrado en el infierno mismo del pavor y la ignominia. No quiso seguir en ese antro dantesco. El pueblo sensitivo y generoso, por galerías y chinganas, hizo correr la noticia de su renuncia a la práctica de la tortura. En poco tiempo, “Don Allico” –así comenzaron a llamarlo- se adueño de la buena voluntad de todo el pueblo. No era un negro cualquiera. Respetuoso, comedido, trabajador, siempre con la sonrisa a flor de labios, llegó a tener centenares de ahijados. Bastaba que él los cargara un instante en sus poderosos brazos, para que todos los males huyeran del crío; ni susto, ni mal de ojo, ni mal viento, nada. Quedaban vacunados contra todos esos fantasmagóricos males que agobia a los críos cerreños. Esa bonhomía le permitió ir tirando para adelante.

Un día, la señora Juana Sovero –dueña de una exitosa panadería-, deseosa de ensanchar sus propiedades, le pidió que echara por los suelos un muro enorme que limitaba con el horno. Alexander, acostumbrado a trabajar solo, amuralló el lugar y un 24 de junio aprovechando las vísperas de San Juan -noche de sortilegios, aparecidos y fantasmas- abusionero como era, cumplió con el “chacchapeo” remojado con buena provisión de ron jamaiquino, rezó con mucho fervor no sólo a la Pachamama, deidad nativa, sino también a Orishá, Eshú, Shangó, Agúm y, al supremo Obatalá, dioses africanos de sus lejanos ancestros, para hacer completas las invocaciones. Había avanzado notablemente en aquellas horas estimulado por la potencia de la coca y casi al amanecer el pico dio con algo duro que produjo un sonido sordo que lo dejó anonadado. Sin saber por qué, un sudor copioso comenzó a correr por su frente calenturienta y su pulso, hasta ese momento tranquilo, agarró un desesperado trote de caballo desbocado. Se persignó y, con los temblorosos labios resecos, siguió cavando con más cuidado. A su vista apareció una enorme caja de plomo. Serenándose, procedió  a limpiar la superficie del cofre misterioso hasta alcanzar mayor claridad. La luz de la lámpara minera que lo alumbraba le hizo ver un enorme candado sujetando la tapa hermética y muy bien cerrada. El corazón se le desbocó cuando la palanca de una barreta hizo saltar por los aires el candado. Para abrirla definitivamente, como lo había previsto, cogió al perro chusco que había llevado con él y lo introdujo en la caja que se abrió con gimientes estertores. No hizo caso de los lastimeros gemidos del can sacrificado. El animal absorbería –como le habían asegurado los conocedores- todos los vapores venenosos que acumulan los entierros. Así fue. Esperó un buen rato, presa de mil y una emociones. Apuró otro generoso trago de ron, encendió un pitillo y oró. No quería que la avidez hiciera huir, -como le había ocurrido a muchos ambiciosos-, el tesoro que estaba prácticamente en sus manos. No sabía qué hacer. Las ideas se le iban de la mente como humo. Estaba muy nervioso. Haciendo esfuerzos supremos se atrevió a abrir la caja pero primeramente se cubrió las narices y la boca con la gruesa chalina que le servía de abrigo para que el antimonio no envenenara su sangre. Se serenó, tomó aliento y de un tirón abrió la caja. Lo que vio le dio un golpe al corazón. Encontró una fabulosa cantidad de libras de oro cubriendo una ringla de lingotes de oro brillante, como recién sacada de la Casa de Moneda. ¡Una verdadera fortuna! Sus ojos se inundaron de un llanto pródigo que empapó sus mejillas de ébano y cayeron sobre sus ropas raídas y pobres. Se santiguó y  oró a sus dioses protectores, nativos y africanos, por la merced que le estaban alcanzando, luego, ya más tranquilo, meditó largo rato acerca del destino que daría a esas monedas. No habría sabido decir en qué momento el cansancio lo había doblegado haciéndole dormir un poco. La luz del día entrando a raudales por las ventanas destartaladas del viejo horno, lo volvieron a la realidad. Ahora era rico. Acabarían sus limitaciones y su pobreza.

Sin dejarse llevar por el deslumbrante éxito de su hallazgo, quiso invertirlo con tino y sagacidad, sin originar habladurías ni aparecer en el pueblo como un  loco manirroto. No. La primera inversión que realizó fue la compra de los hornos panificadores de la señora Sovero. Lo hizo muy generosamente, a manera de una recompensa. La pobre viejecita ya casi baldada por el reumatismo, no podía seguir administrando sus panaderías. Le abonó con suficientes monedas de oro que le permitieron su viaje a los cálidos territorios selváticos donde la generosidad del clima, le atenuó el terrible sufrimiento. Aseguran, los que la conocieron, que vivió holgadamente a plenitud los últimos años de su vida, mantenida por la generosa recompensa de Nation. Lo que la tradición popular asegura es que tras la partida de la señora Sovero, mandó clausurar todos los hornos, por cuya razón, la calle quedó con el nombre de “Mata horno”, porque “Nation los había matado”.

Después de haber sufrido extremas privaciones y penurias sin fin, decidió vivir el resto de su vida disfrutando de lo que la fortuna le había regalado, gozando del calor del pueblo que él quería, administrando debidamente sus negocios que ya eran muchos. Conocido por su largueza y generosidad, era el invitado de rigor a las celebraciones populares. Fue mayordomo de las capillas citadinas de las Cruces que en mayo se celebran con gran despliegue de alegría; padrino de innumerables matrimonios e instituciones. Como era demasiado robusto y las sillas comunes no eran suficientes para contener su inmensa humanidad, mandó construir un sillón de resistente madera muy bien forrada donde pudieran caber sus enormes posaderas. El sillón se convirtió en una institución que todo el mundo llegó a conocer. Antes que él era llevado a las fiestas para ser colocado en sitial especial. Cuando el gigantón llegaba entre los aplausos del público, se le oía decir “Siéntate, plata” -clara alusión a su incontable riqueza- e inmediatamente se arrellanaba en él.

Enterado de los ajetreos en los que los austriacos hermanos Azalia se hallaban sumidos, decidió unirse a ellos. Juan, Nicolás y Marko, le abrieron de par en par las puertas de su empresa minera; total, dinero es lo que más requerían en aquellos momentos en que la minería había sufrido un serio colapso por la ocupación chilena del Cerro de Pasco. Los invasores, no sólo habían paralizado los trabajos sino que cobrando excesivos cupos a los mineros, los habían desequilibrado económicamente.

Con beneplácito de los slavos establecieron la Compañía Azalia Nation Co, dueños de las pródigas minas de plata, cobre y plomo: La Bastilla, Nuestra Señora del Milagro, Zupa, Estrella de Oriente, La Victoria, Nuestra Señora de Lourdes y otras más. “EL COMERCIO”, periódico limeño, decía en aquellos días: “La Casa Azalia Nation y Co. Fue fundada el 4 de agosto de 1894 por los señores Juan Azalia, Marcos Azalia, Alejandro Nation y Mateo Kesovia. Su actividad se reparte en las tres industrias del país: Comercio, Minería y Agricultura. Su casa comercial y su perfecta organización y las operaciones que realiza en gran escala, han cimentado su crédito y prestigio. Importa toda clase de artículos manufacturados en cantidades suficientes para surtir a los clientes de los departamentos de Junín y Huanuco y satisfacer las necesidades de sus propiedades mineras y agrícolas.  Exporta los productos del país, como son: algodón, lana y minerales. El stock de mercadería que guarda en sus depósitos y almacenes, es grande y variado para poder satisfacer las necesidades del mercado. Se encuentran géneros de seda, lana, algodón. Casimires nacionales y extranjeros, géneros blancos, bayetas, pañolones, calzado americano y del país. Cueros y suelas. Licores surtidos, conservas nacionales y extranjeras. Artículos de fierro enlozado, café, coca, y otros. Ha seguido hasta la fecha su marcha regular, dedicada a la explotación de sus minas en la región de Vinchos, que en la actualidad cuenta con una planta eléctrica, moderna para el laboreo de éstas. Hace cuatro años se asoció al negocio minero de MATEO GALJUF quien ha desplegado todo su entusiasmo y empeño para el  desarrollo en vasta escala de la industria, aportando un fuerte capital que ha permitido dar todo el impulso necesario. Hoy gira bajo la razón social de EMPRESA EXPLOTADORA DE VINCHOS. Los proyectos para el futuro son: la instalación de una concentradora en la Hacienda Pampania, propiedad de la firma, para beneficiar los minerales de baja ley que hay en abundancia. La hacienda mencionada es de panllevar y cuenta con cerca de cuarenta operarios, dedicados a las labores del campo y el beneficio de minerales. En la actualidad desempeña la jefatura del negocio comercial don Nicolás Bútrica y como apoderado don Agripino Malpartida, antiguo miembro y socio de la Casa, quien en los primeros días del mes de abril del presente año, fue jubilado como premio a 30 años ininterrumpidos de servicios”.

A fines del siglo XIX modernizó sus instalaciones mineras dotándolas de concentradoras y molinos accionados por fuerza hidráulica. Aprovechando el auge que el comercio alcanzó por aquellos días, se hicieron dueños de un bien dotado y surtido comercio en la Plaza Centenario para distribuir abarrotes, vestidos, muebles y maquinarias a todo el centro del Perú. Uno de sus principales proveedores de productos de la selva era don José Ocaña, dueño de chacras en Huacrachuco y Monzón, en la provincia de Huamalíes, a más de 250 kilómetros de la ciudad minera; enlazada por una estrecha senda. Cuando fracasó el negocio por la competencia de la Mercantile de la Cerro Mining Company, cancelaron la deuda de Ocaña con un grupo electrógeno con el que dio fluido eléctrico al pueblo de Huacrachuco y alrededores. Todavía hoy día, viejos vecinos de aquel lugar, recuerdan la beneficiosa transacción.

Pasados los años, traspasado de dolor, tuvo que dejar el Cerro de Pasco. Una policitemia terrible hacía peligrar su vida. Se afincó en Yanahuanca para poder controlar los trabajos en sus propiedades de Pampania y lugares aledaños. Allí tuvo varios hijos. En el Cerro de Pasco, hasta la década del cuarenta, se veía deambular a un negrito currupantioso y alegre de apellido Nation, con su collera formada por Paco Aqcuaronne, Marín Castellanos, “Papi” Beloglio, Roberto Woolcott, Abelardo Boudrí, Willie Chavaneix, Juan Soko y otros. Después desapareció. Don Alejandro fue un personaje popular y muy querido en la ciudad minera.

Histórico partido de fútbol (29 de julio de 1910)

histórico partido de fútbolLa admiración que había concitado la demostración del fútbol cerreño -comienzos del pasado siglo- fue de tal magnitud que se convirtió en comidilla del día. Nadie hablaba de otra cosa. Los “gringos” del Cerro de Pasco habían dejado una “alta escuela de fútbol asociado que hasta ese momento no se había visto en Lima”. Estos comentarios fueron suficientes para que los directivos programaran el cuarto  partido tendiente a dirimir superioridades con lo mejor que en aquellos momentos tenía Lima.

Hasta aquel momento, ninguna otra provincia del Perú  había jugado en la capital ni podía parangonársele al Cerro de Pasco que era el más alto representante del fútbol peruano. Por este motivo se convocó a los mejores futbolistas de equipos limeños y chalacos entonces vigentes: Unión Cricket, Lima Cricket, Association, Jorge Chávez, Pilotines, Alianza Lima, Atlético Chalaco, Los Calaveras, Ciclista Lima. Se puso un especial cuidado en la preparación de los jugadores. En el Cerro de Pasco se hizo otro tanto.

Se enfrentarían dos escuadras especiales: Selección Peruana de Fútbol versus Selección de fútbol del Cerro de Pasco. El escenario sería la cancha de Santa Beatriz, disputándose un hermoso trofeo de plata donado por la Municipalidad de Lima; la fecha, 29 de julio de 1910. Se jugaría  en homenaje a las Delegaciones Estudiantiles de toda América que asistían al Segundo Congreso de Estudiantes  que estaba realizándose en Lima.

En el Cerro de Pasco se elige por consenso a don Henry Stone, cónsul de S.M Británica en nuestra ciudad, ilustre inglés que amaba entrañablemente al Cerro de Pasco. Él realiza la selección de jugadores, del entrenador y el rol de prácticas pertinentes. Sabía que en Lima se estaban preparando como para el partido más importante del mundo y no quería que su tierra adoptiva quedara atrás. Invitó a las autoridades para que asistan al encuentro pactado. Comprometió  la banda austro húngara de música integrada por maestros austriacos, húngaros, croatas y algunos nacionales; el director sería el afamado maestro Markos Bacie. Logró que la Railway Company, dispusiera de un tren completo para conducir a la delegación. Invitó a los hinchas más connotados para que conformaran una barra acorde con el compromiso. Les dotó de matracas, bocinas, banderines, pitos y abundante cohetería. Entre su novísimo bagaje, los jugadores, llevaban consigo los primeros botines de fútbol de la marca “Champion” y las novísimas pelotas inglesas “Camell”. Hasta ese momento en el Perú se estaba jugando con zapatos de calle.

El 28 de julio de 1910, después de la imponente ceremonia de fiestas patrias con  Te Deum, desfile y otros actos, la numerosa delegación cerreña de apresta a partir a la capital. A las tres de la tarde el andén ferrocarrilero hervía de aficionados y curiosos. Por gestión especial de Stone, se puso un tren compuesto de dos coches de primera ocupados por autoridades, invitados especiales, jugadores del seleccionado y miembros de la banda austro húngara; dos coches de segunda para el grueso de aficionados. Detrás, un coche bodega donde transportaban ciento cincuenta costales de cerveza (Cada costal integrada tres docenas) de la marca Herold; quinientos ejemplares de una edición especial de, EL MINERO saludando a los aficionados limeños y rindiendo homenaje a la patria. A las tres en punto partió la delegación.

Arribaron a la capital a la medianoche. Autoridades, invitados especiales, jugadores y músicos, se alojaron en el Hotel Maury, el de mayor prestigio en la capital. Allí se alojaban visitantes ilustres y toreros de postín que llegaban a nuestra patria. Los otros aficionados en el Hotel Comercio, San Martín, Europa, y otros hoteles aledaños. En realidad, la mayoría no ocupó los hoteles por celebrar las fiestas patrias que en Lima estaban en todo su esplendor.

El día siguiente, 29 de julio de 1910, se podía apreciar una marcada emoción hasta entonces inédita en el ámbito popular, comparable sólo con el fervor que despertaban las corridas de toros de postín. Mucho antes de las tres de la tarde -hora programada- fueron llegando en bullangueros grupos al escenario que poco a poco la repletaron: la cancha de Santa Beatriz. En las afueras se arremolinaban coches de alquiler y sobrevivientes “Victorias” y “Berlinas” que habían conducido a los aficionados. Eran también numerosos los carretones alquilados a los estibadores que atiborraban las inmediaciones. Éstos habían transportado al escenario a los numerosos visitantes aficionados cerreños.

Una  expectante muchedumbre rodeaba el campo con tribuna especial para lashistórico partido de fútbol 2 autoridades. En zonas populares los barristas de una y otra selección. A la hora prefijada, en correcta formación y debidamente uniformados, ocuparon  el centro del campo los miembros de la banda austro – húngara. Bajo la batuta del maestro austriaco Marcos Bacie procedieron a ofrecer una hermosa demostración de sus habilidades artística. Las piezas ejecutadas estaban compuestas de valses preferentemente de Johan Straus hijo, como “Danubio Azul”, “Vino, mujeres y canto”, “Cuentos de los bosques de Viena”, “Vida de Artista”, “La marcha Radensky”. Los aplausos de los aficionados no se hicieron esperar ante semejante demostración de virtuosismo.

Luego con fanfarria y cohetes recibieron el ingreso de ambos equipos que, uno al lado de otro, escoltaban una enorme bandera peruana. ¡Qué hermosa demostración de civismo y cariño a la patria! La selección peruana con camisas blancas y bandas verticales rojas, pantalonetas blancas y boinas negras. La del Cerro de Pasco, camisas amarillas con líneas verticales negras, pantalonetas y boinas negras. (Ver la fotografía que se acompaña a este relato). Lucían los flamantes zapatos de fútbol (los primeros) de la marca “Champion” y una novísima pelota de la marca “Camell”.

Tras los saludos del caso, se conformaron los equipos. La Selección Peruana, con: Juan Carpio, en el arco; Juan Fry y Alfonso Gallardo, de backs; Fernando Ortiz de Cevallos, Enrique Andrade y Guillermo Valderrama, como volantes; Darío Aranzáenz, Nicolás Alfaro, Manuel Álvarez, Telmo Carbajo y Pedro Ureta, en la delantera. La Selección del Cerro de Pasco, con Ernesto Rosazza en el arco; Wilson y Blair, de backs, Trocedie, Mac Leod y Mac Donald, en la volante; Alberto Brindani, Leo Vargas, Noa Lees, Julio Wilson y José Cilliani, en la delantera.

El encuentro –el más técnicamente realizado aquellos años- fue arduamente disputado entre el aplauso incansable del numeroso público y el griterío de las barras; las nuestras, encendidas por las cervezas HEROLD que se bebía con gran entusiasmo.

Finalizados los noventa minutos reglamentarios -dicen las crónicas de entonces- tras ardorosa disputa, los equipos quedaron empatados sin que se abriera el marcador. La emoción en las tribunas era indescriptible y exigía que, de una vez por todas, se definiera al ganador del encuentro con un tiempo suplementario pertinente. Es más, ante la exigencia del público fanático, se comenzó a reunir una respetable cantidad de dinero para apostar en favor de la Selección Peruana. Los cerreños que formando una nutrida caravana habían viajado a alentar a su equipo, hacían bullangueras barras y ¡Cómo no!, reunieron con creces la cantidad que les correspondía. Estaba en disputa la increíble bolsa de: CUARENTA MIL SOLES ORO, que se llevaría el equipo ganador. (En ese momento, un sol equivalía a seis dólares americanos: Saquen la cuenta). Para dirimir, se acordó jugar un tiempo suple­mentario de treinta minutos que se desarrolló en medio de delirante expectativa. Las enfervorizadas barras de uno y otro lado hacían escuchar sus gritos de aliento para sus parciales. Al final del suple­mentario que se jugó con gran ardor tampoco se logró abrir el marcador. Como aquella tarde debía de definirse al ganador del hermoso trofeo de plata, y sobre todo, la atractiva bolsa pecuniaria en juego, se acordó otro suplementario de veinte minutos más.  Este paraje del partido fue de un trámite electrizante y emotivo del que se habló por muchos años. Es necesario remarcar que, en esta oportunidad, se demostró palmariamente lo que había asegurado el notable científico peruano Carlos Monge Medrano: “El hombre de altura puede cumplir dos o tres veces más esfuerzo que los de la costa y llanura. Está capacitado para eso.” ¿Cómo no iban a realizar esta tarea los hombres de la ciudad más alta del mundo?  Cuando ya estaba por finalizar el partido con un “baile” espectacular del Cerro de Pasco que dominaba ampliamente, logra la anotación de un espectacular gol que dejó mudos a los espectadores limeños y afónicos a los cerreños. EL COMERCIO  de la fecha evoca así la parte final de aquella hazaña inolvidable: “Finalizado el partido que tuvo un trámite de impresionante desenvolvimiento por la maestría de las jugadas de uno y otro bando, sobresaliendo la ya conocida calidad del team cerreño, el score fue contundentemente expresivo con lo que había acontecido en la cancha” (…)  “cuando se escuchó el pitazo final del referee se originó el inmenso jolgorio de los cerreños y el mutismo de los limeños. La gente lloró con la derrota de la Selección Peruana y, otros –esto de sí es irresponsable y hasta criminal, que está reñido con la conducta que se debe observar en los campos del deporte- algunos irresponsables apedrearon a los cerreños que se llevaron el valioso trofeo y la bolsa de cuarenta mil soles oro. Felizmente, rápidos, perseguidos por una implacable pedrea, abordaron los vehículos que los habían llevado al campo y de allí, maltratados pero triunfantes y felices, se desplazaron hasta la estación de Monserrate donde el ferrocarril especial los esperaba para transportarlos a su destino”. (EL COMERCIO, 30 julio 1912).

Este partido, como puede colegirse, quedó grabado en la memoria de los aficionados y en la historia del fútbol de nuestra patria. El entusiasmo por el fútbol crecía de manera avasallante. Era el “boom” deportivo de aquellos tiempos.  Nadie, en aquel momento pensó que, transcurridos los años, se convertirías en el rey de los deportes del mundo.

EL CASO ARIAS FRANCO (Tercera parte)

el caso arias franco 5La mañana del sábado 17 de julio de 1915, Nicolasa llegó a las ocho y se sorprendió al encontrar el portal sin candado. Empujó y entró con una dolorosa premonición en el alma, la inmovilidad de los dos perros guardianes, muertos con abundante espuma en la boca, aumentó su angustia. La puerta que daba a las habitaciones interiores estaba forzada. El seguro había reventado posiblemente por la fuerza de una presión extraordinaria. El terror iba acrecentándose terriblemente. Llamó a la señora. Le respondió el silencio. Empujó con temor la puerta del dormitorio que estaba apenas entornada y entró. Sobre la cama vio el cuerpo inmóvil, con pijama de bayeta de lana, completamente descubierto de la cintura hacia abajo. Sábanas, frazadas y colchas cubrían en desorden la parte de la cabeza. Nicolasa sentía su respiración era cada vez más dificultosa pero, armándose de valor  levantó las cobijas. Ante sus ojos apareció el rostro marmóreo de su ama. Tenía los ojos extremadamente abiertos pero ya sin el brillo de  vida, nublados por una inexpresividad que sólo la muerte imprime. Con un temblor en las manos tocó el rostro completamente frío y duro como un carámbano. Con el poco aliento que la mantenía en pie profirió un grito de espanto y, temblorosa, se dirigió a la casa de sus vecinos que de inmediato acudieron en su auxilio. Don Daniel González y su señora, doña Consuelo Morales, le alcanzaron un vaso con agua, tratando de tranquilizarla. Llamaron a otro vecino, don Benjamín Malpartida con el que dieron una rápida mirada al cuerpo para luego avisar a la policía.

Cuando llegaron las autoridades, ya gran cantidad de curiosos alertados por los gritos y el inusitado aspaviento de los vecinos, rodeaba la casa luctuosa. Presididos por el Juez de Crimen, doctor Oscar Blondet, llegaban, el Agente Fiscal, doctor Gerardo Lugo; el médico titular, doctor Herminio Torales; el escribano, José Ángel Madrid; el inspector de Policía, Máximo Carrillo; el Mayor de Guardias, Lizandro Jaramillo; un dragoneante y dos guardias civiles.

En cumplimiento de las primeras pesquisas, la policía se puso a revisar la casa de palmo a palmo. La encontró en completo desorden. Tras la puerta de servicio, uno distante del otro, los cuerpos de los perros con abundante espuma en la boca,  envenenados con estricnina. Un poco más allá, una barreta de hierro que llaman “Pata de cabra” utilizada para forzar las cerraduras de la entrada al dormitorio y la caja de caudales. Cuando la abrieron en presencia de Nicolasa, repararon que faltaba la bolsa de lona con el membrete del Banco del Perú y Londres. ¡Se habían llevado las mil cuatrocientas libras de oro, producto de la venta de la mina de carbón de Quishuarcancha. Al fondo, sin embargo, hallaron una voluminosa bolsa de cuero de carnero tierno, atado fuertemente con una soguilla resistente. Al abrirla, junto con algunos abalorios rojinegros llamados “huairuros”, hallaron brillantes monedas de plata de nueve décimos, enormes y pulidas, como recién salidas de la fábrica. Las contaron prolijamente y encontraron exactamente: cuatro mil. ¿Por qué no se llevaron esta bolsa? Después de breve intercambio de ideas establecieron que posiblemente la habían dejado por su peso excesivo; por eso concluyeron que el ladrón asesino sería uno solo. De haber sido varios, la habrían transportado  fácilmente. Entonces –concluyeron- el asesino prefirió la bolsa con las monedas de oro que aún con el peso que tenía podía ser transportada sin mucha dificultad. Siguieron buscando y encontraron, sobre el piso, una vela que le había servido para alumbrarse. Sobre la mesa de la cocina, una nota escrita a lápiz, con una moneda de a sol encima. “Nicolasa: No entres en el cuarto hasta las nueve porque estoy muy enferma. Te dejo un sol para que me compres trementina. Mis dolores son insoportables. Gracias. Filomena”. Después de tomar notas de las indicaciones del juez del crimen, el notario dio por terminada la diligencia. Envolvieron el cadáver en una colcha y lo trasladaron al Hospital “La Providencia”. La policía tuvo que actuar con mucho rigor pues la calle céntrica de Dos de Mayo, las plazuelas del León y de las Culebras, estaban repletas de curiosos.

La autopsia ejecutada por los doctores Ismael Portal y Jhon Frasiers, arrojó, entre otras cosas que “Las partes interior y lateral del cuello presentaban notables equimosis  y fuertes escoriaciones ungales reveladas por acentuadas manchas violáceas de la sangre coagulada, filtrada a los tejidos. Los ojos denotan fuertes hemorragias internas. Los miembros superiores e inferiores fuertemente contundidos; el estómago, golpeado salvajemente. Los huesillos y cartílagos de la laringe, fracturados, lo que ha originado una incontenible hemorragia interna. Había sufrido estrangulamiento por manos extrañas pero poderosas que le originaron la muerte. Ésta se ha producido, entre las doce de la noche y una de la mañana siguiente, por la fuerte presión sobre el nervio vago a su paso por el cuello”. 

Los periódicos, sin excepción, pospusieron las noticias que mantenían en vilo a la ciudad. El asesinato del  archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, había originado la Primera Guerra Mundial cuando el Imperio Austro húngaro declarara la guerra a Serbia. Era un tema que hasta esos momentos había ocupado la mente de los cerreños, especialmente entre los austriacos, croatas, húngaros, dálmatas, montenegrinos llegados a residir en la ciudad. Nada de eso importó en aquellos momentos. Todos informaban detalladamente el luctuoso acontecimiento que había indignado a la sociedad y  constituía un reto para la policía local. “El Eco de Junín”, “El Minero”, “El Siglo”, “El Industrial”, “Los Andes”, “El Diario”, “El Grito del Pueblo”. Cuando la comidilla del vulgo referida al cruel asesinato alcanzó ribetes inesperados, los magistrados de la Corte Superior, se apersonaron a los diarios a pedir que cesaran los comentarios y que dejaran descansar en paz el alma de la víctima. Ya sin los comentarios periodísticos, las investigaciones siguieron su cauce.

El día de la inhumación todo el pueblo estuvo presente como homenaje a la anciana que había caído víctima de la insania de un asesino implacable y, ¡Claro!, como una masiva protesta  por el peligroso estado de cosas que acechaba a la ciudad. La misa de cuerpo presente la celebró el reverendo padre José Delgado, párroco de Chaupimarca. Asistieron autoridades, delegaciones institucionales, hermandades religiosas y pueblo en general. Al frente del cortejo que partió hacia el cementerio, marchaba un monaguillo con crucifijo de plata en alto, entre dos muchachos más pequeños, armados de sendos candelabros, detrás el párroco, cubierto con solemne capa pluvial, escoltado por dos sacerdotes. El féretro fue llevado en hombros de miembros de las congregaciones religiosas y, las cintas, por las principales autoridades del pueblo, en riguroso turno. El Prefecto, Oscar Grau; el subprefecto, Darío Navarro Grau; el Alcalde de la ciudad, Vicente Ruiz, con la totalidad de concejales; el Juez de Primera Instancia, Manuel Arce Pizarro; el Director de la Beneficencia Pública, Enrique Portal, con los socios en pleno; el Presidente de la Junta Departamental, Enrique Rocha; el Inspector de Instrucción, Cesáreo Villarán; todas las hermandades religiosas, delegaciones populares e instituciones educativas. Los integrantes de la Banda de Músicos de la Beneficencia Austro húngara, de la Cosmopolita, y de la Beneficencia Española, acompañaban –por turno- la marcha dolorosa con escogidas piezas fúnebres de los grandes maestros. En el cementerio, los oradores fustigaron con energía el asesinato de la anciana e invocaron a las autoridades mayor celo y dedicación para dar con los culpables. Como siempre, por aquellos días, los comentarios giraron en torno al acontecimiento y sus posibles autores. Todos tenían su particular versión de cómo se había perpetrado el crimen y estuvieron de acuerdo en ayudar a su esclarecimiento, exigiendo mayor rigor a las autoridades en general y policiales en particular.

Después de enterrar superficialmente el botín de su delito, Degollación tuvo que afrontarel caso arias franco 6 una serie de acontecimientos que destrozaron su tranquilidad. Llegado a la comisaría le informaron que en una casa de mala reputación se había originado una sangrienta trocatinta con numerosos heridos graves. En el lugar de los hechos tuvo que trabajar mucho disponiendo el envío de los heridos al hospital y, de los sobrios, a chirona. Entre efectuar esta tarea y redactar los correspondientes partes policiales ocupó muy buen tiempo de aquella mañana. Cuando ya se creía libre, vio llegar al Mayor de Guardias, completamente alterado, con la noticia del asesinato de la señora Arias Franco. Ordenó a jefes y oficiales atendieran el caso con mucha solicitud y a él, la tarea de resguardar el escenario del crimen alejando a los numerosos curiosos que pugnaban por no perder detalle de lo ocurrido. En todo momento trató de aparentar serenidad para no despertar sospechas cuando en el fondo de su alma un volcán de encontrados sentimientos de culpa y pesadumbre pugnaban por manifestarse. Se hizo acompañar de un grupo de policías y fue a cumplir la tarea que le habían encomendado.

Lo que halló fue una enorme multitud que rodeaba la casa mortuoria, manifestando su rechazo e indignación. Conformó una cadena de hombres que impidió el ingreso de personas ajenas al caso, sólo autorizadas y periodistas con documentos personales, podían entrar. La tarea fue muy ardua y duró hasta que dejaron el cadáver en la morgue. Recién en ese momento encontró libertad. Dejó el encargo para que dos guardias vigilaran la puerta principal del hospital y dos, la posterior. Con traje civil, tratando de no ser visto, y presa de una tremenda emoción, volvió sus pasos a la calle que había transitado la noche anterior. Con mucha cautela reprodujo su recorrido y cuando llegó al “montón” quedó anonadado. Todo había cambiado totalmente y estaba irreconocible. Muchas mujeres, especialmente sirvientas, arrojaban basura, abriéndose campo entre las numerosas piaras de cerdos que famélicos hozaban los montones de desperdicios. Se sintió perdido, no habría sabido señalar con precisión el lugar donde escondiera el robo. Aquí y allá, grupo de mozalbetes buscaban entre la basura, con ganchos metálicos, algo que pudieran utilizar. Éstos eran numerosos. El corazón se le encabritó. ¿Cómo intervenir en la búsqueda de su entierro ante tantos testigos?. No encontró solución al problema presentado. Sólo le quedaba esperar a la madrugada siguiente en que, lejos de los mirones, podría buscar su botín.

Aquella noche no durmió presa de una angustia terrible. ¿Encontraría el oro? ¿Había valido tanto esfuerzo para perderlo todo? En ese problema transcurrió todo el tiempo hasta que vio algunas claridades por su ventana. Pensó que a esa hora podría buscar su entierro. Pensó mal. Cuando llegó al escenario, vio a los mineros que iban y venían a la puerta del socavón a cumplir sus tareas. Muchos de ellos, al reconocerlo lo saludaban. ¡Dios mío!…¡¿Qué hacer?! El mundo se le vino encima. Presa de una terrible desesperación llegó a su casa con la cabeza que le zumbaba como si estuviera repleta de avispas y un dolor terebrante que le ahogaba cruelmente sin dejarle respirar.

A mediodía, cuando fueron a buscarlo, lo encontraron muerto sobre sus cobijas. Tenía una mirada terrible, sanguinolenta y amenazadora, pero ya cubierta con el velo de la muerte. La autopsia dijo que una embolia cerebral se lo había llevado. Lo velaron en el cuartel de policía y tras dos noches de velorio lo enterraron en el cementerio general. Una nota escondida entre las páginas interiores de “Los Andes” decía: “Víctima de un derrame cerebral acaba de fallecer el ejemplar servidor de la nación, Eulalio Degollación Morante, de cincuenta años de edad. Hasta ayer, se desempeñó como respetuoso miembro de la policía local donde dejó la estela de su bien reconocida disciplina y apego al trabajo. Sus compañeros de trabajo, compungidos por el acontecimiento, han cumplido con rendirle el homenaje correspondiente a su destacada figura y, todos, jefes y oficiales, han reunido sus óbolos para sus funerales”.

Nunca llegó a saberse del oro escondido.

FIN

EL CASO ARIAS FRANCO (Segunda parte)

el caso arias franco 3Sin que nadie lo sospechara, Degollación comenzó a urdir un plan para enriquecerse. Fingiendo controlar a los policías que hacían crucero en las calles se dedicó a observar la hora en que los vecinos  apagaban las luces para irse a dormir y el movimiento de personas que entraban y salían de la casa de los Arias Franco. No dejó nada al azar. Así supo que los hermanos y los sirvientes varones estaban en la casa hacienda de Pomayarus, donde tardarían una semana ocupados en la esquila  y control médico del ganado. En ese lapso, la anciana quedaría con la precaria vigilancia de dos robustos perros a los que, cada noche que pasaba, arrojaba pedazos de carne cocinada que los animales devoraban de inmediato. Estaba estableciendo una costumbre en los animales.

Aquella noche del viernes 16, se las había arreglado muy disimuladamente para que la policía reforzara la vigilancia  en el Banco de Perú y Londres, dejando sin resguardo toda la calle Cusco hasta el Parque Centenario; no hizo nada por informar que el bombillo de aquella arteria estaba inutilizado dejándola sin alumbrado. Así, cuando vio que las luces de los vecinos se habían apagado, arrojó al patio interior por sobre el muro, los acostumbrados trozos de carne, sólo que esta vez llevaban incrustadas cápsulas de estricnina que había guardado de las campañas de exterminio de los perros vagos. A media noche cuando calculó que el veneno había hecho efecto, palanqueó la armella con una barreta haciendo saltar el candado. Al oír el ruido, los perros agónicos, lanzaron sus postreros ladridos para caer muertos. Encendidas las luces vecinas, se escondió entre los umbrales de una puerta hasta que las apagaron. En ese momento procedió a ingresar en el interior de la casona. 

A las tres de la tarde del viernes 16 de julio de 1915, la señora Victoria Filomena se sintió indispuesta por lo que llamó a Nicolasa para hacerle conocer su decisión. Se acostó sin importarle que los rayos del sol entraran  a raudales por los ventanales..

  • ¿Se siente muy indispuesta, señora? – preguntó alarmada la sirvienta.
  • No, no, no. -Trató de tranquilizarla- Es un malestar pasajero que, estoy segura, mañana habrá desaparecido y me sentiré perfectamente. Dentro de un momento tomaré mi lonche y después me acostaré. Tú no debes preocuparte. Voy aprovechar para leer algo y, cuando me rinda el sueño, apagaré la luz y me dormiré. Todo está a mano: el interruptor y, por si acaso, el candelero con una vela y los fósforos.
  • Pero, es temprano, señora; el reloj de la torre acaba de dar las tres. ¿No quiere que la acompañe hasta más tarde?
  • No, no, no, Nicolasa. No tengas ningún temor. El tiempo lo utilizaré en leer una de las novelas que acabo de recibir; ya sabes, cuando me sumerjo en la lectura, el tiempo para mí no existe. Ya puedes retirarte y si algo se me ocurriese, te dejaré escrito en un papel, como de costumbre.
  • Es que tengo mucho miedo, señora. Usted que quedará sola porque sus hermanos están en faena de la casa hacienda y van a tardar por lo menos tres días más. Además….
  • No hijita, no seas agorera. Nada va a pasar. Hace tantos años que vivimos de igual manera y nunca me ha pasado nada. No tengas ningún temor. Asegura bien la puerta y santo remedio. ¡Ve, ve a tu casa. No tengas cuidado!

Nicolasa arregló la cama, llenó la bolsa con agua caliente y la puso dentro de la cama; dejó expedita una taza para que la señora se sirviera su lonche -sólo tomaba té “Masawatee”- y, si por si deseare, algunos bollos frescos. Dio su última comida del día a los perros que cuidaban la casa y, comprobando que todo estaba en orden, se retiró a su casa. Al salir aseguró con un candado.

Aquella noche fue como todas de julio, excesivamente fría por la helada penetrante que cubría la ciudad como una niebla gélida. La calle muy animada durante el día, permanecía silenciosa. Sólo los restaurantes y clubes mantenían encendidos los focos de su entrada; por el frío las puertas estaban cerradas. Adentro, una notable animación de jugadores, bebedores y tarambanas, mantenían el fuego del entusiasmo. Afuera, uno que otro noctívago, enfundado hasta las narices, transitaba con paso ágil para no enfriarse.

Era la medianoche cuando insistentes ladridos en la casa de los Arias Franco despertó a los vecinos, alarmados asomaron a sus ventanas, advirtieron entonces que  se encontraba a oscuras; el foco de alumbrado público estaba apagado. Les extrañó no ver al policía de crucero que debía estar resguardando aquella zona. Cuando los ladridos se dejaron de oír, cerraron sus ventanas y se echaron a dormir. 

Transponiendo la puerta de servicio entró en la casa, luego la presionó para asegurarla. Cruzó el pequeño patio y al llegar a la puerta interior, metió la punta de la barreta y de un solo tirón –ruido sordo y único- abrió la puerta. Entró. La oscuridad era acentuada y no podía ver nada en su entorno. Sacó la vela y los fósforos que había llevado consigo y, a punto de encenderlos, advirtió que por la ranura inferior de una puerta –sin duda, el dormitorio de la señora- se filtraba una luz mortecina. Empujó y entró. Sobre la cama del fondo, con la palmatoria en la mano y un chal de largos flecos sobre las espaldas, la anciana estaba sentada como a la espera de su ingreso. Sin duda se había despertado por los ruidos que hiciera al entrar.

– ¡¿Quién eres?! ¡¿Qué quieres que has penetrado así, en silencio, en esta casa, grandísimo bellaco?! –preguntó la señora con energía y una pasmosa serenidad que sorprendió al asaltante.

– Vengo a aliviarle de una de las tantas cargas que tiene usted, distinguida señora – respondió Degollación, repuesto de su sorpresa inicial.

– ¡Nada de lo que hay aquí es tuyo, maldito ratero! Regresa por donde has venido y me olvidaré de este trance tan engorroso. Nada diré a nadie de lo que está ocurriendo…¡Vete!.

– Un momento. No tan aprisa. ¿Cree que tanto esfuerzo de mi parte puede quedar sin recompensa?.

– ¡¿Qué quieres, finalmente, maldito rufián?!

– Su dinero, señora. Nada más que su dinero. Usted que vive en medio de grandes comodidades, no lo necesita; además, muy pronto la recogerá el Señor para llevarla a su lado. ¿Para qué lo necesita?…

– ¡Silencio, so atrevido! Nadie ha osado hablarme de esa manera, menos tú que eres un vulgar delincuente que se aprovecha de la oscuridad para asaltar a una mujer desarmada. ¡¡Vete, antes de que grite y mis hermanos y vecinos te echen el guante!! ¡¡Vete!!.

– No me diga lo que tengo que hacer, vieja agónica. Además, nadie la oirá – Para hacer efectiva su amenaza la señora profirió un grito breve y muy débil; en ese instante Degollación le propinó un fuerte golpe en el bajo vientre y, al desplomarse, la señora ha dejado caer la palmatoria dejando la habitación a oscuras. Temeroso de que el grito pudiera haber despertado a los vecinos, avanzó a tientas hacia la ventana en plena oscuridad, miró hacia fuera y esperó. Ninguna luz se encendió. Ya más tranquilo  avanzó al tacto, haciendo caer objetos con los que tropezaba. Oyó el ronquido de la señora que después de toser insistentemente, comenzó a reponerse. Pasó un buen rato mientras encontrara la vela y, cuando la encendió, la luz iluminó plenamente su rostro que se hallaba a un palmo del de la señora.

– ¡¡ Ahora sí que te reconozco, canalla!!. ¡¡Tú eres el gendarme que me trajo el dinero a la casa!! ¡Te conozco! ¡Te conozco!. –Degollación que no esperaba esa reacción, se sintió perdido. Al saberse descubierto se desesperó y mirando con fiereza a la señora la cogió del cuello y fue apretándolo poco a poco hasta que sintió que sus  pies se estremecía con estertores de muerte para luego quedar inmóviles. Acababa de morir. Nuevamente quedó a oscuras. En ese momento, sintió una extraña sensación de culpabilidad que lo llenó de desasosiego. Armándose de valor depositó el cuerpo inerte sobre los almohadones y cuando vio los ojos de la finada completamente abiertos en una muda acusación, pronunció una maldición y los cubrió con todas las cobijas que estaban sobre la cama.

Con la extraña sensación de que se había liberado de una carga, tuvo la tentación de  encender la luz eléctrica pero reparó que alguno de los vecinos pudiera darse cuenta y desistió. Buscó la palmatoria -siempre al tiento- y al encontrarla, la encendió. Comenzó a buscar la caja de caudales. No tardó mucho porque la vio empotrada en la pared, asegurada con un candado inglés. Trajo la barreta y la palanqueó. Al abrir la portezuela, acercó la llama de la vela e iluminó el interior. Quedó absorto. Allí, frente a él y a su entera disposición, estaba el bolsón de lona con al marbete del Banco de Perú y Londres. ¿Cómo no reconocerlo si él mismo lo había transportado el día de la transacción? Su rostro hasta entonces torvo se iluminó con una sonrisa de triunfo. No tuvo ojos para más. Era dueño de una fortuna que le permitiría afrontar una vejez cómoda y feliz. Sacó el bolsón lleno de monedas de oro que pesaba considerablemente para su tamaño y se aprestó a retirarse. Lo puso de debajo de sus axilas, cubierto con su capotín y salió. Tuvo la tranquilidad de cerrar las puertas con cuidado y comenzó a caminar. Ya se dirigía a su casa cuando por la misma calle vio que una parvada de borrachos venía cantando a voz en cuello. Temió que lo reconocieran y volteó por un callejón hasta que llegó a la calle Parra. Comprendió que no podría avanzar mucho porque era notorio el bulto que llevaba consigo. Como no podía confiar en nadie decidió avanzar hasta los extremos de Cayac, conde había un “montón” donde la gente arrojaba toda clase de desperdicios y muchos, hacían sus necesidades. Creyó que ocultándolo en este inmenso botadero, al día siguiente podría recogerlo sin levantar sospechas. Eso fue lo que hizo. Apenas podía distinguir el lugar preciso para el ocultamiento, tan solo podía distinguir la silueta de los techos de casas y edificios, especialmente las usinas de la compañía norteamericana, pero haciendo un precario hoyo en el piso, dejó el botín, después  se retiró presa de un nerviosismo extremo.

el caso arias franco 4

Continúa…..

EL CASO ARIAS FRANCO

el caso arias franco“La señora Victoria Filomena Arias Franco, de sesenta y ocho años de edad, víctima del salvaje homicidio, era viuda de William Myers, propietario de la mina de Vinchuscancha. Distinguida dama de la alta sociedad cerreña, prima hermana del Vicepresidente de la República, don Elías Malpartida Franco; hermana de Manuel, Pablo y Juan Arias Franco, copropietarios de la hacienda ganadera Pomayarus; emparentada con distinguidas  familias cerreñas; con el doctor Encarnación Morales, Vocal de la Corte Superior de Piura; doctor Pablo Arias Franco, Agente Fiscal de la provincia, Manuel Arias Franco, ex alcalde de la ciudad y muchísimos integrantes del foro y la administración citadinas; integrante de la Sociedad Caritativa, “Las Hijas de María” y de “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”. La ciudadanía, terriblemente indignada, exige la pronta acción policial para castigar a los despiadados asesinos”. EL DIARIO (18 de julio de 1915)

Su llegada a la ciudad constituyó todo un suceso. Rostro amarcigado y tosco, anguloso, como tallado en roca dura, al desgaire; fiera mirada de ojos aquilinos; dura mandíbula cuadrada con pelos cerdosos, distantes unos de otros; talla colosal, cuerpo robusto y catadura que incomodaba a cualquiera. Mucho se especuló sobre su origen. Unos decían que había sido estibador venido de los barracones del Callao; otros, que lo habían visto en las calles de Huacho como hombre de mal vivir; pero la versión más aceptada era que, superviviente de la gavilla del legendario bandolero, “Mishicanca”, había sido preso cuando aquél cayera abatido por la policía que lo perseguía para cazarlo; una parte de su banda había sido acribillada, y la otra, prisionera. El gigantón –decían- cayó cautivo y traído a la cárcel cerreña en octubre del año anterior. Sea como fuere, al verlo así, con talla imponente y amedrentadora, cuello de buey, espaldas vigorosas y brazos enormes que se prolongaban en manoplas con dedos como morcillas, el Mayor de Guardias, olvidando su pasado reciente, lo integró al pelotón policial cerreño. Como si su catadura amenazante no fuera suficiente, su nombre aumentaba su intranquilizadora presencia. Se llamaba, Eulalio Degollación. ¡¿Degollación?!. Si, señor: ¡Degollación! Un apellido como a propósito para hacerlo más temible. Después –mucho después- se supo que era chinchino, hijo y pariente de abigeos y asaltantes que plagaban aquella zona.  Como la vida no le ofrecía otra opción, tuvo que convertirse en gendarme. Decidió que allí iría tirando para adelante hasta que se le presentara la oportunidad de asentar su vida. Daría un solo y soberbio golpe para retirarse rico de la ciudad. Total, allí, a cada rato se presentaba la ocasión de enriquecerse con un buen golpe de mano.

Fue ascendiendo en la policía como elemento de choque y disuasión no obstante su medrada agilidad mental. Estuvo presente en todos los acontecimientos policiales de aquellos tiempos. Su sola presencia bastaba para que revoltosos y buscapleitos amainaran sus ímpetus pendencieros; los insistentes terminaban fuertemente contundidos a dormir sus entusiasmos en chirona. Así, poco a poco, fue asentando su preponderancia en los bajos fondos, donde terminaron por respetarlo; pero no solo los revoltosos del lumpen, sino también los “niñitos bien”, aquellos “hijitos de papá” que por ser engendros o parientes de los “manda más”, hacían lo que querían. En aquellos tiempos –por ejemplo- había una bien dispuesta pandilla de “niños terribles”, pendencieros, enamorados, trompeadores, cantantes, bailarines y “buenos para nada” que asolaban a la ciudad con sus aventuras escandalosas. Eran socios de la institución que para ostentar su característica pendencia, la denominaban: “Cayena”,  en referencia a la aberrante prisión de la Guayana francesa, donde estaban recluidos los más peligrosos y sanguinarios delincuentes del planeta. Degollación se impuso a estos malandrines de pacotilla que terminaron por respetarle. Con el andar de los días, zahorí y muy astuto, se dedicó a cuidar más de su persona, adquiriendo hábitos y costumbres más acordes con la vida civilizada. Advertida esta tendencia por la superioridad, le endilgaron encargos más delicados que cumplir. Así conoció a los Arias Franco, distinguida familia de la alta sociedad cerreña, a la que pertenecía el Vicepresidente de la República, don Elías Malpartida Franco; Manuel, Pablo y Juan Arias Franco, copropietarios de la hacienda ganadera Pomayarus; emparentada con el doctor Encarnación Morales, Vocal de la Corte Superior de Piura; doctor Pablo Arias Franco, Agente Fiscal de la provincia, Manuel Arias Franco, ex alcalde de la ciudad y muchísimos integrantes del foro y la administración citadinas. La tarde que la señora Victoria Filomena presidenta de la Sociedad Caritativa, “Las Hijas de María” y de “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, recibió las mil cuatrocientas libras de oro por la venta de sus minas de Quishuarcancha, él estaba de guardia en el Banco de Perú y Londres, donde se cerraba la transacción. Servicial, se ofreció para transportar a la casa de la dueña, las flamantes monedas de oro que estaban dentro de una bolsa de lona, con precinto del Banco.

El jirón Dos de Mayo, a lo largo de sus seis cuadras, desde la esquina de la Calle del Marqués hasta la Plazuela Ijurra, era en aquellos tiempos, un animado y bien dotado emporio comercial. Allí -con amplios portalones- funcionaba los comercios de los austriacos, Nicolás Lale, Pascual Lucich, Pablo Lesevic, Blas Guerovich, Juan Kukurelo, Marcos Kunicich, Juan Klococh; de los italianos, Emilio Antognazza, Emanuele Demosti y Celso Seretti; de los españoles, Gallo Hermanos, Vicente Ruiz, Tomás Güemes, Antonio Barreda y Juan Ponce Arnedo; del francés Leopoldo Martin; el famoso Chifa “Cantón”, de un consorcio de chinos; el café – restaurante Carrión, el Café “Digo – Digo”, el “Café de los Valientes”, la Tonelada “El Lagarto”, la Botica Carrión, el famoso “Hotel Universo”. Más tarde se instalarían el Banco Italiano que devino en Banco de Crédito y, el Banco Popular  del Perú. En una esquina de este jirón con la calle Cusco, se ubicaba la casona de los  Arias Franco.

Si el frontis tenía todas las trazas de una mansión solariega con amplio portalón de robleel caso arias franco 2 claveteado con guarniciones de bronce y aldaba llamadora, debajo había un zaguán que conducía a las instalaciones interiores de la sala, comedor, cocina, oficinas, bodegas, y algunos dormitorios para el servicio. En el segundo piso, un balcón corrido con cobertura de vidrios, ventanas interiores con rejas sevillanas, faroles andaluces de hierro, resguardados por vidrios que los protegían del viento. Interiormente, tres puertas en arco con sus hojas de roble, correspondientes a los dormitorios principales.

La parte que daba a la calle Cusco –por el contrario- contaba con una magra portezuela de madera que se aseguraba con un mohoso candado, tan viejo como inservible. Era puerta de servicio. Formando parte del edificio, muy cerca de este ingreso, el aposento de la señora Victoria Filomena. Ella había preferido, en el último tramo de su vida, adecuar su recámara en el primer piso para evitar subir escaleras y tener que desplazarse por aquella enorme extensión. Sus dolores artríticos avivados por el frío reinante se lo impedían; le hacían la vida muy difícil. A la intimidad de su pequeña habitación había restringido todo su mundo donde contaba con todo lo necesario. Una cómoda cama de roble de dos plazas con mullido colchón y almohadas debajo de un hermoso crucifijo con el Cristo  traído de España, trabajado en fina madera; una mesa mediana que funcionaba como escritorio y otra más pequeña, como mesita de noche con sus cucharadas, pastillas frotaciones y palmatoria, pero también un libro de rezos y su rosario. Debajo, su bacinica de losa para solucionarle urgencias nocturnas. Adosado a un costado de la cama, un robusto ropero de nogal, donde guardaba sus trajes generalmente de abrigo porque los de gala ya no los utilizaba, retirada de la vida social; enorme variedad de chales de lana y mantas de vicuña y, al lado, una percha donde se colgaba sombreros, paraguas, cotonas y otros adminículos de la época. En una de las paredes laterales, había hecho empotrar una caja fuerte donde guardaba sus dineros, con mucho celo. Éstos no eran pocos. A la muerte de su marido, el inglés William Meyers, dueño de las poderosas minas de carbón de Quishuarcancha, quedó como dueña absoluta y única. Después de los funerales, don Eulogio Fernandini -emergente joven minero que salía triunfante a la palestra empresarial- se las compró por mil cuatrocientas libras esterlinas, pagadas al contado en las oficinas del Banco del Perú y Londres. Ella las llevó para depositarlas en su rudimentaria caja fuerte guardadas por tan sólo un candado. No tenía confianza en banco alguno. Naturalmente no eran éstos sus únicos ingresos. También contaba con el alquiler de sus casas, las ganancias de una boyante mina de plata que le rendía jugosas ganancias, y la venta de ganado de la hacienda Pomayarus, de la que era propietaria y socia de sus hermanos. Esta hacienda la había heredado de su señora madre, doña Isabel Franco viuda de Arias. Era dueña de una verdadera fortuna.

En otra de las paredes, un enorme retrato al óleo, en la que se la veía en su momento mejor, el de su apogeo; esbelta y hermosa. Sus cabellos, entonces endrinos, sedosos y brillantes, enmarcaban el rostro fino como de porcelana; su  palidez extrema resaltaba claramente el brillo de sus ojos zarcos y soñadores, una lividez que al comienzo trató de  mitigar con algunos afeites, después ya no; su ostracismo voluntario, lejos del aire y del sol, la habían agravado. Ahora estaba marchita, trasponiendo las fronteras de la vida, surcada de arrugas, ajada por el tiempo. Sus ojos verdes, ya oscuros, se habían impregnado de una luz confusa, como pozos de aguas profundas, insondables; las sienes completamente blancas, zuzón aletargado por el invierno de la vida. Ahora estaba sola en su voluntario encierro, desorientada como una adolescente sin espejo, aferrándose a un pasado que se desmoronaba; buscando la vida en los recuerdos, sin ilusiones, sin caminos, soportando la aplastante soledad que hace daño. Como aferrándose a su glorioso pasado, diariamente abre su viejo arcón de cuero repujado con la minuciosidad de un arqueólogo. Allí encuentra cartas amarradas con cintas descoloridas por perfumes ya extinguidos, medallas de plata, llamativos abalorios y una foto en sepia: un joven rubio de ojos claros e iluminada sonrisa de aventurero; debajo, trazado con pulso firme, una escueta dedicatoria: “Para ti, amor de mi vida. Tu Willie”. Lo mira largo rato y, como todos los días, lo riega con lágrimas que el tiempo está secando. No sale de su aposento por ningún motivo. A la muerte de su marido -el inglés diligente y apuesto de la fotografía- creyó que lo más hermoso del mundo había terminado para ella; que ya no había nada que lo impulsara a seguir viviendo. Aplastada por su soledad que agravaban sus males artríticos, se enclaustró voluntariamente, negándose a recibir visitas. Estaba consciente que su belleza, otrora aclamada, había desaparecido como por encanto y, por ningún motivo, deseaba miradas y comentarios conmiserativos. Sabía que su presencia originaria bisbiseos y cuchicheos malintencionados y sardónicos. Su único nexo con el exterior era su sirvienta Nicolasa, mujer de mediana edad que desde niña venía sirviéndola y conocía todas sus necesidades, fobias, limitaciones y preferencias. Ella hacía las compras, preparaba sus alimentos, lavaba su ropa, arreglaba su pieza y, determinados momentos, se convertía en su confidente. Con el tiempo había adquirido una notable habilidad para los masajes y frotaciones al menguado cuerpo de su orgullosa señora. Conocía la eficacia de medicamentos naturales –especialmente hierbas- que eran de su preferencia; guisaba  acertadamente platillos de especial predilección de la señora que de vez en cuando exigía. Por su charla locuaz y detallada, se enteraba de los grandes acontecimientos y los últimos chismes de la ciudad. A la llegada de cada noche, luego de la charla y acertados masajes con sus correspondientes frotaciones, le hacía beber sus últimas infusiones de tilo o anís y se retiraba a su casa ubicada en Cruz Verde, hasta el día siguiente en que, muy temprano, llegaba para iniciar las labores del día.

Continúa……