Espectacular fuga de los presos de la cárcel (22 de setiembre de 1922)

Espactacular fugaAntes de narrarles aquel acontecimiento, permítannos una rápida referencia a la  instauración de la cárcel en nuestra ciudad. Desde que nació el Cerro de Pasco, ha tenido su reclusorio obligado, máxime si desde sus tiempos aurorales, la proliferación de gentes de mal vivir, lindante con la delincuencia, era muy acentuada. La primera referencia la encontramos en un plano del siglo XVIII. Allí se precisa su ubicación a extramuros de la ciudad, parte baja de Pariajirca Alta, muy cerca de donde finalmente se construyó el Cementerio General. Sabemos que una gran cantidad de presos que alojaba  esta mazmorra -muchos de ellos extranjeros del lumpen- previa autorización de sus consulados, eran expulsados de la ciudad.

En el plano topográfico que levantó Román Batanero -1862- la encontramos en la calle Libertad, junto al  velatorio de la iglesia de Chaupimarca,  actualmente mercado Baratillo. Era una vetusta casona de paredes altas y fuertes con patio enorme, empedrado, donde se recluía a la generalidad de internos. Los avezados con amplio prontuario delictivo, se hacinaban en celdas estrechas y muy frías donde debían mantenerse en pie o sentarse por turnos.  Así eran de estrechas. Había tres o cuatro en cada celda de tres paredes de piedra, con tosca reja de hierro. El frío inclemente mantenía a raya a los revoltosos y, en otros casos, el aire fétido producido por las excrecencias corporales y emanaciones de los cuerpos aglomerados, hacían difícil la respiración de vahos acentuados de aquellos infelices. Pasados unos días, ya parecían esqueletos con desorbitados ojos de locos. Su colindancia con el velatorio donde su fúnebre apariencia de negro riguroso y los dolientes compungidos rodeando el lugar, determinaron el nombre de la rúa: Calle de la Amargura. Esto cambió cuando el primero de diciembre de 1908 caen acribillados cinco jóvenes cerreños que defendían el resultado de las elecciones municipales. Los “gringos” de la Mining que querían a toda costa apropiarse de la ciudad, desconocieron abiertamente. Aquella sangrienta represión estuvo a cargo de la Guardia Civil que apoyó abiertamente a los norteamericanos. Murieron baleados por la espalda: Alfonso Limas, Abraham Rantes, Ernesto Tello Véliz, Jerónimo Peña y Mariano Pérez, “Héroes de la civilidad”. A partir de entonces recibió el nombre de Calle Libertad.   Nunca mejor puesto el nombre de una calle.

Como la cárcel colindaba con el techo de la iglesia, se convirtió en una coladera por donde fugaban constantemente los internos. En muchas oportunidades fue escalada con total osadía por aquel bandolero de leyenda de comienzos de siglo: “Mishicanca” (Asado de Gato). Escapó cuántas veces quiso, completamente engrillado, por aquellas paredes y techos, al parecer inexpugnables, desapareciendo como por encanto, auxiliado por sus cómplices que lo esperaban a las goteras de la ciudad. Tuvieron que traer un ejército de gendarmes al mando de Toro Mazote –el mismo que abatió a Luis Pardo- para que lo mataran. Sólo así terminaron las correrías de este abanderado de la delincuencia serrana.

Finalmente, el 10 de mayo de 1905, la Junta Departamental y el Concejo Provincial aúnan esfuerzos y la trasladan a donde fue la Estación del Primer Ferrocarril de la Sierra. Desde allí  transportaba los minerales de las minas cerreñas con destino a Qiulacocha,  Occoroyoc, Tambillo y Sacrafamilia, donde estaban asentados los Ingenios de molienda de metales.

En 1911, el doctor Moisés Martínez que ejercía de diputado suplente por el Cerro de Pasco, presenta un proyecto del ley pidiendo la asignación de  mil doscientas libras peruanas para refaccionar la cárcel. No tuvo éxito. Fue en 1915 cuando el Alcalde don Enrique Portal,  busca un local adecuado fuera del centro de la ciudad. Encontró un edificio al S.O de la ciudad. Había sido depósito de máquinas y carros del ferrocarril, propiedad de una Empresa particular que pasó a manos del la Peruvian Corporation, al hacerse en 1890 el traslado de la plata hacia Quiulacocha y Occoroyos; cesado éste en 1900 con el advenimiento de la compañía norteamericana y el auge de la explotación del cobre, se convirtió en depósito de máquinas y elementos de trabajo de esta empresa. Este empeño conseguía dos ventajas.  Sacar la cárcel del seno de la ciudad y establecerla en un lugar que reuniera un conjunto de ventajas sin necesidad de apelar a nueva construcción que era imposible por el problema fiscal que afrontaba la comuna. Hechas las gestiones, no se consiguió la aceptación de la empresa particular. Sólo en1919, gracias a las gestiones de don Domingo Sotil, se consigue una partida para su refacción y, en 1920, aprovechándose la instalación de la Corte Superior y la acción personal del Presidente Leguía, se consigue que la “Peruvian” cediera el local del Depósito para uso de la cárcel Pública. El 4 de noviembre de 1922, en forma solemne se inauguraba la cárcel del Cerro de Pasco. Para conseguirlo no poca acción desarrolló el Prefecto Eleodoro Macedo y los miembros de la Corte: Oscar Blondet, Miguel A. Martínez, y los Alcaldes Carlos Portella, Avertino Ochoa, Antonio Quesada, Ricardo Alania y Bejamín Madueño y los notables vecinos Moisés Martínez y Carlos Languasco. La parte técnica estuvo a cargo de los ingenieros Nicolás Arauco y Enrique León.

En los muros de esta cárcel, confundidos con vulgares delincuentes, estuvieron recluidos –en más de una oportunidad- los luchadores sociales del pueblo. Los últimos fueron trescientos hombres y mujeres acusados de dar muerte al más abominable tirano que llegó a gobernar nuestra tierra: Francisco Tovar Belmont, el 16 de febrero de 1948. Las paredes de este reclusorio, son mudos testigos de tanta ignominia y abuso y es, a no dudarlo, la cárcel más dantesca del mundo  -extramuros de la dignidad humana- a donde nunca se han atrevido a llegar los defensores de los derechos humanos.

Construida de piedra con cobertura de calaminas y sin ninguna previsión más que el dotado de rejas de hierro, se convirtió en la Cárcel Central del Cerro de Pasco. Tan insegura era que de allí fugaron masivamente los reos en muchas oportunidades. La más notable fue la del 22 de setiembre de 1922, con la muerte de nueve reclusos baleados por los guardianes que los perseguían.

He aquí la historia de aquella fuga.

Este acontecimiento que conmocionó a todo nuestro pueblo, ocurrió a las seis de la tarde del jueves 22 de setiembre de 1921. A esa hora, aprovechando el mayor movimiento de reclusos que se dirigían a sus dormitorios en la Cárcel Central del Cerro de Pasco ubicada en el barrio La Esperanza, fugaron masivamente treinta y cinco internos, nueve de los cuales cayeron en diferentes lugares de la ciudad, víctimas de las balas de los custodios que los perseguían.

Espectacular fuga 2Hechas las primeras investigaciones, se supo que los internos estaban muy alterados por la falta de pago de los “socorros” que el estado asignaba a cada uno de ellos. Además se supo que estaban descontentos con los maltratos y el abandono en que se encontraban, recluidos en la cárcel más espantosa del mundo, donde las paredes de piedra, los techos con innumerables goteras y el agua que se filtraba dejando el piso húmedo y lleno de musgo, los impulsó a fugar en la primera oportunidad que encontraron. Mucho se especuló al respecto, por eso nosotros basamos nuestro relato en el parte que el Jefe de Prisión, Manuel Romero, hace llegar a su jefe superior, el Mayor de Guardias de la Guardia Civil de Departamento, emitida al día siguiente del hecho, viernes 23 en el que se dice lo siguiente:

“La evasión de los presos de la cárcel central de “La Esperanza”, se realizó a las seis de la tarde del jueves 22 de setiembre de 1921, más o menos, de la siguiente manera”.

“A la hora indicada anteriormente, el Jefe de Prisión se hallaba practicando el registro reglamentario de la cuadra donde duermen los detenidos para verificar su encierro cuando escuchó las angustiosas voces de alerta que emitía el centinela de la reja del taller donde se acostumbraba a tener a los presos en el día. Inmediatamente corrió a ver qué pasaba. Al llegar vio que el mencionado centinela ya se hallaba tirado en el suelo y la reja derribada sobre él en tanto que una masa compacta de presos se daba a la fuga. Inmediatamente, el jefe y los demás custodios emprendieron la persecución efectuando tiros al aire en señal de advertencia sin conseguir su propósito porque, en ese momento, atravesaba un convoy del tren de patio con numerosos carros que los resguardó del ojo  de sus persecutores. Este acontecimiento fue aprovechado por los reclusos para sacar ventaja de  unos 200 a 300 metros. Si al comienzo iban en masa, cuando llegaron al llano se fraccionaron en grupos que escaparon por diferentes direcciones. Los ocho custodios bajo cuya responsabilidad estaban los reclusos, se dividieron también de acuerdo a las circunstancias. El Jefe siguió a la mayoría que iba por la ruta de la laguna de Quiulacocha. La distancia que me separaba de los presos que perseguía, unido a la mala calidad de la munición con que tenía cargado mi revólver que no daba fuego las más de las veces como se comprueba por las seis balas rastrilladas que acompaño, alentaba a los presos a su fuga.  Después de mucho correr ya me hallaba próximo al grupo mayoritario, cuando fui sorprendido por Téofilo Agüero y Leonardo Inza que, sin que yo lo notara, me habían seguido los pasos. Estaban armados de filosas chavetas y decididos avanzaban hacia mí, amenazantes. En estas circunstancias, hallándome completamente solo, traté de amedrentarlos rastrillando mi arma en la que solamente me quedaba una bala. Esto no los amedrentó y, cuando el primero se me abalanzó, disparé la única bala que me quedaba con la que herí a Inza en el momento en que más decidido se me acercaba para clavarme la puñalada. Agüero que venía detrás se me abalanzó tratando de victimarme, yo que tenía el revólver descargado me di a correr y, pude en mi carrera, cargar nuevamente el revólver y volver hacia Agüero que ya me alcanzaba, hiriéndolo de un balazo. Fatalmente las otras cuatro balas de la pistola no estallaron. Viendo esto, los fugitivos que perseguía, viéndome solo, regresasen  a acometerme. Dada la distancia que me separaba de mis soldados que por la oscuridad no podían distinguir mi silueta continuaron fogueando con riesgo de herirme. El momento era dramático porque además había oscurecido. Viéndome en esa situación tuve que emprender el regreso, dejando herido y sangrante a Agüero”. “De los prófugos, logramos ubicar a dos que se habían encaramado en la bocamina de “La Docena” por donde salen los gases expulsados por las ventiladoras. Esto no lo pudieron soportar, Nemesio Logroño ni Florencio Coquito –ambos negros y avezados criminales- tuvieron que entregarse. En la Fundición “El Misti” de don Sebastián Arauco, se encontraron a tres delincuentes que estaban agazapados en las caballerizas de la casa. Otros dos fueron apresados cuando, fingiendo ser vigilantes de la Railway Company, permanecían dentro de un cabusse que al día siguiente debería partir a Lima con el ferrocarril. Otro, llamado Melquiades Zurinama, se había introducido en casa del ciudadano alemán Félix Levandosky y ya había tomado como rehenes a dos de sus sirvientas. Cuando el alemán apareció con un gigantesco fusil el maleante escapó y fue detenido por los vigilantes que los buscaban”.

“A poco de llegar a la cárcel, acudió el señor Sub-prefecto en compañía de usted a constatar la evasión, no pudiendo haber descubierto hasta ese momento el número de bajas hechas por la fuerza pública en los presos, y contándose que el número de los prófugos era 35, mientras quedaron 22, además de Talavera y Dulanto que están alojados en la prevención”.

“Al hacerme cargo de la cárcel, el día anterior a las doce del día, constaté que había 10 guardias y un paquete de 89 balas. Cuando pasé revista al armamento y municiones correspondientes, constaté que una buena parte estaba en malas condiciones, por lo solicité su cambio al día siguiente. Para este efecto envié al Cerro a un guardia llevando los malos cartuchos, mientas que el resto se quedó en la plaza con 7 tiros. Todo eso lo hice a las cinco y a las seis de la tarde, más o menos, se iniciaba la evasión de la que doy cuenta, aún cuando no había regresado el guardia que había enviado a la ciudad”.

“La fuga de los reclusos es imputable a la falta de de seguridad del local que, como es fácil ver, no ha sido construido para una cárcel por las grandes aberturas que tiene en paredes y techo. Es notoria también su mala disposición de las varias dependencias que tiene el reclusorio. Por ejemplo, el taller al que me he referido, no tiene puerta de acceso y para llegar a él es necesario rodear todo el edificio, acción que demanda apreciable tiempo”.

“El servicio que se hacía en ese momento con los guardias de facción que eran tres; es decir, el centinela de la puerta del taller, el de las ventanas de la fachada de éste y el de clase de cuarto que, no pudiendo estacionarse en ninguna de estas dos paradas, se hallaba en ese preciso momento en el lado opuesto del edificio, evitando el ingreso de licor que por más que cuidemos en extremo siempre se cuelan algunas botellas. Los presos aseguran que sólo el licor puede mantenerlos soportando el frío glacial del encierro. En la prevención había otro guardia como centinela de los presos Talavera y Dulanto, los más avezados y peligrosos de todo el reclusorio. Los guardias que iban a entrar en el siguiente turno estaban descansando, pues ya habían servido más de 24 horas; el clase restante y yo nos encontrábamos en la cuadra de dormir de los presos, haciendo el registro ya expresado”.

“Los internos que restaban en el taller donde tienen sus herramientas de zapatería, notando indudablemente el registro que yo hacía, frustrando la evasión que proyectaban tal vez para esa noche, como explicaré más abajo, se armaron  de sus chavetas y otras armas y en masa empellonaron la reja que según versión del centinela, cedió al primer intento. Producida la evasión el guardia logró evitar a los 24 presos que no salieron del taller, mientras como dejo expuesto, los 8 clase restantes y yo fuimos en persecución de los prófugos”.

“Después de la exploración hecha en la pampa esa misma noche, en unión de usted y la policía, se halló que el número de bajas hecha en los presos alcanzaba a 9, cuyos nombres le ha de proporcionar el Alcaide”.

“Hago constar el haber hallado el cadáver de Inza, sosteniendo aún en la mano derecha la chaveta con que pretendió herirme y que acompaño, como consta a usted, al comisario de la Esperanza, Alejandro Olazabal, Eulogio Chocano; sargentos de gendarmes, Chamorro y Sandoval, y demás gendarmes y guardias que acompañaron a usted que el señor agente fiscal Dr. Bianchi y el Sr. Juez del Crimen doctor Pinto, quienes hallaron también el lugar donde yacía el cadáver de Agüero aprisionando la chaveta con que trató de victimarme; que en el momento de la evasión caía una fuerte tempestad, lo que aumentó la confusión natural del momento, y que la sabana de nieve favorecía el objetivo que presentaba los prófugos; que la pronta caída de la tarde, la completa oscuridad que después vino y la falta de munición, que se había agotado, nos impidieron continuar la persecución; y que se logró recapturar sin embargo a dos de los prófugos”.

“Para explicar el propósito premeditado de fuga de los presos, refiero el hecho de que cuando el Sub-prefecto y usted mi mayor, llegaron a la cárcel, se halló un forado que habían comenzado en el taller, y atravesando la pared llegaba  a un cuarto vacío.  En una de las paredes de éste, habían practicado una abertura a la que tan sólo faltaba romper el entortado del zócalo para poner ambas en comunicación”.

“Naturalmente al haber terminado yo la inspección de la cuadra, había descubierto este forado y frustrado la evasión; y como así lo entendieron los presos, optaron por fugar por el otro lado ya descrito”.

Dios guarde a Ud. mi mayor.

Manuel Romero (rúbrica)

Espactacular fuga 3

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