“Machi”, el fakir

Machi el fakirLos chicos lo conocimos en la escuela cuando se presentó a vendernos golosinas en el recreo. Llevaba un tablero mediano colgado de sus hombros donde colocaba caramelos chocolates y melcochas de colores y sabores diversos; éstos eran los más solicitados por su tamaño y frescura. Pronto se le terminaban. En otras ocasiones traía unas atrayentes manzanas recubiertas con caramelo rojo brillante, como vidrios. Era la delicia de todos y “volaban” como por arte de magia. Machi era un comerciante nato que se las ingeniaba para lograr más ventas que su rival, Ayala, experto en preparar “Chaplines; por eso creó unos caramelitos que embalaba conjuntamente con películas cortadas cuidadosamente en cuadros pequeños. Eran retazos sobrantes que le regalaban sus amigos proyectistas del Cine Grau. Para que hubiera demanda de estos caramelitos, organizaba campeonatos de “Películas” en los recreos. Así llamaba al entretenimiento que había inventado. Consistía en hacer caer de una altura determinada, una por una las películas por riguroso turno. Si uno conseguía “montar” las películas de su contrincante, se llevaba todas las que habían caído. La diversión nos gustó y, en poco tiempo todo el mundo jugaba, “Películas”. Como es fácil suponer, la venta de su mercancía se hizo pródiga.         En otros momentos del día, nos vendía las revistas más sensacionales de aquellos tiempos. Para nosotros: “Billiken”, “Peneca”, “Pif-Paf”, “Tony”; para los mayores: “Leoplán”, “Cinelandia”, “Mundial”, con informaciones detalladas de la Segunda Guerra Mundial, así como “Life” y la naciente “Selecciones”; los deportistas reclamaban “El Gráfico”, con portadas y “posters” a todo color de los mejores jugadores y equipos argentinos. Tanta influencia tuvo esta publicación entre los muchachos que a lo largo y ancho de nuestra tierra florecieron equipos de fútbol como, “Huaracán”, “River Plate”, “San Lorenzo de Almagro”, “Independiente” “Racing”, “Banfield”. Las damas adquirían: “Aquí Está”, con portadas iluminadas por deslumbrantes bellezas de América pintadas por el arequipeño Vargas y luego por el argentino Raúl Manteola; “Variedades”, con notas para el hogar, chismes del cine, etc. “Machi” era un ingenioso muchacho que siempre estaba creando juguetes que los “platudos” le compraban. Lector impenitente de Billiken y Hobby –sus revistas preferidas- que también vendía lo convirtió en un inventor en ciernes. En ocasiones fungía de experto cirujano cortando de raíz las asquerosas verrugas que llamábamos “ticktes” y proliferaban en las manos de los chicos, no sé por qué razones. Cogía la mano damnificada y con una filuda navaja de “Gillette” le cortaba el “tickte” de raíz. Cuando comenzaba a brotar sangre de la herida, dejaba caer  dos o tres gotas de ácido nítrico y en medio de una crepitación ostentosa, esperaba los efectos. Un vapor blanquecino emanaba de la herida que adquiría un color negruzco por la quemadura; el paciente, fuertemente sujeto por el operador mantenía la mano inmóvil soportando el terrible suplicio de la calcinada; cuando sólo quedaba un punto negro en el lugar donde antes había estado la verruga, cobraba. Medio real por uno pequeño y un real por un “tickte” grande. El chico pagaba feliz por el milagro de su extirpación y, todos contentos.

En tardes soleadas, ayudado por sus amigos, extraía los “pitos” –pajarillos picudos, nada atractivos- de sus madrigueras ubicadas en las paredes del Estadio o el Cementerio o tantas casas viejas de la ciudad. Cada pito o “acaccllo” lo vendía a tres soles. Su sangre servía para calmar los “ardores” e “inquietudes” de maltonas muchachas casaderas que sufrían desmayos “por falta de hombre”. Los padres entonces cortaban el pescuezo del pajarillo milagroso y hacían beber a sus hijas la sangre que manaba a raudales. La operación terminaba cuando el “acaccllo” moría exangüe.

A lo largo del año –llueve o truene- atendía el pedido de los muchachos para dotarles de una rueda. Se agenciaba de la “Mining” los bordes de los metálicos cilindros que en gran número tenían en su bodega y tras separarlos del cuerpo central, los pulía con una dedicación especial. Brillantes y hermosas entregaba el pedido con su correspondiente “callapa” o manejador de acero para conducirlas. Cobraba muy bien por estas “joyas” de nuestra juguetería infantil. También era un experto en adecuar trompos. Los hacía barreteros para el juego de “saca moneda”, o los volvía “pajitas” mediante la incrustación de una púa de “mony” parecida a un corazón, para jugar “saca chapas”. No se sentía el peso de estos trompos cuando bailaban. Confeccionaba zancos para los muchachos más audaces; adecuaba “jebes” con “callapa” y sin ella, para cazar pajaritos; vendía boleros previamente “amanzados” y hermosamente pulidos; se agenciaba “medianas” de piedra y “ojitos” de mágicos diseños para nuestros juegos de bolas. A cada “chapa” aplanada por las ruedas de la locomotora, le perforaba dos huecos, le pasaba una pita y obtenía un “sirriachi” que vendía a buen precio. Sumamente inteligente aprendió a fabricar pelotas de trapo con medias de sus parientes. Casi llegó a igualar la maestría de Fena Livia en esos menesteres, que no en juego. (Fena fue un crack inigualable desde chiquito). Machi era un especialista en la  fabricación de tinta azul  y roja para escribir nuestros cuadernos. La anilina para las tintas las compraba donde el señor Quinto en el mercado y, para los dibujos le agregaba goma arábiga. Sus trabajos quedaban magistrales. Por lo demás nos proveía de tinteros pequeños que amarrábamos al bolsón de útiles; nos vendía también unos secantes de tinta que él –no sé cómo- los conseguía del laboratorio de la compañía. Bueno, el caso es que “Machi” era muy amiguero y todos, grandes y chicos le tenían buena voluntad.

Cuando arribaba el mes de agosto con sus ventarrones, se dedicaba a fabricar hermosas cometas de vivos colores que vendía a buen precio a los niños “decentes”: Barriletes, Cambuchos, Estrellas, Mariposas, Buques, Aviones y Pandorgas, con sus colas, hilos, sirriachis laterales y todo. El cielo, gracias a sus incomparables habilidades, lucía iluminado de colores durante toda la temporada.

Aleccionado por un charlatán que quincenalmente visitaba la ciudad minera, aprendió a vender amuletos y talismanes; especialmente unas piedrecitas rojas “sacadas de la cabeza de las serpientes encantadas” que servían para “amarrar” a las parejas. “Bastaba que esta piedrecita se colocara entre el dedo del corazón mientras se estrechaba la mano de la mujer para que ésta quedara hechizada”. A pedido de algunas personas, para cuidar la casa, conseguía calaveras del viejo osario de Uliachín y tras enterrarlas por unos días en cal viva, las sacaba como nuevas: blancas y limpias. Las colocaba en un lugar alto de la casa y la rodeaba de piedras,  cigarrillos y coca.  Ella se encargaría de arrojar las piedras a los ladrones. A Machi le pagaban muy bien por este servicio. Ésta era su manera de sobrevivir. Su pobreza la superaba con prolijidad y diligencia. Era muy inteligente y servicial.

Se llamaba Marcelino, pero nosotros le llamábamos “Machi”, hipocorístico que él recibió con igual cariño con el que se lo pusimos. Enjuto, extremadamente magro, parecía hecho solamente de huesos y pellejo. No podíamos imaginarnos que tuviera siquiera un gramo de grasa en el cuerpo. Su rostro anguloso y huesudo, sin embargo, era simpático.

Siempre estaba ocupado en fabricar objetos que los “vagos” presentaban como suyos en el curso de “Trabajo Manual” para aprobar los exámenes escolares; forraba cuadernos y libros, “ponía al día cuadernos” por sumas económicas. Tenía una caligrafía de notario, hermosa y prolija. El caso es que así sobrellevaba su orfandad con decoro y mucho entusiasmo. Su esmirriada contextura lo transformó en campeón de “shulula”. Había que verlo deslizarse por el tobogán resbaloso de greda. Era un campeón. Lo que más admirábamos de él era su carácter jovial y sereno. Jamás hizo caso de una ofensa. Se limitaba a mirar con ojos indefinidos a su amenazador y todo quedaba en nada. Siempre estuvo ligado a nuestras inquietudes infantiles. Nos revelaba secretos que descubría a la llegada de los circos y la presentación de los charlatanes que sacaban de sus maletas enormes boas asorochadas, más muertas que vivas, pero que “podían saltar y engullir a los hombres, de un momento a otro”. Es decir el “Machi” se las sabía todas.

Un día desapareció. No lo vimos en los recreos de la mañana, ni en los de la tarde; ni al día siguiente; así durante tres días, hasta que llegamos a enterarnos por “Mister Babas” Ceferino Dávila, que lo habían llevado agonizante a Huariaca. Una pulmonía fulminante había estado a punto de llevárselo a la “otra”. Cuando lo volvimos a ver, cadavérico y asustado tras larga convalecencia, nos contó lo sucedido.

Por aquellos días, coincidente con la navidad, había arribado una gigantesca caravana de colosales carromatos pintarrajeados de vivos colores. Era la comparsa del “Gran Circo Real Italiano” con su trouppé de deslumbrantes artistas de fama mundial y enorme variedad de animales extraños y sorprendentes que concitaron la inmediata expectativa del público cerreño. Dos osos enormes cuyos gruñidos escarapelaba el cuerpo, dos tigres de bengala, dos leones, tres monos grandes y siete pequeños; dos hermosos caballos blancos con las que las amazonas hacían increíbles piruetas ecuestres; diez pequeños canes, pintorescos y juguetones;  dos burros sabios que con sus cascos y el movimiento de cabeza, respondían a las preguntas de su entrenador. Nunca se había visto nada igual en la opulenta ciudad minera.

Aquella mañana en un marco vocinglero y oletón de curiosos levantaron la enorme carpa de lona de colores azul, rojo y blanco. En los dos castillos principales de la carpa circense, se lucían dos flamantes banderas: peruana e italiana. Para el mediodía ya todo estaba listo. La expectación era inmensa. De repente, como no había ocurrido en muchos años, unas cerrazones de cargadas nubes oscuras ennegrecieron los cielos y, de inmediato, como si alguien hubiera abierto las compuertas de una exclusa, una lluvia espantosa comenzó a caer sobre la ciudad. ¡Dios mío! No obstante esta inconveniencia se cumplió con realizar la presentación inaugural en medio de una tormenta apocalíptica que hacía gemir a las fieras encabritadas. Concluida la presentación inaugural, el público, venciendo una espesa ventisca se retiró a sus hogares. La nieve que reemplazó a la lluvia, comenzó a caer como en muchos años no había caído. Los artistas, especialmente las mujeres, estaban aterrorizadas y sus connacionales anfitriones del consulado italiano hacían esfuerzos supremos para calmarlos y combatir aquella terrible combinación de soroche, frío, altitud y terror que estaban viviendo los visitantes.

Ya amanecía cuando un crujido terrorífico alarmó a los peones, sirvientes y ayudantes que trataban de calmar a los animales. Uno de los mástiles no pudo soportar la pesantez de la carpa cubierta de nieve que se vino abajo hiriendo a algunos hombres y animales. El pueblo que prestaba auxilio a los circenses, sugirió que se llevaran a Huariaca, a osos, leones, tigres, monos y perros, antes que murieran. Allá –más bajo- tendrían más oxígeno y se abrigarían. De inmediato pusieron en práctica la sugerencia. Sólo así lograron salvar sus pertenencias. Machi que había sido llevado por el virolo “Casimiro” para ayudar en el circo, trabajó como nunca completamente empapado hasta que una fiebre tenaz estuvo a punto de matarlo. “Mister Babas” se lo llevó a Huariaca. Así  salvó la vida.

Mucho tiempo estuvo reponiéndose de la enfermedad y dolorosa experiencia vivida, hasta que logró su pleno restablecimiento. Después, nuevamente, volvió a las andadas.¡

(Continúa…)

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