“Machi”, el faquir (Segunda parte)

En otra oportunidad, nos narraba en ámbito misterioso que su voz en sordina agravaba, las hazañas del mago “Dilmer”. Nunca comprendimos cómo aquel maestro del misterio y la prestidigitación –mundialmente conocido- pudiera haberle abierto las puertas de sus “herméticos arcanos” como decía él; el caso es que, entre bambalinas, cumplía con rigor lo que el maestro le indicara. Con un misterio estremecedor nos narraba cómo “Dilmer” había realizado las hazañas en su presentación.

Machi el fakir 2Aquella noche, tras una activísima propaganda de treinta días, se presentaba el Gran Mago DILMER. Periódicos, radios y profusos carteles anunciaban su debut para el viernes 16 de julio a las 7.30 de la noche en el Teatro Principal. Aquel fue el homenaje más espectacular a la Virgen del Carmen, matrona de los españoles en su día. Las siete y treinta era la hora consagrada por el uso de los años para comenzar la función principal. No cabía ni un alma más en el teatro. Todas las localidades estaban atiborradas de ávidos espectadores. Los palcos donde por lo común había cuatro sillas, reventaban de curiosos. Las galerías, no tenían ni siquiera los pasadizos libres. Estaban copados. De la cazuela, ni se diga; llena al tope. Amenazaba con venirse abajo. Las voces en sordina en un comienzo rompieron los diques de la tranquilidad y ya eran gritos de abierta protesta. Los murmullos de condena y cólera de hombres y mujeres, subían de intensidad cada vez más. No era para menos. El espectáculo estaba programado para las siete y media y, ¡no comenzaba todavía! Todos los que miraban sus relojes movían la cabeza con desaprobación. Las manecillas señalaban que ya era más de las ocho de la noche. ¡Escándalo!. ¡Media hora de retraso!. ¡Nunca había sucedido nada parecido!

En todos los rincones del teatro comenzó un sincronizado zapateo como manifiesta desaprobación por el retraso. Abucheo, silbidos y zapateado eran de tal envergadura que la inmensa araña que iluminaba la sala parecía que iría a caer en cualquier momento. La irritación era tan intensa que hasta las correctas personas de la “Sociedad” que repletaban los palcos, comenzaron a dar golpes con los tacos.

Así estaban las cosas cuando una fanfarria espectacular acalló todos los ruidos. Se apagaron las luces de la sala y se iluminó el escenario. Al levantarse el telón, se presentó el mago impecablemente vestido con frac negro en medio de rechiflas y aplausos divididos, hizo una venia, se acercó al borde del escenario y…

— ¡Damas y caballeros, Buenas Noches! Al llegar al teatro me pareció oír una ola de protestas…!¿Por qué?! –preguntó.

— ¡Ya es tarde!…

— ¡La hora!…

— !Es muy tarde! ¡Mi plataaa!-respondió a gritos, la gente.

— ¡No! – Dijo “Dilmer” – ¡Estoy en la hora! Es las siete y media de la noche. ¡Miren sus relojes!.

Todos. Iracundos y vociferantes, miraron las esferas de sus relojes. ¡Quedaron impresionantemente mudos! Efectivamente. ¡Era las siete y media de la noche en punto!.- Una atronadora ola de aplausos coronó “el pase” del mago. ¿Cómo lo hizo?

A partir de entonces, la noche transcurrió amena y divertida. Hubo hipnotismo, telepatía, prestidigitación, todo en un clima de alegría general. Cuando con inmensa cierra circular partió en dos a una mujer, hubo gritos y desmayos, pero después, todo se calmó y continuó animada y espectacularmente. Para el último número “Dilmer” entró en el escenario vestido con un sobretodo, bufanda y paraguas, diciendo:

— En todos los espectáculos, el público se va primero. Aquí no. Yo salgo antes. Abrió su paraguas y remarcó: ¡Cuidado, que ha comenzado a nevar! Y en el acto empezó a caer nieve dentro del teatro. La gente sorprendida aplaudía a rabiar; unos pocos, admirados cogían los copos y los aplastaban para salir de su asombro. Hasta ahora nadie sabe cómo lo hizo, pero tampoco lo ha podido olvidar.

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Un día, Machi,  conoció a un anciano, enjuto como él, que con nadie había trabado amistad en el pueblo. Alto, delgado, anguloso, barbas y pelo encanecidos, anteojos de carey de respetable grosor, sonriente y comedido, vivía en una de las habitaciones de los cinco pisos del “Edificio Proaño”, donde residía una variopinta diversidad de personajes. Este hombre enigmático lo inició en lecturas especiales y  con él se pasaba horas enteras hablando sin parar. Cuando le preguntaron quién era, contestó que se trataba de un gran maestro Rosacruz y que se le respetara porque era un sabio.

En poco tiempo, el “Machi” se transformó. Ya no era el jovial e inquieto muchacho que buscaba la oportunidad de “ganarse alguito”. No. Ahora era un joven agrandado, serio, muy serio. Esto no dejó de preocuparnos.

Las pocas veces que volvimos a verle nos había asegurado que tarde o temprano nos daría una sorpresa muy grande.

Llegada la oportunidad, nos convertimos en sólo ojos y oídos.

El treinta de julio, en la jimkana de Patarcocha organizada por la Municipalidad, se presentó “Machi”, como número principal. Inclusive, se había repartido volantes impresos en los que decía:”Presentación del Gran Fakir “Abal – Adehl – Boab – Dalamel” el elegido, con números nunca vistos en el Cerro de Pasco”. Aquel día, en la gran explanada donde se había erigido un sólido entarimado, los amigos del debutante colmábamos el escenario de su presentación en primera fila.

Para su número inicial, anunciado estentóreamente por su locutor, apareció con una bata enorme hecha de tela playa y un turbante de varias vueltas que le cubría la cabeza. Todos lo miraron con gran curiosidad y algunos se reían abiertamente al verle la cara circunspecta. Nos recordaba al malvado Ming de la “Invasión de Mongo”, inolvidable serial con Flash Gordon. Se dirigió al centro del tablado con dos de sus ayudantes que llevaban una enorme manta de lona con gran cantidad de vidrios rotos de todos los tamaños  de la famosa Cervecería Herold. Los vidrios de botellas rotas de cerveza conformaban una variedad extraordinaria con brillantes aristas, amenazantes y filudas. Todo el mundo contuvo la respiración. La colocaron debajo de la mesa a la que se subió el fakir y, tras unos pases mágicos, entre el tétrico redoblar de tambores, saltó  sobre aquella cama amenazante y peligrosa, coincidiendo con el golpe de un bombo. La gente entonces se deshizo en aplausos y aclamaciones. El fakir, triunfante, dio la vuelta todo el escenario en medio de las aclamaciones de los admirados fiesteros. ¡No había sufrido ni un sólo rasguño!.

Para la segunda prueba, siempre bajo la atenta mirada de su asesor, los ayudantes trajeron al centro del escenario una mesa delgada sobre la que había un mantel impecablemente blanco, y sobre él, un juego de ocho alambres de acero, duros como recios clavos, semejante a los moldes que las señoras utilizan para tejer medias; un poco de alcohol y unas motas de algodón.

Levantó los alambres y como si los afilara, puliendo uno con otro, atravesaba unos papeles para demostrar el filo  que tenían. Esto hacía caminando en derredor del tinglado con un arte propio de un avezado artista, dueño y señor del espectáculo.

Cuando hubo recorrido dos veces el borde del escenario, siempre en el marco de un sonoro redoblante, cogió el primer alambre y tras mostrarlo al público, se atravesó la piel de un brazo de parte a parte, luego del otro y, en la parte culminante, se traspasó la nariz y los dos carrillos sin que cayera una sola gota de sangre.

La gente no lo podía creer.

Cuando un corro de borrachos orquestó un sincronizado grito de ¡Truco! . ¡Truco! . ¡Truco!.. “Machi” se les acercó y a escasos centímetros de sus rostros alcoholizados, metió y sacó muchas veces los alambres. Los beodos quedaron callados y deslumbrados.

Para su número principal, caminó al centro del escenario y tras una venia se despojó de los adminículos que lo cubrían: capa y turbante. Con sólo un taparrabo muy precario su cuerpo quedó desnudo: blanco como si estuviera crudo. No obstante el aire helado que enfriaba el entarimado, ni se inmutó siquiera. Parecía un muestrario esquelético que de un momento a otro caería con la estridencia de sus huesos desarmándose. Llamó a dos enormes herreros que ayudaban a don Armando Paredes en su taller de la calle Morales Janampa. Premunidos de sendas combas se ubicaron al lado del artista. Hizo que otros ayudantes trajeran dos sillas donde fue colocado en incómoda posición, pues sólo se sostenía por los talones en un lado y el cuello, en el otro. Daba la impresión  que una fuerza invisible pero poderosa lo mantenía colgado de la cintura, sin embargo, no había nada. Era un prodigio el cómo mantenía el equilibrio en esas condiciones; las sillas que lo soportaban estaban a extremos que sólo permitían su tensión en el aire, como si estuviera tirado sobre una plancha de vidrio o algo invisible. De inmediato, dos ayudantes más levantaron una piedra gigantesca sobre el pecho del fakir que, no sé por qué milagro, seguía manteniendo su tiesura no obstante el peso añadido; luego, en medio de un sobrecogedor redoble de tambores, por rigurosa alternancia y continuidad pasmosa, uno a uno, fueron descargando espectaculares golpes sobre la piedra. El silencio era impresionante. Sólo se oía el impacto de los combazos sacando chispas del pedrón, hasta que sucedió el portento. La piedra se quebró en dos pedazos que cayeron debajo del fakir que en ningún momento se había arqueado siquiera. Los aplausos fueron magnánimos y unánimes. Nadie lo podía creer. El estruendo de la banda municipal al ejecutar una fanfarria se apoderó de todo el ámbito fiestero. ¿Cómo lo hizo? Nadie lo podía creer. ¿Cómo, un hombre enclenque, sin ningún vigor aparente, pudo soportar tamaño peso sin arquearse, sin un quejido, sin ninguna incomodidad?. El escenario se convirtió en un manicomio. No hubo nada que hacer, de todos los rincones de Patarcocha partió un generalizado aplauso que el artista agradeció con grandes reverencias. Y En una tácita concertación, procedieron a arrojar monedas de soles relucientes sobre el entarimado.

Fue suficiente.

Aquella tarde, “Machi” se consagró ante su pueblo, pero también, aquella tarde loMachi el fakir 3 perdimos porque desapareció del Cerro de Pasco. Después, los muchachos que venían de otros asientos mineros nos contaron que lo habían visto echando cartas, adivinando, vendiendo talismanes y amuletos, curando y haciendo su aplaudida rutina de fakirismo. También nos dijeron que se había unido a una robusta mujer con la que tuvieron dos hijas que llegaron a ser cantantes. Obtuvieron relativo éxito con el nombre de “Las Ichicla Huaytas” (Las pequeñas florecitas)

Desde entonces han transcurrido muchos años. ¿Qué habrá sido de la vida de aquel joven aventurero y emprendedor?

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