LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES AL CERRO DE PASCO (Primera parte)

la llegada de los españolesToda su trágica historia había comenzado cuando el Inca, señor de estos imperios, fuera prisionero de los invasores. Su menosprecio y falta de previsión determinó que en la plaza de Cajamarca, en menos de una hora, cayera en manos de ciento sesenta y ocho astrosos aventureros que vencían fácilmente a su ejército imperial que había conquistado casi toda la América del Sur. Es increíble pero cierto. El ensordecedor estruendo de cañones, bombardas, falconetes y arcabuces con el acre humo de la pólvora, los inmovilizó; el aterrador relincho de desbocadas bestias de Apocalipsis retumbando sus cascos acerados sobre el empedrado, los espantó después. Las bestias galopaban con los ojos como ascuas, belfos babeantes y crines al viento, llevándose por delante a sorprendidos guerreros nativos que nunca habían visto semejante prueba de poder. Los mandobles españoles seccionaban cuerpos nativos haciendo volar manos, brazos y cabezas en medio de incontenibles ríos de sangre. Muchos de los que huían aterrados tropezaban con sus intestinos. Simultáneamente los perros de presa, hambrientos y salvajes, de miradas de fuego y dentelladas de infierno los retaceaban en medio de gritos de espanto que se confundían con el estrépito de trompetas, arcabuces, mosquetes y cañones. Aquello fue el infierno de una salvaje carnicería. Al final, el monarca cayó de su enjoyada litera de hombros  de los soldados lucanas que lo llevaban. Estaba vencido. Todo había sido rápido. En ese momento, sin haberlo previsto, aquellos haraposos españoles cambiaban la historia del mundo y el nombre del Perú recorría los  confines del orbe.

Ya cautivo, se dio cuenta que tenía delante de él una cáfila de ambiciosos enceguecidos por el brillo metálico de sus joyas. En la suposición que satisfecho sus apetitos se marcharían como habían venido, les hizo un ofrecimiento fabuloso que  llenó de asombro a los siglos. Llenaría una habitación de sesenta metros de largo, cincuenta de ancho y veinticinco de alto, con esculturas de tamaño natural, cántaros, ollas, ídolos, máscaras, tejuelos y otras piezas de oro; más dos habitaciones iguales, de plata, a cambio de su libertad. En la esperanza de que no sólo su promesa sino también un gesto de buena voluntad garantizaría su compromiso, ofreció al jefe de los invasores, a su propia hermana, la hermosa princesa: Quispe Sisa, de diecisiete años de edad.  Pizarro no esperaba otra cosa. La hizo bautizar con el nombre cristiano de Inés Huaylas y luego la desposó. Él contaba cincuenta y cinco, ella, diecisiete años. Tuvieron dos hijos. La mayor, doña Francisca Pizarro Huaylas, llegó a ser famosa, el menor, Hernando, murió.

La ordenanza para cumplir el pago del rescate se expandió por todos los confines del Tahuantinsuyo. Mensajeros imperiales recorrieron el territorio difundiéndola. De los más apartados lugares comenzaron a llegar a Cajamarca cargamentos de lo pactado. Con mano temblorosa el cronista Agustín de Zárate, escribía.. “con grande admiración porque no creían haber visto en el mundo tanto oro y tanta plata como la que estaban trayendo”. Pero cuando recibieron los cargamentos de la zona central del imperio, remitidos por el general Chalcuchimac, los españoles pelaron tamaños ojos para admirar el increíble abundamiento.. Amarillentos papeles, todavía guardan aquellos testimonios. Allí se iban las óptimas primicias de los socavones aurorales del Perú, especialmente del Cerro de Pasco, constituyendo  el más  rico botín que conquistador alguno encontrara reunido jamás en ningún rincón de la tierra; ni los romanos en Europa, ni los árabes en España, ni los españoles en el Caribe. Jamás habían visto nada igual. Ídolos imponentes con miradas de ágata y rubí; collares de cuentas áureas, enormes como guijarros, con aguamarinas, esmaltes y melanitas; zarcillos de caprichosos diseños trabajados en oro con montura de nácar, coral o venturina; camafeos de veleidosos berilos engastados en oro brillante; recias muñequeras con incrustaciones de pedrería; opulentas galas de  prodigiosa orfebrería de albísima plata; piochas, dijes, prendedores, preseas y aderezos de oro y plata; choclos y guacamayas, ajíes y lagartijas; mágicas mariposas –juguetes de niños incas- en oro casi transparente que rompiendo leyes físicas se desplazan volando por los aires con gráciles  vaivenes; cántaros, máscaras, vasos e ídolos de oro; llamas, vicuñas, guanacos, tarucas, challwas, ranas y demás fauna doméstica, asombrosamente labrada en tamaño natural. Pero Pizarro –soldado burdo e ignorante- no era precisamente un admirador de obras de arte y, en uno de los mayores actos de vandalismo de todos los tiempos, –la codicia sobre la sensibilidad- ordenó a los indios “grandes plateros  que fundían con nueve forjas” transformen todo en lingotes para el reparto. Felizmente, por extraño milagro, una ínfima cantidad fue salvada.

Según la crónica del sevillano, Francisco de Xerez: “aparte de los cántaros grandes y ollas de dos y tres arrobas, fueron enviadas al rey, una fuente de oro grande con sus caños corriendo agua; otra fuente donde hay muchas aves hechas de diversas maneras y hombres sacando agua de la fuente, todo hecho de oro; llamas con sus pastores de tamaño natural primorosamente trabajadas; un cóndor de plata que cabe en su cuerpo dos cántaros de agua; ollas de plata y de oro sólido en las que cabía una vaca despedazada; un ídolo del tamaño de un niño de cuatro años, de oro macizo; dos tambores de oro y dos costales de oro, que cabrá en cada uno dos fanegadas de trigo”.

Pedro Sancho –reemplazante de Xerez en determinado momento- puntualiza que “sólo se fundieron piezas pequeñas y muy finas; que se contaron más de 500 planchas de oro del templo del Cusco de cuatro y cinco libras, hasta diez y doce libras, y que entre las joyas había una fuente de oro toda muy sutilmente labrada que era muy de ver, así por el artificio de su trabajo como por la finura con que fue hecha, y un asiento de oro muy fino –la tiara del inca o del sol- labrado en figura de escabel que pesó diez y ocho mil pesos”. El escribano Xerez, hombre de confianza y secretario de Pizarro, en un informe al rey, le sigue diciendo maravillado: “El oro y la plata del inca que se hubo recogido del campo cajamarquino, en piezas monstruosas y platos grandes y pequeños y cántaros y ollas y braceros y copones grandes y otras piezas diversas, hacen un total de 80 mil pesos de oro y siete mil marcos de plata y 14 esmeraldas”. 

Atahualpa aseveraría más tarde que esas piezas conformaban sólo la vajilla de su servicio personal. El tesoro estuvo constituido por joyas y utensilios de oro y plata en un volumen  ciclópeo. Un cálculo actualizado de un especialista dice que el tesoro de Atahualpa arrojaba la cantidad de 8,545 millones con 598.57 dólares americanos, suma que sobrepasa la  deuda externa y el presupuesto anual de la República del Perú.

Cuando estos fabulosos cargamentos llegaron a Sevilla en la nao “Santa María del Campo”, el pueblo español presenció admirado su transporte a la Casa de Contratación. No sólo españoles. También sorprendidos comerciantes genoveses y venecianos que jamás habían presenciado nada igual. Veintisiete cargas transportadas por pesadas carretas de resistentes percherones. Los funcionarios del Consejo de Indias –como poseídos de un sueño increíble- tomaron detallado inventario de todo el oro y la plata traído del Perú. Gonzalo Fernández de Oviedo acucioso cronista que durante veinte años había visto y tocado todas las riquezas halladas en el nuevo mundo, al coger un tejo de oro que pesaba cuatro mil pesos y un grano de oro que pesaba tres mil seiscientos pesos, así como tinajas de oro y piezas escultóricas nunca antes vistas, asombrado en extremo, escribía: “Todo lo que envió Cortés parece noche con la claridad que vemos cuanto a la riqueza de la mar del sur. El tesoro de los incas excede al de todos los botines de la historia: al saqueo de Génova, al de Milán, al de Roma, al de la prisión del Rey Francisco o al despojo de Moctezuma, porque el rey Atahualpa tan riquísimo y aquellas gentes y provincias de quien se espera y han sacado otros millones muchos de oro, hacen que parezca poco todo lo que en el mundo se ha sabido o se ha llamado rico”. Francisco López de Gómara, no obstante desconocer el Perú pero entusiasta admirador de las grandezas incas, amigo de su informante Zárate, diría: “Trajeron casi todo aquel oro de Atabalipa, e hincharon la Contratación de Sevilla de dinero, y todo el mundo de fama y deseo”. Era el mes de febrero de 1534.

(Continúa…)

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2 thoughts on “LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES AL CERRO DE PASCO (Primera parte)

  1. SR. CESAR PEREZ…..CON EL RESPETO QUE SE MERECE USTED, LE SUGIERO QUE NO PUBLIQUE HISTORIAS PASADAS QUE EN NADA CONTRIBUIRAN A LA COMUNIDAD CERRENA DE HOY, SALVO A LOS ACADEMICOS O INVESTIGADORES DE HISTORIA. LE SUGIERO MAS BIEN INFORMARNOS COMO ESTA LA SITUACION EN CERRO DE PASCO ACTUAL, QUE PROYECTOS HAY PARA QUE EL NUEVO PRESIDENTE REGIONAL, AHORA GOVERNADOR, DESARROLLE Y SI LOS RECURSOS QUE SE TIENE VA A PERMITIR HACER REALIDAD ESOS PROYECTOS QUE SERA EN BENEFICIO DE TODOS LOS CERRENOS. SI NO FUERA POSIBLE ACEPTAR MI SUGERENCIA LE PIDO, AMABLEMENTE,  QUE YA NO ENVIE MAS COMUNICACIONES DE HISTORIAS PASADAS A MI CORREO UN ABRAZOEDGARDO LEIVA RODRIGUEZ

    1. Señor Edgardo Leiva Rodríguez:
      Las crónicas que escribo y a usted le molestan, las publico a fin de que nuestros menores conozcan algo de la heredad de nuestros mayores. Seguramente habrá personas que se ocupen de comentar aspectos de la actualidad que mucho tienen que ver con la política. Por otra parte, jamás he tratado de invadir su correo particular, por eso le pido disculpas. Sólo le pido que ya no me conceda el honor de su visita a mi blog y aquí paz y después gloria. Yo seguiré hablando de lo nuestro a nuestros menores porque hay mucha ignorancia al respecto. Gracias

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