LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES AL CERRO DE PASCO (Segunda parte)

La llegada de los españoles 2Luis Fernández Alfaro, tesorero de la Casa de Contratación, registraba también el oro llevado por Hernando Pizarro:  “38 tinajas de oro de un peso medio de 60 a 75 libras; una figura de medio cuerpo de indio, metida en un retablito de plata y oro; dos atabales de oro, dos fuentes que pesaron 17 libras; un ídolo a manera de hombre que pesó 11 libras; y en otro inventario una de las cañas de maíz de oro con tres hojas o mazorcas de oro; una figura de indio de veinte quilates; una alcarraza de oro de 27 libras y un atabal de oro de 21 quilates y peso de cuatro marcos. En el inventario de la plata aparece poco más o menos el mismo arte de orfebrería en 12 figuras de mujer, pequeñas y grandes, que pesaron 937 marcos; dos llamas que pesaron 347 marcos; y una tinaja de dos asas y una cabeza de perro y su pico, de 27 libras. Mujeres de oro, un hombre enano, de oro, con su bonete y una corona y 3 pacos de oro”. Aquellos trabajos primorosamente realizados llenó de admiración a quienes los vieron. El inventario supera con creces los asombros de la leyenda.

Salvadas de la depredación estas magníficas piezas, lo que se llegó a fundir les dio aproximadamente once toneladas de oro y doce mil kilos de plata. Su valor según la cotización actual se estima en unos doscientos millones de dólares. El gordo y gotoso Riquelme, tesorero de Pizarro, lo confirmaba.

Al final quedó claramente establecido que de todo lo recibido en Cajamarca de diversos rincones del Imperio, el oro y la plata más cuantiosa y de insuperable calidad, era la enviada desde Jauja, por Chalcuchimac. Es entonces que, deslumbrados, se echaron a averiguar por todos los medios a su alcance, el lugar exacto dónde estaba el manantial que proveía esta maravilla. Se enteraron que la traían de las alturas del centro, de una dinámica ciudad incaica de treinta mil habitantes, generosa productora de alimentos, clima paradisíaco y paisaje edénico con aire limpio y puro. “El país de Jauja”, dijeron emocionados. Jauja, entonces, comenzó a resonar en sus ambiciosos cerebros, simbolizando “lugar afortunado donde todo es abundancia, prosperidad y riqueza donde corren ríos de miel y de leche cruzados por puentes de mantequilla”. La admiración de ese momento inicial fue tan notable que el marqués Francisco Pizarro funda ahí la capital del naciente imperio hispánico, el 25 de abril de 1534, con el nombre de Santa Fe de Xatun Xauxa. En aquel momento suponían que allí se daban las pródigas riquezas metálicas que tanto ambicionaban. Estaban equivocados. En poco tiempo descubrirían la verdad.

Para convencerse plenamente y aclarar la idea fija que lo venía obsediendo, el marqués envió a su hermano Hernando con un séquito escogido de soldados para contactarse con el general Chalcuchimac. Él sabría indicarles el lugar exacto donde se ubicaba el fabuloso filón que tantas grandezas proveía. Ése era el fin principal: conocer las minas que tenían aquella fabulosa producción y, apoderarse de ellas. Nada les interesaba más. La expedición la integraban catorce jinetes, tres nobles incas y, nueve peones. Entre los principales estaban, Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís, el joven cronista Miguel de Estete; los nobles, hermanos del inca, Ancamarca Maita, Tito Maita Yupanqui y Cayo Inca; nueve peones de los mejor aderezados para la guerra. Después de bajar de Pachacamac por caminos difíciles y riesgosos, el 12 de marzo de 1533, llegan a Pumpo, en busca de Chalcuchimac, aguerrido general que estaba en contra de que el inca comprara su libertad en lugar de pelearla.  Estando leguas más allá de Carhuamayo, tuvieron un revelador encuentro que así lo relata Estete: “Otro día miércoles por la mañana llegó el capitán Hernando Pizarro con su gente al pueblo de Pombo donde saliéronle a recibir todos los señores del pueblo y algunos capitanes de Atabalipa que estaban ahí con ciento cincuenta arrobas de oro entre cuyas cargas hallábanse ovejas y pastores del tamaño natural como los hay en estas tierras, todos hechos de oro”.Todo esto lo traemos de allá arriba, de las alturas; de la alta tierra de las nieves, donde abunda” había dicho lacónicamente un negro corpulento, jefe de los arrieros, señalando el septentrión. Las miradas de inteligencia se cruzaron como rayos, las sonrisas de satisfacción iluminaron los rostros barbados debajo de las empolvadas armaduras y hacia allá partieron con la ambición galopándole en los pulsos. Ensangrentaron sus espuelas desollando los ijares de caballerías que con los ollares abiertos en  angustioso apremio  de oxígeno, belfos resecos y crines al viento, tragaron  angustiosas distancias del soledoso panorama más alto del mundo; más de un caballo cayó muerto con los ojos  inyectados, resoplando sangre. “Cuando llegamos a las alturas, una tempestad de nieve nos sorprendió  -narraba el cronista- Fue tanta su  inclemencia que tuvimos que guarecernos en una caverna de donde no salimos sino pasados tres días y tres noches, agónicos de hambre, frío y cansancio”. La narración finaliza diciendo: “Tenemos por cierto que en esta elevada zona abundan los metales preciosos y que de ella han sacado las cargas para pagar el rescate de su inca y señor“. Es más. El cronista relata también que, los plateros que abundaban por estos lugares, les solucionaron un difícil problema. Dice claramente: “Por el largo caminar por estas escabrosidades, en faltándoles herrajes a los caballos de Hernando Pizarro y Hernando de Soto y a los demás que eran treinta y uno de a caballo, los plateros nativos, con tan sólo verlos una sola vez, se las hicieron de plata y misteriosas aleaciones que parecían de hierro que sólo ellos conocen, con sus correspondientes clavos. Todas sus cabalgaduras se mantuvieron activas durante tres meses”.  Fue suficiente. Esta crónica señalaba no solamente los dramáticos avatares de Hernando Pizarro y su comitiva sino que,  como un cuaderno de bitácora, indicaba el lugar donde los alucinantes metales preciosos se daban en  espectacular festival de abundancia. No era en la ciudad de Jauja, sino en la “alta tierra de la nieves”. La noticia, conocida en todos los confines donde los españoles habían sentado sus reales, exacerbó los ánimos y encendió la chispa que explotó el torrente de ambición que a partir de esa fecha no conocería límites.

Las crónicas de Estete lo aseguraban y los comentarios de Hernando Pizarro las avalaban; hasta el trashumante cronista, Pedro Cieza de León, ponderaba admirado, la abundancia argentífera del lugar que más tarde sería el Cerro de Pasco. Decía: “Hay tanto oro y plata para sacar por siempre jamás; porque en todas partes que busquen y caven, hallarán abundante oro y plata”.  Él había visto, deslumbrado, la abundancia argentífera que se hallaba a flor de tierra y que los nativos la trabajaban a cielo abierto; había admirado la maestría alcanzada al atarear con gran habilidad el oro, la plata, el cobre y aleaciones con lo que fabricaban esculturas extraordinarias, adornos, vajilla y objetos de culto para sus dioses. Acababa de verlo. “…y lo que más se nota es que tienen pocas herramientas y aparejos para hacer lo que hacen, y con mucha facilidad lo dan hecho con gran primor. En tiempo que se ganó este reino por los españoles se vieron piezas hechas de oro y plata, soldado lo uno con lo otro, de tal manera que parecía que había nacido así. Viéronse cosas más extrañas de argentería, de figuras y otras cosas mayores que no cuento porque son numerosas; baste que afirmo haber visto con dos pedazos de plata  y otras dos o tres piedras, hacer vajillas, y tan bien labradas, y llenos de bernegales, fuentes y candelabros de follaje y labores que tuvieron bien que hacer tan bueno con todos los aderezos y herramientas que tienen; y cuando labran no hacen más que un hornillo de barro donde ponen el carbón, y con unos cañutos soplan en lugar de fuelles. Sin las cosas de plata, muchos hacen estampas, brazaletes, ajorcas, vasos, cordones y otras cosas de oro; y muchachos que apenas saben hablar, entienden en hacer estas cosas. Son muy precoces. Poco es ahora lo que labran en comparación con las grandes y ricas piezas que hacían en tiempo de los incas; pues la chaquira tan menuda y pareja la hacen, por lo cual digo que hay grandes plateros en este reino”.  Además de la abundosa tradición oral que hablaba de incontables cantidades de oro y plata en minas que sólo los naturales conocían, fueron numerosos y variados los documentos redactados por sorprendidos españoles que ponderaban la abundancia en esta zona: El visitante cronista Antonio Vásquez de Espinoza, decía: “Hay en esta zona, abundantes minas de plata y oro que sólo los indios conocen su ubicación como más grande secreto”.  Iñigo Ortiz de Zúñiga, visitador de aquellos tramontos, afirmaba: “Sacan de la dicha de la laguna de Yauricocha abundante oro y plata que no se sabe cuánto hay; también de Guarcaca y Vinchos sacan harta plata” (…)”Sacan desde Yauricocha el oro y la plata para tributar al inga sin que les quedase nada de ello. Todo lo que sacan se lo llevan al mismo Cusco convertidos en notables piezas de ídolos, animales y seres humanos, sin osar quedarse con nada, so graves penas. Aquí están aposentados los más grandes orfebres nunca antes conocidos”. Fue en ese instante que en el mapa de su quimérica geografía, prendieron el nombre de la zona deslumbrante como rutilante mariposa de ensueño. Estaban seguros -como había sucedido en España durante la Guerra de la Reconquista- entraría en vigencia el reparto de encomiendas en el Perú; no sólo como lote de tierras en pago al esfuerzo de los conquistadores, sino también como abastecimiento de hombres para el trabajo más todo el oro y la plata que poseían los indígenas, deduciendo  de su valor, ¡eso sí!, el quinto real que pertenecía al soberano.

(Continúa….)

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