LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES AL CERRO DE PASCO (Tercera parte)

la llegada de los españoles 3A partir de entonces, linajudos pretendientes con notables influencias  familiares; gallardos capitanes con extraordinarias fojas de servicios; influyentes tonsurados de “sacrificada” sumisión a Dios y al Soberano, reclamaron para sí el dominio de estas tierras. Los españoles que no contaban con linaje ni prosapia, sin esperar mercedes que el rey pudiera otorgarles, siguiendo los dictados de su desmedida ambición y venciendo precarias bridas y frenos, se desbocaron para galopar incontenibles por las heladas comarcas donde no sólo las crónicas, sino misteriosos heraldos, habían anunciado la existencia de tesoros jamás igualados; ni siquiera soñados. Las fabulosas historias del Nuevo Mundo decían claramente que los mayores tesoros y sus consiguientes honores, se hallaban al alcance de la mano de los valientes, dispuestos a jugarse el pellejo para conseguirlos. Eso había hecho Colón y se encontró con un Nuevo Mundo o Hernán Cortés que se había adueñado del enorme imperio azteca. Filtrada la noticia de que al septentrión del lago Chincaycocha se encontraba el más grande depósito de oro y plata que jamás se soñara, arrebatados aventureros dirigieron sus pasos hacia el lugar. Solitarios, porque no querían compartir su hallazgo, avaros en sus desplazamientos, borrando el camino detrás de ellos, como el animal que borra la huella con la cola, avanzaban arrebatados. Eran un punto apenas sobre la sabana interminable y aterida. Nada crece allí, ni un liquen ni una sabandija; todo es roca pelada, hielo,  viento y soledad. Hasta las pulgas caían de sus cuerpos como diminutas semillas muertas. En estas estepas donde el silbante aire frío se enseñorea y la soledad campea en su enorme dimensión, el cateador, tirando de su cabalgadura con picos, palas, odres con agua, cobijas, aguardiente y magro yantar, iba con rumbo desconocido a donde su intuición lo llevara. Arriba, silenciosos, en bandadas expectantes, famélicos cóndores lo escoltaban, al acecho, volando interminables horas aprovechando las corrientes ascendentes de la alta cordillera, esperando que incursionara por las agrestes alturas, para atacarlo. Cuando lo veían trepar, raudos como avispas al ataque, uno tras otro, estrellaban contra el aventurero sus tres o cuatro metros de alas poderosas, como brazos colosales, tratando de despeñarlo. De suceder el percance, con una rapidez asombrosa, picos como guadañas y garras como lanzas, les quitarían la vida entre gritos que se tragaban las inmensidades deshabitadas.

Pocos se libraron de aquella amenaza

A otros aventureros tampoco les importó el frío inclemente que agarrotaba extenuados músculos, ni rayos ni truenos que encabritaba asustadas bestias; ni la nieve implacable que cayendo días y noches continuas, sepultaba caminos cambiando totalmente el paisaje de la tierra; ni las granizadas que castigaba a los caballos, contundiéndolos hasta la agonía del relincho. Nada. Ni siquiera ese aire helado que viniendo de todas partes impedía la visión de hombres y animales que ni sabían dónde se encontraban. Nada. Arremetidos por loca ambición, avanzaron por los interminables páramos donde suponían que finalmente hallarían el premio a su esfuerzo; tampoco les importó ese implacable sol serrano que, cayendo a plomo, ensombrecía rostros barbados con la ardiente quemazón de sus rayos que, al no encontrar oxígeno que los tamice, los convertía en un asador. La lucha fue implacable. Muchos cadáveres -monolitos de hielo- quedaron regados como mudos testigos de quiméricas ilusiones.

El acicate que los había impulsado a la desenfrenada  búsqueda, fue la ley que rezaba: “España tiene título sobre las indias porque Jesucristo, jefe de la gente humana, luego San Pedro y, finalmente el Papa, dieron las tierras nuevas a los reyes”.  Es más, se sabían de memoria las Leyes de Indias, firmadas por el Rey de España que proclamaba: “Todos los minerales son de propiedad de Su Majestad y derechos realengos por leyes y costumbres, y así lo da y concede a sus vasallos y súbditos, donde quiera que lo descubrieran”. ¿Para qué más?.  Ellos eran vasallos del rey y estaban autorizados a encontrar las vetas que sacándolos de la pobreza, colmarían sus ambiciones.

Mientras ávidos aventureros buscaban los fantásticos pozos de riqueza, en el plano legal, durante quince años,  agotadoras gestiones, petitorios, reclamaciones e invocaciones, tuvieron  subiendo y bajando en la balanza de méritos, los nombres de Martín de Alcántara, Lorenzo Aldana, Fernán Gómez de Caravantes, Rodrigo Mazuelas, Alonso Riquelme, Lorenzo Estupiñán, Francisco de Espinoza, García Sánchez de la Hoz. Al final, los excepcionales méritos del hombre que, conjuntamente con Ruiz Díaz y Alonso Martín de don Benito, había elegido los terrenos del cacique Taulichusco para sentar la nueva capital del Perú, inclinaron la balanza en su favor. El primero de setiembre de 1548, don Pedro de la Gasca, extendía la Provisión Real en favor del conquistador sevillano,  Joan Tello de Sotomayor, esposo de doña Catalina Riquelme, yerno del tesorero Juan Riquelme, concediéndole los repartimientos correspondientes a Chincaycocha y sus contornos. Sabían que allí cerca dormía el fabuloso depósito de tesoros inimaginables. En la provisión decía: “Yo el Licenciado Pedro De la Gasca, del Consejo de Su Majestad, encomiendo en vos, el dicho Joan Tello de Sotomayor, al cacique Runato, con sus principales pueblos e indios de Chinchaycocha y alrededores, mandando cumplan los tributos en la forma y orden que sigue: Primeramente recibiréis vos, del caciques e indios de dicho pueblo, en cada año, setecientos pesos de oro a cuatrocientos y cincuenta maravedís cada uno, puesto de seis en seis meses los trescientos y cincuenta de ellos en casa del encomendero, la mitad en oro y la mitad en plata. Item daréis en cada año trescientas cargas de maca, cada carga de media fanegada y cien cargas de papas cada carga de la misma medida, puesta la mitad en el tambo de vuestro valle y la otra mitad en casa del encomendero…”. Y para el clérigo o religioso que los deberá instruir, cada semana, una carga de papas y otra de maca”.

Ya la fabulosa región de incalculables riquezas que en cinco siglos de explotación todavía no se ha acabado, tenía su dueño oficial: Joan Tello de Sotomayor. Su primera disposición fue enviar una delegación a tomar posesión de sus tierras. En ese momento comenzaba a andar la página más fascinante de la Historia del Perú.

Continúa….

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