LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES AL CERRO DE PASCO (Cuarta parte)

la llegada de los españoles 4Aquel abigarrado grupo de alucinados avanzaba a duras penas por páramos ignotos donde jamás huellas extrañas lo habían hollado. Una ventisca arrastrada por el viento lanzaba heladas esquirlas que se cebaban de los curtidos rostros barbados. No obstante los gruesos jubones, los torsos resistían a calentarse; agarrotados como carámbanos, muslos y piernas padecían bajo las calzas forradas de estameña; dentro de las botas, en su inmovilidad absoluta, los pies apenas si conservaban la vida. Los hombres tiritaban al borde del pasmo. La palidez pintada por la nivosa altitud hacía aparecer los rostros fatigados como espectrales visiones de ultratumba. La altura ahogaba los engreídos corazones costeros, desbocándolos hasta dejarlos sin resuello; por más que abrían con denuedo las bocas amoratadas, el escaso oxígeno les era dramáticamente esquivo; martillantes como cilicios, las sienes les palpitaban encabritadas cubriéndolos de sudoraciones frías; arcadas compulsivas rasgaban sus entrañas porque ya nada tenían que arrojar. ¡Cuánto estaban pagando por aquella irrefrenable avidez!. Esta era una pequeña parte de los primeros 607 conquistadores que habían partido del puerto de Sevilla. Bribones, tahúres, pícaros, tunantes, golfos, rufianes; hombres que habían despreciado los duros oficios para destinarlos a moros y judíos. El común denominador era su plena juventud, la edad de las grandes locuras, de la ambición sin freno, de los impulsos renovadores y audaces; soplo poderoso de vida que generalmente desemboca en beligerancia y  los había impulsado a venir a América, a someter, a cristianizar y a poblar. Para someter  utilizaron mortíferas armas de fuego que los naturales jamás habían visto. La pólvora que alcanzaba distancias extraordinarias con balas lanzadas por mosquetes y arcabuz, mil veces superior a sus hondas; el caballo  los nubló de terror porque creían que actuando en connivencia con el hombre, constituían un solo monstruo. Con el uso de estas armas supieron ganar nombre y hacienda, es decir: honor y grandeza. Ganaron a los naturales para la iglesia, enseñándoles la doctrina cristiana después de destruir a sus dioses e ídolos hechos de oro, plata y piedras preciosas. La cruz estuvo junto a la espada. Para poblar dieron rienda suelta a sus ímpetus juveniles, a su lascivia incontenible que convertía en  pasto de sus apetencias a las hermosas y asequibles doncellas indianas. Su audacia y empaque contribuyeron a ello. La abstinencia carnal los había aherrojado en una insaciable vorágine de deseos contenidos. Poquísimas mujeres hispanas habían venido con ellos; generalmente esposas y amantes de sus compañeros y, algunas meretrices que muy pronto se hicieron de un nombre y un marido. Las indias jamás habían visto a esos hombres extraños, bien parecidos, de luengas barbas, ojos claros y gentil apostura. Cuando éstos recibieron el encargo de afincarse en aquellas soledades rebosantes de oro y plata, a nombre de don Joan Tello de Sotomayor, no lo pensaron dos veces. Acometieron la empresa con entusiasmo.

Habían avanzado considerables leguas cuando alcanzaron a oír, como  sutiles ecos de la lejanía, un insistente tamborileo que cambiaba de lugar y  ritmo. Ora lento pero enérgico, ora apremiante, aunque débil. Para oír mejor, se acomodaron sobre sus toscos jergones y detuvieron la desvencijada carreta cuyos chirriantes goznes y gimientes junturas, impedían precisar el lugar de dónde emanaban aquellos enigmáticos tañidos. Los jinetes sofrenaron sus cabalgaduras. Muy preocupados estuvieron escuchando por un largo rato, cuando a la distancia descubrieron un otero sobre la soledad inmensa.  Parecía una gigantesca fortaleza castellana. Debajo, gran cantidad de hombres y mujeres, ataviados con traje de fiesta, aguardándolos allá, no obstante saber que iban a tomar posesión de las tierras que les pertenecía. Instintivamente cogieron sus espadas y más de uno preparó el arcabuz, pero el pacífico continente de los lugareños, los tranquilizó. Llegaran sin novedad al centro de aquel corro. “A nuestra llegada, vimos que los indios traían muchas piezas de plata y oro para adorno de sus personas: coronas y diademas y cintos y puñetes y armaduras como de piernas, y petos y  tenazuelas y cascabeles y sartas y mazos de cuentas y rosicleres y espejos guarnecidos de la dicha plata y tazas y otras vasijas para beber”- relataba el cronista anónimo, cuyo testimonio se conservaba en el Códice nativo -“Traían muchas mantas de lana y camisas y aljabas y alcaceras y alaremes  y mantillas y otras muchas ropas abrigadas, todo de lo más bello, muy labrado, de labores muy ricas, de colores grana y carmesí, y azul y amarillo, otros blancos del todo, otros negros del todo, otros pardos, otros varios, que llaman “moromoro”,  y de todos otros colores de diversas maneras de labores”. “En estos lugares los cristianos fuimos recibidos con grandes muestras de alborozo, especialmente con vistosas y coloridas danzas al son de exótica música que empezamos a gustar”.  Las mujeres, “de continente hermoso y aliñado” sumisas y pendientes de las órdenes de los hombres se acercaron. Rostros curtidos, quemados por las heladas implacables de las noches, por los vientos agresivos y por un sol, que se ceba sin tregua de aquellas mejillas rellenas y chaposas que ahora, coquetas, se hallan débilmente arreboladas por el uso del  “llimpi”, único afeite nativo; los labios entreabiertos y carnosos enmarcando parejos dientes de perlada blancura; los ojos traviesos de insinuante negrura. Ataviadas con ceñidos monillos que esculpen las prominencias de sus senos en locura de cintas y abalorios; collares de huairuros rojos y puntos negros que curan nostalgias y tristezas; polleras de diversos matices que destacan sus flancos poderosos; polícromos “chumpis” de tres dedos de ancho por diez varas de largo, en varias vueltas, al rededor de la cintura; desde los hombros hasta las corvas, la “lliclla”, fijada con enormes “tickpes” de plata; medias de lana y mocasines de cuero de llama, asegurados con amarras entretejidas al rededor de los tobillos. Todas ellas luciendo vinchas multicolores que daban la vuelta a la cabeza debajo de las cuales asomaban las trenzas endrinas. Sólo una que otra lucía una “ñanaca” ostentosa, orlada de pedrería y brillantes,  que servía para diferenciarlas de las demás. Era la vincha simbólica de las mujeres principales. Los hombres, en cambio, con seriedad pero sin soberbia, observaban a los extraños. Con el “unco” de colores grises cubriéndoles del cuello a los muslos, a manera de camiseta; gruesos cotones de lana de llama, alpaca, guanaco o vicuña cubiertos por pelliza de cuero de llama;  manguillas desde el hombro hasta las muñecas; amplios calzones de bayeta negra con medias multicolores y  mocasines de cuero de llama: los “shucuyes”; la “huaraca”, legendaria catapulta manual de lana, alrededor del pecho; colgados del cuello, unos tamboriles pequeños llamados “tinyas”, con los que se comunican utilizando extraño y enigmático lenguaje percutivo; de allí el nombre de la tribu: TINYAHUARCOS: hombres de los tamboriles colgantes. Allí estaban ellos con sus rostros impenetrables, tallados por la rudeza del frío, de pie, sin inmutarse, ante las novísimas caras barbadas ni los ojos claros, ni ante los arcabuces de truenos mortales, ni ante las espadas, ni ante los puñales. Ellos sabían que los intrusos llegarían un día a esta tierra. Estaban enterados que la brújula de su ambición señalaba los depósitos de aquellos minerales. El diario vibrar de los tamboriles había diseminado por las blancas estepas, el significado de esta dramática verdad; por lo tanto, si mucho querían estos metales, se los darían sin ninguna mezquindad. “Estos indios –dice el cronista- andan mejor vestidos que los de todas las otras provincias, así porque hace muy gran frío en todo el año, y por ser más ricos que los demás. Tienen gran temor de los caballos; pero tienen muchas armas ofensivas, conviene a saber: lanzas y flechas, y porras y hachas y alabardas y tiraderas como dardos y otra manera de armas que se llaman huaracas; la principal arma que tienen que he dejado para la postre, e que lo que más usan desde que nacen, que le ponen una honda en la cabeza por bonete, con el cual arrojan una piedra muy gorda que mata un caballo e aún algunas veces al caballero aunque le den un casquete. Es verdad que son poco menos que un arcabuz. (…) aquí entre estos indios y los de cualquier parte de indias, no tienen temor a Dios ni al mundo, ni intereses para que por él os den vida, porque están llenos de oro y plata en abundancia, y no lo tienen en consideración sino para fabricar primorosos trabajos de orfebrería que nunca se ha visto”.

– Sean bienvenidos a estas tierras de Puntac Marca –dijo el viejo apucuraca- Nuestros corazones rebozan de alegría de tenerlos y de urgencia de servirlos. Somos hombres de paz. Sólo cuando fuimos atacados blandimos nuestras armas y guerreamos. Nunca ambicionamos nada que no fuera nuestro. Con lo que tenemos nos basta para vivir en paz. Por eso, con la misma diligencia conque servimos a nuestro inca, señor de estas tierras, ahora les serviremos a ustedes; voluntariamente porque representan a nuestro emperador, Rey de las Españas. Todos los que aquí vivimos les damos la bienvenida y nos ponemos a su servicio para lo que deseen mandar.

La especial deferencia y tino conque el Apucuraca habló fue del agrado de los visitantes, que estaban conmovidos por la hospitalidad y admirados por la magnitud de lo que veían. A una invitación del anfitrión, subieron por la aliñada escalinata de la enorme fortaleza de Puntac Marca: “La ciudad cumbre”. Escoltados por los notables llegaron a la cima donde quedaron extasiados. A su vista se extendía una ciudadela fortificada con enormes muros de contención trabajados en piedra. Ocupando el centro, el palacete donde residía el apocuraca y la nobleza provinciana; rodeándola, las viviendas de los principales en niveles superpuestos con decorativas puertas trapezoidales y compactos techos de ichu salvaje. “Esta parte es llana y empedrada de guijas; alrededor de ellas hay cuatro casas de señores que son los principales de la ciudad fortaleza –dice el cronista anónimo-  labradas y de piedra, la mejor de ellas es del apucuraca viejo, la puerta es sólida y tiene otros edificios y azoteas muy de verse. Hay en esta fortaleza, otros muchos aposentos con sus ventanas grandes que miran hacia el resto del campo de leguas y leguas de distancia, cubierto de ganado que les sirve para su alimentarse y comercio con otras gentes que andan por estos lares de frío”. Inmediatamente después, una cadena de pirwas o silos que almacenaban alimentos de primerísima calidad como la maca;  también, llamas, alpacas, guanacos, vicuñas, en corrales pétreos que rodeaban las pirwas. Hacia afuera, una enorme muralla de piedra, envolviendo la fortaleza, con una serie de torreones y almenas que permitían ver todo el considerable páramo serrano. La vista que se ofrecía a sus ojos era impresionante. La inmensidad de la pampa salpicada de aldehuelas con casitas de techo de paja y corrales de pircas de piedra con su  ganado. Estos animales les servían para  su sustento y sus vestidos. Para el trueque con otras tribus aledañas, el valiosísimo elemento alimenticio que es la sal y la vivificante y poderosa maca. Con los panataguas y chupachos, que le proveían de yucas, ají, arracacha, pescado salado, abundante coca; con los taramas su gran variedad de maíz, zapallos, lúcumas, paltas, pacaes, mangos, achiotes; con los yaros, chuño, tarhui, onguena, cushuro, carhui; con los huancas y los xauxas, las papas más sabrosas de la tierra, calabazas, zapallos, ocas, mashuas. El ganado estaba muy bien cuidado por los pastores. Caso de ser atacados por el enemigo, desde la cumbre avisarían para que se guarecieran en la fortaleza los diseminados pastores del llano. Para el aviso de ida y vuelta estaban las “tinyas”.

Continúa….

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