LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES AL CERRO DE PASCO (Sexta parte)

Realizado el primer denuncio de  minas en 1567, una irrupción de gentes de lugaresla llegada de los españoles 6 aledaños primero, y de más apartados después, ocupó el territorio donde la plata se encontraba a flor de tierra, en abundancia nunca antes vista. Cuando los guías dijeron que esa era la zona de los prodigios, no lo pudieron creer. A su vista se extendía una ilimitada superficie con una laguna rielante por frígidos ramalazos que venían de todas partes. Uno de los guías sólo pronunció el nombre: “Yauricocha” (“Laguna de los metales”). De los agrestes roquedales circundantes sacaban la plata y el oro con la que los artesanos transformaban las pepitas en largos cintajos que tras cuidadosos repujados, embutidos y soldados,  transformaban en finas esculturas que los españoles habían admirado en Cajamarca. Eran inspirados artistas naturales. Recorriendo a caballo las enormes extensiones, llegaron a advertir que una sucesión de lagunas se comunicaban entre sí por canales subterráneos. La primera y más alta, Yanamate, luego Yauricocha (a partir de aquellos tiempos comenzó a llamarse Patarcocha en homenaje al valiente cacique Patar) y, descendiendo, La Esperanza, Lilicocha y, finalmente, Quiulacocha. Andando los años, sorprendidos mineros aseguran haber visto torrentosos ríos subterráneos que, así como aparecen de la nada, van a perderse en oquedades misteriosas, como si la tierra se los tragara. El agua, al empozarse en determinados niveles, “ahoga” las vetas, haciendo imposible su explotación. Ella fue, fue la constante enemiga de los primeros mineros de la plata. “El móvil económico constituye el verdadero aliciente de las huestes de conquistadores, hasta el punto que han sido definidas como buscadores de oro. (…) el conquistador anhelaba ser rico, pero más aún convertirse en encomendero, en señor de indios”. “En los treinta primeros años de la conquista del Perú, residían en estas tierras hasta 5,500 españoles, 171 portugueses y 240 italianos, además de otros 100 de diversas nacionalidades entre los que se encontraban musulmanes, judíos, conversos, gitanos, protestantes y condenados por la inquisición” –asegura el Garashipu-. Posesionados del territorio, procedieron a cercar la mina que trabajarían, ubicándola al centro de la pertenencia denunciada ante el Juez de Minas. En lado preferencial, la morada para el dueño, la ranchería para los operarios, los depósitos y, las cuadras para las acémilas.  Entre su pertenencia y la de su vecino, dejaba una estrecha calle para el tránsito de peatones y acémilas. No importó para nada las irregularidades topográficas. En poco tiempo surgió un poblado caótico establecido sin planeamiento previo. Aquí nadie vino a fundar una ciudad. No. Vino a trabajar la mina con la idea fija que  su estada sería efímera. Suponía que pronto se agotaría el yacimiento. No fue así. Las vetas enormes y generosas no se terminaban y, los aventureros, ahítos de plata, no sólo se quedaron a vivir sino que, finalmente, dejaron sus huesos. Otros –los más- repletas sus faltriqueras, se marcharon a aposentarse en lugares más abrigados. Éstos vivieron más tiempo. Tras exhaustivo estudio de las memorias de virreyes y archivos contables españoles como las Cajas Reales, el estudioso francés Miguel Chevallier, estableció que la producción de plata de las minas de Cerro de Pasco, hasta 1846 –año de la publicación de su informe- había sido de 37,ooo toneladas métricas, equivalente a 160 millones de marcos de plata, igual a dos cientos millones de libras esterlinas.

Vigente ya la ciudad más alta del mundo, va a llamar la atención del virrey Francisco de Toledo que, recién llegado dos años antes, había quedado deslumbrado con la prodigalidad de las minas peruanas. Primero quedó extasiado con las riquezas de Potosí, a la que visitó deslumbrado. Más tarde, su impresión sería mucho más grande al conocer las excelencias de un nuevo emporio. Los informes detallados de sus enviados regios y los datos contables, precisos y detallados, de la nueva ciudad minera que entonces se llamaba San Esteban de Yauricocha, le causó tal conmoción que se apresuró a escribir al rey de España -su primo- informándole del acontecimiento. Esta misiva, cuya copia se halla en el códice yauricocha, llamado Garashipu, dice lo siguiente:

Carta dirigida por don, Francisco Toledo, mayordomo de Su Majestad, su Visorrey, Gobernador y Capitán General de estos reinos y provincias del Perú y tierra firme, Presidente de la Audiencia Real de la Ciudad de los Reyes, etc. al Muy Alto, Muy Poderoso y Excelentísimo Rey y Señor don Felipe II Rey de España, Castilla, Aragón, Cataluña, Navarra, Valencia, el Rosellón, el Franco-Condado, Países Bajos, Sicilia, Cerdeña, Milán, Nápoles, Orán, Túnez, Portugal, Filipinas y de estos reinos del Perú, en la cual hace relación de las tierras y provincias sin cuento que ha descubierto, entre las cuales hay una más maravillosa y rica que todas, llamada San Esteban de Yauricocha, que está, por maravillosa arte desconocida, sobre la cima del mundo, rodeando una grande laguna, donde la abundancia de plata es tan magnífica que nunca ojos humanos han podido contemplar igual exuberancia y prodigalidad. 

Muy Alto y muy poderoso Rey y Señor: Bien creo que, vuestra majestad, por letras anteriores mías, habrá sido informado que en uno de los altos extremos del extenso valle de Jauja, hay una tierra prodigiosa, abarrotada de vetas  portentosas que, desde muchos años antes, los infieles han venido  explotando para aderezo de sus dioses paganos y los ministros que los servían. Al principio fue titulada por nombre “Cerro Mineral de Bombón” y después, “Cerro Mineral de Yauricocha”, actualmente, ha quedado asentada, en obediencia a nomenclaturas emanadas de nuestra Santa Madre Iglesia Católica, con el de “San Esteban de Yauricocha”. San Esteban en loor al protodiácono y protomártir de nuestra Santa Iglesia Católica y Romana, el siervo, San Esteban que, por su plenitud a Dios le valió ser condenado por el Sanedrín judaico y apedreado y que, al estar muriendo, clamaba perdón para sus perseguidores. “Yauricocha” porque, en lengua primitiva de los indios, dice significar: “laguna rebosante de minerales”. No obstante la oficial nomenclatura, muchos visitantes y personas de otros lugares, le denominan con admiración “Nuevo Potosí”. (…) “El Contador Real de la zona me ha informado debidamente con números ilustrativos que a vos envío, que Potosí ha dejado de ser emporio de la plata, actualmente “San Esteban de Yauricocha” cuyo manantial es inagotable y fabuloso ha duplicado en demasía a Potosí.. No obstante que el trabajo de saca es superficial, la explotación a la que se ha sometido es impresionante; cerca de trescientas minas boyantes y activas, han logrado duplicar la producción del Cerro Rico de Potosí; lo que amerita con toda justicia el título que Vuestra Majestad pudiera conferirle de “Ciudad Real de Minas”. 

“Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas de esta tierra,  que son tantas y tales, que no quiere tan larga cuenta como debo, a Vuestra Sacra Majestad suplico me mande perdonar; porque ni mi habilidad, ni la oportunidad del tiempo en que a la sazón me hallo, para ello me ayudan. Mas que  todo me esforzaré a decir a Vuestra Majestad lo menos mal que yo pudiere la verdad y lo que al presente es necesario que Vuestra Majestad sepa. Y asimismo suplico me mande perdonar si todo lo necesario no contare, el cuánto y cómo muy cierto, y algunos nombres de quienes son protagonistas de estas actuaciones”. 

                           la llegada de los españoles 7 “Como se sabía e hícele saber por relaciones detalladas que de esta tierra hubo hecho don Pedro Cieza de León y, principalmente, don Miguel de Estete, cronista que acompañaba a don Hernando Pizarro a Jauja, en cinco de enero de 1533, con veintiún jinetes que se decían, don Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís y dicho Miguel de Estete, nueve peones de lo mejor aderezados de guerra y tres nobles de aquestos reinos de nombres, Ancamarca Maita, Tito Maita Yupanqui y Cayo Inca. Cuando encontrábanse en aquella ruta, en el lugar que denominan Pombo, al borde septentrional de una enorme laguna de agua dulce, que tiene tres leguas de circuito, en cuya laguna tuvo el padre de Atabalipa muchas balsas traídas de Tumbez para su recreación, siguieron por un llano donde hay muchos ganados y por todo el camino muchos corrales de ovejas de lana muy fina; allí, leguas más adelante, habiendo pasado un pueblo que en lengua nativa denominan Carguamayo que quiere decir “Río Dorado”, diéronse con una comitiva que llevaba quinientos mil pesos de oro entre soberbias esculturas del tamaño natural de hombres y animales de estos reinos, para pagar el rescate de su inca y señor, el dicho Atabalipa. Estos hombres hicieron saber que, al septentrión, se hallaba la tierra encantada cubierta de nieve y frío, alta, de aire fino e irrespirable, de donde provenían estas riquezas en caudales insospechados. Haríais bien en llamarla Ciudad Real, Supremo Señor; porque aquí, todos los asombroso mitos de la antigüedad sobre riquezas fabulosas y pasadas alucinaciones de pasados tiempos; sobre islas afortunadas o misteriosas regiones de Utopía, se esfuman y languidecen ante el hallazgo asombroso de estas minas. Sobrepasa, con su incalculable abundancia, la bien merecida fama de la Cólquida y de Ofir. Es cosa de sueño. Estas fabulosas riquezas sin término, se hallan encerradas en las profundidades de la tierra más áspera, desabrida y estéril del mundo. No otra cosa es este lugar de suelos muy fríos, cordilleras altas y cerros pelados, sin ninguna clase de arboleda; lejana de los puertos marítimos y tan alta que sólo está en comunicación con Dios, las estrellas, los cielos y los cóndores”.

Continúa….

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