La Anquicha (Segunda parte)

la anquicha 2En el lapso que transcurrió entre mi vida de estudiante y posterior ocupación profesional, muchísimas anécdotas de su vida circularon por la ciudad. Unas alegres, otras dramáticas, algunas increíbles, pero todas con la sal y pimienta que imprimió a todo lo que hizo.

De una de sus tantas vivencias, recuerdo una que atañe a mi persona. Había salido de mi trabajo y, fin de semana, me encaminé a una casa de un compañero de estudios, a donde había sido invitado para celebrar su onomástico. Al llegar cerca de la casa fiestera, me apersoné a una chingana de mi amigo Camilo Meza que, me vendió una caja de cerveza que sería mi aporte a la fiesta. Cuando me disponía a salir con mi presente, de un rincón en donde estaba, la “Anquicha”, con un conmovedor comedimiento se ofreció a transportar la caja. “Tú papito, no debes cargar nada. Para eso estoy yo. Te lo llevo, no te preocupes”, y uniendo la acción a la palabra envolvió la caja en una manta y se la puso a la espalda, cubriéndose después con su pañolón.

la anquicha 3Mi llegada a la reunión constituyó todo un espectáculo celebrado con aplausos y gritos de alegría, especialmente cuando ella hizo entrega de la caja de cerveza. ¡Buena hermano! ¡Qué tal pareja! ¡Ajá, ya lo sabemos!, etc. El caso es que, al poco rato, la “Anquicha” cómodamente repantigada en un sillón ya estaba bebiendo y bailando con todos los allí presentes. Entre bromas y chascarros consideraban que era mi pareja. Pero la cosa no queda allí. A medida que transcurría la fiesta en ambiente de gran algarabía, uno que otro amigo, por turno, regalaba a los anfitriones, con su respectiva caja. ¡Lo propio hacía la “Anquicha”!. ¡Qué tal prodigalidad!. ¡Todos estaban muy agradecidos y felices con la amabilidad demostrada! De plácemes todos nos amanecimos bailando con la cerreña hasta las primeras horas del día siguiente.

Pasados tres días, recibí la visita de mi amigo Camilo Meza.

— Shishita, estoy viniendo a cobrarte las cinco cajas de cerveza que llevaste el sábado.

— ¡¿Cinco cajas?!.

— ¡Claro, hermanito.

— Yo nunca te pedí que me fiaras cinco cajas de nada.— Tú no, pero la “Anquicha” sí. Ella me dijo que venía en tu nombre y como yo te había visto  partir con ella, creí……          Tuve que pagar la deuda, caballero no más. Era otra noche de sábado, pero ya mucho más tarde. Habíamos salido de juerga los alumnos de la Universidad y de regreso, casi al final, se nos ocurre hacer una “chancha” y recalar en “La Camelias”, céntrico restaurante que ya estaba por cerrar. Era cercana la medianoche. Estábamos con Julio Baldeón, Félix Luquillas,  “Negro” Canta, Luis Aguilar y Joaquín Cotrina. Entre bromas y chistes, en un abrir y cerrar de ojos se nos terminaron nuestras cervezas y, aunque parezca mentira, nuestro deseo de seguir libando se hacía más apremiante. En eso estábamos mirándonos las caras cuando entra la “Anquicha”. “!Buenas noches, jóvenes lindos. Estoy aquí para tomarnos unas cervezas y bailar. No se preocupen por el gasto. Yo respondo por todo!”. Lo dijo de una manera tan autoritaria y tan segura que todos nos miramos alelados. Se quitó el sombrero y el pañolón, los colgó en la percha y con voz que no cabía duda, gritó” “¡Una caja para esta mesa! ¡Voy a bailar con mis papacitos estudiantes!”. Puso unos discos en la Rockola y paseó su vista sobre los admirados parroquianos. Cuando los compases de “La Morena de mi copla”, célebre pasodoble español ejecutado por los “Churumbeles de España” invadió los aires, estiró la mano invitando al Secretario General de la Universidad, Joaquín Cotrina Valverde, para que fuera su pareja. (Joaquín era amigo de los estudiantes). Ante la duda del invitado, nuestros gritos y aplausos, lo animaron y, en corro de gran alboroto terminaron de bailar. Cuando se escuchaba los cadenciosos compases del bolero, “Virgen de Media Noche”, ordenando una vez más, ¡!!Una caja!!!, tomó a Luis Aguilar Cajahuamán y –cara con cara- terminó en gran forma el romántico bolero. Lo que jamás me imaginé es que, tras ordenar nuevamente, ¡!!Una caja!!!, me invitara a bailar, “Mano a mano”, tango, para mí doblemente inolvidable, interpretado por Carlos Gardel. Los gritos y chacotas de los muchachos eran escandalosos y la cerveza no tenía cuándo llegar. Así que, completamente enojado, cuando terminamos de bailar el tango, llamé al mozo y le increpé su demora. “!!!Hace buen rato que la señora te ha pedido una caja de cerveza. ¿Por qué no la traes?!!!. Entonces el mozo, muy suelto de huesos, nos contestó: “No les voy a traer nada, porque esa chola nunca paga”. “¡No es la primera vez que hace eso. Siempre pide pero nunca paga!”. Cuando quisimos reclamar, la “Anquicha” con su pañolón y sombreros puestos abandonaba la sala con un ¡Gracias, papitos! y un sonoro portazo que no hemos olvidadoComo éstas, muchas fueron las anécdotas que se sumaron a su accidentado currículum de “hembra de armas tomar”. Fue tanta su disipación y sobre todo su abandono y soledad que terminaron por postrarla malamente.A parte de las anécdotas relatadas, la conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”. Apesadumbrado por ese drama tan patético me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “!Sírvete!”.Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedo sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra!. Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se marchó levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas  que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito!. ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos!. Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Inacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortucha” Orihuela y yo.  El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la estación enmarrocadas para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado.  Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Un día me encontré accidentalmente con ella. Venía con paso cansino, completamente débil. Al verla tan deprimida, la detuve para preguntarle por qué se encontraba así. Su estado era deplorable. Era un ser sumamente pálido, hueso y pellejo, con una ojeras espantosas. “¿Qué tienes?. –le pregunté. “No sé papito, pero ya no puedo más. Nada recibe mi estómago y sueño nomás me gana. No sé qué es lo que voy hacer”. Estaba tan mal la pobre mujer que, de inmediato me dirigí al Hospital Carrión y hablé con don Pedro Santiváñez, jefe de enfermeros, para que pudiera hacer algo por la enferma. La internaron como indigente. Más tarde me informaron que estaba muy mal, que requería de un especial tratamiento para reanimarla porque se encontraba muy débil, al extremo de encontrarse anémica. Gracias al celo de don Pedro, el ecónomo “Chacalhua” Ramírez, debía dotar de alimentación especial a la pobre mujer. A partir del día siguiente, ya tratada de sus males estomacales, la “Anquicha” ingería abundante leche y diariamente le servían sus churrascos con huevos fritos y tostadas. Aquello fue inolvidable. Había que verla. Estuvo dos meses recobrándose hasta que volvió a ser la mujer poderosa de antes. Como ya se sentía muy bien, aprovechó la llegada de las Fiestas Patrias para pedirle a don Pedro que le diera de alta. Lo logró. Salió del Hospital el 28 de julio a las nueve de la mañana. Eso, naturalmente, yo lo ignoraba. El caso es que, como siempre se ha estilado para esas fechas, los profesores del Instituto Industrial estábamos bien “pijes” con ternos nuevos, listos para el desfile, en medio de las calles que además de embanderadas, lucían con la totalidad del pueblo, ansioso de ver desfilar a los mejores muchachos cerreños. Nos encontrábamos en la plaza principal esperando que comenzara el “Te Deum”, cuando sin que lo advirtiera, apareció delante de mí la resucitada Anquicha, “huasca” como una cuba, y sin que pudiera evitarlo, me abrazó y me colmó de besos, en medio de la sorprendida algarabía de mis colegas y público curioso ahí presente. Lo que ellos no podían escuchar eran sus palabras cargadas de gratitud por las gestiones que había hecho en el hospital. Entre lágrimas y besos me agradecía el que la hubiera tenido en el hospital hasta curarse. (Creía que yo había solventado el gasto de su permanencia en el nosocomio). Los que me miraban creían que era un reencuentro entre dos amantes que se querían. Yo, ya nada pude hacer para quitar esa impresión de sus cabezas, pero desde entonces, su respeto fue más grande para mí.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que tuve que viajar a Lima por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la Anquicha, que en paz descanse.

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