FELIPE GERMÁN AMÉZAGA “El trágico poeta de la melancolía” (Primera parte)

Felipe GermanTierno y melancólico como el armonioso rumor del Huallaga llegó al Cerro de Pasco. Era joven. Recién se le había definido el bozo en una aguda barbilla mefistofélica  y en sus ojos claros como los dulces amaneceres de su tierra huanuqueña, fulguraba esa extraña y misteriosa luz reveladora del talento.

Estábamos entrando en la segunda década del siglo veinte.

Sus primeros versos dictados por la inocencia de su juventud todavía vigente, son cantos al amor, a las ilusiones que brinda la vida y a la esperanza. En ellos encontramos la simiente de un dolor y una tristeza que siempre lo acompañaron en su tránsito terrenal. Para sobrellevar su congoja y su desamparo se refugia en Cristo al que después abandona acuciado por la duda; finalmente arrepentido, cargado de dolor y amarguras, volverá al redil pero será muy tarde.

A poco de arribar a la ciudad minera entró en ese mundo vocinglero de citaciones y careos, apelaciones y sentencias y que, sin ser hombre de leyes con documentos oficiales de universidad alguna, tomó el Derecho como mejor lo entendía. Apelando a su sagacidad, tino y sensibilidad, consiguió solucionar complicados líos que en nuestra tierra se añejan formando amarillentos volúmenes. Se hizo tinterillo.

Pero nos es de ese pecadillo venial en que incurrió para sobrevivir del que vamos a hablar. No. Vamos a referirnos a su delicada sensibilidad y a la notable inspiración que siempre lo acompañó. Hablaremos de la parte más hermosa de su personalidad; nos referiremos a su espíritu, a su alma de poeta.

Para ello, veámoslo con los amorosos ojos de la historia. Allá va con la mirada taciturna debajo del amplio chambergo finisecular. Se llama Felipe Germán Amézaga y está en el momento más sublime de su juventud, la parte más hermosa de su camino de la vida, y es poeta desde que vino al mundo; delicado e íntimo desde que abrió los ojos; bondadosa y fraternal desde que lo bautizaron. 

El joven poeta fue engalanando con sus inspirados versos todos los periódicos de su tierra adoptante: EL MINERO, LOS ANDES, EL DIARIO, EL GRITO DEL PUEBLO, LA PIRÁMIDE DE JUNÍN, EL CERREÑO. Su emotiva voz vibraba en todas las tribunas del sencillo foro pueblerino; en los íntimos rincones de los clubes mineros; en los amicales e improvisados recitales. Todos lo quieren y todos lo admiran.

Felipe Germán cantó a todo lo grande y bello. Su pluma como las más relucientes espadas de los caballeros medioevales defendió lo justo y arrasó con lo pecaminoso y ruin. Grande y ardua fue la batalla que libró en este terreno. Ha padecido y gozado con intensidad. La pobreza le puso un día su corona de agudísimas espinas y su manto de humillantes harapos. Él sobrellevó estos avatares con dignidad y entereza.

El amor asomó a su vida regalándole con sus deleites e hiriéndole con sus desengaños. Muchas mujeres pasaron por su vida. Conoció de cerca las bellezas del alma y las maldades del corazón humano. Extremadamente sensible sucumbió ante las espinas del dolor. Los amores adversos, esquivos o traidores, le hicieron romper en llanto que muchas veces se tradujeron en sendos poemas cargados de amargura. Así como se enternecía con las delicadezas de la mujer buena, se encrespaba de ira contra la mujer mala.

NEUROSIS

Un cruel desosiego entristece mi vida

en vano busco un algo que me haga soñar,

soy en el camino una hoja desprendida,

juguete de los vientos y del sórdido azar.

 

Por doquier que dirijo la vista desolada

sólo miro paisajes sombríos de color,

y todo me parece tocado por la helada

mano de la muerte o invierno destructor.

 

Otrora tuve ensueños y, maga la alegría,

rondó por mi existencia diciendo su canción,

mas se fue y ausente tadavía

condena la tristeza mi enfermo corazón.

 

Mañana cuando carde la muerte en mi cabeza

su lino funerario, talvez volveré a oír

aquella canción que amaba mi tristeza

y en horas angustiosas hiciéronme dormir.

En ese transcurrir de su vida llegó a amar entrañablemente al pueblo que lo cobijaba. Se identificó íntimamente con sus amarguras. Cantó sus ideales, pintó sus costumbres.

Un día de aquellos, con la hondura de los ojos del alma que son los únicos con los que se descubre las insondables heridas del tiempo, viendo la agonía inexorable de su tierra adoptiva -desgarrado poeta- reveló el profundo sentimiento que le sugerían las macilentas casonas seculares que ya comenzaban a recibir los primeros ramalazos de la voraz picota minera. Su voz dolida dijo entonces:

EL  POEMA  DE  LAS  CASAS  EN RUINA

Cuan honda tristeza me inspiran las casas en ruina…

                                   sus grietas profundas me dicen su ayer;

románticos cuentos, historias henchidas

                                   de risas, suspiros, mudable querer.

 

                                   Me dicen de todo lo humano, de todo lo breve;

                                   del paso implacable del tiempo veloz;

                                   del frío de los años que cubre la nieve

                                   bajo la mirada sin fondo de Dios…

 

                                   Las casas en ruinas…ventanas vacías

                                   que otrora tuvieron encanto mayor,

                                   hoy guardan silencio como tumbas frías,

                                   do no hay un canario, do no hay una flor.

 

                                   Yo siento en el fondo de mi alma una pena

                                   y vivo el momento de ese algo que fue,

                                   y creo que me miran tras esas ventanas

                                   mil ojos de ciego con un ..¡No sé qué…!

 

                                   Cabecitas rubias, gentiles morenas,

                                  voces quejumbrosas, muy quedas

                                   con las que decían sus canciones buenas,

                                   la alondra, el jilguero y el mirlo burlón…

 

                                   No sé qué me pasa, mirando las ruinas

                                   que dejan los tiempos cual beso fatal,

                                   Y pienso que todo se rompe en la tierra

                                   cual fuera de barro o débil cristal…! 

La trashumancia de su profesión lo llevó a disímiles paisajes serranos; a todos ellos les cantó con admiración, con deleite. Fue en Chacapalca, un pueblo muerto, asesinado por los gases tóxicos de los humos de la Oroya en donde  brotó de su alma este nostálgico poema de  dolorosa conmiseración.. ¿Qué hubiera dicho al ver destruidas las calles cerreñas que tanto amara…?. 

Su espíritu fraternal, abierto a la amistad y a la confidencia, encuentra eco en una pléyade de jóvenes poetas como él. Por aquellos años de loca y desbordante bohemia, había en el Cerro de Pasco un café que, a manera de Ateneo provinciano, cobijaba en su cálida intimidad a todos los artistas de entonces.

Era el atildado Café MOKA. En este íntimo y cómodo rincón, llegado el véspero helado, se reunían a platicar y degustar el exótico aroma y sabor del fino café árabe que los españoles, hermanos Campillo, hacían traer al Consulado de la Madre Patria.

Allí encontrábamos al diligente periodista cerreño don Gerardo Patiño López  con la flamante edición de su diario,  ocupando su silla conocida y avivando los comentarios del día. Igualmente Ambrosio Casquero Dianderas, poeta por excelencia, infaltable en las tertulias, el mismo que unas veces con su nombre y otras con el seudónimo de “Américo Roldán”  entregaba a las páginas de EL MINERO, lo mejor de su estro.

Estaba también el descendiente de escocés Arturo Mac Donald que como todos los vates de su tiempo alternaba la poesía alquitarada con el verso alegre y popular. Era tan extremadamente sensible que desengañado del desleal amor de una casquivana, cruelmente hostigado por el petulante ambiente limeño, se quitó la vida arrojándose a las turbulentas aguas del río Rímac.

Continúa….

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