FELIPE GERMÁN AMÉZAGA “El trágico poeta de la melancolía” (Segunda parte)

Felipe German 2En la tertulia también participaba un investigador infatigable del canto profundo de nuestra tierra: LA MULIZA, nos referimos a Dionisio Rodolfo Bernal, cuyo amor por lo nuestro lo tradujo en numerosas páginas cargadas de amor. También el atildado Oscar Víctor Malpartida, excelente conversador y organizador de amenas tertulias y graciosísimas humoradas.

César Lugo Bao, político indesmayable, perseguido muchas veces por el gobierno de turno, inquieto y versátil; a su lado su hermano, el pintor Leoncio Lugo, alumno predilecto del innovador José Sabogal y amigo muy cercano de Hinostroza, Codesido, Camino Brent, etc. El cultísimo Ramiro Ráez Cisneros, versificador insigne y poeta notabilísimo, hacedor de festejadas bromas y chispeante chascarrillos.

Andrés Urbina Acevedo, excelso pintor de los sentimientos ciudadanos a través de sus versos populares y combativos e inteligente periodista de altos quilates. Con ellos los poetas venidos de otras latitudes como Eugenio Chocano; el “Marqués de Campo de Plata”, y el inigualable Luis Ferrari. Autoridades como el Prefecto Enrique Bustamante y Ballivián, poeta extraordinario y mundialmente reconocido.  Hombres del foro como don Francisco N. Del Castillo, miembro de la Corte Superior de Justicia de Pasco  y Junín que alternaba las actividades propias de su profesión con la creación de hermosos versos. Y cuando nos visitaba, el gran escritor jaujino, Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo.

Con ellos, nuestros artistas trasnochaban incansables hablando de las nuevas escuelas y movimientos poéticos. En todas esas noches, alentados por los Campillo, componían Elegías, Odas, Madrigales, Endechas, Doloras, Rimas, Sonetos… en una hermosa y fraternal competencia. Más tarde, los españoles reunirían todos los versos escritos en las servilletas del “Moka” y los guardaban –hermosísimos trofeos de talento- en su caja de caudales. 

Felipe Germán Amézaga siguió escribiendo con fruición, con verdadero amor y entrega. Sin embargo, su vida vacía y desengañada de los amores volubles que le toca vivir, lo envuelve en una amarga soledad que lo llevó a la loca vorágine del mundo del alcohol y la droga. 

Noches enteras de claro en claro libando con su abandono, peregrino autómata por las tabernas del pueblo,  asediado por la tristeza, cae en una dejadez cada vez más terrible. Su desesperación arrastra sus pasos a los antros más dantescos de la Calle del Marqués, “huarique” de sus amigos, los chinos. Allí, en la penumbra de humos enervantes, absorbe volutas de opio que lo secuestran a extraños mundos fantásticos y hermosos; espacios ficticios donde se siente feliz, extrañamente feliz.

Ni el cuidado ni la recomendación de los amigos surte efecto positivo alguno. Un día ya no puede resistir más. Su cuerpo está rendido; sus amigos, conmiserativos y diligentes lo conducen al hospital y lo internan.

La batalla que libra entonces con su inacabable deseo de beber y las alucinaciones de que es víctima, lo vencen. Son demasiado crueles para su castigada humanidad. Sin embargo, los médicos y la solícita atención de sus amigos logran atenuar sus estremecedores “Delirium tremens”, monstruosos y agobiantes. Cuando le llegue el alivio pasajero -destrozado  guiñapo de la vida- medita profundamente cómo ha estado destruyendo su existencia y llora, llora amargamente. 

Inexorablemente transcurren los días cargados de tristeza; sus profundas meditaciones le dicen  que su arrepentimiento es tardío. Su cuerpo está marchito y los médicos no pueden restituirle la salud perdida en noches de persistente bohemia. Su rostro terroso y afilado denota los estragos que la asesina e incurable cirrosis está causando en su hígado. El llanto de la desesperación acude pronto a sus ojos. Sus manos débiles y temblorosas rasgan a penas los versos de su corazón acongojado y rendido.

En las inacabables vigilias de su insomnio intuye que sus horas se le acortan. En las frías noches  mineras atenuadas por sus pobres cobijas sólo el  acompasado tic tac del reloj de la torre del hospital y el sonoro conteo de los inacabables cuartos de hora le ayuda a llevar su consciente agonía. Una noche silenciosa y casi ya sin fuerzas se incorpora penosamente y con una vieja pluma escribe estos versos.

VIEJO RELOJ  DEL HOSPITAL 

Viejo reloj del hospital que marcas lentamente.

mis horas angustiosas tan tristes y tan frías,

eres cual martilleo golpeando entre mi mente,

con persistencia loca y furia de inconsciente

sin medir todas mis penas y acerbas agonías.

 

La historia es la tragedia de tantos que han callado

mientras que tú sigues estoico en tu compás,

marcando la hora negra del nuevo condenado,

que en la fosa innoble será depositado,

para ese largo viaje sin vuelta ni jamás…!

 

Mas eres un consuelo también en la tristeza,

de las horas nocturnas del gélido hospital,

cuando el insomnio cruento tortura mi cabeza,

y el alma como un niño piadosamente reza,

con el terror marcado de un próximo final…!

 

Viejo reloj prosigue, prosigue en tu tarea,

tus golpes son precisos, sinceros, sensitivos,

en ti  se compendia el todo de una idea.

Y cuando tu fúnebre sonata clamorea,

en el cerebro danzan mil bárbaros motivos…1

 

Viejo reloj que marcas mi trágica jornada,

señalarás un día mi deceso mortal,

y mientras que duerma ya mi carne cansada,

tú seguirás tu faena en el triste hospital.

 

Más dejo en ti el recuerdo de mis horas de angustia

llevo en mi cerebro grabado el tic tac,

ese tic tac que marca el paso de la vida

señalando el principio  y el lúgubre  final.

 

Para el alma enferma nerviosa, taciturna

que tortura la carne con su loca inquietud

tu sonidos semejan en la hora nocturna

labor del carpintero que clava un ataúd.

Y aquella nublada tarde de octubre, cuando los bohemios se hallaban en la tertulia fraternal del café Moka, irrumpe pálido y desencajado Oscar Víctor Malpartida. Estaba encargado de cuidar al enfermo, era su turno. Sus labios tiemblan ostensiblemente y no puede articular palabra alguna, apenas si logra sentarse y escondiendo el rostro entre las manos, se deshace en un llanto incontenible.

No hubo necesidad que dijera nada. Todos lo adivinaron. Conmovidos se pusieron de pie y raudos salieron al hospital Carrión. Allí estaba yerto y pálido con los ojos todavía abiertos  pero ya sin el brillo de la vida. Los bohemios conmovidos y pálidos, cerraron los ojos fríos e inexpresivos y cogiéndose mutuamente de las manos, las colocaron sobre las rígidas del poeta que acababa de morir y todos lloraron como niños.

El pueblo estaba conmovido. Profundamente conmovido. Lo velaron dos noches en el Apolo. Al tercer día, mudos y contritos sus hermanos de bohemia lo llevaron en hombros al cementerio. Allí en medio de un respetuoso silencio, todos leyeron sus versos, y como siemprevivas regadas de lágrimas, los fueron dejando uno a uno sobre ataúd y lo cubrieron con tierra. Finalmente colocaron una negra cruz de hierro sobre su tumba y, don Gerardo Patiño López puso el epitafio que hasta hace poco perduraba.

Aquí reposan los restos del poeta

FELIPE GERMÁN AMÉZAGA

  Q.e.p.d.

Falleció el 14 de octubre de 1940

Recuerdo de sus amigos.

Y allá estaba como aquel lejano día, yaciente  en la tierra que  amó con toda su alma. Y ahí plantamos un árbol de quinual, como una lágrima, para que de su corazón puedan emerger las raíces vivificantes y en cada una de las hojas, a manera de versos, florezcan las notas del himno de la vida.

No tengo como decirlo, pero hace unos días retorné a mi tierra y fui a visitarlo. No lo pude creer. El lugar en el que reposaban sus restos ya no hallé nada. ¡Qué lástima! No encontré ni la cruz del poeta ni el quinual del amor. ¡Lástima!. Un pueblo que no ama a sus  poetas es un pueblo insensible, un pueblo agonizante. Cuánta pena me ha causado. Hoy que tenemos Universidad e Instituto de Cultura; hoy que a cada paso hay doctores y maestros y magister y no sé que ilustres titulados, la tumba de uno de sus poetas ha desaparecido. Se han intelectualizado de tal manera que se han insensibilizado. ¡Qué lástima Dios mío!.

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