Historias de chinos

Historia de ChinosEl siglo antepasado y comienzos del pasado, se establecieron fondas, bodegas y lavanderías, en la desaparecida calle del marqués. Allí enjutos personajes cambiaban impresiones en extraño idioma  como si estuvieran cantando. Iban y venían en su diario  trajín vistiendo largas túnicas; algunos llevaban una trenza en la parte posterior de la cabeza y otros se la cubrían con una pequeña gorra, pero  todos calzaban alpargatas sobre gruesas medias de lana. Eran los chinos. Habían llegado al Perú en 1849, cuando por iniciativa del hacendado y hombre de negocios, Domingo Elías, se introdujo 100,000 trabajadores chinos para reemplazar la mano de obra esclava negra. Estos coolies, fueron enviados esencialmente a las islas guaneras y haciendas azucareras y algodoneras de Lambayeque y la Libertad, en el norte y, de Lima e Ica al sur. En 1875, los venidos de Macao y Cantón se aposentaron en el Cerro de Pasco, atraídos por su bonanza económica. Habían cumplido sus contratos con Henry Meiggs para colocar rieles a lo largo de las vías ferrocarrileras. Otros chinos cimarrones, huyendo del frío, se aposentaron al sur de Chanchamayo, formando la colonia de Quimpitirique. El censo de 1876 afirmaba que en nuestra ciudad quedaban 169. Solamente chinos varones. Aquí, encontraron la estima que les hacía mucha falta como seres humanos. Hasta entonces sólo habían conocido el maltrato ignominioso, especialmente en Lima, Callao y ciudades de la costa. Muchos de los chinos, emocionados por el trato cariñoso que recibieron, adoptaron apellidos castellanos: Pérez, García, Ramírez, etc. En la urbe minera formaron sus hogares con mujeres del pueblo que se avinieron a ello. Así floreció el restaurante de Antonio Lam cuyos familiares todavía viven en la ciudad. Lo mismo ocurrió con Mario Cam-Pong cuyo apellido lo castellanizaron por Campoa; Manuel Chang y Chale Wong que administraban el concurrido chifa Cantón. También estuvieron las bodegas, bazares y lavanderías de Juan Lay, Antonio Wong-Cau, Luis Hop-Hon, Manuel Bong, Santiago Chong, Joaquin Wong, Felipe Cheng, Luis Chang-Foc, Mario Chang- Li, Emilio Dan- Chang, Manuel Hop-Hen, Liborio Hang-Yong… En el umbroso aposento de este último chino funcionaba un fumadero de opio con tarimas individuales ocupadas por adictos que tenían un pequeño lamparín al  lado; en él se quemaba la droga cuyo humo era transportado hasta la boca del cliente mediante un aditamento parecido a la pipa de la paz de pieles rojas; la sesión duraba más de una hora en la que el fumador viajaba, con asombrosa delectación, por mundos extraordinariamente misteriosos. Los principales asistentes eran niños bien, tarambanas y manirrotos,  “hijitos de papá”; poetas, periodistas, escritores y bohemios.

Del Hotel Venecia, administrado por el chino Lam, se cuentan numerosos historias y anécdotas, una de ellas dice lo siguiente:

 

A partir de 1904, el ferrocarril adquirió en nuestra ciudad, un auge inusitado para elHistoria de chinos 2 transporte de pasajeros. Todas las personas que tenían que ir a Lima o venir de allá, usaban este valioso medio de transporte que superaba en mucho a las carretas y  acémilas que, además de incómodas, eran completamente agotadoras y riesgosas.

Diariamente, a partir de las siete de la noche, la estación se abarrotaba de gente ansiosa a la espera del ferrocarril de Lima. Su llegada a las 9.45 de la noche con toda puntualidad, constituía un espectacular acontecimiento cotidiano. Del abarrotado pasaje que llegaba entre el resoplido de la locomotora, los silbatos de los controladores, el grito de los canillitas y el apremiante murmullo de los que esperaban, fácilmente se podía identificar a los que provenían de Lima. Una palidez mortal acompañada de temblores y sudaciones frías, los delataban. Eran víctimas del implacable “soroche” con su cuadro clínico angustioso.

Detenido el tren, los mozos de cuerda subían a los coches a disputarse valijas y maletas de los pasajeros. Éstos, debido al agobiante frío y al dolor de cabeza, se ponían incondicionalmente en manos de  cargadores que los conducían a los hoteles del centro, teniendo que superar una pendiente muy pronunciada que comenzaba en la Esperanza, seguía Santa Rosa, el barrio chino de la calle del Marqués y finalmente, el centro. Aquí eran numerosos los hoteles que esperaban a los viajeros: el “Universo”, el “América”, el “Fort”, el “Champa”, el “Bolívar”, el “Venecia”… Éste, por su cercanía a la estación era el más visitado por los viajeros. Estaba enclavado a la mitad de la subida de Santa Rosa.

Aquella noche, el tren dificultado por la espesa nieve que venía cayendo tenaz y persistentemente desde las primeras horas de la mañana, había llegado demasiado tarde.

En la amplia sala de espera del Hotel Venecia donde estaba ubicado el bar, se hallaba bebiendo unas copas de pisco, el temido Federico Guillermo Quirós Vargas Machuca Quintana de la Rosa y Toro, a la sazón, hombre que imponía su parecer en la forma más expeditiva y ruda posible. Su continente fiero y amenazaste enfundado en un grueso saco de “diablo fuerte”, pantalón de montar y botas relucientes, hacía gala de una marcialidad representada por un látigo negro con armaduras de plata con el que humillaba las espaldas de muchos obreros mineros, porque es necesario decirlo, fue el primer WACHIMAN de los gringos a quienes adoraba incondicionalmente con todas las veras de su corazón.- Permítanme una digresión. La palabra wachimán se popularizó en el Cerro de Pasco cuando los gringos decidieron poner un WATCH-MAN (vigilante) para que cuidara sus intereses. Los obreros, naturalmente, no pronunciaron igual la palabreja y quedó como wachimán. Actualmente todo el Perú tiene sus vigilantes uniformados que son llamados wachimanes-. Bueno, sigamos. Este atrabiliario personaje que se jactaba de pertenecer a una vieja estirpe colonial y poderosa que firmaba rimbombantemente su tremendo nombre con todas sus letras, se había hecho muy temible debido a su belicosidad, que en todo caso, la respaldaba con la presencia de tres gigantescos facinerosos guardaespaldas que no lo dejaban a sol ni a sombra.

Los cuatro matones se encontraban bebiendo sendos copones de pisco y entreteniéndose en un marco de sonoras carcajadas y obscenas alusiones, cuando de improviso se abre la puerta de grandes cristales y entra un personaje cubierto de nieve al que quedaron mirando de hito en hito. El recién llegado estaba muy bien arropado para guardarse de la nieve, no obstante era notaria su figura enteca y endeble. Con las manos cruzadas sobre el pecho y temblando de frío se acercó al mostrador y con voz trémula al borde del pasmo dijo al chino que atendía:

— !Señor, por favor, un vaso de leche. Lo más caliente que pueda….!!!

Al oír esto, el matón y sus secuaces dejaron su mesa y acercándose al extraño sin que éste lo notara, soltaron sendas carcajadas procaces y ofensivas a sus espaldas.

El rostro enjuto, ojeroso y pálido del extraño, sufrió de pronto un cambio brusco. En realidad, tan delgado era que su cara, además de huesuda y angulosa, tenía un rictus cómico y extraño. Midiéndolo con la mirada, los malandrines quisieron mofarse y humillarlo y con voz que no admitía réplica, el jefe de los matones dijo:

— !!!Oye, chino…!!!. Aquí al señor vas a servirle un buen copón de pisco puro que es lo que los hombres tomamos en el Cerro de Pasco y no lechecita caliente que sólo toman los maricones…!!!…!Sírvenos cinco tragos!!!

El chino Lam, tras la orden así tajantemente impuesta se apresuró a cumplirla de inmediato. A los pocos minutos se presentó trayendo una fuente con cinco copones de pisco. Los malandrines cogieron los suyos y el matón del fuete puso en las manos del recién llegado el que le correspondía, diciendo:

— !!! Salud…!!!- Y de un solo golpe escanciaron el contenido de sus copas.

El hombrecito, aparentemente intimidado trató de hacer lo propio; al terminar de beber se vio atacado por una tos que fue celebrado con risas y palmadas por los rufianes que le golpeaban las espaldas. Y así, dejándolo cianótico y a punto de ahogarse, los matones se aprestaban a regresar a su mesa, cuando el viajero, no se sabe cómo ni de dónde, extrajo un revolver de enormes proporciones, de esos quede un solo balazo puede partir en dos a un mortal;  temblando de indignación, rojo de ira, para que no hubiera duda de su decisión, con atiplada voz ordenó tajante:

— !!! Chino… como la leche es para los maricones, sírvele a éstos… cuatro vasos de leche!!!.

Cómo habría dado la orden que el chino en un santiamén apareció con cuatro vasos de leche bien caliente.

—!!!Ahora… Tómensela… !! – ordenó el irascible viajero a la vez que encañonándoles, hacía ver la boca cavernosa y amenazante de su revólver.

Los malandrines, temblorosos y humillados, en silencio y de una sola vez, bebieron la leche hasta la última gota. Cuando terminaron, el viajero se envolvió en su bufanda y todavía blandiendo el pistolón, abandonó la estancia ante la mirada atónita, incrédula y acobardada de los matones.

Nunca se supo el nombre del valiente viajero.

NOTA DE INVITACIÓN

Después de 21 años de incesantes gestiones, el doctor Gustavo Delgado Matallana, gran difusor de la obra de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión, ha conseguido que el Ministerio de Defensa del Perú autorice la inscripción del nombre de nuestro mártir en la Cripta de los Héroes del Presbítero Maestro. El día de hoy 24 de marzo a las once de la mañana se develará la placa correspondiente por la participación activa de nuestro mártir en el Guerra del Pacífico. Se espera masiva asistencia de cerreños

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One thought on “Historias de chinos

  1. GRACIAS POR HACERME LLEGAR LITERATURA PASQUEÑA,Y LA INTERESANTE HISTORIA DE LA LLEGADA AL PERU DE LOS CHINOS, EN EL AÑO 1849 SIGLO 19 ,Y LA HISTORIA DE LA PALABRA WACH-MAN, (en Inglés,, que significa vigilante, ) QUE EN EL HABLA CASTELLANO PERUANO LO PRONUNCIAMOS WACHIMAN,Y ASI SE QUEDÓ AHSTA NUESTROS DIAS,DECIFRANDO EL INGLÉS WACH,= HORA, Y MAN = HOMBRE,QUEDO ETERNAMENTE AGRADECIDO POR SU DEFERENCIA A MI PERSONA POR ENVIARME SIGNIFICATIVAS HISTORIAS LITERARIAS DIOS,LE BENDIGA SIEMPRE.

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