EL CASO ARIAS FRANCO

el caso arias franco“La señora Victoria Filomena Arias Franco, de sesenta y ocho años de edad, víctima del salvaje homicidio, era viuda de William Myers, propietario de la mina de Vinchuscancha. Distinguida dama de la alta sociedad cerreña, prima hermana del Vicepresidente de la República, don Elías Malpartida Franco; hermana de Manuel, Pablo y Juan Arias Franco, copropietarios de la hacienda ganadera Pomayarus; emparentada con distinguidas  familias cerreñas; con el doctor Encarnación Morales, Vocal de la Corte Superior de Piura; doctor Pablo Arias Franco, Agente Fiscal de la provincia, Manuel Arias Franco, ex alcalde de la ciudad y muchísimos integrantes del foro y la administración citadinas; integrante de la Sociedad Caritativa, “Las Hijas de María” y de “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”. La ciudadanía, terriblemente indignada, exige la pronta acción policial para castigar a los despiadados asesinos”. EL DIARIO (18 de julio de 1915)

Su llegada a la ciudad constituyó todo un suceso. Rostro amarcigado y tosco, anguloso, como tallado en roca dura, al desgaire; fiera mirada de ojos aquilinos; dura mandíbula cuadrada con pelos cerdosos, distantes unos de otros; talla colosal, cuerpo robusto y catadura que incomodaba a cualquiera. Mucho se especuló sobre su origen. Unos decían que había sido estibador venido de los barracones del Callao; otros, que lo habían visto en las calles de Huacho como hombre de mal vivir; pero la versión más aceptada era que, superviviente de la gavilla del legendario bandolero, “Mishicanca”, había sido preso cuando aquél cayera abatido por la policía que lo perseguía para cazarlo; una parte de su banda había sido acribillada, y la otra, prisionera. El gigantón –decían- cayó cautivo y traído a la cárcel cerreña en octubre del año anterior. Sea como fuere, al verlo así, con talla imponente y amedrentadora, cuello de buey, espaldas vigorosas y brazos enormes que se prolongaban en manoplas con dedos como morcillas, el Mayor de Guardias, olvidando su pasado reciente, lo integró al pelotón policial cerreño. Como si su catadura amenazante no fuera suficiente, su nombre aumentaba su intranquilizadora presencia. Se llamaba, Eulalio Degollación. ¡¿Degollación?!. Si, señor: ¡Degollación! Un apellido como a propósito para hacerlo más temible. Después –mucho después- se supo que era chinchino, hijo y pariente de abigeos y asaltantes que plagaban aquella zona.  Como la vida no le ofrecía otra opción, tuvo que convertirse en gendarme. Decidió que allí iría tirando para adelante hasta que se le presentara la oportunidad de asentar su vida. Daría un solo y soberbio golpe para retirarse rico de la ciudad. Total, allí, a cada rato se presentaba la ocasión de enriquecerse con un buen golpe de mano.

Fue ascendiendo en la policía como elemento de choque y disuasión no obstante su medrada agilidad mental. Estuvo presente en todos los acontecimientos policiales de aquellos tiempos. Su sola presencia bastaba para que revoltosos y buscapleitos amainaran sus ímpetus pendencieros; los insistentes terminaban fuertemente contundidos a dormir sus entusiasmos en chirona. Así, poco a poco, fue asentando su preponderancia en los bajos fondos, donde terminaron por respetarlo; pero no solo los revoltosos del lumpen, sino también los “niñitos bien”, aquellos “hijitos de papá” que por ser engendros o parientes de los “manda más”, hacían lo que querían. En aquellos tiempos –por ejemplo- había una bien dispuesta pandilla de “niños terribles”, pendencieros, enamorados, trompeadores, cantantes, bailarines y “buenos para nada” que asolaban a la ciudad con sus aventuras escandalosas. Eran socios de la institución que para ostentar su característica pendencia, la denominaban: “Cayena”,  en referencia a la aberrante prisión de la Guayana francesa, donde estaban recluidos los más peligrosos y sanguinarios delincuentes del planeta. Degollación se impuso a estos malandrines de pacotilla que terminaron por respetarle. Con el andar de los días, zahorí y muy astuto, se dedicó a cuidar más de su persona, adquiriendo hábitos y costumbres más acordes con la vida civilizada. Advertida esta tendencia por la superioridad, le endilgaron encargos más delicados que cumplir. Así conoció a los Arias Franco, distinguida familia de la alta sociedad cerreña, a la que pertenecía el Vicepresidente de la República, don Elías Malpartida Franco; Manuel, Pablo y Juan Arias Franco, copropietarios de la hacienda ganadera Pomayarus; emparentada con el doctor Encarnación Morales, Vocal de la Corte Superior de Piura; doctor Pablo Arias Franco, Agente Fiscal de la provincia, Manuel Arias Franco, ex alcalde de la ciudad y muchísimos integrantes del foro y la administración citadinas. La tarde que la señora Victoria Filomena presidenta de la Sociedad Caritativa, “Las Hijas de María” y de “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, recibió las mil cuatrocientas libras de oro por la venta de sus minas de Quishuarcancha, él estaba de guardia en el Banco de Perú y Londres, donde se cerraba la transacción. Servicial, se ofreció para transportar a la casa de la dueña, las flamantes monedas de oro que estaban dentro de una bolsa de lona, con precinto del Banco.

El jirón Dos de Mayo, a lo largo de sus seis cuadras, desde la esquina de la Calle del Marqués hasta la Plazuela Ijurra, era en aquellos tiempos, un animado y bien dotado emporio comercial. Allí -con amplios portalones- funcionaba los comercios de los austriacos, Nicolás Lale, Pascual Lucich, Pablo Lesevic, Blas Guerovich, Juan Kukurelo, Marcos Kunicich, Juan Klococh; de los italianos, Emilio Antognazza, Emanuele Demosti y Celso Seretti; de los españoles, Gallo Hermanos, Vicente Ruiz, Tomás Güemes, Antonio Barreda y Juan Ponce Arnedo; del francés Leopoldo Martin; el famoso Chifa “Cantón”, de un consorcio de chinos; el café – restaurante Carrión, el Café “Digo – Digo”, el “Café de los Valientes”, la Tonelada “El Lagarto”, la Botica Carrión, el famoso “Hotel Universo”. Más tarde se instalarían el Banco Italiano que devino en Banco de Crédito y, el Banco Popular  del Perú. En una esquina de este jirón con la calle Cusco, se ubicaba la casona de los  Arias Franco.

Si el frontis tenía todas las trazas de una mansión solariega con amplio portalón de robleel caso arias franco 2 claveteado con guarniciones de bronce y aldaba llamadora, debajo había un zaguán que conducía a las instalaciones interiores de la sala, comedor, cocina, oficinas, bodegas, y algunos dormitorios para el servicio. En el segundo piso, un balcón corrido con cobertura de vidrios, ventanas interiores con rejas sevillanas, faroles andaluces de hierro, resguardados por vidrios que los protegían del viento. Interiormente, tres puertas en arco con sus hojas de roble, correspondientes a los dormitorios principales.

La parte que daba a la calle Cusco –por el contrario- contaba con una magra portezuela de madera que se aseguraba con un mohoso candado, tan viejo como inservible. Era puerta de servicio. Formando parte del edificio, muy cerca de este ingreso, el aposento de la señora Victoria Filomena. Ella había preferido, en el último tramo de su vida, adecuar su recámara en el primer piso para evitar subir escaleras y tener que desplazarse por aquella enorme extensión. Sus dolores artríticos avivados por el frío reinante se lo impedían; le hacían la vida muy difícil. A la intimidad de su pequeña habitación había restringido todo su mundo donde contaba con todo lo necesario. Una cómoda cama de roble de dos plazas con mullido colchón y almohadas debajo de un hermoso crucifijo con el Cristo  traído de España, trabajado en fina madera; una mesa mediana que funcionaba como escritorio y otra más pequeña, como mesita de noche con sus cucharadas, pastillas frotaciones y palmatoria, pero también un libro de rezos y su rosario. Debajo, su bacinica de losa para solucionarle urgencias nocturnas. Adosado a un costado de la cama, un robusto ropero de nogal, donde guardaba sus trajes generalmente de abrigo porque los de gala ya no los utilizaba, retirada de la vida social; enorme variedad de chales de lana y mantas de vicuña y, al lado, una percha donde se colgaba sombreros, paraguas, cotonas y otros adminículos de la época. En una de las paredes laterales, había hecho empotrar una caja fuerte donde guardaba sus dineros, con mucho celo. Éstos no eran pocos. A la muerte de su marido, el inglés William Meyers, dueño de las poderosas minas de carbón de Quishuarcancha, quedó como dueña absoluta y única. Después de los funerales, don Eulogio Fernandini -emergente joven minero que salía triunfante a la palestra empresarial- se las compró por mil cuatrocientas libras esterlinas, pagadas al contado en las oficinas del Banco del Perú y Londres. Ella las llevó para depositarlas en su rudimentaria caja fuerte guardadas por tan sólo un candado. No tenía confianza en banco alguno. Naturalmente no eran éstos sus únicos ingresos. También contaba con el alquiler de sus casas, las ganancias de una boyante mina de plata que le rendía jugosas ganancias, y la venta de ganado de la hacienda Pomayarus, de la que era propietaria y socia de sus hermanos. Esta hacienda la había heredado de su señora madre, doña Isabel Franco viuda de Arias. Era dueña de una verdadera fortuna.

En otra de las paredes, un enorme retrato al óleo, en la que se la veía en su momento mejor, el de su apogeo; esbelta y hermosa. Sus cabellos, entonces endrinos, sedosos y brillantes, enmarcaban el rostro fino como de porcelana; su  palidez extrema resaltaba claramente el brillo de sus ojos zarcos y soñadores, una lividez que al comienzo trató de  mitigar con algunos afeites, después ya no; su ostracismo voluntario, lejos del aire y del sol, la habían agravado. Ahora estaba marchita, trasponiendo las fronteras de la vida, surcada de arrugas, ajada por el tiempo. Sus ojos verdes, ya oscuros, se habían impregnado de una luz confusa, como pozos de aguas profundas, insondables; las sienes completamente blancas, zuzón aletargado por el invierno de la vida. Ahora estaba sola en su voluntario encierro, desorientada como una adolescente sin espejo, aferrándose a un pasado que se desmoronaba; buscando la vida en los recuerdos, sin ilusiones, sin caminos, soportando la aplastante soledad que hace daño. Como aferrándose a su glorioso pasado, diariamente abre su viejo arcón de cuero repujado con la minuciosidad de un arqueólogo. Allí encuentra cartas amarradas con cintas descoloridas por perfumes ya extinguidos, medallas de plata, llamativos abalorios y una foto en sepia: un joven rubio de ojos claros e iluminada sonrisa de aventurero; debajo, trazado con pulso firme, una escueta dedicatoria: “Para ti, amor de mi vida. Tu Willie”. Lo mira largo rato y, como todos los días, lo riega con lágrimas que el tiempo está secando. No sale de su aposento por ningún motivo. A la muerte de su marido -el inglés diligente y apuesto de la fotografía- creyó que lo más hermoso del mundo había terminado para ella; que ya no había nada que lo impulsara a seguir viviendo. Aplastada por su soledad que agravaban sus males artríticos, se enclaustró voluntariamente, negándose a recibir visitas. Estaba consciente que su belleza, otrora aclamada, había desaparecido como por encanto y, por ningún motivo, deseaba miradas y comentarios conmiserativos. Sabía que su presencia originaria bisbiseos y cuchicheos malintencionados y sardónicos. Su único nexo con el exterior era su sirvienta Nicolasa, mujer de mediana edad que desde niña venía sirviéndola y conocía todas sus necesidades, fobias, limitaciones y preferencias. Ella hacía las compras, preparaba sus alimentos, lavaba su ropa, arreglaba su pieza y, determinados momentos, se convertía en su confidente. Con el tiempo había adquirido una notable habilidad para los masajes y frotaciones al menguado cuerpo de su orgullosa señora. Conocía la eficacia de medicamentos naturales –especialmente hierbas- que eran de su preferencia; guisaba  acertadamente platillos de especial predilección de la señora que de vez en cuando exigía. Por su charla locuaz y detallada, se enteraba de los grandes acontecimientos y los últimos chismes de la ciudad. A la llegada de cada noche, luego de la charla y acertados masajes con sus correspondientes frotaciones, le hacía beber sus últimas infusiones de tilo o anís y se retiraba a su casa ubicada en Cruz Verde, hasta el día siguiente en que, muy temprano, llegaba para iniciar las labores del día.

Continúa……

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One thought on “EL CASO ARIAS FRANCO

  1. IMPRESIONANTE, HERMOSO,BELLO RELATO DE LA OBRA “EL CASO ARIAS FRANCO ” NUEVAMENTE EL ESCRITOR CON FINURA Y EXQUISITA FORMA DE RELATAR LAS VIVENCIAS Y COSTUMBRES DE LOS POBLADORES DE CERRO DE PASCO EN EL SIGLO 18,NOS REVELA GRATAMENTE LA VIDA Y MUERTE DE GRANDES HOMBRES Y MUJERES DE LA HISTORIA COMO DE LA VIDA NACIONAL EN AQUELLA ÉPOCA GRACIAS PROFESOR ,MAESTRO POR SU TRABAJO CONSTRUCTIVO A LA CULTURA DEL PERU SALUDOS DESDE MADRID ESPAÑA COMPATRIOTA.

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