EL CASO ARIAS FRANCO (Segunda parte)

el caso arias franco 3Sin que nadie lo sospechara, Degollación comenzó a urdir un plan para enriquecerse. Fingiendo controlar a los policías que hacían crucero en las calles se dedicó a observar la hora en que los vecinos  apagaban las luces para irse a dormir y el movimiento de personas que entraban y salían de la casa de los Arias Franco. No dejó nada al azar. Así supo que los hermanos y los sirvientes varones estaban en la casa hacienda de Pomayarus, donde tardarían una semana ocupados en la esquila  y control médico del ganado. En ese lapso, la anciana quedaría con la precaria vigilancia de dos robustos perros a los que, cada noche que pasaba, arrojaba pedazos de carne cocinada que los animales devoraban de inmediato. Estaba estableciendo una costumbre en los animales.

Aquella noche del viernes 16, se las había arreglado muy disimuladamente para que la policía reforzara la vigilancia  en el Banco de Perú y Londres, dejando sin resguardo toda la calle Cusco hasta el Parque Centenario; no hizo nada por informar que el bombillo de aquella arteria estaba inutilizado dejándola sin alumbrado. Así, cuando vio que las luces de los vecinos se habían apagado, arrojó al patio interior por sobre el muro, los acostumbrados trozos de carne, sólo que esta vez llevaban incrustadas cápsulas de estricnina que había guardado de las campañas de exterminio de los perros vagos. A media noche cuando calculó que el veneno había hecho efecto, palanqueó la armella con una barreta haciendo saltar el candado. Al oír el ruido, los perros agónicos, lanzaron sus postreros ladridos para caer muertos. Encendidas las luces vecinas, se escondió entre los umbrales de una puerta hasta que las apagaron. En ese momento procedió a ingresar en el interior de la casona. 

A las tres de la tarde del viernes 16 de julio de 1915, la señora Victoria Filomena se sintió indispuesta por lo que llamó a Nicolasa para hacerle conocer su decisión. Se acostó sin importarle que los rayos del sol entraran  a raudales por los ventanales..

  • ¿Se siente muy indispuesta, señora? – preguntó alarmada la sirvienta.
  • No, no, no. -Trató de tranquilizarla- Es un malestar pasajero que, estoy segura, mañana habrá desaparecido y me sentiré perfectamente. Dentro de un momento tomaré mi lonche y después me acostaré. Tú no debes preocuparte. Voy aprovechar para leer algo y, cuando me rinda el sueño, apagaré la luz y me dormiré. Todo está a mano: el interruptor y, por si acaso, el candelero con una vela y los fósforos.
  • Pero, es temprano, señora; el reloj de la torre acaba de dar las tres. ¿No quiere que la acompañe hasta más tarde?
  • No, no, no, Nicolasa. No tengas ningún temor. El tiempo lo utilizaré en leer una de las novelas que acabo de recibir; ya sabes, cuando me sumerjo en la lectura, el tiempo para mí no existe. Ya puedes retirarte y si algo se me ocurriese, te dejaré escrito en un papel, como de costumbre.
  • Es que tengo mucho miedo, señora. Usted que quedará sola porque sus hermanos están en faena de la casa hacienda y van a tardar por lo menos tres días más. Además….
  • No hijita, no seas agorera. Nada va a pasar. Hace tantos años que vivimos de igual manera y nunca me ha pasado nada. No tengas ningún temor. Asegura bien la puerta y santo remedio. ¡Ve, ve a tu casa. No tengas cuidado!

Nicolasa arregló la cama, llenó la bolsa con agua caliente y la puso dentro de la cama; dejó expedita una taza para que la señora se sirviera su lonche -sólo tomaba té “Masawatee”- y, si por si deseare, algunos bollos frescos. Dio su última comida del día a los perros que cuidaban la casa y, comprobando que todo estaba en orden, se retiró a su casa. Al salir aseguró con un candado.

Aquella noche fue como todas de julio, excesivamente fría por la helada penetrante que cubría la ciudad como una niebla gélida. La calle muy animada durante el día, permanecía silenciosa. Sólo los restaurantes y clubes mantenían encendidos los focos de su entrada; por el frío las puertas estaban cerradas. Adentro, una notable animación de jugadores, bebedores y tarambanas, mantenían el fuego del entusiasmo. Afuera, uno que otro noctívago, enfundado hasta las narices, transitaba con paso ágil para no enfriarse.

Era la medianoche cuando insistentes ladridos en la casa de los Arias Franco despertó a los vecinos, alarmados asomaron a sus ventanas, advirtieron entonces que  se encontraba a oscuras; el foco de alumbrado público estaba apagado. Les extrañó no ver al policía de crucero que debía estar resguardando aquella zona. Cuando los ladridos se dejaron de oír, cerraron sus ventanas y se echaron a dormir. 

Transponiendo la puerta de servicio entró en la casa, luego la presionó para asegurarla. Cruzó el pequeño patio y al llegar a la puerta interior, metió la punta de la barreta y de un solo tirón –ruido sordo y único- abrió la puerta. Entró. La oscuridad era acentuada y no podía ver nada en su entorno. Sacó la vela y los fósforos que había llevado consigo y, a punto de encenderlos, advirtió que por la ranura inferior de una puerta –sin duda, el dormitorio de la señora- se filtraba una luz mortecina. Empujó y entró. Sobre la cama del fondo, con la palmatoria en la mano y un chal de largos flecos sobre las espaldas, la anciana estaba sentada como a la espera de su ingreso. Sin duda se había despertado por los ruidos que hiciera al entrar.

– ¡¿Quién eres?! ¡¿Qué quieres que has penetrado así, en silencio, en esta casa, grandísimo bellaco?! –preguntó la señora con energía y una pasmosa serenidad que sorprendió al asaltante.

– Vengo a aliviarle de una de las tantas cargas que tiene usted, distinguida señora – respondió Degollación, repuesto de su sorpresa inicial.

– ¡Nada de lo que hay aquí es tuyo, maldito ratero! Regresa por donde has venido y me olvidaré de este trance tan engorroso. Nada diré a nadie de lo que está ocurriendo…¡Vete!.

– Un momento. No tan aprisa. ¿Cree que tanto esfuerzo de mi parte puede quedar sin recompensa?.

– ¡¿Qué quieres, finalmente, maldito rufián?!

– Su dinero, señora. Nada más que su dinero. Usted que vive en medio de grandes comodidades, no lo necesita; además, muy pronto la recogerá el Señor para llevarla a su lado. ¿Para qué lo necesita?…

– ¡Silencio, so atrevido! Nadie ha osado hablarme de esa manera, menos tú que eres un vulgar delincuente que se aprovecha de la oscuridad para asaltar a una mujer desarmada. ¡¡Vete, antes de que grite y mis hermanos y vecinos te echen el guante!! ¡¡Vete!!.

– No me diga lo que tengo que hacer, vieja agónica. Además, nadie la oirá – Para hacer efectiva su amenaza la señora profirió un grito breve y muy débil; en ese instante Degollación le propinó un fuerte golpe en el bajo vientre y, al desplomarse, la señora ha dejado caer la palmatoria dejando la habitación a oscuras. Temeroso de que el grito pudiera haber despertado a los vecinos, avanzó a tientas hacia la ventana en plena oscuridad, miró hacia fuera y esperó. Ninguna luz se encendió. Ya más tranquilo  avanzó al tacto, haciendo caer objetos con los que tropezaba. Oyó el ronquido de la señora que después de toser insistentemente, comenzó a reponerse. Pasó un buen rato mientras encontrara la vela y, cuando la encendió, la luz iluminó plenamente su rostro que se hallaba a un palmo del de la señora.

– ¡¡ Ahora sí que te reconozco, canalla!!. ¡¡Tú eres el gendarme que me trajo el dinero a la casa!! ¡Te conozco! ¡Te conozco!. –Degollación que no esperaba esa reacción, se sintió perdido. Al saberse descubierto se desesperó y mirando con fiereza a la señora la cogió del cuello y fue apretándolo poco a poco hasta que sintió que sus  pies se estremecía con estertores de muerte para luego quedar inmóviles. Acababa de morir. Nuevamente quedó a oscuras. En ese momento, sintió una extraña sensación de culpabilidad que lo llenó de desasosiego. Armándose de valor depositó el cuerpo inerte sobre los almohadones y cuando vio los ojos de la finada completamente abiertos en una muda acusación, pronunció una maldición y los cubrió con todas las cobijas que estaban sobre la cama.

Con la extraña sensación de que se había liberado de una carga, tuvo la tentación de  encender la luz eléctrica pero reparó que alguno de los vecinos pudiera darse cuenta y desistió. Buscó la palmatoria -siempre al tiento- y al encontrarla, la encendió. Comenzó a buscar la caja de caudales. No tardó mucho porque la vio empotrada en la pared, asegurada con un candado inglés. Trajo la barreta y la palanqueó. Al abrir la portezuela, acercó la llama de la vela e iluminó el interior. Quedó absorto. Allí, frente a él y a su entera disposición, estaba el bolsón de lona con al marbete del Banco de Perú y Londres. ¿Cómo no reconocerlo si él mismo lo había transportado el día de la transacción? Su rostro hasta entonces torvo se iluminó con una sonrisa de triunfo. No tuvo ojos para más. Era dueño de una fortuna que le permitiría afrontar una vejez cómoda y feliz. Sacó el bolsón lleno de monedas de oro que pesaba considerablemente para su tamaño y se aprestó a retirarse. Lo puso de debajo de sus axilas, cubierto con su capotín y salió. Tuvo la tranquilidad de cerrar las puertas con cuidado y comenzó a caminar. Ya se dirigía a su casa cuando por la misma calle vio que una parvada de borrachos venía cantando a voz en cuello. Temió que lo reconocieran y volteó por un callejón hasta que llegó a la calle Parra. Comprendió que no podría avanzar mucho porque era notorio el bulto que llevaba consigo. Como no podía confiar en nadie decidió avanzar hasta los extremos de Cayac, conde había un “montón” donde la gente arrojaba toda clase de desperdicios y muchos, hacían sus necesidades. Creyó que ocultándolo en este inmenso botadero, al día siguiente podría recogerlo sin levantar sospechas. Eso fue lo que hizo. Apenas podía distinguir el lugar preciso para el ocultamiento, tan solo podía distinguir la silueta de los techos de casas y edificios, especialmente las usinas de la compañía norteamericana, pero haciendo un precario hoyo en el piso, dejó el botín, después  se retiró presa de un nerviosismo extremo.

el caso arias franco 4

Continúa…..

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