EL CASO ARIAS FRANCO (Tercera parte)

el caso arias franco 5La mañana del sábado 17 de julio de 1915, Nicolasa llegó a las ocho y se sorprendió al encontrar el portal sin candado. Empujó y entró con una dolorosa premonición en el alma, la inmovilidad de los dos perros guardianes, muertos con abundante espuma en la boca, aumentó su angustia. La puerta que daba a las habitaciones interiores estaba forzada. El seguro había reventado posiblemente por la fuerza de una presión extraordinaria. El terror iba acrecentándose terriblemente. Llamó a la señora. Le respondió el silencio. Empujó con temor la puerta del dormitorio que estaba apenas entornada y entró. Sobre la cama vio el cuerpo inmóvil, con pijama de bayeta de lana, completamente descubierto de la cintura hacia abajo. Sábanas, frazadas y colchas cubrían en desorden la parte de la cabeza. Nicolasa sentía su respiración era cada vez más dificultosa pero, armándose de valor  levantó las cobijas. Ante sus ojos apareció el rostro marmóreo de su ama. Tenía los ojos extremadamente abiertos pero ya sin el brillo de  vida, nublados por una inexpresividad que sólo la muerte imprime. Con un temblor en las manos tocó el rostro completamente frío y duro como un carámbano. Con el poco aliento que la mantenía en pie profirió un grito de espanto y, temblorosa, se dirigió a la casa de sus vecinos que de inmediato acudieron en su auxilio. Don Daniel González y su señora, doña Consuelo Morales, le alcanzaron un vaso con agua, tratando de tranquilizarla. Llamaron a otro vecino, don Benjamín Malpartida con el que dieron una rápida mirada al cuerpo para luego avisar a la policía.

Cuando llegaron las autoridades, ya gran cantidad de curiosos alertados por los gritos y el inusitado aspaviento de los vecinos, rodeaba la casa luctuosa. Presididos por el Juez de Crimen, doctor Oscar Blondet, llegaban, el Agente Fiscal, doctor Gerardo Lugo; el médico titular, doctor Herminio Torales; el escribano, José Ángel Madrid; el inspector de Policía, Máximo Carrillo; el Mayor de Guardias, Lizandro Jaramillo; un dragoneante y dos guardias civiles.

En cumplimiento de las primeras pesquisas, la policía se puso a revisar la casa de palmo a palmo. La encontró en completo desorden. Tras la puerta de servicio, uno distante del otro, los cuerpos de los perros con abundante espuma en la boca,  envenenados con estricnina. Un poco más allá, una barreta de hierro que llaman “Pata de cabra” utilizada para forzar las cerraduras de la entrada al dormitorio y la caja de caudales. Cuando la abrieron en presencia de Nicolasa, repararon que faltaba la bolsa de lona con el membrete del Banco del Perú y Londres. ¡Se habían llevado las mil cuatrocientas libras de oro, producto de la venta de la mina de carbón de Quishuarcancha. Al fondo, sin embargo, hallaron una voluminosa bolsa de cuero de carnero tierno, atado fuertemente con una soguilla resistente. Al abrirla, junto con algunos abalorios rojinegros llamados “huairuros”, hallaron brillantes monedas de plata de nueve décimos, enormes y pulidas, como recién salidas de la fábrica. Las contaron prolijamente y encontraron exactamente: cuatro mil. ¿Por qué no se llevaron esta bolsa? Después de breve intercambio de ideas establecieron que posiblemente la habían dejado por su peso excesivo; por eso concluyeron que el ladrón asesino sería uno solo. De haber sido varios, la habrían transportado  fácilmente. Entonces –concluyeron- el asesino prefirió la bolsa con las monedas de oro que aún con el peso que tenía podía ser transportada sin mucha dificultad. Siguieron buscando y encontraron, sobre el piso, una vela que le había servido para alumbrarse. Sobre la mesa de la cocina, una nota escrita a lápiz, con una moneda de a sol encima. “Nicolasa: No entres en el cuarto hasta las nueve porque estoy muy enferma. Te dejo un sol para que me compres trementina. Mis dolores son insoportables. Gracias. Filomena”. Después de tomar notas de las indicaciones del juez del crimen, el notario dio por terminada la diligencia. Envolvieron el cadáver en una colcha y lo trasladaron al Hospital “La Providencia”. La policía tuvo que actuar con mucho rigor pues la calle céntrica de Dos de Mayo, las plazuelas del León y de las Culebras, estaban repletas de curiosos.

La autopsia ejecutada por los doctores Ismael Portal y Jhon Frasiers, arrojó, entre otras cosas que “Las partes interior y lateral del cuello presentaban notables equimosis  y fuertes escoriaciones ungales reveladas por acentuadas manchas violáceas de la sangre coagulada, filtrada a los tejidos. Los ojos denotan fuertes hemorragias internas. Los miembros superiores e inferiores fuertemente contundidos; el estómago, golpeado salvajemente. Los huesillos y cartílagos de la laringe, fracturados, lo que ha originado una incontenible hemorragia interna. Había sufrido estrangulamiento por manos extrañas pero poderosas que le originaron la muerte. Ésta se ha producido, entre las doce de la noche y una de la mañana siguiente, por la fuerte presión sobre el nervio vago a su paso por el cuello”. 

Los periódicos, sin excepción, pospusieron las noticias que mantenían en vilo a la ciudad. El asesinato del  archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, había originado la Primera Guerra Mundial cuando el Imperio Austro húngaro declarara la guerra a Serbia. Era un tema que hasta esos momentos había ocupado la mente de los cerreños, especialmente entre los austriacos, croatas, húngaros, dálmatas, montenegrinos llegados a residir en la ciudad. Nada de eso importó en aquellos momentos. Todos informaban detalladamente el luctuoso acontecimiento que había indignado a la sociedad y  constituía un reto para la policía local. “El Eco de Junín”, “El Minero”, “El Siglo”, “El Industrial”, “Los Andes”, “El Diario”, “El Grito del Pueblo”. Cuando la comidilla del vulgo referida al cruel asesinato alcanzó ribetes inesperados, los magistrados de la Corte Superior, se apersonaron a los diarios a pedir que cesaran los comentarios y que dejaran descansar en paz el alma de la víctima. Ya sin los comentarios periodísticos, las investigaciones siguieron su cauce.

El día de la inhumación todo el pueblo estuvo presente como homenaje a la anciana que había caído víctima de la insania de un asesino implacable y, ¡Claro!, como una masiva protesta  por el peligroso estado de cosas que acechaba a la ciudad. La misa de cuerpo presente la celebró el reverendo padre José Delgado, párroco de Chaupimarca. Asistieron autoridades, delegaciones institucionales, hermandades religiosas y pueblo en general. Al frente del cortejo que partió hacia el cementerio, marchaba un monaguillo con crucifijo de plata en alto, entre dos muchachos más pequeños, armados de sendos candelabros, detrás el párroco, cubierto con solemne capa pluvial, escoltado por dos sacerdotes. El féretro fue llevado en hombros de miembros de las congregaciones religiosas y, las cintas, por las principales autoridades del pueblo, en riguroso turno. El Prefecto, Oscar Grau; el subprefecto, Darío Navarro Grau; el Alcalde de la ciudad, Vicente Ruiz, con la totalidad de concejales; el Juez de Primera Instancia, Manuel Arce Pizarro; el Director de la Beneficencia Pública, Enrique Portal, con los socios en pleno; el Presidente de la Junta Departamental, Enrique Rocha; el Inspector de Instrucción, Cesáreo Villarán; todas las hermandades religiosas, delegaciones populares e instituciones educativas. Los integrantes de la Banda de Músicos de la Beneficencia Austro húngara, de la Cosmopolita, y de la Beneficencia Española, acompañaban –por turno- la marcha dolorosa con escogidas piezas fúnebres de los grandes maestros. En el cementerio, los oradores fustigaron con energía el asesinato de la anciana e invocaron a las autoridades mayor celo y dedicación para dar con los culpables. Como siempre, por aquellos días, los comentarios giraron en torno al acontecimiento y sus posibles autores. Todos tenían su particular versión de cómo se había perpetrado el crimen y estuvieron de acuerdo en ayudar a su esclarecimiento, exigiendo mayor rigor a las autoridades en general y policiales en particular.

Después de enterrar superficialmente el botín de su delito, Degollación tuvo que afrontarel caso arias franco 6 una serie de acontecimientos que destrozaron su tranquilidad. Llegado a la comisaría le informaron que en una casa de mala reputación se había originado una sangrienta trocatinta con numerosos heridos graves. En el lugar de los hechos tuvo que trabajar mucho disponiendo el envío de los heridos al hospital y, de los sobrios, a chirona. Entre efectuar esta tarea y redactar los correspondientes partes policiales ocupó muy buen tiempo de aquella mañana. Cuando ya se creía libre, vio llegar al Mayor de Guardias, completamente alterado, con la noticia del asesinato de la señora Arias Franco. Ordenó a jefes y oficiales atendieran el caso con mucha solicitud y a él, la tarea de resguardar el escenario del crimen alejando a los numerosos curiosos que pugnaban por no perder detalle de lo ocurrido. En todo momento trató de aparentar serenidad para no despertar sospechas cuando en el fondo de su alma un volcán de encontrados sentimientos de culpa y pesadumbre pugnaban por manifestarse. Se hizo acompañar de un grupo de policías y fue a cumplir la tarea que le habían encomendado.

Lo que halló fue una enorme multitud que rodeaba la casa mortuoria, manifestando su rechazo e indignación. Conformó una cadena de hombres que impidió el ingreso de personas ajenas al caso, sólo autorizadas y periodistas con documentos personales, podían entrar. La tarea fue muy ardua y duró hasta que dejaron el cadáver en la morgue. Recién en ese momento encontró libertad. Dejó el encargo para que dos guardias vigilaran la puerta principal del hospital y dos, la posterior. Con traje civil, tratando de no ser visto, y presa de una tremenda emoción, volvió sus pasos a la calle que había transitado la noche anterior. Con mucha cautela reprodujo su recorrido y cuando llegó al “montón” quedó anonadado. Todo había cambiado totalmente y estaba irreconocible. Muchas mujeres, especialmente sirvientas, arrojaban basura, abriéndose campo entre las numerosas piaras de cerdos que famélicos hozaban los montones de desperdicios. Se sintió perdido, no habría sabido señalar con precisión el lugar donde escondiera el robo. Aquí y allá, grupo de mozalbetes buscaban entre la basura, con ganchos metálicos, algo que pudieran utilizar. Éstos eran numerosos. El corazón se le encabritó. ¿Cómo intervenir en la búsqueda de su entierro ante tantos testigos?. No encontró solución al problema presentado. Sólo le quedaba esperar a la madrugada siguiente en que, lejos de los mirones, podría buscar su botín.

Aquella noche no durmió presa de una angustia terrible. ¿Encontraría el oro? ¿Había valido tanto esfuerzo para perderlo todo? En ese problema transcurrió todo el tiempo hasta que vio algunas claridades por su ventana. Pensó que a esa hora podría buscar su entierro. Pensó mal. Cuando llegó al escenario, vio a los mineros que iban y venían a la puerta del socavón a cumplir sus tareas. Muchos de ellos, al reconocerlo lo saludaban. ¡Dios mío!…¡¿Qué hacer?! El mundo se le vino encima. Presa de una terrible desesperación llegó a su casa con la cabeza que le zumbaba como si estuviera repleta de avispas y un dolor terebrante que le ahogaba cruelmente sin dejarle respirar.

A mediodía, cuando fueron a buscarlo, lo encontraron muerto sobre sus cobijas. Tenía una mirada terrible, sanguinolenta y amenazadora, pero ya cubierta con el velo de la muerte. La autopsia dijo que una embolia cerebral se lo había llevado. Lo velaron en el cuartel de policía y tras dos noches de velorio lo enterraron en el cementerio general. Una nota escondida entre las páginas interiores de “Los Andes” decía: “Víctima de un derrame cerebral acaba de fallecer el ejemplar servidor de la nación, Eulalio Degollación Morante, de cincuenta años de edad. Hasta ayer, se desempeñó como respetuoso miembro de la policía local donde dejó la estela de su bien reconocida disciplina y apego al trabajo. Sus compañeros de trabajo, compungidos por el acontecimiento, han cumplido con rendirle el homenaje correspondiente a su destacada figura y, todos, jefes y oficiales, han reunido sus óbolos para sus funerales”.

Nunca llegó a saberse del oro escondido.

FIN

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