El Negro Nation

…La patria de un ciudadano es el lugar donde suda, llora y ríe, donde lucha para ganarse la vida o construir una tienda a donde vivir.” (…) “La patria de un hombre no es el lugar donde nace, sino el lugar donde pace”

Jorge Amado.(Brasileño)

el negro nationCuando apareció con sus barbas y sus pelos crespos prematuramente encanecidos en incipiente calvicie,  todo el mundo lo quedó mirando. Era un enorme negro retinto de permanente sonrisa y mirada enigmática. La desconcertada chiquillería cerreña lo seguía a dónde fuera. Pasado un tiempo se acostumbró a su presencia y dejaron de mirarlo como a un fenómeno. Había nacido en Bull – Bay, puerto del extremo sur de la isla de Jamaica y en un barco que se desplazaba hacia tierras americanas llegó al Callao. Atraído por nuestra bonanza económica cruzó los Andes en pesados carretones que transportaban alimentos, herramientas, vestidos, instrumentos musicales y libros, dio con sus huesos en el Cerro de Pasco. Su nombre era Alexander Nation, pero los mineros lo castellanizaron por Alejandro y, por la magia del hipocorístico lo convirtieron en “Allico”. El apellido ni lo mencionaban

En realidad no era nueva la presencia de un negro en la urbe minera. Cuando en marzo de 1533, Hernando Pizarro que venía a buscar a Chalcuchimac, se encuentra en Carhuamayo con una comitiva de cargadores que viniendo de la tierra minera transportaba abundantes piezas de oro y plata en notables esculturas, para pagar el rescate del inca Atahualpa. Quedó atónito. No sólo por el prodigioso envío sino por  lo que estaba viendo sin llegar a comprender del todo. El jefe de los cargadores era un negro retinto. La historia nunca ha conseguido descifrar este enigma. Durante la colonia, como capataces de minas, fueron numerosos y muy bien tratados. Los ricos mineros los mimaban porque eran  sirvientes incondicionales y les había costado su plata, no así los indios que gratuitamente se encontraban a montones. Así mismo, los negros cimarrones huidos de haciendas y plantaciones  costeñas que llegaron a afincarse en estos confines, se  convirtieron en audaces contrabandistas. Llevaban -por caminos que sólo ellos conocían- la plata no registrada oficialmente en la Cajas Reales  para embarcarla en bajeles que esperaban en la costa. Contrabando puro. Es más, su alegría contagiosa ha dejado su impronta de algazara en numerosos pueblos pasqueños en los cuales todavía se baila la “Negrería”.

Si la suerte no atiborraba sus faltriqueras de monedas, muy bien sabía  administrar las pocas que conseguía. Pagaba con toda puntualidad la humildad de una posada y satisfacía con largueza sus más inmediatas necesidades. Era sobrio en el vestir como pródigo en el comer, a veces desaforado. Su desmedida humanidad y prominente barriga, se lo exigían. Para satisfacer sus gastos le alcanzaba holgadamente el pago de su gran variedad de oficios y servicios: carpintero, gasfitero, minero, cargador, mecánico, pero sobre todo: panadero. El pan era su alimento preferido. Nunca pudo sustraerse a comer “mishte bollos”, “songochas”, “pan de lata”, “raprachas”, “molletes”, “pan de arriero”, “pan de soltera”,  “mantequillas”, “franceses”, “chaplacos”, “roscas”, “trancas” y toda la variedad de hogazas que salían aromosas del horno. Se convertía en el hombre más feliz cuando daba cuenta de abundante cantidad de panes con un cargado café negro de nuestra selva. Era famoso también como derrochador en el arte del amor al que se daba pródigo, sin medida, incansable. Poco a poco, con envidiable parsimonia y constancia, enamoraba y hacia caer en sus redes a las mujeres más fogosas del pueblo. Comenzó con las placeras a las que ayudaba en sus menesteres. Nunca hizo cuestión de estado por la apariencia de la circunstancial pareja con la que le tocaba alternar. Así, sus queridas fueron numerosas. Más tarde, difundida su fogosidad, arte y resistencia en las artes amatorias, algunas damas de sociedad, solteras o casadas, engrosaron la lista de su bien dotado serrallo. Bebedor de ron en todas las celebraciones, cuando escaseaba el licor jamaiquino o caribeño, recién se avenía a degustar cognac francés, vino español o pisco puro de Ica. Su “aguante” era proverbial, pero cuando las copas se le subían a la cabeza entonaba extrañas canciones de su tierra lejana, en inglés, acompañándose –a manera de tambor- de cajones vacíos que en las chinganas abundaba. Cuando los torrentes de su llanto abonaban viejas saudades, se levantaba y se iba a dormir sin causar ningún problema.

A poco de llegar, presionado por la necesidad que lo acuciaba, se sumó a la cuadrilla minera de japiris cumplidores y heroicos, pero pronto se retiró asqueado. Los mineros españoles, viendo su talla enorme y respetando a regañadientes su condición de hombre libre, le encomendaron el cargo de capataz y pusieron en sus manos un zurriago con la orden terminante de usarlo sobre las espaldas de los incumplidos y perezosos. No soportó ni un día en las oquedades siniestras. Sus ojos se encharcaron cuando vio aquel teatro de horror. Había entrado en el infierno mismo del pavor y la ignominia. No quiso seguir en ese antro dantesco. El pueblo sensitivo y generoso, por galerías y chinganas, hizo correr la noticia de su renuncia a la práctica de la tortura. En poco tiempo, “Don Allico” –así comenzaron a llamarlo- se adueño de la buena voluntad de todo el pueblo. No era un negro cualquiera. Respetuoso, comedido, trabajador, siempre con la sonrisa a flor de labios, llegó a tener centenares de ahijados. Bastaba que él los cargara un instante en sus poderosos brazos, para que todos los males huyeran del crío; ni susto, ni mal de ojo, ni mal viento, nada. Quedaban vacunados contra todos esos fantasmagóricos males que agobia a los críos cerreños. Esa bonhomía le permitió ir tirando para adelante.

Un día, la señora Juana Sovero –dueña de una exitosa panadería-, deseosa de ensanchar sus propiedades, le pidió que echara por los suelos un muro enorme que limitaba con el horno. Alexander, acostumbrado a trabajar solo, amuralló el lugar y un 24 de junio aprovechando las vísperas de San Juan -noche de sortilegios, aparecidos y fantasmas- abusionero como era, cumplió con el “chacchapeo” remojado con buena provisión de ron jamaiquino, rezó con mucho fervor no sólo a la Pachamama, deidad nativa, sino también a Orishá, Eshú, Shangó, Agúm y, al supremo Obatalá, dioses africanos de sus lejanos ancestros, para hacer completas las invocaciones. Había avanzado notablemente en aquellas horas estimulado por la potencia de la coca y casi al amanecer el pico dio con algo duro que produjo un sonido sordo que lo dejó anonadado. Sin saber por qué, un sudor copioso comenzó a correr por su frente calenturienta y su pulso, hasta ese momento tranquilo, agarró un desesperado trote de caballo desbocado. Se persignó y, con los temblorosos labios resecos, siguió cavando con más cuidado. A su vista apareció una enorme caja de plomo. Serenándose, procedió  a limpiar la superficie del cofre misterioso hasta alcanzar mayor claridad. La luz de la lámpara minera que lo alumbraba le hizo ver un enorme candado sujetando la tapa hermética y muy bien cerrada. El corazón se le desbocó cuando la palanca de una barreta hizo saltar por los aires el candado. Para abrirla definitivamente, como lo había previsto, cogió al perro chusco que había llevado con él y lo introdujo en la caja que se abrió con gimientes estertores. No hizo caso de los lastimeros gemidos del can sacrificado. El animal absorbería –como le habían asegurado los conocedores- todos los vapores venenosos que acumulan los entierros. Así fue. Esperó un buen rato, presa de mil y una emociones. Apuró otro generoso trago de ron, encendió un pitillo y oró. No quería que la avidez hiciera huir, -como le había ocurrido a muchos ambiciosos-, el tesoro que estaba prácticamente en sus manos. No sabía qué hacer. Las ideas se le iban de la mente como humo. Estaba muy nervioso. Haciendo esfuerzos supremos se atrevió a abrir la caja pero primeramente se cubrió las narices y la boca con la gruesa chalina que le servía de abrigo para que el antimonio no envenenara su sangre. Se serenó, tomó aliento y de un tirón abrió la caja. Lo que vio le dio un golpe al corazón. Encontró una fabulosa cantidad de libras de oro cubriendo una ringla de lingotes de oro brillante, como recién sacada de la Casa de Moneda. ¡Una verdadera fortuna! Sus ojos se inundaron de un llanto pródigo que empapó sus mejillas de ébano y cayeron sobre sus ropas raídas y pobres. Se santiguó y  oró a sus dioses protectores, nativos y africanos, por la merced que le estaban alcanzando, luego, ya más tranquilo, meditó largo rato acerca del destino que daría a esas monedas. No habría sabido decir en qué momento el cansancio lo había doblegado haciéndole dormir un poco. La luz del día entrando a raudales por las ventanas destartaladas del viejo horno, lo volvieron a la realidad. Ahora era rico. Acabarían sus limitaciones y su pobreza.

Sin dejarse llevar por el deslumbrante éxito de su hallazgo, quiso invertirlo con tino y sagacidad, sin originar habladurías ni aparecer en el pueblo como un  loco manirroto. No. La primera inversión que realizó fue la compra de los hornos panificadores de la señora Sovero. Lo hizo muy generosamente, a manera de una recompensa. La pobre viejecita ya casi baldada por el reumatismo, no podía seguir administrando sus panaderías. Le abonó con suficientes monedas de oro que le permitieron su viaje a los cálidos territorios selváticos donde la generosidad del clima, le atenuó el terrible sufrimiento. Aseguran, los que la conocieron, que vivió holgadamente a plenitud los últimos años de su vida, mantenida por la generosa recompensa de Nation. Lo que la tradición popular asegura es que tras la partida de la señora Sovero, mandó clausurar todos los hornos, por cuya razón, la calle quedó con el nombre de “Mata horno”, porque “Nation los había matado”.

Después de haber sufrido extremas privaciones y penurias sin fin, decidió vivir el resto de su vida disfrutando de lo que la fortuna le había regalado, gozando del calor del pueblo que él quería, administrando debidamente sus negocios que ya eran muchos. Conocido por su largueza y generosidad, era el invitado de rigor a las celebraciones populares. Fue mayordomo de las capillas citadinas de las Cruces que en mayo se celebran con gran despliegue de alegría; padrino de innumerables matrimonios e instituciones. Como era demasiado robusto y las sillas comunes no eran suficientes para contener su inmensa humanidad, mandó construir un sillón de resistente madera muy bien forrada donde pudieran caber sus enormes posaderas. El sillón se convirtió en una institución que todo el mundo llegó a conocer. Antes que él era llevado a las fiestas para ser colocado en sitial especial. Cuando el gigantón llegaba entre los aplausos del público, se le oía decir “Siéntate, plata” -clara alusión a su incontable riqueza- e inmediatamente se arrellanaba en él.

Enterado de los ajetreos en los que los austriacos hermanos Azalia se hallaban sumidos, decidió unirse a ellos. Juan, Nicolás y Marko, le abrieron de par en par las puertas de su empresa minera; total, dinero es lo que más requerían en aquellos momentos en que la minería había sufrido un serio colapso por la ocupación chilena del Cerro de Pasco. Los invasores, no sólo habían paralizado los trabajos sino que cobrando excesivos cupos a los mineros, los habían desequilibrado económicamente.

Con beneplácito de los slavos establecieron la Compañía Azalia Nation Co, dueños de las pródigas minas de plata, cobre y plomo: La Bastilla, Nuestra Señora del Milagro, Zupa, Estrella de Oriente, La Victoria, Nuestra Señora de Lourdes y otras más. “EL COMERCIO”, periódico limeño, decía en aquellos días: “La Casa Azalia Nation y Co. Fue fundada el 4 de agosto de 1894 por los señores Juan Azalia, Marcos Azalia, Alejandro Nation y Mateo Kesovia. Su actividad se reparte en las tres industrias del país: Comercio, Minería y Agricultura. Su casa comercial y su perfecta organización y las operaciones que realiza en gran escala, han cimentado su crédito y prestigio. Importa toda clase de artículos manufacturados en cantidades suficientes para surtir a los clientes de los departamentos de Junín y Huanuco y satisfacer las necesidades de sus propiedades mineras y agrícolas.  Exporta los productos del país, como son: algodón, lana y minerales. El stock de mercadería que guarda en sus depósitos y almacenes, es grande y variado para poder satisfacer las necesidades del mercado. Se encuentran géneros de seda, lana, algodón. Casimires nacionales y extranjeros, géneros blancos, bayetas, pañolones, calzado americano y del país. Cueros y suelas. Licores surtidos, conservas nacionales y extranjeras. Artículos de fierro enlozado, café, coca, y otros. Ha seguido hasta la fecha su marcha regular, dedicada a la explotación de sus minas en la región de Vinchos, que en la actualidad cuenta con una planta eléctrica, moderna para el laboreo de éstas. Hace cuatro años se asoció al negocio minero de MATEO GALJUF quien ha desplegado todo su entusiasmo y empeño para el  desarrollo en vasta escala de la industria, aportando un fuerte capital que ha permitido dar todo el impulso necesario. Hoy gira bajo la razón social de EMPRESA EXPLOTADORA DE VINCHOS. Los proyectos para el futuro son: la instalación de una concentradora en la Hacienda Pampania, propiedad de la firma, para beneficiar los minerales de baja ley que hay en abundancia. La hacienda mencionada es de panllevar y cuenta con cerca de cuarenta operarios, dedicados a las labores del campo y el beneficio de minerales. En la actualidad desempeña la jefatura del negocio comercial don Nicolás Bútrica y como apoderado don Agripino Malpartida, antiguo miembro y socio de la Casa, quien en los primeros días del mes de abril del presente año, fue jubilado como premio a 30 años ininterrumpidos de servicios”.

A fines del siglo XIX modernizó sus instalaciones mineras dotándolas de concentradoras y molinos accionados por fuerza hidráulica. Aprovechando el auge que el comercio alcanzó por aquellos días, se hicieron dueños de un bien dotado y surtido comercio en la Plaza Centenario para distribuir abarrotes, vestidos, muebles y maquinarias a todo el centro del Perú. Uno de sus principales proveedores de productos de la selva era don José Ocaña, dueño de chacras en Huacrachuco y Monzón, en la provincia de Huamalíes, a más de 250 kilómetros de la ciudad minera; enlazada por una estrecha senda. Cuando fracasó el negocio por la competencia de la Mercantile de la Cerro Mining Company, cancelaron la deuda de Ocaña con un grupo electrógeno con el que dio fluido eléctrico al pueblo de Huacrachuco y alrededores. Todavía hoy día, viejos vecinos de aquel lugar, recuerdan la beneficiosa transacción.

Pasados los años, traspasado de dolor, tuvo que dejar el Cerro de Pasco. Una policitemia terrible hacía peligrar su vida. Se afincó en Yanahuanca para poder controlar los trabajos en sus propiedades de Pampania y lugares aledaños. Allí tuvo varios hijos. En el Cerro de Pasco, hasta la década del cuarenta, se veía deambular a un negrito currupantioso y alegre de apellido Nation, con su collera formada por Paco Aqcuaronne, Marín Castellanos, “Papi” Beloglio, Roberto Woolcott, Abelardo Boudrí, Willie Chavaneix, Juan Soko y otros. Después desapareció. Don Alejandro fue un personaje popular y muy querido en la ciudad minera.

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