Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Primera parte)

Fray buenaventuraPor aquellos años de dantesco genocidio, llega al Cerro de Pasco –como enviado por Dios- Buenaventura de Salinas y Córdova.  Fraile franciscano, flaco, alto con huesos prominentes y alargados que parecían destinados a servir de soporte a su viejo sayal atado a la cintura con blanco cordón y crucifijo de plata al extremo de un rosario de cuentas negras. Sus barbas nazarenas y encrespados cabellos cayéndole sobre la capilla del hábito marrón, ensombrecían aún más su tez agarena que tenía, en sus ojos intensamente negros, un fuego ardiente y perenne. Calzaba precarias sandalias no obstante los caminos fangosos, empedradas calles anegadas o cubiertas de nieve copiosa; los hombres de altas botas abrigadoras le miraban con curiosa conmiseración. Se notaba a las claras que no sentía frío. Cumplía fiel y dócilmente la regla concisa de su orden: “Vistan una túnica con capilla y cordón; vistan todos de paños viles”. Como lo relataba  Lucas: “y Jesús les envió a predicar el reino de Dios y a sanar enfermos. Y les dijo: no llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas”. “Cumplamos, hermanos, estas normas –les había dicho el seráfico-; ellas son nuestra vida y regla”. Siempre observaba con verdadera unción los tres votos esenciales de su orden franciscana: pobreza absoluta, servicio a los enfermos y predicación del Evangelio. Su apostolado lo había traído milagrosamente a la tierra del horror, donde convivían la opulencia perturbadora de los pocos con la extrema pobreza de los más.

Las humildes gentes del pueblo ignoraban su procedencia, su historia, su edad, sus costumbres; pero mucho había en su aspecto tranquilo, sus costumbres frugales, su imperturbable seriedad y el amor con que hablaba que en poco tiempo atrajo a muchas gentes del lugar.

Un domingo por la tarde visitó una ranchería minera, conjunto de precarios barracones de paredes de barro apisonado, techo de paja, puertas y ventanas de maderas melladas por cuyas hendijas penetraba el inclemente aire frío. Cuando llegó a la puerta, una comedida viejecita le abrió y le invitó a entrar. Sus ojos tardaron un tanto para captar detalles de aquel escenario humilde donde transcurría la tragedia de sus vidas. En una estrecha habitación vivían varias familias, hermanadas por el dolor. Hombres mujeres y niños, tras besar el cordón y el crucifijo, le acomodaron un pellejo sobre un “poyo”, para que descanse.

— ¿Cómo están, hijos?- preguntó. Los rostros terrosos, subiendo y bajando, respondieron “que bien”. Con miradas sorprendidas y asombradas del milagro de la visita, lo contemplaban con especial cariño y mucha curiosidad. Cogió al más pequeñín que tendría de uno a dos años, cubierto con unos andrajos por camisita y una efímera “hinchana” –manta amarrada a la cintura- cubriéndole las piernecitas. Cuando le cogió la carita chaposa como una manzanita, sintió que estaba muy fría, aunque sonriente. Jamás nadie  se había interesado por ellos. Estaban muy conmovidos y alguno de los mayores, desconfiados. Los “mishtis”, es decir los hombres blancos y ricos, sólo aparecían cuando iban a cobrarles, reprocharles algo o en busca un trabajo gratuito extra. Nada más. Y les hablaban a gritos, desde la calle, como temerosos de contagiarse de alguna peste.

A medida que transcurría el tiempo, el dulce monólogo del fraile, se convirtió en animada conversación. Hombres y mujeres habían tomado confianza con él.  Habían venido de pueblos aledaños aprovechando el tiempo de germinación de las plantas: eran agricultores; retornarían en cuanto fuera la época de cosecha;  en tanto, reunirían algún dinero sobrante para sus gastos más urgentes. Tenían que pagar el viaje de ida y vuelta a su pueblo, cubrir gastos familiares, abonar su alimentación consistente en papas, chuño, maca, mashua, ocas y maíz; los dueños les proveían de carne que ellos salaban y secaban convirtiéndola en charqui; por eso sus platos más socorridos eran el “yacuchupe” y el “charquicán” que las mujeres llevaban a sus maridos a las bocaminas; los dueños de minas también les vendían coca y  aguardiente; además de todo esto, tenían que abonar al cura, los diezmos y primicias. Era una cruel explotación. El fraile se enteró que el inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían sepultados trabajando. Cuando las luces aurorales asomaban por oriente, entraban a sepultarse en los antros asfixiantes y oscuros de donde no salían sino en la oscuridad de la noche. Les vendían abundante coca para estimular el trabajo.

Sus ojos, acostumbrados a la opacidad de la estancia, descubrieron, recostado en el fondo, un bulto cubierto con una vieja cobija que agitaba sus flecos con un temblor espantoso. Se lo quedó mirando sobrecogido de estupor. “Es mi tío”, le dijeron. Se acercó con mucho amor y, cuando descubrió el convulsivo  envoltorio, quedó estremecido de dolor. Unos ojos sobrecargados de angustia, de párpados tumefactos, trasuntaban un ruego implorante, una súplica suprema de piedad. La cabeza completamente calva, como si con una sustancia ígnea desconocida se la hubieran mondado; no tenía un solo pelo. El rostro terroso, arrugado como una pasa, mostraba el maxilar inferior extremadamente prolongado, como el de un viejo centenario: sin una sola pieza dental en la boca. ¡Todos los dientes se le habían caído! “Está azogado” le dijeron, luego le explicaron que trabajando en la molienda de metales del ingenio había adquirido el mal. El mercurio al penetrar en su piel le había ocasionado, primero, fuerte irritación en los ojos, malestar intestinal y náuseas; más tarde, la pérdida de los dientes que, uno a uno, se le fueron cayendo como a un niño en época de cambio; no le quedó ninguno. Lo mismo había acontecido con el cabello; no le quedaba uno solo. Cuando hubo comenzado a temblar como poseído de tercianas, los dueños del ingenio lo echaron del trabajo.

Sobrecogido de aflicción, el fraile cogió aquel rostro penitente para infundirle valor con la compasión de una caricia y notó entonces, que de los ojos lacerados brotaban incontenibles lágrimas que corrían por los carillos enjutos y, de la boca desdentada surgió como una queja profunda algunas palabras que no llegó a comprender. Cuando miró a otra persona para que le explique: “Dice que quiere morirse”, le contestó. Aquello fue superior a sus fuerzas. No podía concebir semejante monstruosidad y, llevando el rostro torturado hasta su pecho, muy conmovido comenzó a rezar: “Padre nuestro que estás en los cielos…..”. No pudo terminar. Un llanto convulsivo se apoderó de él. Abrazados, fraile y doliente lloraron como niños.

A partir de aquel día, diarias se hicieron las visitas. Tras el toque del Ángelus, llegaba amoroso a los barracones en donde los japiris, sus mujeres y sus hijos lo esperaban ansiosos. Propalada la noticia por los que le conocían, aumentó el número de oyentes. Reunidos todos, les hablaba del supremo amor de Dios insuflándoles ánimo para sobreponerse al dolor que les producía el abuso de los poderosos; les enseñó a rezar el Padre Nuestro, el Credo y el Ave María, luego fueron santificando sus uniones con el lazo del matrimonio y el bautizo de tanto crío que deambulaba por aquellas rancherías; después, en abierta y fraternal conversación, les enseñaba el Evangelio y los Mandamientos de la Ley de Dios. No sólo eso, en francas conversaciones con los protagonistas, fue enterándose al detalle de cómo efectuaban el duro trabajo minero. Habló con japiris, barreteros, niños pallaqueros y moledoras; cada uno, a su turno, le volcó toda la experiencia de su paso por las galerías. Así se enteró de todo.

Continúa……..

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