Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Segunda parte)

Fray buenaventura 2El inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían sepultados en las ratoneras infames. Entraban cuando las luces aurorales asomaban y no salían sino con la oscuridad de la noche. Una vez dentro seguían las vetas por donde éstas fueran; estrechas, húmedas y pestilentes en las que, generalmente, caían asfixiados por falta de aire y   saturación del humo de las velas de sebo que utilizaban para alumbrarse. Los túneles no tenían ventilación de ninguna clase y las columnas de soporte eran muy precarias; bajaban por medio de graderías toscamente trabajadas con quinuales o piedras por donde discurrían de rodillas. El grupo estaba integrado por doce hombres. Delante iban los barreteros con barretas de fierro de dieciocho pulgadas de largo y veinticinco libras de peso, en una mano y, en la otra, un martillo de veinte libras; estaban encargados de romper los minerales a pulso. Más tarde entraban los capacheros, denominados japiris, encargados de sacar los minerales hasta la “cancha” del exterior; una vez los minerales en “cancha”, las mujeres cerreñas los molían en grandes batanes luego que los niños los escogieran en el “pallaqueo”. Finalmente este mineral molido se remitía a las haciendas para su beneficio. Hombre, mujer e hijos formaban la cadena de explotación. Dentro de las oquedades iban premunidos de chompas y manguillas de lana y un  gorro de cuero de llama al que iba atado una vela de sebo para alumbrarse en las galerías;  las piernas forradas de gruesas rodilleras de cuero de carnero para trabajar de rodillas en el llenado de los  capachos de una capacidad de cien libras. Los minerales se llenaban utilizando las paletas de mulas, a guisa de palas. Mientras trabajaban, estaban vigilados estrechamente por el capataz que, provisto de un largo zurriago o zumbador “aceleraba” el avance de la obra.

Un día que llegó por la tarde, como siempre, encontró un cuadro desgarrador. Un hombre que tenía buen tiempo trabajando en la mina, se encontraba en trance de muerte. Agonizaba. Cuando fue para auxiliarlo a bien morir, vio la desesperación reflejada en sus ojos; parecía que querían salírseles de las órbitas. Desesperado daba manotazos como tratando de tomar algo de aire que sus desesperados pulmones reclamaban. Sus labios patéticamente abiertos trataban de tragar aire. Sus pulmones dañados no alcanzaban coger algo del poco oxígeno que se encuentra en estas alturas inverosímiles. Al sentir las manos del fraile como que alcanzó algo de consuelo: Sus ojos se endulzaron esperanzados y con un rictus que en un momento pretendió ser una sonrisa, se cerraron para siempre cuando el sacerdote terminaba de aplicarle los Santos Óleos. En ese momento, cuando le cerró los ojos, el llanto desesperado de las mujeres inundó la estancia. “!El polvo lo ha matado, padrecito!” gritó la compañera del difunto para seguir llorando desesperada. Las otras mujeres, formando un nudo solidario, también lloraban. “El polvo lo ha matado” repitió otro doliente; después le explicaron que el finado había sido barretero, muy poderoso y cumplidor, pero que, poco a poco, el polvo de la mina le estaba tapando la respiración hasta ahogarlo para matarlo. Que había comenzado con dolores de cabeza para luego ser pasto de esa tos fastidiosa; en las noches no podía dormir porque tenía que estar sentado solamente; si se echaba, se ahogaba dramáticamente. El dolor de cabeza lo atormentaba. Tenían que aplicarle emplastos de orines podridos; por eso la estancia estaba irrespirable. “En la ciudad, hay muchos más enfermos por el polvo” le dijeron. Él así lo comprobó. 

Yo, padrecito -confesaba un barretero- vine aquí desde muy niño. Recuerdo que el cacique de mi pueblo dijo que mi padre, mi madre, otros seis parientes y muchos hombres y mujeres más, debíamos venir a trabajar a las minas cerreñas. Mi padre –antes que le alcanzara el “polvo”- fue un notable barretero, pero cuando ya no pudo respirar, lo regresamos a Jauja donde, murió poco después. Mis tíos, eran “japiris”, que sacaban el mineral hasta la cancha  las afueras del socavón; allí yo y mi primo, lo escogíamos, separando el bueno del malo, éramos “pallaqueros”-escogedores del mineral-; mi madre lo molía en un batán para que lo envíen a la hacienda; mi tía –la única mujer que no trabajaba en la mina- se encargaba de prepararnos los alimentos. A mi padre le pagaban el salario más alto: tres reales; los restantes recibíamos proporcionalmente lo que nos correspondía.

Entrábamos a trabajar en la mina una hora después de la salida del sol y, salíamos una hora después de haberse ocultado. Teníamos una hora para almorzar al mediodía.

Poco a poco fui progresando. Primero, “pallaquero”, después “japiri”; más tarde, gracias a los consejos de mi padre, barretero. Esta tarea sí que es muy dura. No todos la pueden cumplir. Si un barretero no se retira al tiempo, no llegará a los veinticinco años; el polvo que va tragando diariamente en los socavones terminará por tragárselo a él.

Continúa….

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