LA MULIZA (Tercera parte)

la muliza 408.- La muliza, canción testimonial de protesta y combate.

 La muliza fue no sólo vehículo de los más recónditos sentimientos amorosos, tanto en sus versos  cuanto en su melodía, sino también cuando la ocasión lo determinó, grito de denuncia y de protesta. Esto era una reacción natural que obedecía a la opresión vigente. “La minoría dominadora explotaba a la mayoría dominada. Inermes, en manos de sus opresores, los indígenas que no pertenecían a la tribu ni a la casta sojuzgadora, se refugiaron en el canto lírico con música pentatónica, y, protesta implícita. Así amanecieron juntas, tristeza, inconformidad y crítica (14)

 Las pruebas las tenemos en 1780 y 1811, dos fechas de especial significación revolucionaria para el Perú. Cuando nuestras minas se brindaban pródigas a los apetitos de la corona española y los invasores riegan de cadáveres las fatales bocaminas, la muliza se hace rebeldía. Cuando los españoles tratan de mantener a cualquier precio su dominio sobre criollos, mestizos, indios y negros, utilizando el atropello y la exacción, el Cerro de Pasco conspira abierta y valientemente. Aquí entran en escena tres precursores de nuestra libertad: Fray Mariano Aspiazu, Manuel Rivera Ortega y Marino Cárdenas Valdivieso. Por la misma época cae víctima de la salvaje represión realista, nuestra anciana heroína María Valdizán.

Estos artistas que subrepticiamente redactaban pasquines acicateando el interés libertario de los hombres, consideraron que para llegar a la gente iletrada, era necesario utilizar un medio más eficaz y popular, ese vehículo fue la muliza que entonces se despojó de sus vestimentas amatorias y se encendió en proclama y arenga. En las chinganas, tambos y tabernas comenzó a circular una muliza que más tarde el pueblo cantaba a voz en cuello.

El Imperio del Inca destruido

por la audacia del conquistador,

recobrando su primo origen

se indepecude del usurpador.

 

                                   Que la España pretenda ligarnos

                                   a su Rey y a su ley sin razón

                                   es delirio, porque somos libres

                                   y formamos una gran nación.

De esta época heroica también se registra una curiosa muliza que en décimas se cantaba en el Cerro de Pasco.

 ¿Hasta qué día peruanos,

                        vuestro noble corazón,

                        ha de sufrir la opresión

                        y el yugo de los tiranos?.

                        Los demás americanos

                        sugeridos del honor

                        dieron pruebas de valor.

                        Mientras en vuestra inteligencia

                        Sólo pruebas de paciencia

                        habéis dado de temor.

Los grupos sociales que estaban separados. El primero constituido por ricos mineros, los dueños de los ingenos y los más activos comerciantes al por mayor. El segundo grupo por los criollos y mestizos, entre los que se encontraban los comerciantes menores y, finalmente, los indios, heroica y discriminada mano de obra de las minas. Y, como en su oportunidad lo hemos dicho, los famosos muleros de aquellos días, no sólo cantaban las mulizas revolucionarias, sino que entre su bagaje  viajero traían datos, órdenes y consignas del Plata, donde primeramente se iluminó de libertad.

Al iniciarse la Guerra con Chile en 1879, el Cerro de Pasco es uno de los primeros pueblos en ponerse en pie de lucha aportando su contingente de sangre y una apreciable colaboración pecuniaria. La noche del 6 de mayo de 1879, en los salones de la Diputación de Minería, reunidos los que partirían al día siguiente a ocupar su lugar en las trincheras, entonaban conmovidos esta muliza consignada en los periódicos de entonces.

 MULIZA

A las fronteras voy a partir

Por la bandera, por nuestro honor

por la defensa de mi nación,                    mi bayoneta ha de brillar

dejo a mi madre, dejo mi hogar              mi pecho abierto pronto ha gritar

sólo Dios sabe si volveré.                          ¡Viva la patria!. ¡Viva el Perú…!

Madre querida, le pido a Dios                  Si yo muriera, mi bien, mi amor;

que te conserve siempre feliz                   lejos, muy lejos de este mi lar

que en las trincheras recordaré              entre estertores, en mi dolor,

tu tierna imagen, tu linda faz.                 tu santo nombre pronunciaré.

                                                                 ESTRIBILLO

Siempre dan pena los que quedan,

siempre dan pena los que se van,

Los que se quedan, quedan muy tristes

los que se van, se van muy llorando

Siempre dan pena los que se quedan

siempre dan pena los que se van

Emocionados hasta las lágrimas, madres, novias y hermanas; amigos y parientes –dice la nota- que acompañaban a los seres queridos en su partida, entonaron este emocionado estribillo que cosa curiosa, es un triste en lugar del alegre huayno.

Creemos que esta canción, surgida al influjo de la tristeza que originaba la partida, muchas veces habrá llegado a los sedientos labios de los heroicos soldados cerreños que lucharon en los lejanos arenales fronterizos. Nunca como entonces, la muliza fue más hermosa y significativa.

Por otro lado, cuando el 14 de julio de 1881, los invasores chilenos dejaban la minera ciudad después de cuatro meses de saqueo inmisericorde, llevándose el más cuantioso botín que pueblo alguno del Perú pagara a los invasores, los sobrevivientes entonaban esta muliza.

            MULIZA

                     Rumbo a Oroya con premura

                                    van los chacales del sur,

                                    ya volverá la tersura

                                    la limpidez del azur.

 

                                    Huye con temor y duelo

                                    dejando ruinas en pos,

                                    mientras sobre el patrio suelo

                                    ruge del Cerro la voz.

 

                                    Son bayonetas peruanas

                                    fuertes lanzas montoneras,

                                    las que arrojaron ufanas

                                    de Chile la horda guerrera.

                     ESTRIBILLO.

Coged rosas y laureles,

                                  bellas cerreñas gentiles

                                de nuestros soldados fieles          

                                  honrad las frentes viriles.

Pero la muliza, nos sólo fue grito beligerante en los pasajes bélicos de nuestra patria; también cantó los momentos cruciales de la vieja ciudad minera a través de sus vates.  Veamos algunos ejemplos.

La compañía extranjera que a partir de 1901 convierte la minería cerreña en monopolio norteamericano, al comprar 567 minas registradas oficialmente, origina un cambio social, económico, urbano y técnico de explotación que va a cambiar radicalmente nuestro modus vivendi. La bonanza que anteriormente era asequible al pueblo, ahora está destinado  exclusivamente a los explotadores. Es así que al finalizar la primera década del siglo, el pueblo canta esta muliza

                             AÑORANZAS

 

                   ¿Dónde están aquellos tiempos

                   de abundancia y bonanza

                   de la más dulce esperanza

                   que en el Cerro se acabó…?

 

                   Sólo las carretas ruedan

                   por distintas direcciones;

                   los cerreños de peones

                   sin conveniencia ninguna.

 

                    Pobre mineral del Cerro

                   plagado del extranjero,

                   que aparenta protegernos

                   con nuestro propio dinero.

 

                   Ahora es dicha, ahora es gloria

                   de un mineral sin igual

                   será infierno y fatal

                   cuando quede sin caudal.

 

                             ESTRIBILLO

 

                   Sin embargo, cerreñitas,

                   formemos arcos de flores

                   porque vienen los cerreños

                   trayendo oro por montones.

 

Luis Alberto Sánchez que ha tratado el tema llegando a veces  a exageración, se refiere así a la tristeza en nuestra música. “La tristeza rebozaba de la música pentatónica. Algún osado panfletario, Laprade, escribió, bajo Napoleón III, protestando contra la muchedumbre de canciones que entonces germinaban por doquier, estas palabras: “La música es el arte de los pueblos serviles”. He glosado ya, en otra oportunidad, tal afirmación, a través de las comprobaciones ofrecidas por la música rusa bajo el zarismo, cuando florecieron “Los cinco”; la alemana, bajo la hegemonía despótica de Prusia, cuando aparecieron Beethoven, Bach, Haendel; la española bajo la autocracia y la dictadura, cuando culminan Falla, Albéniz, Granados, Halffter; la música popular de todos los países, floreciente bajo las peores tiranías, a punto tal que  López Chávarry escribe, en su “La Música Popular Española”, que ésta surge más en época de opresión, porque su fondo es un anhelo de liberación, como sucede con la novela y con la fábula. Charles Lalo sostiene también, en L’Art et la vie sociale que, bajo el despotismo, el arte suele convertirse en mágico refugio; Plejanov considera, en El Arte y la Vida Social, que una de las fuentes del arte es la discrepancia entre la aspiración transformadora y el medio quieto y sojuzgado”.(15 ).

Al finalizar el año de 1928, surge un movimiento obrero activo liderado por José Carlos Mariátegui, como ideólogo y guía, contando como activísimo líder y colaborador, al ilustre mártir obrero cerreño, Gamaniel Blanco Murillo. De aquella época es la muliza denominada “Cuadro Minero”, inspiración de Gamaniel.

CUADRO   MINERO

En estos picachos blancos                         Hasta la pobre mujer

            de los Andes milenarios                            del infeliz proletario

            existen grandes dolores                            rinde  sus débiles fuerzas

            cual si fueran ¡Ay! Calvarios.                   por un mísero salario.

 

            Son calvarios estas minas                        Por un mísero salario,

            donde los tristes mineros                         marido, mujer e hijo.

            buscando de pan un mendrugo                trabajan sin un descanso

            viven días lastimeros.                               sin luces, sin regocijos.

 

                                                            ESTRIBILLO        

                                              

                                                Minero de estas regiones

                                               triste paria tributario

                                               siempre en las malditas minas,

                                               hallarás tú el martirio.

La muliza, canción sentimental y minera por excelencia, sigue vigente en los labios y el alma de nuestra gente. Su calidad es tal que en pueblos aledaños como Tarma, Huancayo, Jauja y otros, se la interpreta con el sentimiento que cada pueblo le imprime y, en aquellos lugares, sí se baila.

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LA MULIZA (Segunda parte)

03.- LA MULA, ELEMENTO DE TRABAJO.

la muliza 2Ubicado en la parte más alta de las cumbres andinas, alejado del puerto de transporte de minerales y de los centros de producción de bienes de consumo, el Cerro de Pasco recibió el valioso aporte de un personaje muy importante en la actividad minera de entonces: el arriero. Éste no solamente debía transportar enormes masas de mineral desde los socavones hasta los ingenios ubicados a considerables distancias, sino también, de vuelta, conducir la madera, el carbón y la sal, elementos muy útiles para la metalurgia de entonces. La cosa no queda ahí; debido a que en la ciudad minera no se origina ningún producto alimenticio, éste debía traerse de considerables distancias. Tadeo Haenke, dice al respecto: “No obstante las asperezas del clima (el Cerro de Pasco) es una de las más recomendables poblaciones del reino, tanto por su crecido vecindario como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio”(…) “Éste presenta en dicha villa el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a los vecinos de Jauja, a expender sus harinas, a los de Conchucos que vienen con el mismo destino y con el de dar salida a la ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos; a los de Huaylas cuya importancia principal se compone de azúcar; a los de Huánuco que conducen la coca, chancaca, mieles, granos y frutas; y a los de Cajatambo y Chancay que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto hay que añadir el comercio de dos mil mulas diariamente, las que se emplean para la conducción de los metales cuyo dinero se paga al contado, reportando a sus dueños de esta suerte, ganancias ventajosas, siendo el alma de todo esto, la propiedad de la mina.” (07)

Los dos tipos de trabajadores que acabamos de ver, es decir, los transportistas de minerales e insumos y, los transportistas de alimentos, originó la división en MULEROS, los primeros y LLAMEROS los segundos.

“La sustitución parcial de la llama por la mula no se llevó a cabo sino a partir de los años 1600 a 1630. Hasta esas fechas, todavía circulaban recuas de cuatro a seis mil llamas, movilizadas en los trajines de la coca y del alcohol (…) En cualquier caso, las características técnicas de esos dos animales de carga son completamente diferentes, al igual que lo son su áreas de crianza, sus formas de propiedad, los tipos de comercio en que se utilizan etc.” (08)

Esta división se hizo más notoria cuando, extremadamente abundante como resultó la producción minera cerreña, la llama y el caballo resultaron débiles e insuficientes para el transporte de la metálica saca. La llama, por ejemplo, puede cargar hasta cien libras de peso cubriendo una distancia de diez leguas diarias y le es dramáticamente difícil vencer los ríspidos y agrestes caminos de la zona andina; por esta razón se recurrió a la solución ideal: la mula. Este poderoso híbrido, no solamente resultaba idóneo para el transporte metálico como había ocurrido en Potosí, sino también para el pisoteado de la plata en los ingenios. Su compra entonces se torna increíble: “dos mil mulas diarias en el mercado” dice Tadeo Haenke; Tord Lazo remarca: “(En el Cerro de Pasco) el comercio mayor se realiza con Quito por sus textiles y Córdoba, Salta y Tucumán, como proveedores de mulas para el trabajo minero”.

“Disponemos también de algunas evidencias sobre el stock de mulas y caballos en el Cerro de Pasco. Respecto de las primeras, que podía utilizarse  como animal de tiro pero sobre todo como medio de transporte, según una información de entonces -el mineral se transporta para su depuración y beneficio a las respectivas haciendas, viéndose ocupados en semejante trajín dos mil a tres mil mulas diariamente-. Respecto de los segundos un Estado del Número de Haciendas del Asiento Mineral de Pasco, hecho por Mariano de Rivero en 1827, contabiliza 586 caballos trabajando en los ingenios que molían y refinaban metales en las riberas de Pasco y Quiulacocha y en las quebradas de Pucayacu, Tullurauca y Ulcupalpa”(09). “Por esta razón la venta de mulas se hace extraordinaria. Las cerca de quinientas minas boyantes que se estaba trabajando en ese momento lo justifican. Pero la mula no se da así no más simplemente como el caballo o el burro; se necesita de una cría especializada que solamente se daba en el norte argentino, zona singularmente signada para  la cría y venta de mulas”.

“Ante tamaño auge de la venta de mulas, Córdoba (perteneciente a la provincia de Tucumán, aprovechando la disposición de sus valles que se transforman en excelentes y resguardados potreros, como hechos ex profeso, con tan sólo un cerco en las entradas. Entre propiedad y propiedad, los límites quedan asegurados a un bajo costo puesto que la naturaleza con sus vallados naturales, hace importantísima la separación ya que se utilizan pircas de piedras o arbustos muy abundantes en la zona. Aquí se producen entonces los grandes criaderos de mulas y los extensos potreros invernales, de tal manera que las tierras aptas de la sierra son ocupadas en su totalidad. Cuando el espacio se reduce por la abundancia de animales, los potreros se van extendiendo a la zona pampeana argentina, especialmente en dirección a Santa Fe. Para entonces Córdoba ya está saturada por más de 800 estancias. En esa época, por el sentimiento de cooperación, los animales pueden pastar en todas las extensiones sin limitarse a terrenos privados. Todo es comunitario. Al principio al menos, después se originarían los conflictos de propiedades (…) la cría de mulas ha invadido todos los terrenos y no hay lugar para la agricultura” (10).

El problema que representa la cría de este resistente animal consiste en que a diferencia del vacuno cimarrón que se produce libremente en los campos, la mula es un animal doméstico que exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en varias etapas que llegan hasta la venta, desde noviembre en que comenzaba la parición, hasta el 24 de junio, día de San Juan, en que comenzaba la hierra y la venta consiguiente. En todo ese tiempo hay que seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crías, capar a los machos, marcar a los animales con hierro, amansarlos y, la prueba más brava, arrear las enormes piaras hasta la zona de venta de los ventisqueros de Pasco. La mula con toda esta delicada tarea de carga, sólo podía estar a cargo de personajes especializados: los empresarios fleteros de Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy. Desde allí había que traer las mulas que la industria minera cerreña requería. “Allí hacen su trato con los que bajan del Perú a comprarlas” (11). Así los gauchos y cholos cerreños -llamados muleros por esta profesión-  conducían miles de mulas a través de las inmensas pampas argentinas y, trepando los nivosos Andes llegaban a nuestros predios.  

 04.- EL MULERO.

Este fue un personaje especial en la ciudad minera durante todo el siglo XVIII. Alcanzóla muliza 3 tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia,   desparpajo y notable habilidad ecuestre, el pintor y arqueólogo francés Leoncé Angrand, lo plasmó en numerosos apuntes a pluma y en sus lienzos: EL MULERO.

 De rudeza proverbial gozaba de un profundo sentido de la libertad. Jamás, bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones. Su vida era libre como los aires. Trashumante impenitente mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte;  su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero. De ahí su nombre. Generalmente era  joven, hijo de dueños de minas o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros –se les llamaba “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-; guitarrista, decidor, enamorado y “pata de perro”, su “profesión estaba como pensado para él  puesto que servía para saciar su sed de aventuras”.

 El amor, brújula alucinante de la juventud, atraía con fuerza extraordinaria a estos aventureros del transporte; tenían como los marinos, “en cada puerto un amor”. Guitarra en mano, serenateros y cantores, enamoraban a las parlanchinas tucumanas, entrerrianas, santiaguinas y cordobesas; pero de ellas, las más asediadas eran las de Jujuy que, como las pinta Carrió de la Vandera, eran las más pulidas y graciosas, parecidas a las sevillanas, con una correcta pronunciación del castellano, elegantes aunque no tanto como las limeñas; alegres y querendonas. Las de San Felipe de Real, más conocido por Salta, bellas, de rostro atezado, con largas cabelleras que llegan a cubrirles las caderas, trenzadas con hermosas cintas de colores. Cuántos amores no habrán dejado los muleros por aquellos andurriales de Dios.

Lo más notable de este bizarro jinete -hablando de su indumentaria- era su chambergo de amplias alas que le permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de los granizos y las trombas de agua, la nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Era también cobertura providencial para atenuar los quemantes rayos solares de las inmensas estepas. Colocado sobre la cabeza, cubría su pelambre alborotada y rebelde que estaba contenida por vincha o pañuelo de color; terminaba en un barboquejo resistente anudado en el barbado y renegrido mentón o, al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este chambergo viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias.

Los pantalones de gruesa lana o “diablo fuerte”, tenían rodilleras y entreperneras de cuero sobre el calzoncillo de bayeta, sujeta con gruesa correas de cuero de grandes hebillas que no sólo servía para sujetar los pantalones, sino también para contener el “corvo” filudo, enorme puñal que era arma y utensilio imprescindible en la vida del mulero. Mucho semejaba al “Facón” gaucho. Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y siempre llevaban las hermosas y tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela, encima una camisa de bayeta o jerga sobre la que portaba una pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro. Adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” bendita el Domingo de Ramos, para protegerse de rayos, truenos y tempestades. Y siempre, sin falta, a la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma que no eran pocos y, al lado, la cantimplora para el agua de vida. Cubriendo todas estas prendas, el poncho -bandera de vida, tremolante de aventuras- tejido en lana de vicuña cuyo abrigo era proverbial. A pie o sobre el caballo, el mulero cubría todo su cuerpo con este tradicional aditamento cerreño. Para la lluvia llevaba otro ligero poncho de hule impermeable que colocaba encima del anterior, evitando que éste se empapara. Llegada la noche, los ponchos y las caronas del caballo le servían de cama y la silla de almohada. En la mayoría de los casos, consultado con la expresión de los cielos de la ruta, ante la amenaza de lluvia, podían usar los toldos que los protegerían durante el sueño.

El correaje y montura de cuero portaban a un costado el lazo, el zumbador, enorme zurriago que hacía restallar en las soledades para forzar la obediencia del muleraje. A esto se añadía el fuete o fusta de cuero con incrustaciones metálicas.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordinario con los gauchos del Plata, sus compañeros de conducción de las mulas. Igual valor, igual independencia, igual sensibilidad. Tanto fue su mimetismo que igual que el gaucho- como decía Alberto Félix Rivas al hablar del

(…) El canto creció en la pampa como viva expresión criolla. También en el vivac los gauchos empujaban la noche con canciones a la libertad al son de la guitarra. Se oían hasta muy tarde; y no sólo llenaban el pecho de aquellas figuras silenciosas perfiladas alrededor del fuego sino que alcanzaban a todo el campamento (…) El sentido musical le llegaba al criollo desde la infinita armonía de aquella naturaleza salvaje donde el mugido y el relincho redondeaban la idea del paisaje. Y ganaba ánimo en el afán de sacarse la tristeza hasta la superficie vital, para alcanzar cierta conformidad a sus desvelos” temperamento criollo: “Fácil es imaginar la tristeza del criollo por su existencia en permanente sobresalto y en su soledad, fácil de suponer también que, en tal estado, la música y la canción venían solas a sus labios. El gaucho desvalido sabe cantar. Ha oído los pájaros en el atardecer; ha visto el sol incendiándose en el horizonte; ha sentido hasta lo hondo del silencio de la pampa y la noche galopando en su sombra, ganadora de nostalgias y sueños. Ha sufrido la soledad y el recuerdo de esa potente nada, misteriosa y rotunda, aprendió a cantar

Continúa….

LA MULIZA (Primera parte)

Pintura del maestro peruano Oscar López Aliaga
Pintura del maestro peruano Oscar López Aliaga

Extraordinaria creación musical cerreña

(Con mi abrazo de felicitación a la municipalidad de Pasco, Instituto de Cultura y todas las demás instituciones y personas que han organizado el cónclave cultural “Fortaleciendo la identidad de la cultura pasqueña”. Me sumo a esta hermosa cruzada con la difusión de la muliza y el huaino cerreños. Gracias)

 01.- INTRODUCCIÓN.

 La Muliza es la más hermosa creación musical que el Cerro de Pasco ha legado al Perú. Su origen se remonta a mediados del siglo XVII, cuando la turbadora opulencia de sus yacimientos se hizo conocida en el mundo entero. Para el transporte de los metales, dentro y fuera de la ciudad, se utilizaba a la mula,  poderoso híbrido era traído por miríadas del norte argentino. El encargado de su conducción era  el mulero, jinete llamado así por su especialidad. Este legendario transportista cerreño -como veremos adelante- creó la canción que adorna el álbum musical del Perú.

02.- EL MARCO HISTÓRICO REFERENCIAL.

El pueblo minero por excelencia en el Perú cuya existencia está unida a las riquezas de sus vetas, es el Cerro de Pasco; no en vano ha sido proclamado: CIUDAD REAL DE MINAS, primero y, CAPITAL MINERA DEL PERÚ, después.

“Por testimonios de acuciosos investigadores sabemos que el arte de extraer los metales del seno de la tierra, de purificarlos y trabajarlos, fue conocido en el Perú desde tiempos inmemoriales. Los yauricochas fueron los más notables mineros. En el tiempo de los incas se conocía y se trabajaba el oro, la plata, el cobre y sus  aleaciones. De las minas pasqueñas se extrajeron grandes cantidades de oro y plata que labrados con delicadeza y arte extraordinarios, quedaron convertidos en cetros, diademas, collares, prendedores, brazaletes, horquillas, broches, espejos bruñidos de plata finísima y otros adornos ostentosos del poder y la nobleza; pumas, venados, cóndores, llamas y vicuñas de tamaño natural; «muchas estatuas y figuras de oro y plata enteras hechas a forma toda de una mujer y del tamaño de ella, muy bien labradas y formadas las facciones en vaciadizo comparable a lo mejor del mundo» (Archivo General de Indias-(18) Todos estos objetos fabricados en Ccori (oro), Colgue (plata) y Chambi (aleaciones de plata, oro y cobre), estaban impregnados de bellas incrustaciones de llacsa, (piedras preciosas), especialmente sihuar, (turquesas), umiñas, (esmeraldas) y excepcionalmente de churomamas (perlas). Los testimonios físicos son notables, pero más expresivas son las crónicas de Miguel de Estete, el joven; Pedro Cieza de León, el trashumante “Príncipe de los Cronistas”; Iñigo Ortiz de Zúñiga, el Visitador; Antonio Vásquez de Espinoza, el sacerdote y sobre todo, Pedro Sancho de la Hoz, y Agustín de Zárate, cronistas que registraron en Cajamarca la magnificencia de las esculturas enviadas desde nuestras tierras, de entre otros muchos  más.

 El auge económico del Cerro de Pasco se inicia en octubre de 1567 con el primer denuncio de sus minas y se acentúa durante el siglo siguiente,  llegando a parangonarse  con el fabuloso cerro de Potosí. Al producirse el pavoroso aluvión de 1626, las vetas potosinas se hunden irremisiblemente, nos dice Bartolomé Arzáns de Orsúa en su libro, «Historia de la Villa Imperial de Potosí». (Tomo II: 13).«El domingo 15 de mayo de 1626, tercero de cuaresma, entre la una y dos de la tarde, hora en que todos los habitantes de la Villa estaban comiendo (…) reventó la laguna de Caricari. Sólo los presentes a tan grande estrago pueden deponer de una verdad increíble, de una ruina nunca antes vista, de una pérdida, la mayor que tuvieron los Reyes de Castilla y con las más lastimosas muertes que imaginar se puedan; la más terrible tragedia que se hubiera visto en el mundo: justos juicios de Dios por tanto pecado e infamia de Potosí, la Villa Imperial (…) De los que escribieron este estrago, hay quien dice que entre españoles e  indios, dentro y fuera de la Villa de Potosí, llegaron a más de cuatro mil los muertos»-  Tras esta tragedia,  emerge triunfante el Cerro de Pasco para reemplazar con creces, a Potosí, afirmaciones de Fisher, Von Tschudi, Du Chatenet, Humboldt, Raimondi, Proctor.  

En aquel momento, soslayando el  original nombre de San Esteban de Yauricocha, se le cambia por el que el asombro de los españoles le había asignado: EL NUEVO POTOSÍ. A partir de entonces la corona alienta el trabajo de nuestros yacimientos con el respaldo de atinadas disposiciones legales. Por esos días el Conde de Chinchón afirma que “Si Potosí había dejado de ser un emporio de plata, mucho podía esperarse del Cerro Mineral de Bombón” (Cerro de Pasco) (4). La respuesta es notable. El trabajo se hace febril y continuo. “Los españoles traen mitayos de Jauja, Huamalíes y Cajatambo a trabajar en sus socavones” (05). La producción se hace tan fabulosa que, en reconocimiento a este extraordinario aporte que  solventa sus gastos, la Corona Española, se le otorga el título de CIUDAD REAL DE MINAS. Corría el año de 1639. Este título tiene especial significación ya que, mientras Potosí con todo su aporte al reino español tan sólo recibió el título de VILLA IMPERIAL DE POTOSÍ, el Cerro de Pasco fue considerado como CIUDAD REAL DE MINAS; es decir con un status político, urbano y social más alto.

 A fines del siglo XVII y comienzos del siguiente, Martín Retuerto, eminente pionero de las técnicas mineras, explota el yacimiento  de Yauricocha que le reportó abundantes ganancias; pero más tarde, no obstante el esfuerzo desplegado, se inunda irremediablemente; José Maíz y Arcas  en 1740 abre el túnel de Yanacancha  con cuya producción opaca a los otros mineros cerreños; entusiasmado por el éxito  compra todas las minas de Retuerto, caído en pleno  trabajo de extracción de sus filones. Otros notables mineros surgen a lo largo de la centuria XVIII: Manuel Funtes Ijurra, de quien Ricardo Palma pondera su fortuna; Matías Uriza, propietario de muchas minas en la ciudad; José Fuster, amo de los más notables ingenios; Juan José de Avellafuertes, dueño de Yanacancha y Pucayacu, Francisco Cuellar, Francisco Calderón, Antonio Álvarez, Antonio Vélez y Manuel Abad, todos mineros notables.

 En ese entonces,  hombres  poderosos del Perú económicamente hablando, residían en el Cerro de Pasco. Las notables aportaciones a las arcas reales determinaron que el mismo Rey de  España confiriera títulos nobiliarios a los más ricos mineros de entonces: José Maíz y Arcas, Marqués de la Real Confianza; José Martín de Muñoz y la Serna, Marqués de Santa María de Pacoyán; la Marquesa de la Villa Rica de Salcedo; José Maíz y Malpartida (hijo), Marqués de la Real Confianza, los hermanos Pablo y Pedro Vásquez de Velasco y Quirós, Condes de las Lagunas; Manuel Gallegos Dávalos,  Conde de Casa Dávalos; el Conde de San Isidro y el Conde de la Vega del Ren.

 En pleno siglo XVIII ya el Cerro de Pasco es una boyante ciudad minera con una población fija de quince mil habitantes, (Haenke, Tschudi, Helms, Du Chatenet, Humboldt), la mayoría, directa o indirectamente, dependiente del trabajo de las minas. A esta cantidad hay que añadir una fluctuante población procedente de los pueblos cercanos, e inclusive, provincias alejadas que se hallaban a cinco  o más leguas de distancia y días de camino, constituyéndose en un polo de desarrollo migratorio que alcanzaba, por el norte, las provincias ubicadas en el Callejón de Conchucos y por el sur, hasta Huancavelica, abarcando una superficie de más de cincuenta mil kilómetros cuadrados.

 Es en este siglo, el centro minero más importante del Virreinato del Perú, lo afirman Antonio de Humboldt, Antonio Raimondi, Richard Trevithick, Juan Jacobo Von Tschudi, Tadeo Haenke, Jhon Fisher, Ricardo Proctor y otros tantos estudiosos que, admirados, reafirman sus testimonios en sendas publicaciones. La prueba  de la alucinante fecundidad argentífera de aquellos tiempos se halla en las estadísticas de las Cajas Reales y el Alto Tribunal de Minería. El sabio alemán Alejandro de Humboldt que por aquellos años visitaba el Perú, dijo:

“A la manera que en México, casi todo el producto se debe a las minas de Guanajuato, Catorce, Real del Monte, Zacatecas y la Nueva Vizcaya, así en el Perú, casi toda la plata se saca de las minas de Yauricocha, llamado comúnmente “Minas de Pasco” o “Minas de Bombón”(…) Para formarse una idea exacta de la enorme masa de plata del Cerro de Pasco, que la naturaleza ha depositado en esos cerros de caliza, a la altura de más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, es preciso tener presente que el manto de óxido de hierro argentífero que está en plena explotación sin interrupción desde el siglo XVII y los últimos veinte años que se han sacado más de cinco millones de marcos de plata, sin que la mayor parte de los pozos de mina tengan más de treinta metros de profundidad y que sin que ninguno de ellos haya llegado a 120. Las aguas que son abundantes en estas minas, se sacan, no por medio de ruedas hidráulicas o malacates como en México, sino por bombas movidas a brazo de hombre y si a pesar de la poca profundidad de aquellas mezquinas excavaciones a las que se da el nombre de pozos y galerías, el desagüe de estas minas es excesivamente costoso; en la mina de la luna, por ejemplo, hace algunos años, costaban mil pesos por semana (…) El manto de plata de Yauricocha, se deja ver en la superficie a lo largo de 4800 metros y a lo ancho de 1200.”(06)

Como una muestra del sentimiento de nuestra muliza, les presentamos a la más simbólica: A TI, creación musical de Graciano Ricci Custodio y de la poeta sevillana, Mercedes V. de Rodríguez. La interpretan LOS ÍDOLOS DEL PUEBLO. “Mote” Grijalva, Nolio Yabar y Rodríguez. Escúchenla.

Continúa..

LA MURUCATA (Cuento goyllarino)

murucataCuando el agua, sempiterna enemiga de los mineros cerreños, fue finalmente vencida gracias a la tenacidad del inglés Richard Trivithick que instaló bombas de vapor en el paraje de Santa Rosa, se hizo apremiante la necesidad de contar con abundante combustible para avivar la fogosidad de los motores.

Se indagó con entereza, se rastreó en todo el territorio pasqueño y de diversos y lejanos confines se trajo la turba necesaria para este cometido; sin embargo, los precarios yacimientos se agotaban con prontitud. Como era natural, la búsqueda de nuevos filones de carbón, se hizo incesante.

En esta época –mediados del siglo XIX– en que los pastores que transitaban con sus rebaños por los territorios yermos, cubiertos de verde pasto natural de Cuyllurishquishga, ocurrió un hecho misterioso.

Una noche clara y hermosa, iluminada por una luna enorme y brillante, los pastores  escucharon –aumentadas por el silencio de la noche- la voz alegre y apremiante de una mujer que entonaba bellas canciones en quechua, y en todas ellas, llamaba insistentemente a los hombres, conminándolos a que la amaran con premura. Tentados de descubrir el prodigio, los pastores acudieron presurosos al lugar donde brotaban las canciones. Con sigilo y cautela fueron acercándose hasta llegar a una elevación desde donde, admirados, pudieron verlo todo.

A la puerta de una profunda caverna una atractiva mujer, cantaba alegremente y con pasos ágiles y felinos, danzaba excitante ante los admirados ojos de los rabadanes.  Ataviada con un atuendo de vivos colores cubiertas de riquísima pedrería, portaba en la mano una pequeña manta de color blanco con pintas negras y azules que, a modo de bandera, lo agitaba por los aires, llevando siempre el compás de su música exquisita. Los pastores estaban mudos e inmóviles. Cuando la alegría había llegado a su clímax, se cubrió las espaldas con su manta negruzca (muru cata) fijándola con un enorme prendedor (tickpe) y cesando sus cánticos, dio vuelta y entró en la caverna.

Al comienzo, los hombres permanecieron anonadados e indecisos sin saber qué hacer, mas luego, repuestos de la sorpresa, temerosos e inquisitivos se acercaron y armándose de valor llamaron a gritos a la beldad. La profundidad de la caverna les devolvió el grito centuplicado por el eco. Llamaron dos veces más, después de esto, oyeron que la mujer les contestaba con atiplada voz.

  • ¡Entren y ámenme! Si me aman, les regalaré con mi murucata y serán muy ricos.

No se escuchó ni una palabra más. Los pastores, acoquinados, no tuvieron el suficiente valor para entrar.

Al día siguiente, muy temprano, dieron la noticia a su amo don Samuel Benavides quien reunió a muchísimos hombres que llevando lámparas y herramientas entraron en la caverna donde al fulgor de los candiles, brillantes reverberos devolvían la luz a través de las múltiples y vidriosas facetas de la lustrosa antracita: habían descubierto una fabulosa veta de carbón.

Emocionados por el hallazgo, denominaron con el nombre de MURUCATA (Manta Negruzca) al riquísimo filón de la bellísima mujer que, se supone, era la dueña de estas espléndidas riquezas.

UN DÍA DE NIEVE EN NUESTRO PUEBLO

un día de nieveEs un mediodía invernal de diciembre en la ciudad minera. La nieve ha comenzado a caer inmisericordemente hasta envolver en una bruma espectral a la plaza Chaupimarca. Es día domingo. Los grandes comercios, el cine y residencias del lugar tienen las puertas cerradas, acurrucadas como están por el frío. Terminada la misa, los fieles se han retirado a sus casas. Llegadas a ellas se arremolinarán en derredor a la estufa familiar de la sala o en el acogedor y cálido ambiente de la cocina donde se han preparado caldos guisos y frituras que habrán de ser ingeridos en el almuerzo familiar.

Para esta época, los muchachos de la escuela nos divertíamos fabricando gigantescos muñecos de nieve. Comenzábamos con una bola que hacíamos rodar en todas las direcciones mientras crecía y crecía hasta alcanzar dimensiones colosales. En las pequeñas treguas de descanso, nos frotábamos las manos azulinas y heladas de tanto helor para luego seguir con la tarea. Echábamos aliento caliente sobre las manos y el vaho vaporoso nos hacía parecer pequeños dragones con sus lenguas de fuego. Juntadas varias bolas, la más grande la poníamos debajo (las piernas) y, encima, una mediana (el torso). La más pequeña, iba encima; era la cara del muñeco al que le hacíamos ojos, narices y todo. Para ello invitábamos al artista del salón, mi amigo “Peyo” O´Connor, un niño extraordinario que con el paso del tiempo se convirtió en el más grade pintor autodidacta de nuestra tierra. El con una asombrosa habilidad tallaba los rasgos del muñeco semejando a los más pintorescos personajes del pueblo. Previo a eso, hacíamos un agujero en el “panza” del muñeco y le echábamos un poco de carburo, los gases apestosos salían por la “boca” a donde prendíamos fuego. El muñeco estaba fumando. Nuestra alegría era indescriptible.

Había grupos de vándalos que la emprendían a inclemente bombardeo de bolas de nieve con el fin de mortificar a los amigos. Éstos les respondían y de esa manera nos divertíamos de lo lindo.

Aquellos días, las personas que tenían que trepar a las partes altas de nuestra ciudad, tenían que sufrir serios resbalones. Calles estrechas y empinadas como, “Sal si puedes” un laberinto de callejones y pasajes muy riesgosos;

La nieve ha dejado en nosotros la impronta de su frío y belleza que no podemos olvidar. Para que tengan idea de ello les cuento que un día que acababa de llegar de Lima nuestro amigo Pablito Dávila, estaba con los amigos que lo rodeaban escuchando su conversaciones cuando la nieve arreció. Estábamos en el bar de Sergio Bustamante viendo caer los copos cuando, inopinadamente, Pablito salió al centro de la plaza y abriendo los brazos recibía placenteramente lo copos gigantescos y hermosos. No podíamos creer lo que estábamos viendo. ¡No pude resistirme! Nos dijo momentos más tarde. Después de años he sentido la caricia de nuestra nieve.

¡Cuántos recuerdos nos trae la nieve!

En esta otra placa, vemos a una madrugadora cerreña atravesando la plaza Carrión premunida de sus paraguas y my bien abrigada. La opacidad del ambiente es dominada por los tenues rayos de luz de los focos públicos.
En esta otra placa, vemos a una madrugadora cerreña atravesando la plaza Carrión premunida de sus paraguas y my bien abrigada. La opacidad del ambiente es dominada por los tenues rayos de luz de los focos públicos.

La nostalgia de aquel grato fenómeno atmosférico tan caro para nosotros los cerreños, nos ha concitado a reproducir el poema de “Damablanca” que se titula precisamente, La Nieve.

La nieve

(poema)

Cae menuda la nieve

cubriendo las aceras,

vistiendo las alas de los árboles,

apretando la risa de los campos

contra su corazón helado.

Cae sobre los lirios soñados,

sobre los parques dormidos.

Tiende su pálido destello

sobre los recuerdos escondidos

implacable, descalza:

enmarañada rima de la nieve

con el verso desnudo del invierno.

Helado corazón de gotas blancas

palpitando en el frío campanario

y en el íntimo curso del arroyo,

cae la nieve…

(Damablanca).

Nuestra vieja iglesia de Chaupimarca, acurrucada con el frío de la nieve que ha caído toda la noche. Los heroicos quinuales (Son los únicos árboles que pueden germinar aquí, cerca del cielo) resisten el peso níveo
Nuestra vieja iglesia de Chaupimarca, acurrucada con el frío de la nieve que ha caído toda la noche. Los heroicos quinuales (Son los únicos árboles que pueden germinar aquí, cerca del cielo) resisten el peso níveo
Las bancas del parque amanecieron cubiertas de nieve.
Las bancas del parque amanecieron cubiertas de nieve.
La nieve ha sorprendido al ferrocarril a la salida de la ciudad en una imagen cerreña que parece surrealista
La nieve ha sorprendido al ferrocarril a la salida de la ciudad en una imagen cerreña que parece surrealista

MI AMIGO EL CICLISTA

Grupo de ciclistas cerreños en la línea de partida listos para salir en una de las dominicales competencias. Están frente al club de la Unión para largar la ruta Cerro de Pasco – Carhuamayo, ida y vuelta, en bicicletas de paseo. Participaban gran cantidad de jóvenes, como el “Niño bien” que luce corbata para diferenciarse de los demás. Siempre el deporte estuvo vigente en nuestra centenaria ciudad
Grupo de ciclistas cerreños en la línea de partida listos para salir en una de las dominicales competencias. Están frente al club de la Unión para largar la ruta Cerro de Pasco – Carhuamayo, ida y vuelta, en bicicletas de paseo. Participaban gran cantidad de jóvenes, como el “Niño bien” que luce corbata para diferenciarse de los demás. Siempre el deporte estuvo vigente en nuestra centenaria ciudad

Lo había dejado de ver hace mucho tiempo cuando una mañana escuché su voz a la puerta de la casa: “Quiero ver a César y que me venda su libro: “El socavón de Rumiallana”. Fue suficiente. Salí y lo vi vivaz y sonriente, enjuto, como siempre. Era un milagroso reencuentro. Nos confundimos en un abrazo lleno de  cariño. Sus ojitos saltones en su rostro con chapas que se negaban a desaparecer estaban muy expresivos, regocijados, llenos de luz. Le firmé el libro y corregí el título: “No se llama socavón de Rumiallana, sino “Voces del Socavón”. Lo recibió muy contento y me dijo que con mucho gusto había dado vuelta toda Lima para encontrarme. Aquel día, el último que lo vi con vida, hicimos grandes recuerdos de nuestra tierra y nuestros amigos. Después, mucho más tarde, llegué a su casa para darle el último adiós. Parecía increíble que hubiera muerto. Un hombre jovial, risueño, lleno de vida. Tuve que rendirme ante la verdad. Su rostro marmóreo, inexpresivo, tenía una placidez notable y conmovedora. En el silencio sepulcral, recordé algunos pasajes de su vida.

Raúl Rey Picón fue el abanderado de una pléyade de jóvenes de múltiples aficiones. Estuvo entre los primeros geniogramistas cerreños, conjuntamente con “Neto” Malpartida, Perico Santiváñez, Emilio Farje, Esteban “Chorreao” Molina, Raúl López, Lucho Tello, Emilio Farje, entre otros. Los sábados se reunían en el negocio de Farje premunidos de gordos diccionarios, atlas pormenorizados, eso sí, cada uno con su diario. Después de detallado análisis, el primer día de la semana siguiente,  comentaban sus aciertos. No importando los resultados, quedaban con muchas luces de conocimientos y una cada vez más estrecha amistad que se mantuvo por mucho tiempo.

Otra faceta de sus inquietudes apuntaba al ajedrez. Era miembro de la liga provincial con conocidos ajedrecistas como, Nazario “Muqui” Torres, Pablo Pucuhuanca Maquera, Javier Rosales Llanos, “El cojo” Torres, “Chino” Neyra, “Galla Pichi”, y muchos más. Con todos ellos alternó en sendos campeonatos. Pero el deporte que más le gustó fue el ciclismo. Fue un extraordinario ciclista en época que era el deporte  preferido de la juventud. Pero no solo lo practicaba sino que era conocedor muy documentado de las hazañas de las estrellas mundiales de ese deporte. Estaba enterado al detalle  de los nombres, marcas de velocidad y resistencia y demás anécdotas de los famosos de la época. Había que escucharlo cuando hablaba de: EDDY MERCKS, JACQUES ANQUETIL, FAUSTO COPPI, BERNARD HINAULT o de los nacionales Hernán Huerta o Teófilo Toda. Podíamos amanecernos oyéndole hablar de su pasión. ¡Qué grande era Raúl!

 

En lugar preferente de su rincón íntimo, al que sólo sus amigos teníamos ingreso, teníami amigo el ciclista 2 una serie de pensamientos dedicados al ciclismo. Recuerdo los siguientes:

–  “No se deja de pedalear cuando se envejece…. Se envejece cuando se deja de pedalear”.  Anónimo

–  “Cuando el espíritu está bajo, cuando el día aparece oscuro, cuando el trabajo se pone monótono, cuando la esperanza apenas está presente, sólo monte una bicicleta y sal a dar una vuelta por la carretera, todas sus preocupaciones desaparecerán”.  S. Colmes

– “La vida es como la bicicleta, hay que pedalear hacia adelante para no perder el equilibrio”. Albert Einstein

– “La bicicleta es la máquina más eficiente alguna vez creada: convirtiendo calorías en combustible, una bicicleta consigue el equivalente de tres mil millas por galón. Una persona pedaleando una bicicleta usa la energía más eficientemente que una gacela o un águila y las bicicletas con marco triangular pueden cargar unas 10 veces su propio peso, algo que ningún automóvil o avión pueden igualar”. Bill Strickland

– “Nada es comparable al sencillo placer de montar en bicicleta” . John F. Kennedy

– “Yendo en bicicleta es como mejor se conocen los contornos de un país, pues uno suda ascendiendo a los montes y se desliza en las bajadas”. Ernest Hemingway

Con Raúl evocábamos pasadas vivencias y recordamos viejas anécdotas.  Por ejemplo su eterna rivalidad con mi hermano, Augusto Vargas Ramos. En las competencias, no importa quién las ganara, el duelo –amical y muy sincero- era entre cuál de los dos los llegaría primero a la meta. Los triunfos de alternaron entre los dos pero, terminada la competencia, sus comentarios eran muy detallados sobre las rutas y los accidentes que habían sufrido. Siempre terminaban en un abrazo muy efusivo.

 

Muchas anécdotas recordábamos entre risas, por ejemplo lo acontecido a nuestro “Pallangana” Núñez.  En los Juegos Centro Peruanos de 1950 en Huancayo,  habían programado la competencia de ciclismo en pleno centro de la ciudad. Aquella vez nuestro querido “Pallangana” iba en último lugar detrás de un pelotón del que fue distanciándose poco a poco. Al llegar a una confluencia de caminos y no ver señalización de ninguna clase, siguió adelante hasta que llegó a un distrito aledaño. Cuando la gente le informó de su error, ya había salido de Huancayo; tuvo que volver pero ya era demasiado tarde. “Perdió la medalla de oro”. De eso estuvo hablando “Pallangana” hasta que se fue del Cerro. ¿Dónde estará ahora?.

 

Otra que él mismo me contó es la siguiente. Había leído la reiterativa publicidad que EL GRAFICO -legendaria revista argentina- que desplegaba a favor de TODDY, uno de los tónicos mejores para los deportistas, especialmente ciclistas. Sostenía enfáticamente que el conglomerado de vitaminas, minerales y demás nutrientes que contenía era, prácticamente, el “fabricante” de campeones. “Tome Toddy, toditos los días y sea un campeón” rezaba el pegajoso slogan de publicidad iluminado con expresivos dibujos y fotografías. Y, claro, Raúl quería entrar en ese mundo de deportistas modernos. Un día que pasó frente al negocio de don Cipriano Proaño, vio que en sus vitrinas exhibía una lata enorme de TODDY. No lo pensó dos veces y, la compró. Llegó exultante a su casa con su joya extraordinaria. Por esos días, 30 de julio, se correría las “Vuelta a Patarcocha” aprovechando la asistencia de los cerreños a la “Patarcochada” que, además le serviría para que conocieran a las estrellas del ciclismo.

Llegado el día de la prueba, con el dolor de su corazón, tuvo que desechar la leche que su mamita le preparaba. “No, mami” –le dijo- “Tengo una bebida que es superior a la leche y que estoy seguro me va a poner en forma. A partir de ahora ya no tendrás que preocuparte”. Notó que su viejecita quedó descorazonada y un tanto resentida, el caso es que así quedó acordado.

El treinta de julio se presentó a la competencia muy bien emperifollado de ciclista luciendo su “máquina último modelo de siete velocidades”, en ella levaba dos “caramayolas” adheridas al soporte central, conteniendo la bebida atómica que, para hacerla más fresca, la había preparada con agua fría, para que lo refrescara.

Cuando se dio la partida el corazón no le dejaba de palpitar como campana de fiesta. En medio de los aplausos y expectativa del público se llegaron a cubrir la mitad de circuito. En ese momento, para demostrar sus habilidades,  sacó una caramayola, la desenroscó y bebió con gran parsimonia. El público como loco, lo aplaudió. Ya faltando poco para culminar, hizo lo propio con la otra botella, pero ya era presa del cansancio que estaba entumeciendo sus músculos. Lo peor  es que le vino un retortijón. Sintió que sus intestinos se le hinchaban y producían unos sonidos flatulentos muy fuertes. La siguiente vuelta ya no sabía qué hacer. Tenía que vaciar sus tripas que gritaban perturbadas. Ya se cumplía la penúltima vuelta cuando decidió hacer lo que todos hubieran hecho en aquellas circunstancias. En lugar de seguir en la prueba, aprovechó unos desvíos que por ahí había  y se fue allí, arrojó la bicicleta y con las justas se bajó la malla para dar rienda suelta a solucionar su apremiante emergencia. Con  lo que no contó en ese momento es que, los otros ciclistas, pensando que se había cambiado el curso de la carrera fueron llegando uno a uno detrás  de él. El público se preguntaba a dónde habían ido a parar los ciclistas. La lección de aquella vez fue que nunca más haría sufrir a su viejita.

Raúl: Descansa en paz.

LA CALLE DEL MARQUÉS (Segunda parte)

la calle del Marques 3Esta es una histórica fotografía de la Calle del Marqués correspondiente a los años finales del siglo

XIX, captada  desde los balcones de la casa comercial LESEVIC –Lima con Chaupimarca- cuando ya no lucía su prestancia nobiliaria y el diario negocio minero la había transformado.

A media calle, costado izquierda había una rancia y nobilísima residencia que, en su tiempo, posiblemente había alojado a algún rico minero por sus amplias y numerosas habitaciones interiores que, transcurrido el tiempo fue cambiando de uso. Finalmente uno de sus usuarios –peluquero- lo convirtió en peluquería, bar café, atelier de pintura que los integrantes del Banfield Club convertimos en nuestra “sede social”. Tenía por nombre: TICO –TICO. Allí transcurrió gran parte de nuestra juventud y es testigo de todas las aventuras maravillosas que vivimos entonces. Enfrente, a escasos metros, estaba la casa solariega del marqués de Santa María de Pacoyán que le dio nombre a la calle. Allí tenía su estudio uno de los más populares fotógrafos que tuvo nuestro pueblo: Jorge Barzola. Es posible que en sus archivos se encuentren las fotografías de los personajes  populares de aquellos tiempos, porque los más encumbrados, tenían el suyo: don Miguel Lavado. Antes de ellos triunfaron Ordoñez, Mariño, y uno que otro cuyos archivos, como todo lo valioso de nuestra tierra se extravió por descuido de quienes debieron velar por ellos.

ATLÉTICO BANFIELD CLUB en su mejor momento. -Interbarrios de 1957-. Están Julio Córdova, Máximo Castillo,  Eusebio Pajuelo, Roberto Soto, Jesús Zacarías, Roque Pagán, Juan Gamonal, Eduardo Robles, Miguel Dávila, César Pérez, Roberto Soto, Pablo Mendoza.
ATLÉTICO BANFIELD CLUB en su mejor momento. -Interbarrios de 1957-. Están Julio Córdova, Máximo Castillo, Eusebio Pajuelo, Roberto Soto, Jesús Zacarías, Roque Pagán, Juan Gamonal, Eduardo Robles, Miguel Dávila, César Pérez, Roberto Soto, Pablo Mendoza.


ATLÉTICO BANFIELD CLUB en su mejor momento. -Interbarrios de 1957-. Están Julio Córdova, Máximo Castillo,  Eusebio Pajuelo, Roberto Soto, Jesús Zacarías, Roque Pagán, Juan Gamonal, Eduardo Robles, Miguel Dávila, César Pérez, Roberto Soto, Pablo Mendoza.

Bueno, el caso de Barzola llegó a extramuros de notoriedad cuando –reportero acucioso y preciso- plasmó en numerosas placas las escenas del ajusticiamiento del prefecto Tovar. Estas fotografías que, para mí particularmente tienen un sello de innegable calidad periodística, sirvieron para que ampliadas a tamaños gigantescos sirvieran para que los “soplones” pormenorizaran a la policía el nombre, domicilio, trabajo, horarios etc. de los que ahí estaban para detenerlos.

Creo que el archivo que tenga en su poder guardará muchas escenas históricas del Cerro de Pasco.

En esta primera cuadra de la calle estaban ubicados, además de fondas y negocios de los chinos Antonio Lam, Manuel Chang, Chale Wong, Mario Chan – Li, Mario Cam – Pong, Liborio Hang – Yog; las peluquerías de los japoneses Pablo Morita, Andrés Yamada, Ino Takishan y Antonio Kitzutani. A mitad de la calle, conservando su viejo señorío, se conservaba la casa del noble que le dio nombre a la calle. Seguían los negocios de Octavio Calderón, Talabartería de Herculano

la calle del Marques 4 Tarazona, Comercio de Tulio Portal; joyería y relojería de las “Hermanas Rodríguez”, el frontón de pelotaris que más tarde fue denominado “Recreo Carrión”. A lo largo de esta calle también estaban las propiedades de Cesáreo Villarán, Miguel Lovatón, Isidro Rodríguez, Panadería Collazos, Ignacio Rodríguez Pardo, José Tomás Coz, Testamentería Minaya, Alfredo Pardo  Villate, Emiliano Rojas, Benjamín Patiño y Cayetano Mayta. En la foto se ve a las mulas de transporte conduciendo las cargas para los comercios de la ciudad.  El nombre de esta calle se debe a que un marqués se aposentara durante la colonia en esta arteria. La casona fue edificada siguiendo modelos sevillanos, como describe nuestro patriarca Gerardo Patiño López. “Era un palacete con derroche de esplendor, en cuyos pasillos a falta de macetas con olorosos claveles que el clima no lo permitía, descansaban, uno sobre otro, brillantes barras de plata, producto de sus minas”. El transcurrir de los años y el incesante trabajo minero fue destrozando esta calle que el terremoto del 1º de noviembre de 1947 terminó por ultimarla. A partir de entonces se cerró el tránsito por ella debido a que en muchos lugares se habían abierto enormes y peligrosos boquetes que atentaban contra la vida de los transeúntes. Actualmente todo esto está desapareciendo ante la indolencia del gobierno nacional. En el mundo entero, sólo Potosí y Guanajuato podía compararse en importancia con el Cerro de Pasco, pero, mientras Potosí y Guanajuato han sido proclamados “Patrimonio Cultural del Mundo”, sin llegar a producir lo que nuestra tierra sigue aportando a costa de miles de vidas que todavía siguen inmolándose; nosotros hemos denominado al Cerro de Pasco con el doloroso título de PUEBLO MÁRTIR. Si no lo cree usted, es bueno que sepa que su niñez está siendo envenenada con el polvo mortífero de metales pesados que ingresan en su sangre. Ayer fueron sus abuelos que murieron azogados, hoy son nuestros niños.

la calle del Marques 6

Tras años de servir de pasaje entre el centro de la ciudad y la zona baja ocupada por campamentos de trabajadores mineros, así ha quedado la otrora calle del marqués. Los supérstites tapiales guardando decorativas puertas, ya viejas e inservibles, tienen pintados unos avisos: “Zona de alto riesgo”. Este anuncio los inhibe de pagar cualquier desgracia personal entre los transeúntes. “Avisamos” dirán en todo caso. Este es el rezago de la minería irresponsable que ha hecho de nuestro pueblo, el “Pueblo mártir del Perú” ¿O, no?.