Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Tercera parte)

Fray Buenaventura 3Hasta ahora “Taita Lanchi” me ha protegido aunque poco a poco me he ido ahogando, pero, salvo el dolor de cabeza, puedo respirar todavía. Además, sufrí muchos accidentes. Por ejemplo, en una ocasión, cuando encontré una roca muy dura, utilicé pólvora para volarla; el tiempo me ganó en el encendido y la explosión me sorprendió con un estallido que me arrojó hacía el campo, desnudo como un recién nacido; cuando vi mi pierna que me dolía como un demonio, (Perdón, padrecito), vi que estaba rota y sangrante; perdí el conocimiento, más tarde, gracias al auxilio de un huesero sané y ahora sólo tengo esta renguera que, gracias a Dios, no me impide seguir trabajando. Un día que un banco sepultó a mis parientes, lo tomé como una advertencia, ese día me retiré de la mina a la que, por ningún concepto espero volver. Me voy a regresar a mi tierra para morir en ella. Sólo le pido a Dios el que me aleje de los encomenderos que son la viva presencia de la explotación y el abuso…

— ¿Qué hay con ellos, hijo?. -El fraile –todo oídos- recogía estos testimonios con el alma rota y en algunos momentos tomaba nota de lo que escuchaba.

— Los encomenderos son los canallas que tienen encomiendas de indios como una merced que le ha otorgado el Rey; como si ellos fueran dueños de nuestras vidas. Andan como dioses, con aires de triunfo, haciendo derroche ostentoso de sus ricas ropas, todas de seda y pieles; juegan grandes cantidades de dinero y tienen muchas fiestas y banquetes, dilapidan con largueza porque no les cuesta trabajo ni sudor todo lo que malgastan; lo único que tienen que hacer es pedirnos a nosotros los indios, sin importarles el trabajo que tenemos que pasar para alcanzarles lo que derrochan. A veces, padrecito, estamos a punto de dejar de creer en nuestro Dios. ¿Por qué permite tanta infamia y maldad?. ¿Por qué?. – El sollozo llegó al narrador y envolviéndole con una mirada de gran dolor, siguió relatando-. Los dueños de las encomiendas, piden chinas, muchachos, amas, mitayos para las minas, yanaconas, sirvientes y, al tiempo de cobrarnos, nos maltratan, nos castigan y nos arrebatan a nuestros hijos e hijas que tienen como esclavos. En la ciudad, a la que van a pagar sus tributos los detienen y les hacen servidores de ellos. Castigan a los caciques principales, a sus alcaldes que se duelen de sus hermanos; ellos no pueden reclamar porque si recurren a la justicia, los jueces favorecen a los malos encomen­deros, castigando a los pobres, siendo esta la causa por la cual se ausentan tan atemorizados de sus tierras – Bebió un poco más de agua y siguió hablando- En justicia, los encomenderos no tienen derecho a llamarse tales, ni siquiera conquistadores, porque ellos no nos conquistaron, pues nosotros de buena voluntad nos entregamos a la Corona Real. Desde el primer momento los señores principales, infantes,  hijos de los principales o grandes de este reino fueron al puerto de Tumbes, al desembarcar los cristianos mensajeros del Rey Católico Emperador don Carlos. Allí se presentaron.  Como jefe, el gran señor y segunda persona del Rey Inca Capac: Martín Guamán Mallque de Ayala de Allauca Guánoco Yarovilca; como representante de los Chinchaysuyos: Apu Alanya Chuquillanqui de Jauja; Apu Diego Quilla Opayauyo, representante de los Collasuyos; Don Cristobal Castilla Apari, natural de Atuncolla; de los condesuyos de Cullahua Conde, don Julio Mullo; de los Andesuyos don Francisco Uachi del pueblo de Tambopampa; todos ellos converti­dos al cristianismo después de la conquista. Por estas razones –padrecito- digo que no tenemos encomende­ro ni conquistador, sino que voluntariamente nos hemos entregado y somos de la Corona Real al servicio de Dios y de Su Majestad

Después de beber otro poco de agua y calmarse algo, el indio siguió afirmando que, posesos de una lascivia increíble, los españoles no tenían límite ni reposo; que con una avidez incontrolable hacían y hacen víctimas de su desmedida lujuria a todas las mujeres del imperio vencido que se pusieran a su alcance.

— En nuestros pueblos, padrecito, los encomenderos, sus hijos, hermanos y mayordomos violan a las doncellas, a las casadas y demás mujeres, a las que pervierten convirtiéndolas en grandes prostitutas. Ellos así como sus criados negros, mestizos y yanaconas, echan a perder a las pobres indias doncellas, destruyendo sus haciendas y alimentos; dando a los cristianos mal ejemplo. No se ha podido corregir estos abusos ni ponerle remedio, porque se trata de encomenderos, quienes nos amenazan cruelmente, diciéndonos que nos mandarán azotar, degollar y enterrar vivos –El fraile no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Se enteró también que los curas eran poseedores de tierras y animales mal habidos aprovechando el acatamiento que los indios les brindan para disponer de ellos gratuitamente como a sus sirvientes vitalicios.

—        Los días de precepto-siguió diciendo el indio- trabajamos en su chacra; para ello tenemos que asistir con nuestros bueyes; los que no los tuvieren, con sus personas; los indios hacemos las siembras, escardamos y cosechamos sin costo alguno para ellos que se limitan a mandar. Así, los días que Dios manda que lo dediquen enteramente para su culto y adoración, y para que descansen todos del trabajo de la semana, dispensa el cura este precepto tan sagrado a beneficio suyo o en utilidad de una manceba; estas cosas tan repugnantes a la razón, que se hacen increíbles.

Supo también que cuando la muerte con su piadoso manto cubre los ojos del indio, su cadáver sigue siendo víctima de atroces apetitos pecuniarios. Consienten que los despojos queden por los caminos, expuestos a ser despedazados por los perros y devorados por los buitres que darles sepultura; ni moverse a compasión, cuando no han juntado la limosna e importe de los derechos para el entierro. Estos casos se ven a cada paso, caminando de una parte a otra; pero si el difunto deja alguna cosa, entonces se hace el cura heredero universal, recogien­do los bienes y ovejas y despojando de todo a su mujer, hijos y hermanos. El modo de hacerlo y de que les pertenezca el derecho es bien particular: esto se reduce a hacerle un entierro suntuoso, aunque lo repugnen a los interesados, y con esto es bastante para que todo quede en propiedad del el cura; de nada sirve que los herederos se quejen y vano es que su protector fiscal solicite la satisfacción, porque el cura presenta la factura del entierro, posas, misas y honras que le han dicho y como esto va arreglado al arancel, queda defendido de la acusación y absuelto del cargo.

Por eso, como es natural, los indios miran a la religión como un medio de explotación y abuso, resistiendo al comienzo para caer rendidos después; la consideran como el instrumento usado para sujetar­los al duro yugo de la tiranía. Convencidos de esto, se muestran adversos a admitirla.

Continúa…….

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