Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Cuarta parte)

fray buenaventura 4En lo que a los trabajadores mineros se refiere, la avaricia de los explotadores españoles les hizo olvidar el más elemental sentido de caridad cristiana. Hay que añadir a estos flagelos, las epidemias de gripe, verruga, neumoconio­sis y opilación que casi llegan a terminar con los humildes japiris. El mismo fraile habiendo observado directamente el sufrimiento minero, escribía: “La enfermedad que acomete a los mineros es la parálisis producida por el tránsito repentino de una temperatura elevada a otra fría, y también por el continuo uso que hacen del azogue -los que padecen esta enfermedad se llaman azogados-. He visto personas atacadas de parálisis que no podían aún ponerse los dedos en la boca, pues muchos de ellos habían tenido que sufrir por algunos ratos la respiración de los vapores mercuriales. Pero la enfermedad más común es la pleuresía o dolor de costado y la fiebre pútrida o tabardillo. La primera se cura tomando una infusión de mullaca, hierba de muy pequeña talla, que crece en las cercanías o con lo que llaman “huesos de muertos”. La primera planta es de hojas muy menudas y de una frutita colorada y redondita. La segunda crece en los pastos y sus hojas son blancas y cortas”.

La abominable mita colonial –completamente diferente a la incaica- fue sustituida por Francisco de Toledo, el tristemente célebre organizador del virreinato peruano, sobre la base de la abusiva explotación y sumisión de los indios. Estableció que la mita minera fuera un servicio obligatorio de hombres de dieciocho a cincuenta años en todo el territorio. Cada mitayo estaba obligado a servir durante un año en beneficio de los explotadores. En el colmo del cinismo, Toledo decía: “Esta distribución en ya riqueza de los encomenderos, de los soldados, de las religiones y de todo lo restante de los que viven en esta tierra, y se tiene por rico el que tiene indios propios o adquiridos para trabajar con ellos”. Para reclutar a los mitayos, los españoles utilizaban el servicio de los caciques y curacas de los pueblos de Jauja, Cajatambo, Huarochiri y pueblos de la quebrada de Chaupihuaranga así como de los pueblos vecinos. Era tan cruel este reclutamiento que el fraile justiciero, indignado hasta las lágrimas, escribió numerosas cartas a los superiores de su convento y a las autoridades virreinales correspondientes. En una de ellas, decía: “Al tiempo de las mitas, es lástima ver a los indios de cincuenta en cincuenta y de ciento en ciento, ensartados como malhechores, en ramales y argolletas de hierro; y las mujeres, los hijuelos y los parientes que se despiden de los templos; dejan tapiadas sus casas y los van siguiendo dando alaridos al cielo, desgre­ñándose los cabellos, cantando en sus lenguas endechas tristes y lamentos lúgubres, despidiéndose de ellos sin esperanza de volverlos a recobrar, porque ahí se quedan y mueren infelizmente en los socavones. Aquí se ven las ventas de las mulas, los empeños de los vestidos; y lo que es más de sentir, por ese tiempo empeñan, alquilan a sus hijas y mujeres a los mineros, a los soldados y mestizos, a cincuenta y sesenta pesos, por verse libre de la mina. Y ahora escribe un clérigo o sacerdote cura, que habiéndole sacado un solado de la iglesia, a donde se había venido a recoger una india muy hermosa de dieciséis años, fue a pedirle al cura auxilio de la justicia, y decía: “Señor Corregidor, Isabel (que así se llamaba la india) está empeñada en setenta pesos, de que tengo de su padre que libre de la mina y hasta que la saquen y devuelvan mi plata, no la tengo que entregar, sino servirme de ella. Y así la dejó llevar el corregidor a su albedrío, llorando la india, diciendo que aquel español quería por fuerza estar amancebado con ella; que como le valía la iglesia y habiendo nacido libre de su tierra, la hacían esclava de su pecado”.

Y el monje franciscano que no es por nadie superado en el Perú, sólo igualado por fray Bartolomé de las Casas, sigue dándonos estos dantescos testimonios que pintan claramente el drama que, seguramente, se repitió infinitas veces. “Habiendo llegado al valle de Jauja un indio que volvía de la mina a ver a su mujer y a sus hijos, halló muerta a su mujer, y los dos hijuelos de dos y cuatro en la casa de una tía suya. Llegó tras él el curaca y queriéndolo llevar de nuevo a la mina, le dijo: “Bien sé que te hago agravio, pues acabas de salir del socavón y te hallas viudo y con dos hijos que tienes que sustentar, flaco y consumido del trabajo que has pasado, pero no puedo más porque no hallo más indios para la mita, y si no cumplo el número, me quemarán, azotarán y beberán mi sangre; duélete de mí y volvamos a la mina”. Le respondió el indio: “Tú eres el que no te dueles de tu sangre, pues habiéndome tocado el polvillo y hallo muerta a mi mujer y con dos hijuelos que sustentar, sin tierras que sembrar y ropa que vestirles, me haces tal agravio”. Y al no ser entendido por el curaca  su razón, cogió a sus dos hijuelos y los sacó a una legua del pueblo y abrazándolos y besándo­los tiernamente, diciéndoles que los quería librar de los trabajos que él pasaba, sacando dos cordeles se los puso en la garganta, y hecho verdugo de sus propios hijos, los ahorcó de un árbol y usando luego un cuchillo de cocinero se lo clavó en la garganta, entregando su alma a los demonios por verse libre de la opresión de las minas. Y lo mismo hacen las madres que “en pariendo varones los ahogan”.

Las cartas enviadas por fray Francisco fueron numerosas y todas dramáticas. En otra, decía:

“Así pasa esta gente gran trabajo y mueren muchos indios de enfermedad, otros despeñados, otros ahogados y otros descalabrados de las piernas; y otros quedan allá adentro enterrados, de suerte que apenas hay día sin que haya alguna cosa de éstas. Y como son tantos que pasan de doce mil como dije, los que están encerrados en las entrañas de aquel cerro, los que barretean y los que sacan los metales, en una parte y en otra hay de continuo algunas desgracias. A mí me quebraba el corazón al ver que los indios salían a comer a las bocaminas a recibir la comida que le llevaban sus mujeres, los lloros y las lágrimas de ellas, de ver a sus maridos salir llenos de polvo y flacos y amarillos y cansados; y sobre todo azotados y aporreados porque no cumplieron los montones de metal que está tasado que ha de sacar cada día y no hay consideración a que la veta sea dura, que está medio haciéndose pedazos y no pueden quebrarla sino que le hacen que  saquen cinco montoncitos de metal cada día y que tendrá ocho o diez arrobas”

En otra parte de su estremecedor testimonio, dice: “La angostura y aprieto de la mina, la corrupción del aire envuelto con el aliento y el sudor de tantos cuerpos como trabajan, el polvillo que sale de los metales; la falta de respiración que tienen por no correr el aire, la subida inmensa hasta la boca del socavón, la carga que suben del metal cargada en el pecho y la garganta, excede a sus flacas fuerzas, subiendo por prolijas y empinadas escalas de donde se precipitan o despeñan muchos; el aire delgadísimo que hay en la boca del socavón, cuando salen sudando, el agua que beben con el gran calor que traen es frigi­dísima, el temple endemoniado, la comida sin ninguna sustancia y las entrañas de los mineros y de toda aquella gente, sin misericordia ni clemencia, que toda junta es una viva imagen de la muerte y negra sobre el infierno. Y así mueren infinitos y muy aprisa y se va acabando la estatua de oro y plata; metales que representan al Perú, porque los pies ya están gotosos y como son de tierra frágil se descoyuntan, quiebran y deshacen”.

El mismo Areche, sanguinario y desalmado español, se estremeció al ver de cerca el cruel abuso contra los indios, pero al sopesar que sin esta mano de obra valiosa la minería fracasaría rotundamente, dejando de lado sus principios cristianos, ordenó cuatro años más tarde la inmisericorde masacre de los sublevados con descuartizamientos y tenaceo de los participantes en la ayuda de los Tupac Amaru. Los caminos siempre estuvieron bordeados de ahorcados y fusilados.

Fray Buenaventura se había enfrascado de lleno en defender a los humildes japiris valiéndose de cartas, misas, procesiones, y todo aquello que estuviera a su alcance. Así un domingo de misa solemne, desde el púlpito de la iglesia San Miguel de Chaupimarca, se dirigió a las autoridades y ricos mineros allí presentes, pidiéndoles piedad a nombre de Cristo, para aquellos hombres.

Todos lo sabemos. La injusticia en nuestro pueblo minero siempre fue el denominador común. Sus numerosas cartas no le fueron contestadas, y cuando finalmente lo hicieron, la superioridad le dijo haber recibido una denuncia de los hombres “notables” quejándose de su conducta inconveniente y que por lo tanto, debía hacerse presente de inmediato a su monasterio donde sería convenientemente sancionado.

Fray Buenaventura, no podía dar crédito a sus ojos. No alcanzaba a entender la indiferencia de sus superiores al respaldar la iniquidad de los explotadores.

Pasaron algunos días decidió presentarse en su convento, pero también determinó plantar el símbolo del cristianismo cerca de donde especulaban los abusivos; reunió a los japiris, barreteros, capacheros, y pallaqueros, con sus mujeres e hijos, les habló con mucho amor, pidiéndoles que todos, unidos, construyeran una sólida cruz que vieran los asesinos explotadores y que su presencia fuera un constante reproche a sus abusos. Les habló con tanto celo y emoción que todos, unánimemente, decidieron construir el símbolo sacro.

Iluminados por mortecinas velas de sebo, hombres, auxiliados por rudimentarias herramientas, comenzaron a tallar la hermosa cruz de la Pasión; sólida como la hermandad que los unía, enorme como la fe que los hacía esperanzados. Ella sería el símbolo de su pasión, de su amor al divino redentor; de su esperanza. Para completar la obra se talló un redondo disco amarillo sobre el que pintaron una sonriente cara regordeta y lo colocaron sobre el brazo derecho de la cruz: era el Sol. Sobre el brazo izquierdo ubicaron una pálida luna en cuarto menguante tallada en madera. Del brazo izquierdo hasta el medio del soporte central, la lanza con la que Longinos atravesó el costado derecho del Salvador del Mundo. Simétricamente, del brazo derecho pendía un largo listón circular, en cuyo extremo superior se hallaba la esponja, que mojada en hiel y vinagre, se le acercara al crucificado cuando manifestó tener sed; además se confeccionaron dos escaleras simbolizando a aquellas que sirvieron para descender el bendito cuerpo después de su muerte; las colocaron oblicuamente pendientes de los brazos derecho e izquierdo, hasta el centro del soporte central. Aportaron también los esposos tres sólidas escarpias de acero con los que se fijó el cuerpo y el martillo simbólico con el que se clavó y las tenazas con las que se extrajeron los clavos. Todo en representaciones simbólicas. Fijaron en el brazo derecho un cartelito blanco sobre el que se distinguía muy claramente las letras S.P.Q.R.S. que en latín quiere decir: SENATUS POPULUS  QUORUM ROMANUS y en castellano se traduce como: “El Senado y el Pueblo de Roma”. En la parte más alta del cuerpo central, se leía la sigla INRI, que como burla sangrienta al hijo de Dios, llamaron el “Rey de los Judíos”. En la cúspide colocaron al gallo, elemento indispensable en las representaciones de la Pasión de Cristo, que simboliza la encarnizada negación de Pedro. En la intersección del cuerpo central colocaron el paño de Verónica sobre el que estaba pintado el divino rostro de Cristo doliente. Se trabajó la corona de espinas que se le pusiera a Jesús al momento de la flagelación y fue colocada sobre el lienzo de la Verónica. Inmediatamente después, fijaron la representación de la túnica que el Salvador vestía en el momento de la crucifixión. Los cinco dados que fueron empleados por los soldados romanos para jugarse las vestiduras tallados en madera. Con verdadero amor, tejieron en lana, un largo paño que fue usado por Nicodemo y sus ayudantes para hacer descender el cuerpo. Por último fueron añadidos: La trompeta, que representa el juicio final, la balanza en la que se pesará a las almas en el juicio final, el cáliz representando el rito de la última cena y la bolsa conteniendo las treinta monedas, símbolo de la traición de Judas.

Después de muchas noches de intenso trabajo, tallada con amor y dedicación, fue felizmente terminada la cruz, recargada de símbolos y esperanzas. Los niños pallaqueros la pintaron de verde, el color de la Santa Inquisición.

La víspera de la partida de Fray Francisco Buenaventura, todos los humildes peones de la mina, sus mujeres y sus hijos, en conmovedora y reverente procesión llevaron la cruz al lugar previamente escogido, y a la hora del Angelus, cuando las campanas llamaban a oración, la plantaron fijamente en la parte más, frente a la oficina donde los grandes terratenientes y ricos mineros realizaban sus inhumanas transacciones. La Cruz Verde fue la perenne  condena de sus actos inhumanos.

Continúa….

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One thought on “Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Cuarta parte)

  1. LA INVASION EXTRANJERA EN EL SIGLO 15 AL PERU TUBO QUE SER ATROZ,INHUMANO,ESCLAVIZANTE,VERGONZOSO,CRIMINAL RAZÓN POR EL CUAL HASTA NUESTROS DIAS EXISTE UN ODIO EN EL FONDO DE LA CONCIENCIA Y MENTE DE MUCHOS HOMBRES Y MUJERES DE AMÉRICA NUEVA HISTORIA NEGRA DE LOS AMERICANOS DEL SUR.GRACIAS POR ENSEÑARNOS LA HISTORIA DE AMÉRICA Y DEL PERU DONDE CERRO DE PASCO FUÉ Y ES EL CENTRO DE LA HISTORIA PERUANA.

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