Fray Buenaventura de Salinas y Córdova El apóstol de los mineros (Quinta parte)

fray buenaventura 5La víspera de la partida de Fray Buenaventura, todos los humildes peones de la mina, sus mujeres y sus hijos, en conmovedora procesión llevaron la cruz al lugar previamente escogido, y a la hora del Ángelus, cuando las campanas llamaban a oración, la plantaron fijamente en la parte más alta, frente a la oficina donde los grandes terratenientes y ricos mineros realizaban sus inhumanas transacciones. La Cruz Verde fue la perenne  condena de sus actos inhumanos.

Al día siguiente, con los primeros rayos del alba, cuando los mineros entraban en los tétricos socavones, partía acongojado Fray Buenaventura, para no retornar jamás al Cerro de Pasco. Indignada la superioridad virreinal lo castigó a dura penitencia, cumplida la cual, fue expulsado del país… ¡A perpetuidad!…. Pero allí, donde la había plantado, quedaba la cruz de los mineros.

La fe y la esperanza inquebrantables que había sembrado en los corazones estuvieron a punto de desmoronarse cuando se enteraron del aciago destino del santo misionero franciscano. No podían creer que semejante noticia fuera cierta. Así como las plantas mueren cuando falta la mano que las riegue, así fue muriendo la fe y la esperanza de los corazones mineros. Ahora estaban ciertos que no llegaría  la justicia por la que tanto habían orado. Muy pocos hombres y escasísimas mujeres guardaban  en un recodo del corazón, aquel amor irrenunciable que había sembrado el santo misionero. Sin embargo, como un milagro nuevo, comenzaron a renovar su fe y su esperanza. En las noches, cuando exhaustos pasaban por la cruz verde, de rodillas elevaban su oración por aquel que les había enseñado a orar y esperar. Pedían por ellos y su familia.

Los años fueron transcurriendo implacables, silenciosos, cruelmente rutinarios. Las inclementes lluvias de los inviernos, la nieve, los rayos y truenos, la cellisca, los rigurosos soles y vientos de los meses secos, fueron trabajando sobre aquel monumento a la fe minera. Primeramente fueron desapareciendo el verde brillante de la cruz, haciéndose mustio y sombrío; después, fueron trazándose unas resquebrajaduras agrandando cada vez más sus intersticios. Los años fueron pasando. Los que la hicieron fueron muriendo cumpliendo su destino; los hijos heredaron con fe una tradición que iba haciéndose añosa.

Entretanto la cruz envejecía.

Un día, una mujer desesperada arrancó el largo sudario de Cristo, asegurando que si  envolvía con él a su marido que se había descalabrado en la mina, sanaría. Otro día se llevaron la túnica; otro, la corona de espinas; otro el gallo… Así fue perdiéndose cada uno de los símbolos de la cruz que las gentes llevaban como sacros amuletos. Cuando ya no quedaba ninguna réplica, comenzaron a astillar el cuerpo de la cruz. Cada japiri debía tener en su poder, siquiera una astilla. El pedazo de madero lo amparaba de los riesgos de la mina. Todos aseveraban que la cruz los protegía. Aseguraban que quien tuviera en su poder un pedazo del santo madero, estaba a resguardado por la presencia de Cristo. Testificaban muchos milagros ocurridos en las negras oquedades mineras. Finalmente, quedo convertida en un despojo esquelético y deforme, hasta que la noche aquella fue llevada al cielo en la forma que vimos al comienzo. Ese día acababa de morir en Cuernavaca el misionero Fray Francisco  Buenaventura de Salinas y Córdova.

Cuentan que, al momento de morir, como renaciendo con fuerza extraordinaria se le oyó gritar: “Yo diré gritando hasta que me muera, que es más cruel y más terrible que un mundo se acabe y se carcoma, que pierda Dios sus derechos y provechos, que le quiten a la iglesia sus triunfos, que perezcan infinitas almas de gentiles convertidos a la fe, del cargo de vuestra majestad”

De aquel hermoso símbolo que la fe minera había mantenido por muchos años, quedaba el nombre, sólo el nombre en un barrio: CRUZ VERDE.

Parece que estos relatos hubieran sido urdidos por mentes diabólicas y enfermas, sin embargo, son dantescamente ciertos. Hasta ahora se HAN REALIZADO INTERESANTES TRABAJOS DE INVESTIGACIÓN DE LA PERSONALIDAD DE AQUEL FRAILE LUCHADOR, SÓLO LOS CERREÑOS LOS HEMOS OLVIDADO ¡¿Cuándo no?! Todos son testimonios de parte de los mismos españoles; tan ciertos que nos permite seguir afirmando que cuando se escriba sobre la infamia y la crueldad en el Perú, tendrán que comenzar en las minas del Cerro de Pasco, el “Pueblo Mártir·. 

F I N

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