Satánicos amores prohibidos (Origen de una leyenda) (Primera parte)

satánicos amoresLa llegada de un joven cura para ayudar a fray Sancho en nuestra primera iglesia y los enredos amorosos en los que se vio envuelto para hacer nacer en el imaginario del pueblo minero la leyenda de la Mula Blanca de Santa Rosa.

Un día se presentó con su mezquino atadillo de ropas y un envoltorio de libros. Dijo llamarse Diego de Albornoz. Alto, guapo, con risa abierta y sonora voz de tenor, perfecta para animar misas y predicar la palabra del Señor; espaldas de labriego, oscuro pelo rizado, nariz romana y ojos de gato que le dotaban de un enorme atractivo. Venía a ponerse a órdenes del fraile franciscano a quien explicó que cumpliendo lo ofrecido el arzobispo Toribio de Mogrovejo lo enviaba como ayudante en la flamante iglesia de Santa Rosa. Bien lo necesitaba fray Sancho de Córdova. Tenían que batallar en una ciudad donde abundaban las casas de juego y los bares decorados con imágenes de sicalípticas  hembras calatas. Los comercios vendían dagas, puñales y demás armas, como pan caliente. La propiedad de la mina era mucho  más valiosa que la vida. Diariamente se recogían cadáveres cosidos a puñaladas y no eran pocos los días en que nos se registraran gigantescas bataholas con muertos y heridos. Con el correr de los días fueron sentando sus reales los especuladores, leguleyos, predicadores, jugadores profesionales, bandoleros y emperifolladas madamas con sus pintarrajeadas niñas de vida alegre. Había mucho que hacer en la ciudad minera donde las calles trazadas al desgaire, sin ninguna planificación, eran producto de la improvisación; mezquinas y estrechas, que subían y bajaban por caprichosas sinuosidades del terreno; algunas tan abruptas y llenas de barro que ni las mulas podían treparlas. Estaban delimitadas por recios muros como fortalezas infranqueables que resguardaban las minas. Las lluvias frecuentes las habían convertido en un pantano cubiertas de basura, botellas rotas y demás desperdicios que atascaban los carretones, donde  se requerían de tablones para cruzarlas. El clima era tan inconstante que tras las lluvias, granizadas o nevazos, soplaba un agresivo viento que, limpiaba las nubes del cielo que comenzaba a verse azul en su más pura intensidad. La heterogénea multitud de mineros pululaba presa de una frenética actividad, tropezando con materiales de construcción, barriles de dinamita, carretones o con enormes piaras de llamas que venían de las “quebradas” trayendo las cosechas en medio del agudo silbo de sus arrieros. Por el centro se levantaban algunos sólidos edificios, pero eran muy pocos; el resto era un amasijo de viviendas provisionales, casuchas de paredes de barro y techo de paja. No existían acequias ni alcantarillas. El agua para beber la sacaban de la laguna de Patarcocha. Tanta era la plata que los querubines, ángeles, arcángeles y milagros de los oratorios, avíos de montar, cubiertos y utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, eran fabricados con el blanco metal. Los plateros eran incontables. En cincuenta y tres años de proficua saca, al nuevo emporio se le comenzó a llamar: El nuevo Potosí. El siglo siguiente se van sumar más de doscientos “agujeros de plata”. Los “aviadores” –proveedores de dinero y avíos mineros- aprovechan la coyuntura económica, solventando gastos de arriesgados buscadores y bajo la garantía de sus denuncios, se adueñan de innumerables pertenencias. A medida que crecía la ciudad iba tomando una fisonomía de notables contrastes. Todo aquí era extremo. La riqueza fantástica y la pobreza extrema. Había palacetes o rancherías. No había término medio. El insoportable orgullo de la aristocracia europea y criolla alta y la rendida sumisión de un pueblo mayoritariamente pobre al que la dura férula española había humillado hasta convertirla a la dolorosa condición de esclavo. En las noches, en garitos misteriosos y cómplices, los mineros, hacendados y comerciantes, juegan no sólo dinero, sino también propiedades,  haciendas, mujeres y honras. El trabajo es implacable para los japiris, pero la borrachera también lo es; tras el cobro de sus salarios los sábados por la tarde, acuden en masa a las chinganas, bebederos populares en las que se emborrachan hasta encender dormidos ánimos de reyerta y libertinaje; luego salen a las calles gritando y buscando pendencia con los trabajadores de otras minas. Los enfrentamientos son infinitos y escandalosos con mucha sangre de por medio, con uno o varios muertos cada semana. La mayoría termina la borrachera en los burdeles, continuándola el domingo; el lunes por la tarde, se rendía y, descansaba. El martes retornaba al trabajo como si nada. Un poeta popular dijo entonces.

Si el sábado tengo plata,

                                                           el domingo me lo chupo;

                                                           el lunes duermo la siesta

                                                           y el martes ya pongo el lomo.

 

Otro ensalza la pertinacia del trago, cuando afirma: 

¡Oh! Cerro de Yauricocha,

rica ciudad bravía;

tiene doscientas chinganas 

y una sola librería.

La mita que proveía indios para el trabajo minero era el terrible medio para exterminarlos. Los caciques de las comunidades estaban obligados a reemplazar a los mitayos que iban muriendo en las minas con hombres de dieciocho a cincuenta años de edad. En esa centuria fatal, centenares de miles de hombres desaparecieron tragados por la insaciable avidez de la plata de sus explotadores.

El pobre minero quiere

gozar de su libertad;

que lo entierren no precisa,

ya enterrado en vida está.

 Estos mártires populares arrancados de sus comunidades agrícolas, eran arriados con sus mujeres e hijos con rumbo al Cerro. Las ordenanzas reales que debían protegerlos, jamás fueron cumplidas. En ellas otorgaban una protección lírica a quienes  sustentaban la economía de un reino déspota y abusivo.

“El cielo es para los hambrientos”

me han dicho en son de consuelo,

no sé si cuando me muera,

tendré fuerzas pa´ llegar

Fray Sancho quedó observándolo por buen tiempo, en silencio. Le pareció, no obstante su apariencia vivaracha, un hombre arrepentido con  suficiente experiencia vivida. Así era, efectivamente. Cuando agobiado por el peso de sus aventuras llegó ante Santo Toribio, arrepentido y deseoso de cortar su racha de mala vida, encontró todo su comprensión y apoyo. Desde sus primeros años en el seminario había sido aleccionado que para alcanzar la gloria de Dios tenía que llevar una vida de expiación y  sufrimiento hasta que los fuegos terrenales que le atormentaban se fueran extinguiendo en la fogosidad de su sangre. Él lo deseaba así. No quería que ningún vestigio de los apetitos de su cuerpo y de su carne lo conturbaran. ¡Cuánto tuvo que luchar para domeñar las ardientes pasiones que le quemaban las entrañas! En todo momento, para alcanzar la plenitud de su sacrificio huía de las tentaciones que se presentaban  en su diario deambular por el mundo, especialmente de la carne. Llegó a extremos de martirizarse con castigos corporales que le hacían mucho daño aunque atenuaban sus ansias casi incontrolables. Un día no pudo más. Cayó en la tentación del sexo. No pudo reprimirlo. Cuando vio muy cerca de él a una mujer extremadamente sensual que con sus ampulosidades y olores provocativos, le quemaban el alma, haciéndole enhiesto el deseo, cayó redondo y se abandonó en una  insaciable ola de quemantes sensaciones incomparables y pecaminosas, como bestia en celo. Mucho tiempo estuvo prisionero del deseo concupiscente con aquella mujer. Sólo cuando su libido satisfecha y agotada no lo quemaba más volvió arrepentido al redil y allí, una vez más, Santo Toribio –tras extenuantes castigos con propósito de enmienda- le ayudó a retomar la ruta abandonada. Igual le ocurrió con el juego. Las cartas, como instrumentos del demonio, llegaron a tener un encanto aberrante que lo atrajo a su mundo de irrenunciable práctica. Las monedas que llegaron a  sus manos, tuvieron el extraño sortilegio de seguir de frente, a la dilapidación de pertenencias y fortunas. No conocían límite. Aquí también –tras su aniquilamiento económico- el arrepentimiento fue sincero. Amiguero, alegre y desenfadado, después, fue ganado por la bebida; sus ansias incomparables lo transformaron en un dipsómano increíble. En sus prolongados estados de embriaguez, animado con su guitarra, cantaba a las mujeres hermosas y armaba grandes trifulcas. Se había abandonado  totalmente. Tal parecía que ya no tenía salvación. Un día, Santo Tomás, decidió transportarlo a un escenario que lo apartara de aquellas lacras. En cumplimiento del ofrecimiento hecho al franciscano, le asignó la novísima parroquia en la cima del mundo donde, estaba seguro, atenuaría sus correrías pecaminosas. “Te vas al Cerro de San Esteban” -le dijo- Allí se calmarán tus ardores y tus apetitos, estoy seguro, le dijo el Santo Varón. Él, elevando la voz a los cielos, musitó: “¡Ave María, deam gratia…Torre de Marfil, Rosa del Líbano….!

Ahora se sentía completamente regenerado y, muchas veces, cuando las espinas de la reincidencia lo incitaban con sus tentadoras reminiscencias, se sometía a su tortura personal con disciplinas de cuero remachados de púas que le laceraban las carnes. Así sangrante, se calmaba. Explicó que venía ejerciendo el sacerdocio desde poco tiempo atrás y que quería hacer méritos ante la superioridad para conseguir mejores destinos.  Desde aquel primer momento puso de manifiesto su ardiente deseo de trabajar por los demás. Así, pronto se ganó el respeto de los hombres de estos pagos. Trabajador como los mineros, imbuido de una fe inquebrantable los convenció para que le ayudaran a mejorar las instalaciones del novísimo templo. Empedraron con lajas toda la extensión del atrio, reforzaron las paredes del campanario, erigieron el muro perimetral del camposanto y, muy junto al templo, una pequeña habitación para su dormitorio. Su tiempo sobrante lo dedicó a la tarea de salvar almas, especialmente de los aventureros díscolos e inconformes que dilapidaban sus dineros en los garitos, burdeles y tabernas. Él bien conocía la fuerza avasallante  de aquellas lacras. Había pasado por eso.

CONTINÚA…..

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One thought on “Satánicos amores prohibidos (Origen de una leyenda) (Primera parte)

  1. EXCELENTE RELATO DE LA OBRA SATÁNICOS AMORES PROHIBIDOS, NOS LLENA DE SATISFACCION SABER QUE EXISTEN PERSONAS CULTAS Y CON FORMACIÓN PROFESIONAL QUE NOS HCEN LLEGAR ESCRITOS DE LA HISTORIA NACIONAL DE LA PATRIA PERU ,RETOMANDO LAS ENSEÑANSAS QUE HA DEJADO PARA LAS GENERACIONES FUTURAS DEL PRESENTE Y FUTURO Y EL SANO CONSEJO DE VANGUARDIA DE ALEJARNOS DE LOS VICIOS PECAMINOSOS DE ESTE MUNDO COMO LAS ARMAS,DROGAS,ALCOHOLISMO,LATROCINIOS, Y PROSTITUCIÓN,VIDA SEDENTARIA ,VAGANCIAS,Y ABANDONO DE LA PERSONA SIN PENSAR EN EL FUTURO VENIDERO NI EN DEJAR UNA BUENA GENERACIÓN PARA EL MAÑANA.DIOS,LES BENDIGA SIEMPRE. SALUDOS DESDE MADRID ESPAÑA.

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