Satánicos amores prohibidos (Origen de una leyenda) (Segunda parte)

Del impacto que causó en el cura la llegada de una hermosa mujer, dama de compañía, de la esposa del flamante Corregidor de estas tierras.

satánicos amores 2Todo iba muy bien para Diego de Albornoz hasta que aconteció algo que cambió el curso de su vida. Por aquellos días, el desbocado comentario de los corros llegó a convertir a la plaza Chaupimarca en un avispero. No era para menos. Con un gran despliegue de carretones, servidores y personas comedidas,  subían y bajaban muebles, vajillas, alfombras, adornos, instrumentos musicales, libros y santos. Estrenaban la mansión con tres portadas, gran patio embaldosado de arcadas dispuestas en sus dos pisos y pilares octogonales de ascendencia mudéjar en la planta alta, cubierta con balcón corrido de resistente madera de pino. En consideración a los valiosos aportes a la Corona, no obstante su reciente denuncio, el Virrey Toledo nombró Corregidor de la naciente ciudad San Esteban de Yauricocha, a don Alonso de Malpartida y Zúñiga. Su teniente sería don Francisco Goñi, y su Contador, don Iñaqui Otaegui, ambos ciudadanos vascos de reconocida trayectoria en su lugar de origen. El primer caballero venía a aposentarse en la residencia de la plaza cerreña, con él su esposa, y una lindísima mujer –flor de belleza morena- que fungía de acompañante de la hermosa dama.

Una mañana que el cura se aprestaba a decir la misa dominical, hizo su aparición la joven española. Ondulante como palmera, imponente como una diosa; parecía el sortilegio de un encantamiento. El moreno embrujo de su rostro de niña que se convertía en mujer, estaba iluminado por  negrísimos bucles, labios carnosos, entreabiertos en sonrisa provocativa de dientes parejos y brillantes, cuerpo magistral cubierto con  mantón de encajes que dejaba apreciar un busto poderosamente mórbido. Claro, ella no iba sola; acompañaba a su dama y al noble español. El cura quedó mudo de asombro. Todo fue que la vio y sus aletargados bríos varoniles despertaron tórridos de su adormecida abstinencia. La misa la dijo con un marcado rubor en las mejillas y un acentuado temblor en las manos sudorosas que hacían audibles los tintineos de las vinajeras. Luchaba para que sus ojos no siguieran prendidos de aquel bello rostro y, presa de indescriptible emoción, sus labios tartajearon la homilía.

Así comenzó aquello.

Desde entonces las horas transcurrieron con aterradora lentitud para el cura que se debatía en un torbellino de sentimientos inquietantes y obsesivos. Ya no sabía ni el día que era, su nerviosismo activado por un redivivo deseo carnal le quemaba las entrañas. Veía a la bellísima mujer en todos los rincones de la iglesia. En los ojos inmóviles de las vírgenes de los altares, en las perfumadas nubes del incienso, en las formas sagradas, en todo; especialmente en sus sueños. Despertaba con los labios resecos y el corazón desbocado. Nunca le había ocurrido nada parecido. No fue una ni dos noches que su febril alucinación lo arrebatara. Fueron todas las noches que siguieron. Lo encerraron en la vorágine de un mundo de loca esperanza. Desde entonces ya no conoció la tranquilidad. No sabía ni cómo se llamaba aquella divina aparición; seguramente –pensaba- tenía el nombre de una virgen; porque para él, era eso: una virgen.

En nuestra ciudad minera los hombres no hablaban de otra cosa. Era natural. Aquella mujer de excelentes prendas de hermosura no iba pasar inadvertida en un lugar donde lo que faltaban era precisamente mujeres. De diez personas, sólo una era mujer. No sólo los mozos sino también los viejos comenzaron a admirarla en secreto. Así se enteraron que su nombre era, Amparo. Sus apellidos, Donostiaga y Rivero. Sus pasos y actitudes, desde entonces, fueron seguidos meticulosamente por los aspirantes a su cariño. El cura era el más obcecado.

Por aquellos días, en cumplimiento de una añeja promesa, la piadosa dama frecuentaba la iglesia a rezar muy contrita; pero no iba sola, la acompañaba la garbosa y joven mujer que tenía sorbidos los sesos al cura. Éste, ofuscado y olvidando su promesa de castidad y obediencia, destinó todos sus empeños en conquistar el corazón de aquella maravillosa visión. Lánguido por interminables horas sin sueño ni alimentos se dedicó a buscarla, a espiarla, a acosarla. No dejó ni un momento de hacerlo con una pertinacia extrema. Los suspiros y miradas cada vez más atrevidas, las misivas escuetas pero profundas, y finalmente, las furtivas palabras en el confesionario dichas con calor y ternura, llegaron a doblegar el corazón de la damisela que se rindió al joven sacerdote. Por fin había conseguido hacer bullir aquel corazón con la arrolladora intensidad que a él lo estaba agobiando.

Su constancia había alcanzado su premio. 

Cada vez que la Corregidora iba a cumplir dilatadas penitencias que el cura le asignaba, éste llevaba a la bella Amparo a un lugar escondido de la iglesia y le hablaba –susurrándole al oído- de la belleza de sus facciones, la majestad de cada una de las partes de su cuerpo, y todo aquello que la hiciera soñar.

Desde que escuchara aquellas frases intencionalmente dichas, la flor morena sintió la necesidad perentoria de verse desnuda, de explorar su cuerpo que despertaba con avasallante impetuosidad al llamado del amor; quería descubrir los insospechados mundos del placer que el cura le ofrecía. Sobre su cama de mullido colchón de lana y abrigadoras sábanas de bayeta, se dedicaba a explorar todos los recovecos de su cuerpo febril. Despojándose de su ropa interior, miraba la luz del candil,  sus senos grandes y firmes con pezones como garbanzos; las curvas agresivas de sus muslos y caderas, acariciándolas con manos temblorosas; su vello crespo y enredado en el pubis, la cavidad de las axilas; tocaba su cuello acariciándose suavemente, el arco de las cejas, la línea de sus labios, el interior de su boca.  Pasaba las manos por las nalgas para aprender sus formas y, soñando que el fraile lo hacía, las acariciaba y estrujaba con ardor, con frenesí. Abría sus muslos y tocaba la misteriosa hendidura de su sexo y el capullo encendido del centro mismo de sus deseos arrebatados y, en ese momento, aparecía la imagen del sacerdote, enhiesto, sobre ella, como un desenfrenado macho cabrío, poseyéndola y fundiéndola en su carne pecadora.  Quedaba rendida, exhausta. Después, confundida, al oler sus dedos, quedaba maravillada con ese poderoso olor de sal y frutas marinas que emanaban de su cuerpo.

 Amparo y el cura, perdidamente enamorados, sin desaprovechar la oportunidad de hablar ni de escribirse, eligieron la sacristía de la iglesia como escenario secreto para  amarse. Se reunirían la tarde del cinco de agosto en que fray Sancho viajaría a  Villa de Pasco a decir misa en loor a la Virgen de las Nieves.

Aquella tarde se encontraron en el lugar de la cita y  desesperados como a punto de perder la única oportunidad de sus vidas ajetrearon como posesos. Abrieron un gigantesco armario donde guardaban los útiles del culto y a manera de colchón tiraron sobre el suelo viejas casullas, capas pluviales, esclavinas, manteles, catafalcos, ropas de santos y, el enorme lienzo morado con el que cubrían el altar mayor en Semana Santa; añadieron otra cantidad de pequeños trapos que ocultaban las hornacinas de los altares en la misma  fecha. Ése sería el tálamo en el que se amarían. Con los ojos brillantes de fuego y la respiración entrecortada, Amparo se quitó el “tickpe” de plata que sujetaba su pañolón de alpaca y dejó al descubierto su corpiño con sus senos majestuosos que latían con la turbulencia de su desbocado corazón. Al cura le temblaban las manos cuando desató los lazos del corpiño de franela y fue despojándola de sus abrigadas enaguas, sus calzones largos de bayeta y una camiseta que cubría las flores de sus pezones ardientes. No hubo necesidad de quitarle los botines de cordobán ni las medias de lana sujetas con artísticas ligas bordadas. Su pecho acezaba con palpitaciones de agonía y el corazón se desbocaba a punto de estallarle. Estaba convencido que Amparo era la mujer más bella del mundo, un verdadero ángel. La luz parpadeante de la lámpara minera sobre los vetustos muebles repletos de candeleros, vinajeras, floreros y palmatorias, arrojaba luces mezquinas sobre un espejo velado por el tiempo. El resto de vestuario ritual colgando de las paredes, en confusión de ornamentos talares, capas pluviales, manteletes, sotanas, peplos y túnicas, daban a la escena un aire de irrealidad y misterio. No quiso atacarla con fogosidad en un desbocado diluvio de caricias atrevidas porque denunciarían su maestría en las artes del amor. No. Puso cuidado en los detalles para no alarmarla. Se esmeró en no perder el ritmo de sus besos, intercalándolos con una inacabable letanía de  halagos. Le habló de la brevedad de su talle, la morena excelsitud de su piel agarena, la redondez  agresiva de sus senos hermosos, la finura de su cuello y hombros que provocaban en él un incendio de excitación incontrolable. Ella, ebria de emociones, el cabello suelto y alborotado, las mejillas en llamas, dejó que el amante le besara en el cuello y le acariciara los senos a manos llenas, quitándole la ropa totalmente, como en una ceremonia ritual, dejándola desnuda, a su merced.

Para que no fuera dolorosa la ceremonia de la desfloración –maestro del amor- el cura la deleitaba con besos y arrumacos juguetones, susurros suplicantes y diestros manoseos; ella respondió plenamente emocionada; entonces se mordieron, se lamieron, se hurgaron desaforados en la marisma del amor, toda la tarde, sin reparar en la hora que era ni en el frío que reinaba. Sólo ellos existían en el mundo. Tanta fue la eficacia de la ceremonia de provocación que la beldad morena sintió que se abría plenamente como una flor carnívora para atraer al cura como un insecto, tragárselo plenamente y sentir en sus entrañas sus arremetidas inacabables. Estaba completamente desnuda bajo la luz dorada que se filtraba por las hendijas de la puerta. Diego sintió que la sangre se le convertía en fuego impetuoso y alargó sus manos temblorosas hasta colocarlas sobre su largo cuello lúbrico. Dominada por una desconocida energía poderosa que la ahogaba, ella no sintió ningún dolor en la penetración, más bien sí una insuperable delicia al sentir el licor de vida en sus entrañas. Este fue el día más memorable de sus existencias. Ambos lo recordarían  en sus ínfimos detalles.

Ese fue el comienzo.

Desde entonces, aquel amor prohibido se convirtió en irrefrenable entrega pasional, desbocada y monstruosa, que ya no conoció límites. Los mozos del pueblo que seguían los pasos de la joven descubrieron sus citas y urdieron una historia fantasiosa que ha quedado como leyenda en el imaginario del pueblo minero. Dice: “Una noche, desde su escondite fabricado ex profeso, los jóvenes la vieron llegar sigilosamente para abandonarse a los ávidos brazos del cura, su amante, para una brutal y satánica confrontación de deseos desbocados y abyectos. Desnuda ya, con las carnes palpitantes y tentadoras, acometida de transpiraciones y temblorosos ahogos, se entregaba lasciva y febril a los dictados carnales del cura que respondía agresivamente, apoderándose de aquel racimo de carne lujuriosa que bajo él palpitaba incontenible. En estas circunstancias –la mirada desorbitada y babeante de deseo de los curiosos – vieron que a la mujer le emergían orejas y cola, en tanto su cuerpo se cubría de espesa pelambre blanca. ¡Se había convertido en briosa mula blanca…!. El cura se cubrió totalmente de pelambre negra, un rabo y dos  cuernos en la frente. Sudoroso, infatigable y lúbrico, montaba a la mula que, encabritada, trataba de echar por los suelos a su jinete. Tal parecía que aquello no terminaría nunca. A medianoche, los ojos relampagueantes y los belfos babeantes de lujuria, el cura abrió la puerta e hincó las espuelas en los ijares de la mula que, en desenfrenado galope se echó a correr por los empedrados de Chaupimarca, las alturas de Matadería, los oconales del Misti, las faldas de Shuco, las lejanas estribaciones de Paragsha. Sólo con el sonoro canto del gallo terminó aquel satánico aquelarre.

A partir de entonces, todos los días, a la medianoche se repitió el hecho. 

Con el tiempo el cura no sólo fue perdiendo fuerzas y color, sino también feligreses. La joven mujer, lánguida y con las carnes flácidas, ayer erectas y frescas, era evitada  por las gentes del pueblo. 

Una noche de luna, apesadumbrados por su pecado del que ya nunca pudieron renunciar, se entregaron a un desenfrenado torneo de equitación, afiebrado y loco, recorriendo jadeantes las desiguales calles cerreñas y en el clímax de la desesperación, frenéticos y desesperados, se introdujeron en la laguna de Patarcocha de donde nunca más salieron. Aseguran, que a partir de entonces -como castigo divino- toda mujer soltera que convive con un cura, se convierte en mula blanca; si fuese casada, en mula negra. Eso es lo que asegura el pueblo”.

La verdad, es otra.

Avergonzados de tanta barbaridad carnal, cura y amante, decidieron huir del pueblo a un lugar donde nadie los conociera. Por esos años, los ricos mineros buscaban conquistar la selva para traer sus productos que compensen las necesidades de sus obreros. Aprovecharon la oportunidad. Disfrazados y separados uno del otro -cada uno por su lado- se embarcaron en las caravanas que iban a oriente. No les fue difícil. Allá, en las enmarañadas selvas, se encontraron. Fray Sancho, conocedor de las debilidades humanas, jamás se pronunció al respecto.

fin

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