CAMILO MIER, LEGENDARIO MONTONERO CERREÑO (Primera parte)

Camilo MierCamilo Mier es un guerrero de elevada estatura con un cuerpo hecho para la guerra. Tiene  considerable fuerza muscular, energía, resistencia, terquedad y el arrojo de los hombres del centro. Hijo del español don José Antonio Mier, jefe de los ejércitos del rey en la ciudad minera y de la dama cerreña, doña Clotilde Monterroso. Los continuos descensos a las minas de su padre lo han hecho sólido y resistente. Sus ojos verdes resaltan en sus atrayentes facciones donde soles quemantes y hielos nocturnos han tornado cobrizo el claro  semblante de su raza. 

Dentro de las siniestras oquedades conoció directamente el proceso de tortura a que estaban sometidos los nativos. Cuando presenció que una cáfila de malvivientes españoles, ociosos y corrompidos, dilapidaban a diestra y siniestra las riquezas amasadas por los aborígenes, se echó  a la guerra. Ya nadie lo pararía. La sangre le hervía al saber que tanto figurín sin oficio ni beneficio pasaba una gran vida entre comilonas y fiestas de nunca acabar rodeado de complacientes prostitutas palaciegas, mientras los hombres de estas tierras trabajaban de sol a sol para llenar sus arcas insaciables. En todo ese tiempo, su padre –jefe de los ejércitos del rey- había luchado a brazo partido contra los rebeldes que complotaban contra el monarca español. Antonio Tolentino, era el valiente campesino que comandaba la rebelión popular. Cuando José Avellafuertes, Corregidor de Canta, compinche de José Maíz y Arcas, Marqués de la Real Confianza, pretendía apoderarse de la Estancia de Racracancha -entre Canta y Pasco- Tolentino encabezó serias protestas de los comuneros de Huayllay. De nada le valió. La Autoridad Real ordenó que sean entregadas las tierras de Yuraccarpa, Cotán, Casacancha, Chuyuscocha y Guaramachay a favor de Antonio Rasines, un abusivo español. Esto avivó la rebeldía campesina. 

Como si esto no fuera suficiente, en 1777, la Corte Española envió al Consejero de Indias, José Antonio Areche con la misión de obtener más dinero para las insatisfechas arcas de la Corona Española. Éste aumentó los impuestos y duplicó el precio del  tabaco, jabones, velas, sebo, huevos, mieles, cordobanes; elevó la Alcabala del 4% al 6% y aumentó en 12% al impuesto al aguardiente y otros productos imprescindibles. Cuando extendió la tributación a mestizos, cholos, indios, y otras castas -exceptuándose a los esclavos- las protestas se hicieron incontenibles. Todos se coludieron para lidiar contra las atroces medidas de exacción. Por  primera vez, indios, mestizos y criollos estaban juntos. Como a todos les afectaba la depredación programada, se pusieron en pie de lucha. En ese momento los criollos se convierten en inspiradores y conductores del movimiento. Dueños  de inmensas fortunas mineras y extensas haciendas no quisieron obedecer el mandato político de españoles venidos de la península a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riqueza. Comenzaron a llamarlos “chapetones” o “godos”, despectivamente. 

Cansado de ver estos atropellos infames, Camilo Mier se echó  al combate.  Los mineros fueron sus primeros soldados; los siguieron los hombres del pueblo que poco a poco fueron creciendo en número. Enterados de que lideraría decidida acción contra los abusivos, se le plegaron muchos hombres más, incondicionalmente.  Camilo Mier terminó enervándose cuando el Virrey, al que tanto había servido su padre, lo humilló quitándole el mando de jefe. Él había visto que ya resultaba imposible luchar contra una ola mayúscula de gente que se había coludido para independizarse del rey. Los mismos guardias que estaban a órdenes de su padre complotaban en secreto. Era increíble. El viejo luchador cayó enfermo. No pudo soportar la medida arbitraria del virrey. No solo eso. Por orden escrita, celadores e inspectores, se apresuraron a cumplir la orden de adueñarse de todas sus pertenencias. Fue suficiente. Salvó lo que pudo, se armó con sable y pistolas de sus ancestros, eligió su caballo que sería su compañero, y se echó a la guerra. Ahora es el jefe supremo de los guerrilleros de la zona diseminados por todas estas frígidas alturas. 

Por aquellos días, los trashumantes muleros, tucumanos y cerreños, no sólo transportaban bestias para vender y mulizas para difundir, sino también proclamas, décimas y cantares: efectivos mensajes de libertad. Gracias a su difusión, las gentes del pueblo conocieron las correrías de los montoneros del Plata en la Revolución de Mayo de 1810; José Gervasio Artigas, caudillo de la independencia uruguaya; del montonero López en Santa Fe; de Ibarra en Santiago del Estero y, de Juan Facundo Quiroga, en los llanos.

Consciente que un esfuerzo aislado no tendría ningún peso estratégico, convocó a los hombres más valientes de nuestra zona, conformando una fuerza espectacular. En el Cerro de Pasco -foco principal- lo acompañarían, también como jefes, Pascual Salguero, Manuel Vallejo y Custodio Álvarez;  en Huariaca, Cesáreo Sánchez, Hipólito Salcedo y Cipriano Delgado; en Villa de Pasco, José María Guzmán; en Pallanchacra, Antonio Velásquez; en Huachón, Pablo Álvarez; en Yanahuanca, Ramón García Puga, José María Fresco y Joaquín Debausa; y como jefe del regimiento de Chaupihuaranga, con sus partidas de Tápuc y Michivilca, Cipriano Fano.

Muchos otros hombres decidieron motu proprio involucrarse en la guerra de la independencia. Era la lógica reacción contra de los abusos de los realistas. Testigos de la crueldad contra  los patriotas que, arrestados, eran ensartados del cuello con dogales de hierro, golpeados sin piedad, sometidos a ayunos crueles de pan y agua; humillados. Habían presenciado los degüellos de hombres y mujeres patriotas; perversos malones para adueñarse del ganado del pueblo; robos que habían inmovilizado los trabajos de las generosas minas que ahora se encontraban paralizadas en todos los confines de su territorio. Las montoneras se constituyeron en base de voluntarios y donaciones de pueblos de la zona, sin gravamen alguno para el estado, especialmente al apoyo de esa maravillosa mujer, hoy injustamente olvidada, doña María Valdizán. Tuvieron como objetivo luchar contra el trío de salvajes realistas carniceros, los generales españoles José Carratalá, Jerónimo Valdez y Mariano Ricafort.

Camilo Mier 2Durante los años 1821, 1822 y 1823, la acción represiva y sanguinaria de los realistas, se hizo sentir en el Cerro de Pasco. Paralizaron trabajos mineros, se apoderaron de las joyas de las iglesias y propiedades y particulares; asesinaron y torturaron despiadadamente; quemaron pueblos enteros como Huayllay, Pasco, Reyes, Carhuamayo, Ninagaga y el Cerro de Pasco. En esta ciudad apresaron al gobernador Antonio Tames para torturarlo, cortarle la lengua y fusilarlo sin juicio alguno. Fusilaron al patriota Lorenzo Sánchez por repartir proclamas a pesar de que el pueblo ofreció generosos rescate por su vida. Pasaron por las armas el párroco Antonio de la Serna. Como se ve, los motivos de la revuelta eran numerosos; por eso los montoneros cayendo como ráfaga de hambrientos gavilanes les infligían serias pérdidas de hombres, animales y pertrechos, disipándose luego como nubes de agosto en todas las direcciones. Más tarde se reunían de nuevo para caer de improviso sobre los que duermen, arrebatándoles caballos, armas y pertrechos, matando a los rezagados o a las partidas de avanzada. Durante todos estos años, este heterogéneo enjambre de caballerías recortaba el horizonte de Pasco. Pequeños, incansables, frugales, veloces, los caballos nativos, tordos, ruanos, bayos, gateados, alazanes, overos, zainos, moros, blancos, caretas, en variopinta diversidad, llevaron sobre sus lomos a los guerreros del pueblo que lucharon por la libertad y la dignidad de América. Fue heroica la acción tan abnegada y decisiva con que estos héroes anónimos cooperaron al éxito de nuestra campaña libertadora 

Con arte no aprendido, Camilo supo y entendió, desde un primer momento, la geografía y la estrategia de la montonera. Adquirió un agudo ingenio para la guerra de guerrillas y un indomable carácter de valor insuperable. Sus recorridos por territorios serranos le permitió conocer sus escabrosidades, peligros, remansos, cavernas, villorrios y oquedades perdidos en la inacabable soledad de aquellos yermos; caminos secretos que en su vehemencia guerrillera recorrió de palmo a palmo. Su espíritu estaba por íntima inclinación instruido en la guerra intuitiva y no necesitaba aprender nada. Organizaba, dirigía, ponía en marcha, fuerzas diferentes y comenzó a ganar batallas sin ninguna ley establecida de la guerra; mejor dicho, de la práctica instintiva hacía derivar las reglas. Su apariencia de gentil hombre, fuerte, valiente y decidido, contribuyó a ello. Era un auténtico adalid.

Estos hombres aprendieron que las montoneras no entraban en verdaderas batallas; es decir,  duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se encuentran, eligen terreno y se baten. Las montoneras son sorpresa, y para que haya choque, es preciso  que una de las dos partes ignore la proximidad de la otra. La primera cualidad del montonero, aun antes que el valor, es el manejo de su caballo porque casi siempre lucha corriendo. Los montoneros no se retiran, huyen. Huir no es vergonzoso para ellos. La base de su estrategia es el arte de dispersarse después de la lucha y, acabada ésta, reunirse. Se condensan para caer como la lluvia, de golpe, de sorpresa, por eso se les llama montoneros. Escapan desparramados de modo que los esfuerzos por exterminarlos son inútiles. No se puede luchar contra el viento. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil, es el terreno; porque según la facilidad con que los montoneros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras. Conocen con precisión todos los recovecos de aquellos andurriales: de los cerros, de los arroyos, de las peñas, de los desfiladeros, de las grutas. De allí salen al encuentro de las tropas españolas como máquinas mortíferas. Suben, bajan, ruedan caen, aplastan, ahogan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí, estos barrancos que multiplican sus vueltas; esas cimas inaccesibles que despiden balas, esos mil riachuelos cuya orilla derecha se ha dominado y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente, esas alturas en cuyo costado se destrozó a los montoneros y que luego ofrecen otro costado donde ellos destrozan a los realistas; eso y nada más que eso es la lucha de montoneras; es decir el pueblo en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose”. 

En sus avances, abrumados por el clima, acampaban al raso con alimentos mínimos “casi sin pan para el camino”. “Sólo el charquicán” que llevaban en sus morrales les calmaba el hambre. Este heroico potaje era el que más los reforzaba, acompañado de cancha, habas. Practicaban una frugalidad ascética. Eso sí, lo que no debía faltarles nunca era la coca, “sin la cual no pueden subsistir”. No portaban medicinas necesarias para el combate, sólo algunas hierbas o raíces para emplastos. No menos dramática era su vestimenta y sus armas. Vestían ponchos y pantalones de cordellate o jerga para soportar el frío inclemente de estas estepas; sus armas eran tan escasas como sus bastimentos que se agenciaban como mejor podían. Al comienzo de la lucha libertaria se fijó al Cerro de Pasco como zona de concentración de fuerzas patrióticas. 

En poco tiempo su transformación fue manifiesta. Así como iban adquiriendo experiencia veían que sus bastimentos escaseaban y su ropa ya se encontraba raída. Una disciplina inconmensurable los mantenía unidos y una frugalidad ejemplar los hermanaba. Alguna vez, al ver los harapientos vestidos de sus subalternos, les dijo con ardor: “Hermanos: Después del valor, la primera virtud del montonero, es la humildad. Nosotros no combatimos por dinero: combatimos por la patria. Nuestros calzones están en un triz de destrozarse. La guerra trae tales desgracias. El buen soldado no mira a su cuerpo. El soldado no fija los ojos más que en el cielo y en el enemigo. Lo demás son cuentos. Si les ha llamado la atención que alguien tenga los calzones rotos miren hacia acá y verán que yo no tengo camisa. Y no me quejo señores, ni me pongo a llorar sobre estas desgracias superficiales.

CONTINÚA…….

 

 

 

 

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One thought on “CAMILO MIER, LEGENDARIO MONTONERO CERREÑO (Primera parte)

  1. LA HISTORIA PERUANA DESDE SUS COMIENZOS ESTÁ ESCRITA SIN DUDA CON SANGRE ,LÁGRIMAS,DOLOR,SUFRIMIENTOS ,SIMULTANEAMENTE VALOR,DIGNIDAD,HEROISMO,LEALTAD A LA PATRIA QUE VIÓ NACER AL CONTINENTE QUE PERTENECE TODOS LOS PUEBLOS HERMANOS DONDE EL INVASOR EXTRANJERO QUISO ABASALLARLO DESTRUIRLO ROBANDO,SUSTRAENDO,DILAPIDANDO SU TIERRA,SUS RIQUEZAS LLEGANDO A LA INTENCION Y REALIZACIÓN DE COMVERTIRLOS EN ESCLAVOS HUMANOS A LOS VERDADEROS DUEÑOS DE SU TIERRA RAZÓN POR EL CUAL SURGIÓ UN HOMBRE CABAL ,HONESTO, LEAL,CON SUS PRINCIPIOS Y ENEMIGO DE TALES ABUSOS COMO DON, CAMILO MIER, AUNQUE DE DESCENDENCIA ESPAÑOLA PERO DE CORAZÓN GENEROSO Y HUMANO CON LOS DESPOSEIDOS GRACIAS PROFESOR MAESTRO UNIVERSITARIO ESCRITOR, CÉSAR PÉREZ ARAUJO, POR EDIFICARNOS, ENSEÑARNOS LA HISTORIA DEL PERÚ DIOS,LE BENDIGA SIEMPRE.SALUDOS DESDE MADRID ESPAÑA.

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